​Cuando un creyente no tiene un claro entendimiento del tipo de relación que debemos tener con el mundo, tres cosas pueden ocurrir que terminen minando su salud espiritual.

1.- Una disociación de Dios y su vida secular
2.- Una mala motivación para hacer las cosas con excelencias.
3.-Un complejo permanente de culpa por no poder estar más dedicado a una labor más “espiritual” excepto cuando tiene la oportunidad de compartir el evangelio con sus compañeros de trabajo

Una disociación de Dios y su vida secular

Este creyente ve muy poca o ninguna relación entre su vida laboral y su cristianismo. Inconscientemente, él contempla estos dos aspectos de su vida como dos líneas paralelas que no se juntan nunca o casi nunca. Y como resultado de esa disociación, este cristiano mantiene a Dios alejado de uno de los renglones más importante de su vida.

La Biblia dice que aún las cosas más cotidianas de nuestra vida, como comer o beber, debemos hacerlo para la gloria de Dios (1Cor. 10:31); ¡cuánto más nuestra vida laboral a la que dedicamos tantas horas de nuestro tiempo cada semana!

No podemos desconectar nuestro cristianismo de nuestra vida laboral, porque el mismo Dios que nos salvó es el que nos llamó y capacitó para que contribuyamos de alguna manera al cumplimiento del mandato cultural; sea que se trate de un ingeniero, de un taxista, de una ama de casa, de un abogado o un albañil.

Todos tenemos una responsabilidad que cumplir en el mundo en el que Dios nos ha colocado, y debemos hacerlo con excelencia para Su gloria y el bien de nuestro prójimo.

Otra posible consecuencia es que nos dediquemos a trabajar con ahínco, pero…

Con una mala motivación para hacer las cosas con excelencias

Noten una vez más el texto de Col. 3 que leímos hace un momento. Pablo está exhortando a los siervos a hacer un trabajo excelente, pero también a hacerlo con una motivación correcta: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (vers. 23-24).

El señorío de Cristo abarca cada aspecto de la vida humana. Abraham Kuyper, un teólogo holandés, lo expresó muy claramente cuando le tocó dar el discurso inaugural de la Universidad Libre de Ámsterdam: “No existe una sola pulgada en todo el dominio de nuestra vida humana acerca del cual Cristo… no proclame: ‘Mío’”.

Es precisamente por esa razón que todo lo que hagamos debemos hacerlo de corazón. ¿Saben lo que ocurre cuando un creyente saca a Dios de su vida laboral, cuando no ve ninguna relación entre su trabajo y su cristianismo? Que entonces se dedica a su trabajo con una motivación indigna.

El empeño que pone en hacerlo bien está alimentando su codicia y su vanagloria, y ambas cosas son fatales para la vida espiritual.

¿Cuál es tu motivación principal para levantarte cada mañana y dirigirte a tu trabajo? Porque si es la motivación de hacerte rico, escucha lo que dice la Escritura al respecto: (comp. Pr. 23:4-5; Ef. 4:28; 1Tim. 6:17).

“No te afanes por hacerte rico; sé prudente, y desiste. ¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo” (Pr. 23:4-5).

“El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Ef. 4:28).

“Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1Tim. 6:9-10).

Finalmente esa dicotomía puede producir…

Un complejo permanente de culpa por no poder estar más dedicado a una labor más “espiritual” excepto cuando tiene la oportunidad de compartir el evangelio con sus compañeros de trabajo

Y no es que haya algún problema en que un cristiano tenga el deseo de compartir el mensaje del evangelio a otros. Así debe ser. Pero el creyente no debe ver el trabajo como un mal necesario que sólo se justifica cuando de alguna manera puede conectarlo con el evangelismo o las misiones.

La vida laboral o artística no necesita ese tipo de justificación. Por supuesto, el hecho de ser cristiano ejercerá una influencia determinante en nuestra ética laboral, o en el uso que damos al dinero que ganamos trabajando.

El creyente que tiene la conciencia de que todo cuanto tenemos le pertenece al Señor, y que sólo somos mayordomos temporales de esos bienes, seguramente hará un buen uso de sus riquezas si Dios prospera su diligencia de ese modo. Pablo dice a Timoteo en 1Tim. 6:17-19 (voy a citar la traducción que hace el comentarista Hendriksen):

“En cuanto a los (que son) ricos en términos de esta era presente, mándales que no sean orgullosos, ni que pongan su esperanza en (la) incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, quien nos provee ricamente con todo para (nuestro) deleite. 18 (Mándales) que hagan lo que es bueno, que sean ricos en buenas obras, prontos para dar, dispuestos a compartir, 19 atesorando (así) para sí, (lo que formará) un excelente fundamento para la (era) venidera, para que puedan echar mano de la vida real”.

Dios nos da para que demos. Esa es una buena motivación para dedicarnos a hacer con excelencia lo que Dios nos ha mandado a hacer. Pero no olviden que la motivación primordial es el hecho de que, al hacer nuestro trabajo:

1. Estamos haciendo lo que Dios ordenó a todo hombre que hiciera en el mandato cultural.
2. Estamos poniendo en operación los dones y talentos que Dios nos dio para ello.
3. Estamos reflejando de alguna manera las multiformes capacidades del Dios que nos hizo a Su imagen y semejanza (Dios es el médico original, el arquitecto original, el padre original, el manufacturador original, el artista original, y así con todo lo demás).
4. Y estamos beneficiando a nuestra generación con nuestro trabajo; en algunos casos eso será muy evidente (el médico que descubre una vacuna o un tratamiento para el cáncer), pero en otros casos esa conexión no será tan obvia (el ejemplo de las madres y las amas de casa).

Que Dios nos ayude a contemplar nuestras vocaciones y trabajos respectivos desde una perspectiva bíblica, para que no terminemos cosechando una decadencia en nuestra vida espiritual al sacar a Dios fuera de nuestra existencia 8 horas cada día.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo.

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