Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 5/4/2013

​Es sin duda algo maravilloso que el Dios eterno haga promesas a sus propias criaturas. Antes de haber empeñado su Palabra podía hacer lo que le placiese, pero su verdad y honor le obligan a hacer lo que ha dicho, lo cual no limita para nada su libertad porque la promesa es siempre la declaración de su soberana voluntad y placer, y Él se deleita siempre en actuar conforme a su Palabra, pero sigue siendo una condescendencia maravillosa para el espíritu libre del Señor establecer pactos que le atan. Y así lo ha hecho.

 El Señor ha establecido con los hombres un pacto de gracia, mediante el cual ha confirmado sus promesas, no solamente empeñando su palabra, sino dando su juramento «para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que liemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros».

En ese pacto hay muchas y maravillosas promesas, todas ellas confirmadas en Cristo Jesús, y establecidas para siempre en el fundamento de la divina verdad. Ésta es nuestra esperanza, como escribió Pablo a Tito: «en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos». Dios ha prometido y en la fidelidad de esa promesa depositamos nuestra confianza desde ahora y para siempre. No consideramos que sea imprudente descansar la salvación de nuestra alma sobre la promesa que ha hecho nuestro fiel Creador. A fin de ayudarnos a tener esa confianza las promesas no fueron solamente algo oral, sino que fueron transmitidas por escrito. Los hombres dicen que les gusta que sus acuerdos queden en letra impresa, y en este caso así ha sido. «Está escrito en el volumen del libro.» La inspiración ha quedado escrita, y al creer lo que dice en nuestras Biblias no nos queda más remedio que depositar nuestra confianza en lo que contiene.

Es causa de mucha debilidad para muchos el no tratar las promesas hechas por Dios como realidades. Si un amigo les hace una promesa lo consideran como algo sustancial y esperan aquello que les parece seguro, pero consideran las palabras de Dios como palabras que tienen muy poco significado. Esto es algo que deshonra al Señor y es algo perjudicial para ellos. Puede estar usted bien seguro de que el Señor no dice nunca las cosas a la ligera: «Si lo dijo, ¿no lo hará también?» Él mantiene siempre su palabra. David dijo acerca de las promesas que le había hecho el Señor: «Él ha hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y será guardado.» Dios habla de un modo deliberado, en el debido orden y con determinación, y podemos estar totalmente seguros de que sus palabras se cumplirán con la misma seguridad con que las dijo. ¿Se han sentido confundidos algunos de los que han puesto su confianza en el Señor? ¿Se puede encontrar un solo caso en el cual Dios haya mentido? ¿Los siglos no pueden producir una sola prueba que demuestre que Jehová ha hecho una promesa y luego no la ha cumplido.

Nosotros admiramos la fidelidad en los hombres y no podemos imaginarnos como algo que pudiese faltar en el carácter de Dios y, por tanto, podemos estar totalmente seguros de que será fiel a su palabra. Se cuenta que Blücher, que marchaba de camino para prestar ayuda a Wellington en Waterloo, se encontró con que a sus tropas les fallaban las fuerzas. «No puede hacerse» le dijeron, a lo que él contestó: « Debe de hacerse, he prometido estar allí, lo he prometido, ¿me habéis oído? No esperaréis que deje de cumplir mi palabra.» Él iba a Waterloo por una buena causa y no iba a dejar que nada le impidiese llegar porque había prometido hacerlo. Nosotros alabamos esa fidelidad y tendríamos una pobre opinión de la persona que no cumpliese. ¿Acaso el Dios Todopoderoso dejará de cumplir lo prometido? No, él moverá cielos y tierra, y conmoverá todo el Universo, antes que echarse atrás en su palabra. Parece decir: «Debe hacerse. Lo he prometido. Prometido, ¿me oís?» Antes de que su promesa quedase sin cumplir prefirió mandar a su propio Hijo, pues mejor era que muriese su Hijo a que la palabra del Señor quedase sin cumplir. Lo repito, podemos depender de ello, el Señor quiere decir exactamente lo que ha dicho y cumplirá hasta lo último que ha ofrecido. Pero a pesar de ello solamente la semilla escogida le creerá. Lector, ¿le cree usted?

Dios debe ser verídico, aunque otros engañen. Si toda la verdad del mundo pudiese reunirse, vendría a ser como una gota en un cubo comparada con la veracidad de Dios. La veracidad del más justo de los hombres viene a ser vanidad en comparación con la verdad segura de Dios. La fidelidad de Dios es una roca. Si nosotros confiamos en hombres buenos, más debiéramos aún de confiar en el buen Dios. ¿Por qué parece ser un hecho extraordinario descansar en las promesas de Dios? Al menos a muchos les parece un asunto místico, sentimental, un sueño, pero si lo consideramos con calma nos daremos cuenta de que es una transacción de lo más corriente. Dios es real, todo lo demás es dudoso. Él es seguro, todo lo demás es cuestionable. Él ha de mantener su palabra, ya que es una necesidad absoluta; de otro modo ¿cómo podría ser Dios? El creer en Dios debiera ser un acto de la mente que se realizase sin esfuerzo alguno. Incluso si apareciesen dificultades, los sencillos y puros de corazón deberían de decir espontáneamente: «Que Dios sea cierto y todo hombre un mentiroso.» El darle a Dios menos que una fe implícita es privarle de un honor justamente debido a su santidad intachable.

Nuestra obligación para con Dios requiere que aceptemos su promesa y actuemos conforme a la misma. Todo hombre honrado tiene derecho a que se le dé crédito, y tanto más lo merece el Dios de la verdad. Deberíamos de tratar la promesa como la sustancia de lo prometido, de la misma manera que consideramos un cheque que nos da alguien o una nota a mano como el pago mismo. En los negocios diarios se hacen constantemente promesas de pago, como si se tratase del dinero del negociante y las promesas que ha hecho Dios debieran de tratarse del mismo modo. Creamos que tenemos las peticiones que le hemos hecho, ya que Él garantiza el que lo hagamos y recompensa nuestra fe cuando lo hacemos.

Consideremos la promesa como algo tan seguro y cierto que podamos actuar en conformidad y lo convirtamos en una cifra principal en nuestros cálculos. El Señor promete la vida eterna a los que creen en Jesús; por lo tanto, si creemos de verdad en Jesús, estemos totalmente seguros de que tendremos vida eterna y gocémonos en ese enorme privilegio. La promesa de Dios es lo que más seguros debe de hacernos sentir, ya que es algo mucho más seguro que los sueños y visiones y las supuestas revelaciones, y se puede confiar más en ella que en nuestros sentimientos, ya sean de gozo o de dolor. Está escrito: «El que en Él cree no será condenado.» Yo creo en Jesús y, por tanto, no soy condenado. Éste es un buen razonamiento y la conclusión es segura. Si Dios lo ha dicho es así, por encima de toda duda. Nada es más cierto que lo que ha declarado el propio Dios, ni nada habrá de acontecer con mayor seguridad que lo que Él ha garantizado por su propia mano y sello.

Cuando un alma se encuentra bajo convicción es consciente de las amenazas del Señor con una intensidad en su creencia que es muy notable, ya que su fe, fruto del temor, pone en el corazón un terror y una consternación que sobrecoge el ánimo. ¿Por qué no habríamos de aceptar la promesa de una manera igualmente consciente? ¿Por qué no aceptarla con la misma seguridad? Si la conciencia está dispuesta a aceptar como verdad el hecho de que el que no cree ya ha sido condenado, también será igualmente cierto que el que cree y es bautizado será salvo, porque esta última afirmación ha sido igualmente hecha por Dios, como lo fue la anterior. La tendencia de la mente despierta es pensar mucho más en el lado oscuro de la palabra de Dios y sentir todo su impacto y, al mismo tiempo, descuidar el lado positivo de lo escrito y dudar de ello, como si fuese demasiado bueno como para ser cierto. Pero esto es una locura. Toda bendición es demasiado buena como para que la recibamos sí las consideramos a la luz de nuestra indignidad, pero no hay ninguna bendición que sea demasiado buena para que Dios no la pueda conceder, si la juzgamos por su excelencia inimitable. Pero es conforme a la naturaleza de un Dios de amor derramar sus bendiciones sin límite. Si Alejandro dio como un rey, ¿no dará Jehová como un Dios?

A veces hemos escuchado a algunas personas decir: «eso es tan seguro como la misma muerte» y nosotros sugerimos que es posible decir, de igual manera: « tan cierto como la vida ». Aquellas cosas que procedan de la gracia son tan seguras como las «terribles cosas de la justicia». «Todo aquel que creyere en Jesús no perecerá, sino que tendrá vida eterna. » Debe de ser así porque lo ha dicho la palabra de Dios y no puede haber ningún error en ello.

Sí, el Señor quiere decir lo que ha dicho. Él no se burla nunca de los hombres haciendo uso de palabras vacías y sin significado. ¿Para qué habría de engañar a sus criaturas, pidiéndoles una confianza que fuese estéril? El Señor puede ir más allá de lo dicho, dando mucho más de lo que creemos que quiere decir, pero no puede nunca quedarse corto. Nosotros podemos interpretar sus promesas basándonos en una escala de lo más liberal. Él nunca se queda corto en la interpretación más amplia que la esperanza pueda concebir tocante a la promesa. La fe no ha sido aún capaz de llegar más lejos que la promesa que Él ha hecho con generosidad inesperada. Hagamos nuestra esa promesa y gocémonos sabiendo que es sustancia y no sencillamente una sombra. Disfrutemos ahora mismo esa promesa como si se tratase de la realidad que estamos esperando.

Extracto del libro "segun la promesa" de C. H. Spurgeon