Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 26/4/2013

​ Cuando el Señor prometió a Jacob estar con él y hacerle bien, fue fiel a su palabra y le liberó en la lucha que mantuvo en Peniel. Aquella promesa que había permanecido como adormecida durante tanto tiempo, que la semilla de Israel poseería la tierra que fluía leche y miel, parecía como si nunca se fuese a cumplir, cuando las tribus fueron hechas esclavas en Egipto y el Faraón las tuvo bajo su mando, con mano de hierro, y no estaba dispuesta a dejarlas ir. Pero Dios, que tomó a su cargo a su pueblo, les sacó con poder y con su mano extendida el mismo día que prometió rescatarles.

« Jehová, pues, dio a Salomón sabiduría, como le había dicho» (1 Reyes 5:12).
 
No sé de qué modo le dio el Señor sabiduría a Salomón, pero prometió darle sabiduría y mantuvo su palabra. Cuanto más pensamos en ello más sorprendente nos parece. Salomón no nació bajo las circunstancias más prometedoras en cuanto a la sabiduría. Como hijo favorito de un padre ya mayor, es muy probable que estuviese muy mimado. Como hombre joven que ascendió al trono mucho antes de que estuviese preparado para ello en el curso de la naturaleza, es muy factible que metiese la pata y cometiese muchos errores. Fue un hombre de grandes pasiones carnales, que al final pudieron más que él, y por todas estas razones más fácil hubiese resultado que fuese un libertino que un filósofo. Fue una persona que poseyó grandes riquezas, un poder ¡limitado y una invariable prosperidad y , por tanto, poco tuvo que pasar por experiencias difíciles que son las que hacen que los hombres adquieran sabiduría. ¿Quiénes fueron sus maestros? ¿Quién le enseñó a ser sabio? Su madre arrepentida seguramente le inculcó una sólida moral y le enseñó la religión, pero difícilmente pudo transmitirle el eminente grado de sabiduría que le colocó por encima de todos los hombres y le dio una fama conocida por todo el mundo. Supo mucho más que otros, y por eso no pudo tomar prestada de ellos su sabiduría. A sus pies se sentaron sabios, y su fama hizo que viniesen peregrinos de los confines de la tierra. Ninguno de ellos pudo ser maestro de Salomón ya que su sabiduría era superior a la de ellos. ¿Cómo logró este hombre destacar y ocupar un lugar especial en la sabiduría, de tal manera que se ha convertido en un sinónimo del hombre sabio.

El proceso de la creación de una mente magistral es un gran misterio. ¿Quién dará sabiduría a un joven? Se le puede impartir unos conocimientos, pero no darle sabiduría. Ningún tutor, ni maestro, ni adivino, puede dar sabiduría a otro hombre, ya que bastante tiene con adquirirlo él mismo. Sin embargo, Dios le dio a Salomón largura de corazón como las arenas de la mar y una sabiduría inigualable porque Dios puede hacer todas las cosas. De una manera conocida solamente por Él mismo, el Señor produjo en el joven rey la capacidad de observación, de razonamiento, la sabiduría para actuar con prudencia, que rara vez han podido igualarse. Hemos admirado con frecuencia la sabiduría de Salomón, pero yo les invito a ustedes a que admiren aún más a Jehová, por medio del cual se produjo el maravilloso genio que fue Salomón.

El motivo por el cual el Señor produjo esa maravilla en la persona de Salomón fue que había prometido hacerlo, y Él siempre cumple su palabra. Hay muchos otros versículos en la Biblia que me servirían de igual modo que este ejemplo, puesto que mi propósito es hacer notar el hecho de que todo lo que Dios haya prometido, a quien sea, se lo concederá. Ya sea el concederle sabiduría a Salomón o dar gracia al lector, si el Señor ha hecho la promesa, no permitirá que se convierta en algo olvidado. El Dios que cumplió su palabra en este caso tan extraordinario, donde el asunto estaba tan por encima del poder humano, y viéndose rodeado de circunstancias tan poco ventajosas, cumplirá sus promesas en otros casos, por difícil y misterioso que sea el proceso de su realización. Dios cumple siempre su palabra al pie de la letra y además irá más allá de lo que parecen decir sus palabras. En este caso concreto, además de concederle sabiduría a Salomón le dio grandes riquezas y otras muchas cosas que no aparecen en el pacto. «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia y todas estas otras cosas os serán añadidas.» El que hace promesas de infinitas bendiciones, suplirá las necesidades diarias como si fuese algo de poca importancia y fueran concedidas como si tal cosa, como el papel y la cuerdecita que dan en la tienda de comestibles con las envolturas de nuestras compras.
Basándonos en el caso de Salomón y miles similares a él, nos enteramos de que la regla que utiliza Dios para dar es conforme a su promesa.

La página de la historia está llena de casos semejantes. El Señor prometió a nuestros padres, caídos, que la simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza y he aquí que ha aparecido ya la simiente de la mujer y ha obtenido para sí mismo y para todos nosotros, la gloriosa victoria de nuestra redención. En el cumplimiento de esa promesa tenemos, por así decirlo, la garantía de que habrá de cumplir todo cuando ha prometido. Cuando Dios le prometió a Noé que estaría a salvo dentro del arca éste vio que fue así. Ni una sola de aquellas olas antediluvianas, que destruyeron aquel mundo, pudo entrar en el lugar seguro. Cuando Dios le dijo a Abraham que le daría simiente v una tierra que habría de ser de su posesión, pareció algo imposible, pero Abraham creyó en Dios, y con el tiempo pudo gozarse contemplando a Isaac y viendo en él el heredero que le había sido prometido.

 Cuando el Señor prometió a Jacob estar con él y hacerle bien, fue fiel a su palabra y le liberó en la lucha que mantuvo en Peniel. Aquella promesa que había permanecido como adormecida durante tanto tiempo, que la semilla de Israel poseería la tierra que fluía leche y miel, parecía como si nunca se fuese a cumplir, cuando las tribus fueron hechas esclavas en Egipto y el Faraón las tuvo bajo su mando, con mano de hierro, y no estaba dispuesta a dejarlas ir. Pero Dios, que tomó a su cargo a su pueblo, les sacó con poder y con su mano extendida el mismo día que prometió rescatarles. Partió el Mar Rojo y guió a su pueblo a través del desierto, porque les aseguró que así habría de hacerlo. Partió por medio las aguas del Jordán y echó a los cananeos de delante de su pueblo elegido, dando a Israel aquella tierra por herencia, tal y como les había prometido. Los relatos que muestran la fidelidad del Señor son innumerables, y no tendríamos suficiente tiempo como para nombrar todos ellos. Las palabras de Dios han sido siempre justificadas, en su debido momento, por los hechos de Dios, y Él ha tratado a los hombres conforme a su promesa. Siempre que el hombre ha hecho suya una promesa de Dios y le ha dicho «haz lo que dijiste» Dios ha respondido a su súplica y ha demostrado que el confiar en Él no era algo inútil. A lo largo de los siglos Dios ha usado una regla invariable: la de mantener y cumplir su palabra al pie de la letra y en el momento oportuno.
 
«Eso es mucho decir» dirán algunos; entonces hablemos de una manera más clara. Es costumbre de Dios cumplir lo que ha prometido a las personas. Nosotros mismos somos testimonios vivos de que Dios no se olvida de su palabra. Miles y miles de nosotros podemos dar testimonio de que hemos depositado nuestra confianza en Él y no nos ha decepcionado. Yo fui antes un triste pecador, sumido bajo la terrible ira del Todopoderoso, culpable y condenado, y sentía que si era echado de delante de la presencia de Jehová para siempre, no podría decir absolutamente nada en contra de semejante sentencia. Cuando leí en su palabra: «Si confesamos nuestros pecados Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados» fui a El. Con miedo y temblor decidí poner a prueba su promesa. Admití mis transgresiones al Señor y Él perdonó la iniquidad de mi pecado. No me estoy inventando historias, porque la paz tan absoluta que invadió mi corazón en el momento en que fui perdonado fue tal que me pareció como si hubiese comenzando una nueva vida, y era exactamente lo que había sucedido.
Sucedió de la siguiente manera. Un domingo oí a un pobre hombre hablar acerca de la promesa: «Miradme, y sed salvos, todos los confines de la tierra. » Yo no acertaba a comprender cómo era posible que una sencilla mirada al Señor pudiese salvarme. Parecía algo demasiado sencillo como para obtener un resultado tan extraordinario, pero yo estaba dispuesto a intentar cualquier cosa, así que miré, miré a Jesús.
Fue todo cuanto hice. Miré a Aquel que es la propiciación del pecado, y en un momento me di cuenta de que había sido reconciliado con Dios. Vi que si Jesús había sufrido en mi lugar, no podía sufrir yo también, y que si Él había cargado todo mi pecado yo ya no tenía necesidad de cargar con mis pecados. Mi iniquidad tenía, por fuerza, que haber sido borrada si Jesús la había llevado en mi lugar y había tenido que sufrir el castigo. Con ese pensamiento vino a mi espíritu una dulce sensación de paz con Dios por medio de Jesucristo mi Señor. La promesa era cierta y yo me di cuenta de que así era. Pasó hace unos treinta y seis años, pero yo no he perdido nunca el sentido de esa salvación absoluta que encontré entonces, ni he perdido esa paz que se apoderó de mi espíritu con tal dulzura. Desde entonces nunca he confiado en vano en ninguna de las promesas de Dios. Me he encontrado en situaciones de mucho peligro, he tenido grandes necesidades, he sentido fuertes dolores, y me he sentido anonadado por incesantes ansiedades, pero el Señor ha sido fiel a todo lo dicho y cuando he confiado en Él me ha ayudado en todo sin faltar. No me queda más remedio que hablar bien de Él, y así lo hago. En ello empeño mi palabra y pongo mi sello, sin ninguna duda ni reserva.
La experiencia de todos los creyentes es, de hecho, la misma: comenzamos nuestra nueva vida con gozo y paz, creyendo en el Dios que hace promesas, y continuamos viviendo de la misma manera. En nuestro recuerdo hay una larga lista de promesas que se han cumplido, haciendo que nos sintamos agradecidos y confirmando nuestra confianza. Hemos puesto a prueba la fidelidad de nuestro Dios año tras año, de muy diversas maneras, pero siempre con los mismos resultados. Hemos ido a su presencia con promesas relacionadas con las cosas de todos los días, como pueda ser el pan cotidiano, nuestra ropa, nuestros hijos, nuestro hogar, y el Señor ha obrado misericordiosamente con nosotros. Hemos recurrido a Él en caso de enfermedad, cuando nos han calumniado, en los momentos de duda o de tentación y no nos ha fallado nunca. Se ha acordado de nosotros incluso en los más pequeños detalles, y hasta los cabellos de nuestra cabeza han sido contados. Cuando parecía altamente improbable que se cumpliese la promesa, se ha cumplido de una manera sorprendente y con toda exactitud. Nos hemos sentido compungidos por la falsedad del hombre, pero nos hemos regocijado y continuamos gozándonos en la veracidad de Dios. Al pensar en las formas tan maravillosas en que Jehová, nuestro Dios, ha manifestado la operación de sus promesas en nuestras vidas se nos llenan los ojos de lágrimas.
 
«Hasta aquí su promesa ha sido fiel, que ratificó Jesús con su sangre: sigue siendo fiel, sabio y justo, y aun los creyentes en Él creen. »
 
Permítaseme hablar con toda sinceridad a aquellos que han depositado su confianza en el Señor. Hijo de Dios, ¿no ha sido fiel para con vosotros vuestro Padre celestial? ¿No es ésa vuestra constante experiencia, sabiendo que vosotros fracasáis siempre, pero que Él no fracasa? El apóstol dijo acertadamente: «Aunque no creamos, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo.» Podemos interpretar el lenguaje divino en su más amplio sentido y encontraremos que la promesa del Señor se cumple a rajatabla. La norma que sigue para dar es amplia y liberal: la promesa es un gran recipiente y el Señor lo llena hasta rebosar. De la misma manera que en el caso de Salomón el Señor le dio «conforme a lo prometido» seguirá haciéndolo en todos los casos mientras el mundo siga existiendo. ¡Oh lector! cree en la promesa y de ese modo demostrarás que eres heredero de ella. ¡Ojalá que el Espíritu Santo te guíe a hacerlo así por amor a Jesús!

Extracto del libro "Segun la Promesa" de C. H. Spurgeon