​Cristo, quien vino para destruir las obras del maligno, hizo una absoluta separación entre aquellos que estaban a favor de Él y aquellos que estaban en su contra. Él habló de sus enemigos como una generación de víboras, quienes siendo malos, eran incapaces de hablar el bien, porque eran hijos de su padre, el diablo.

​En cuanto a las definiciones de «mundo», en segundo lugar existe una especie de uso neutro del término “mundo” cuando se refiere al mundo habitado sin referencia a la calidad de los hombres. Cuando Lucas nos dice que el César envió un decreto por todo el mundo para ser gravados con impuestos, él está refiriéndose a este mundo de los hombres (Luc. 2:1). Cuando los enemigos de Jesús se refirieron a la popularidad del despreciado rabino de Nazaret, deploraron el hecho de que todo el mundo se iba tras él (Juan 12:19). Cuando los hombres de Tesalónica quisieron describir la obra de Pablo y Silas dijeron, “Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá” (Hch. 17:6). Cristo vino al mundo no para condenar al mundo (Juan 12:47), sino para precipitar una crisis (Juan 9:39). Vino al mundo como un enviado por el Padre. Él a su vez envía a sus discípulos a este mundo habitado por los hombres (Juan 17:18), para reclutar de este mundo a aquellos a quienes el Padre le ha dado (Juan 17:6), siendo el mundo el campo de operaciones (Mat. 13:38), en el que los discípulos deben aparecer como luz (Mat. 5:14).

En tercer lugar, está la connotación ético-espiritual en el término “mundo”, que lo coloca en contra de Cristo y de su Iglesia de manera antitética. Este es el mundo que fue condenado por la predicación de Noé antes del diluvio (Heb. 11:7). Este mundo no conocía a Dios (I Juan 3:2; I Cor. 1:21), ni a su Hijo (Juan 1:10), sino que crucificaron al Señor de la gloria (I Cor. 2:8). Este mundo está bajo el maligno (I Juan 5:19), y su sabiduría es locura para Dios (I Cor. 1:21), y tiene a Satanás como su príncipe (Juan 12:31; 14:30; 16:11). Este presente mundo malo (Gál. 1:4), del que Cristo ha liberado a los suyos, odia y oprime a aquellos que pertenecen a Cristo (Juan 16:31; I Juan 3:13). Su mente está en antítesis directa y absoluta a la de Cristo (I Cor. 2:12; II Cor. 6:14-16; 10:5), porque tiene su afinidad y su solidaridad con Satanás (I Juan 5:19), mientras que la Iglesia vive en y a través de Cristo, quien es su vida (Col. 3:4; Gál. 2:20). Este mundo está en enemistad contra Dios y es carnal (Rom. 8:7, 8); para él la predicación de la cruz es locura (I Cor. 1:18).

Entonces, mundo puede ser definido como la masa de la humanidad alejada de Dios por medio del pecado y que vive tras los deseos de la carne. Por naturaleza todos los hombres pertenecen a este mundo, puesto que todos están muertos en delitos y pecados y son hijos de ira (Efe. 2:1, 2) hasta que Dios en su misericordia les da vida en Cristo y les coloca en lugares celestiales (vss. 4- 6). El mundo no entiende el juicio (Prov. 28:5), y los hombres malos no saben en qué tropiezan (Prov. 4:19); su camino será trastornado (Sal. 146:9), y los pecadores serán consumidos de la tierra (Sal. 104:35). Pablo dice de los mundanos malvados que detienen con injusticia la verdad (Rom. 1:18) por tanto Dios los entregó a pasiones vergonzosas (vss. 26ss.) y a una mente reprobada, castigando así el pecado con pecado, “el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal” (Fil. 3:19). Este es el mundo en toda su rebelión impía y malvada, desnuda y horripilante, contra el Dios del cielo.

La cuestión pertinente que debe ser enfrentada en esta coyuntura es la de la actitud del creyente y su uso de este “mundo” en el sentido ético-religioso con el que es empleado por la Escritura.

Ciertamente no es un asunto fácil determinar el uso exacto de la Escritura en esta materia, pero debieran ser claras las líneas principales bosquejadas arriba. Sin embargo, algunas veces uno de los escritores de la Sagrada Escritura usará los tres sentidos en uno de sus escritos y puede usar dos de ellos de manera intercambiable. Este es el caso de Juan cuando cita las palabras de Jesús que se aplican al mundo ecuménico, es decir, al universo habitado, del cual Cristo llamó a aquellos que el Padre le había dado (vs. 6), y por quienes ora. Pero no ora por el mundo en general. Sin embargo, Cristo no ora que estos sean sacados del mundo, esto es, en su sentido ecuménico. Pero al mismo tiempo Cristo dice que el mundo les odia, porque no son del mundo, como tampoco Él es del mundo. Aquí Cristo claramente se refiere a este presente mundo malo bajo el dominio del Diablo, que vive en enemistad con el Padre.

Este mundo es básicamente un mundo de hombres, no de cosas. Sin embargo, los hombres tienen ideas, producen ideologías y crean una cultura, que puede decirse que les pertenece. En ese sentido el mundo tiene un carácter y un ser como un todo. Lamec y sus hijos hicieron la vida más confortable al inventar tiendas para habitar, instrumentos musicales y forjar el hierro. El impulso en los hijos de Caín de hacer de este mundo su hogar con el propósito de olvidar su condición desesperada siempre ha sido más fuerte que el impulso de los hijos de Dios, quienes buscaban una ciudad que tiene fundamentos en los cielos. Los hijos de este mundo buscan su paraíso restaurado aquí y ahora. Por tanto, han dirigido todos sus esfuerzos y han usado todas sus energías en esta búsqueda para sojuzgar la tierra y regir sobre ella,  para gratificarse en su bondad. Ahora, la producción de instrumentos musicales y el uso de ellos no es malo, pero la cuestión simplemente es si estas cosas son usadas en el servicio a Dios (notad que no digo adoración, porque el servicio a Dios es mucho más amplio que los actos de adoración), es decir, si la dirección de la vida del que usa estos elementos es piadosa o impía, determará el bien de su uso, porque todo lo que no es de fe es pecado. Puesto que los creyentes no pueden salirse del mundo y son miembros de la raza que está llamada a hacer fructificar la tierra, sus labores están a menudo indisolublemente entretejidas con aquellos del mundo (quienes odian a Dios). Este es el caso en la ciencia y la industria, las invenciones y la prevención de enfermedades. Tal cooperación no contamina al hombre más que el comer sin las manos lavadas, porque del corazón mana la vida. El desarrollo de la industria moderna y el progreso de la ciencia moderna no son del diablo, son el resultado de la energía creativa del hombre ejercida sobre la naturaleza, la cual es dada por el Espíritu de Dios. Las cosas que el hombre produce en sus esfuerzos culturales no son en sí mismas pecaminosas.

Pertenecen a la adiaphora (las cosas indiferentes) de las que habla Calvino, para ser usadas a discreción como lo demande la ocasión. Una casa o un vehículo, exactamente como un caballo o un campo, una radio o un televisor, un cuchillo o un traje, pueden ser usados ya sea en servicio a Dios o en servicio al príncipe de este mundo. Pero el tono de una cultural está determinado por el espíritu que anima a los usuarios. Como señalé antes, tenemos en común el impulso para el logro cultural y también los materiales y el terreno, pero un espíritu diferente anima a los hijos de la luz que a aquellos que están en este mundo. Este presente mundo malo (Gál. 1:4) vive en un estado de rebelión contra el Hijo, por quien el Padre gobierna todas las cosas. Y usa todos los logros culturales de la raza para proclamar su independencia y para expresar su enemistad contra el Ungido del Señor.

Esta enemistad llega a expresarse en los patrones culturales del mundo (cf. Lamec, quien tomó dos esposas e inició la poligamia), a los cuales el creyente no puede conformarse (Rom. 12:2). Lamec desafió a Dios y a la ordenanza divina de la Creación de la monogamia. Él expresó su desprecio por la Ley de Dios en su tristemente célebre canción de la espada y estableció el paso para la glorificación y gratificación de la lujuria, que es todavía el material de comercio de Hollywood. De esta forma la mente carnal es glorificada y el hombre, deshumanizado. Y la parte trágica de esta degeneración de la raza es que los hijos de Dios algunas veces imitan al mundo en estos patrones culturales. Ellos también quieren actuar de una manera irresponsable y desconsiderada con las ordenanzas sagradas con respecto al matrimonio y la crianza de los hijos. David y Salomón practicaron la poligamia, por ejemplo, oscureciendo así el asunto entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas de manera que los profesores contemporáneos de psicología, incluso en universidades cristianas, dejan a los alumnos en un dilema en cuanto a los requerimientos de la Palabra de Dios, sobre la base de que los santos del Antiguo Testamento no se conformaron a la monogamia. De hecho esta es una flagrante confusión de la autoridad histórica y la autoridad normativa de la Escritura.   David cayó en los nefastos pecados de lujuria y homicidio, por lo cual recibió un grave castigo del Señor de manera que la sangre no se apartó de su casa. Pero aunque la Escritura muestra los pecados de los santos, no los aprueba. Esta información sobre el pecado tiene autoridad histórica, pero no tiene valor normativo para nuestras vidas excepto por vía de advertencia y admonición. Salomón, al menos, se convirtió en un testigo indeciso de la gracia de Dios por su idolatría, fomentada por su poligamia, y David fue un hombre conforme al corazón del propio corazón de Dios, no porque tomó muchas esposas, sino porque caminó humildemente con su Dios en general y debido a su celo por la casa de Dios.

Pero mientras principalmente reyes y hombres ricos en la antigüedad fueron capaces de seguir el patrón mundano, en nuestros propios días el miembro común de Iglesia está continuamente siendo sometido a los atractivos seductores del esquema mundano de cosas y un estilo de vida no cristiano.
Las películas de Hollywood, más las colonias de artistas en nuestros centros culturales, y los grandes de esta tierra están haciendo resonar con claridad su impiedad a través de todos los medios modernos de comunicación. La cultura impía está siendo diseminada a través de la televisión, la radio, las revistas ilustradas, los libros que son éxitos de venta, las novelas de bolsillo, y la fotografía pornográfica, de manera que el mundo afecta al pueblo de Dios desde cualquier ángulo, y muchos están sucumbiendo a sus sutiles insinuaciones. Especialmente los jóvenes son susceptibles de las seducciones del mundo a través de estos medios, dado que la Iglesia es débil en su aproximación al problema de la cultura, y a menudo acepta de manera no crítica el patrón mundano, debido a que no aprecia las implicaciones totales de su credo para la vida en su plenitud.

Pero, con toda seguridad, la Palabra de Dios no guarda silencio sobre estas cosas. Aunque Dios ya no requiere el exterminio del mundo malvado como fue el caso con los Amalecitas, los Cananitas y los profetas de Jezabel, sin embargo, la antítesis permanece, y el amigo de Dios debe ser un enemigo del mundo no vaya a ser que se halle siendo un enemigo de Dios (Santiago 4:4). Esto también fue claramente revelado en su momento en el Antiguo Testamento, y no es contradicho por las relaciones amistosas de Abraham con Aner, Escol y Mamre, el uso que hizo David de Hiram y sus habilidades para reunir materiales para la casa de Dios, o el empleo que dio Salomón a dotados trabajadores para hacer ciertas cosas que los Israelitas no eran capaces de hacer en la construcción del templo. Me refiero a la condenación de la alianza entre Josafat y el malvado Acab, el hombre que se había dedicado a cometer iniquidad en Samaria. Esta alianza fue consumada por el matrimonio de Joram, hijo de Josafat con Atalía, hija de la malvada Jezabel. Este hombre posteriormente asesinó a todos sus hermanos y caminó en el camino de los reyes de Israel, aunque su padre buscó al Señor Dios de su padre David. Acab, quien era un político de primer rango, había abrumado a Josafat con honores, de manera que este último dijo en respuesta a la invitación de ir a la guerra de Acab contra Siria, “Yo soy como tú, y mi pueblo como tu pueblo”. Pero él olvidó el pacto, que había sido quebrantado por Acab. Le fue recordado esto a su regreso a Jerusalén, después de su milagroso escape de la trampa puesta para él por su astuto “amigo” (cf. II Crón. 18), cuando el profeta Jehú, hijo de Hanani, le encontró con este anuncio de parte de Dios: “¿Al impío das ayuda, y amas a los que aborrecen a Jehová? Pues ha salido de la presencia de Jehová ira contra ti por esto” (II Crón. 19:2). Aquí, por todas partes, se enuncia un principio normativo por el profeta del Señor. Esta no es una prescripción de la moralidad del Antiguo Testamento, sino un principio normativo duradero para la gran batalla espiritual entre la simiente de la mujer y la de la serpiente. David lo expresa aún más intencionadamente cuando clama en el ardor de su amor, “¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen?” (Sal. 139:21).

Aquí nos encontramos de regreso a la expresión de una antítesis absoluta: amor versus odio. El que ama a Dios no puede amar al mundo, sino que debe odiarlo. La idea de que un hijo de Dios es animado solo por el amor es claramente antibíblica y un invento del modernista, quien tiene un Dios de amor, pero no de santidad y justicia; pero nuestro Dios es un fuego consumidor (Heb. 12:29). Cristo, quien vino para destruir las obras del maligno, hizo una absoluta separación entre aquellos que estaban con Él y aquellos que estaban en su contra (Mat. 12:30). Él habló de sus enemigos como una generación de víboras, quienes siendo malos, eran incapaces de hablar el bien (Mat. 12:34), siendo hijos de su padre, el diablo (Juan 8:44).

Pero todos aquellos que son de la verdad, dijo Cristo, escuchan mi voz (Juan 18:38). Hay aquí una antítesis absoluta: por un lado, los hijos de Satanás, un mentiroso, por el otro lado, los hijos de Cristo, la Verdad. Cristo coloca su Reino en absoluta contradicción al reino de este mundo, cuando dice, “Mi reino no es de este mundo”. De allí que la vida del ciudadano del Reino de los cielos difiera en todo de la del ciudadano de este mundo.

Extracto del libro El Concepto calvinista de la Cultura, por Henry R. Van Til (1906-1961)

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