Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 1/6/2012

​  Aquella fe que justifica no es un principio ocioso e inoperante, sino uno que purifica el corazón (Hech 15:9) y obra por el amor (Gál. 5:6). Ésta es la fe que puede ser fácilmente distinguida de aquella fe mental del profesante hueco. Sobre esto es que tan enfáticamente insiste el apóstol Santiago. El tema de esta Epístola no es la salvación por gracia y la justificación por la fe, sino el examen de aquellos que pretenden tener fe. Su intención no es mostrar la base sobre la cual los pecadores son aceptados delante de Dios, sino hacer conocido lo que evidencia un pecador que ha sido justificado.

 Él insiste en que el árbol es conocido por sus frutos, que una persona justa es una que camina por sendas de justicia. Él declara que el hombre que no es un hacedor de la Palabra, sino "solamente oidor," se está engañando a sí mismo, sin conocimiento. Cuando Dios justifica a un hombre, Él también lo santifica: las dos bendiciones son inseparables, nunca se encuentran aparte la una de la otra.

  Si no es claramente visto el tema y el propósito de la Epístola de Santiago, la percepción de muchas de sus afirmaciones pueden solamente resultar en un error que deshonra a Dios, que repudia su gracia, que destruye a las almas. A esta porción de la Palabra de Dios, más que a ninguna otra, han apelado los legalistas en su oposición a la gran verdad de la justificación por gracia, a través de la fe, sin obras. Ellos se han dirigido a las declaraciones de esta Epístola para hallar apoyo de su error que insulta a Cristo, que exalta al hombre, que repudia al Evangelio con la justificación por las obras humanas. Mercaderes de méritos de toda clase citan a Santiago capítulo 2 con el propósito de dejar a un lado todo lo que es enseñado en otra parte en las Escrituras sobre el tema de la justificación. Los romanistas, y sus medio hermanos los arminianos, citan "Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe" (v. 24), y suponen que concluye toda discusión.

  Nos proponemos ahora dedicarnos a Santiago 2:14-26 y ofrecer algunos comentarios sobre este pasaje. "Hermanos míos, ¿qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?" (v. 14). Observe cuidadosamente que el Apóstol no pregunta aquí, "¿Qué aprovechará si alguno tiene fe y no tiene obras?" –semejante suposición no es apoyada en ninguna parte por la Palabra de Dios: sería suponer la imposibilidad de que allí donde existe fe real, necesariamente siguen las buenas obras. No, en cambio él pregunta, "Hermanos míos, ¿qué aprovechará si alguno (no "uno de ustedes!") dice que tiene fe"? Profesando ser un cristiano cuando un hombre no lo es, puede asegurarse un lugar entre los hombres, mejorar su prestigio moral y social, obtener membresía en un " iglesia," y promover sus intereses comerciales; ¿pero puede salvar su alma?

  No es que esos profesantes vacíos que se llaman a sí mismos cristianos sean todos (aunque muchos probablemente sí) hipócritas conscientes, más bien ellos son almas engañadas, y la cosa trágica es que en la mayoría de los lugares no hay nada en la predicación que sirva para desengañarlos; en cambio, hay solamente lo que los mantiene en su engaño. Hay un grupo grande en la cristiandad hoy que está satisfecho con una profesión vacía. Ellos han oído exponerse algunos de los principios de la fe cristiana, y han dado un asentimiento intelectual de éstos, y han fallado en aquello que es para un conocimiento salvador de la Verdad. Sus mentes están instruidas, pero sus corazones no están alcanzados, ni sus vidas transformadas. Todavía son mundanos en sus emociones y costumbres. No hay un auténtico sometimiento a Dios, ni santidad en el andar, ni fruto para la gloria de Cristo. Su "fe" no tiene ningún valor; su profesión es vana.

  "Hermanos míos, ¿qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?" Nótese el énfasis en la palabra "dice," percibimos en seguida que Santiago está argumentando contra aquellos que sustituyeron a la totalidad de la religión evangélica por una creencia teórica del Evangelio, y contra quienes contestaban a todas las exhortaciones y reprobaciones diciendo, "Nosotros no somos justificados por nuestros obras, sino a través de la fe sola." Él por lo tanto comienza preguntando ¿qué ganancia hay en profesar ser un creyente, cuando un hombre está desprovisto de la verdadera piedad? La respuesta es, ninguna en absoluto. Meramente decir que tengo fe cuando soy incapaz de recurrir a ninguna buena obra y frutos espirituales como la evidencia de ella, no beneficia ni al hablante ni a aquellos que escuchan su vacío discurso. La habilidad para hablar de una manera ortodoxa sobre las doctrinas del cristianismo es una cosa inmensamente diferente a la evidencia de la fe.

  "Y si el hermano o la hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y hartaos; pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo: ¿qué aprovechará?" (vers. 15, 16). Aquí el apóstol muestra por una ilustración de contraste la inutilidad absoluta del hablar hermoso que no está acompañado por hechos prácticos: nótese el "les dice: Id en paz" etc. ¿Cuál es el uso y el valor de fingir ser caritativo cuando son negadas las obras de amor? Ninguno en absoluto: los estómagos vacíos no son llenados por palabras benévolas, ni tampoco son vestidas las espaldas desnudas por buenos deseos. Ni el alma es salvada por una hueca profesión del Evangelio.

  "La fe que obra por el amor" (Gál. 5:6). El primer "fruto del Espíritu," que es de la nueva naturaleza en el alma regenerada, es "amor" (Gál. 5:22). Cuando la fe ha sido de verdad producida en el corazón por el Espíritu Santo, esa fe se manifiesta en amor –amor hacia Dios, amor hacia Sus mandatos (Juan 14:23), amor hacia los hermanos, amor hacia nuestros semejantes. Por lo tanto probando la "fe" del profesante vacío, el apóstol en seguida pone a prueba su amor. Mostrando la hipocresía de su amor, él demuestra la falta de valor de su "fe". ¡"Mas el que tuviere bienes de este mundo, y viere a su hermano tener necesidad, y le cerrare sus entrañas, ¿cómo está el amor de Dios en Él?" (1 Juan 3:17)! El amor Genuino es operativo; así es la fe genuina.

  "Así también la fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma" (Santiago 2:17). Aquí el apóstol aplica la ilustración que ha empleado en el caso delante suyo, demostrando la inutilidad de una "fe" sin vida e inoperante. Incluso nuestros semejantes rápidamente denunciarían como sin valor un "amor" que fuera abundante en las palabras pero falto en obras. Las personas no regeneradas no son engañadas por aquellos que hablan benignamente al indigente, pero que se niegan a atender sus necesidades. ¿Y piensas tú, mi lector que el Dios omnisciente será engañado por una profesión vacía? ¿No ha dicho Él? "¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? " (Lucas 6:46).

  Aquella "fe" que sólo es de labios y no es confirmada por la evidencia en la vida, es inútil. No importa cuan claro y acertado puede ser mi conocimiento de la Verdad en mi cabeza, no importa cuan buen hablador sea sobre las cosas Divinas, si mi andar no es controlado por los mandatos de Dios, entonces soy solamente "como metal que resuena, o címbalo que retiñe". "La fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma".

No es una fe viviente y fructífera, como la fe del elegido de Dios, sino una cosa que es absolutamente sin valor –"muerta." Está "sola," es decir, separada del amor a Dios y a los hombres y de cada santa emoción. ¡Cómo podría nuestro santo Señor aprobar semejante "fe"! Como las obras sin la fe son "muertas" (Heb. 9:14), así una "fe" que es sin "obras" es una fe muerta.

​  Extracto del libro "la justificación"  Arthur W. Pink