Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 14/6/2013

​«Yo Jehová, a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto» (1saías 60:22).  Es posible que no nos hayamos mostrado aún suficientemente sumisos a la voluntad divina. La paciencia no ha tenido aún su obra perfecta y no se ha realizado aún el proceso del destete, porque todavía anhelamos las comodidades que el Señor quiere que dejemos a un lado ya para siempre.

​«Se acercaba el tiempo de la promesa» (Hechos 7:17).
 
  El Señor no se anda nunca con prisas, a veces hasta nos puede parecer que los carros de su gracia se demoran de manera increíble. No es ni mucho menos una circunstancia extraordinaria escuchar a los santos clamar: «¡Oh, Señor, ¿hasta cuándo?» Pero está escrito: «La gloria de Jehová será tu retaguardia» (Isaías 58:8).   A veces Dios puede hacernos esperar, pero al ' final podremos ver que Él es sin duda el Alfa y la Omega de la salvación de su pueblo. No desconfiemos nunca de Él, porque vendrá y lo hará sin tardanza (Habacuc 23).
 
En cierta ocasión navegó del puerto marítimo de Londres, un barco, y el propietario le había puesto por nombre el Veloz-seguro, porque tenía la esperanza de que resultase al mismo tiempo un barco seguro y rápido. Ciertamente éste es un nombre indicado para la misericordia del Señor, porque es al mismo tiempo segura y veloz.  ¿Acaso no dijo él: «cabalgó sobre el querubín y voló; sí, sobre las alas del viento voló»? El Señor no es tardo para escuchar el clamor de su pueblo. Él ha establecido un tiempo para favorecer a Sión, y cuando llegue el momento oportuno no habrá demora.

La fecha de su cumplimiento es una parte importante de una promesa, pues forma parte de su misma esencia. Sería injusto demorar el pago de una deuda, y la obligación de cumplir con lo dicho es de la misma naturaleza. El Señor llega en el momento oportuno para cumplir con su obligación. El Señor había amenazado con destruir el mundo por medio de un diluvio, pero esperó todo el tiempo que fue necesario hasta que Noé pudo entrar en el arca, y entonces, en aquel mismo día fueron abiertas las grandes fuentes de los abismo. Él había declarado que Israel saldría de Egipto, y así fue: «Y pasados los cuatrocientos treinta años, en el mismo día todas las huestes de Jehová salieron de Egipto» (Éxodo 12:41). Según Daniel, el Señor cuenta los años de su promesa y las semanas que ha de esperar. En cuanto a la más importante de las promesas, es decir, la de enviar a su Hijo de los cielos, el Señor no se quedó atrás en el envío de ese don precioso, «pero cuando hubo llegado el tiempo oportuno, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer». Por encima de toda duda hemos de decir que el Señor, nuestro Dios, mantiene su palabra cuando llega el momento indicado.

Cuando nos encontramos necesitados, podemos venir  al Señor pidiéndole que venga rápidamente a nuestro auxilio, como suplicó David en el Salmo setenta: «Oh, Dios, acude a librarme; apresúrate, oh, Dios, a socorrerme» (versículo l). «Yo estoy afligido y menesteroso; apresúrate a mí, oh Dios. Ayuda mía y mi libertador eres tú; oh Jehová, no te detengas» (versículo 5). El Señor llega incluso a describirse a sí mismo dándose prisa a cumplir con gracia lo prometido diciendo: «Yo Jehová, a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto» (1saías 60:22). Pero no debemos de orar de ese modo, como si nos temiésemos que el Señor no fuese capaz de cumplir o fuese a demorar la respuesta o que nos necesitó a nosotros para meterle prisa. No, «el Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza» (2 Pedro 3:9). Nuestro Dios es tardo para la ira, pero en lo que se refiere a los hechos de su gracia «velozmente corre su palabra» (Salmos 147:15). Algunas veces la velocidad con que bendice a su pueblo aventaja al tiempo y al pensamiento, como, por ejemplo, cuando cumple ese antiguo dicho: «Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído» (Isaías 65:24).

Sin embargo, hay ocasiones en las que se produce una demora en la respuesta a nuestras oraciones. De la misma manera que el labrador no recoge hoy lo que sembró ayer, tampoco nosotros obtenemos del Señor lo que buscamos de Él. La puerta de la gracia se abre, pero no lo hace la primera vez que llamamos. ¿A qué se debe esto? Es debido a que la misericordia será tanto mayor por haber tardado en llegar. Hay tiempo para todos los propósitos debajo del cielo, y cada cosa es más apropiada a su debido tiempo. El fruto madura cuando llega su estación y cuanto más madura está mejor. Las misericordias que llegasen antes de tiempo serían sólo misericordias a medias, por lo tanto el Señor demora la respuesta hasta que han alcanzado la perfección. Hasta el cielo, será mucho mejor, porque no será para nosotros hasta que no esté preparado y también nosotros lo estemos para ir allí.
 
El amor es el que preside la disposición de la gracia y hace sonar la campana cuando ha llegado el mejor momento. Dios nos bendice por medio de sus demoras temporales, así como por sus respuestas inmediatas. No debemos de dudar del Señor porque no haya llegado todavía su tiempo; eso sería actuar como niños petulantes que se empeñan en tener algo en seguida o de lo contrario se creen que nunca lo tendrán. Un Dios que espera es el verdadero objeto de la confianza de su pueblo que espera. «Por tanto, Jehová esperará para tener piedad de nosotros» (Isaías 3: 18). Su compasión nunca falla aunque la operación de su gracia parezca haber quedado suspendida y nuestros dolores se hayan hecho más profundos. Sí, es precisamente porque nos ama tanto por lo que nos pone a prueba demorando en paz su respuesta. Con nuestro Padre celestial sucede lo que pasó con el Señor aquí en la tierra: «Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba» (Juan 11:5, 6). El amor cierra la mano de la abundancia divina y pone restricción al desbordamiento de su favor, cuando sabe que saldremos ganando si antes nos vemos obligados a pasar por momentos difíciles.

Tal vez no haya llegado el momento en que haya de cumplirse la promesa, porque nuestra prueba no ha logrado todavía su propósito. La lección debe responder a su propósito, o de lo contrario no puede tocar a su fin. ¿Quién desearía que se sacase el oro del fuego antes de que se separase la escoria? ¡Espera, alma preciosa, hasta que hayas alcanzado la máxima pureza! Estos momentos en que pasas por el horno son provechosos, por lo que sería insensato acortar esas horas doradas. El tiempo de la promesa corresponde con el tiempo que más enriquece el corazón y el alma.

Además es posible que no nos hayamos mostrado aún suficientemente sumisos a la voluntad divina. La paciencia no ha tenido aún su obra perfecta y no se ha realizado aún el proceso del destete, porque todavía anhelamos las comodidades que el Señor quiere que dejemos a un lado ya para siempre. Abraham hizo un gran banquete cuando fue destetado su hijo Isaac, y es posible que lo mismo haga nuestro Padre celestial con nosotros. ¡Humíllate, corazón altivo! Deja tus ídolos de una vez y olvida tus caprichos y recibirás la paz prometida.

Es posible además que no hayamos cumplido con una obligación que se convertirá en el punto de nuestra situación. El Señor volvió de nuevo la cautividad de Job cuando oró por sus amigos. Es posible que el Señor haga que seamos útiles a algún familiar o amigo antes de favorecernos con su consuelo personal y no podamos ver el rostro de nuestro José a menos que nuestro hermano esté con nosotros. Puede que alguna ordenanza de la casa del Señor haya quedado descuidada o que haya quedado sin hacer algún trabajo santo, y eso sea un impedimento para que se cumpla la promesa. ¿es así? «¿Son los consuelos del Señor algo de poca importancia para ti? ¿Hay algo que guardas secreto?» Es muy posible que todavía tengamos necesidad de inclinarnos delante del Señor y que hagamos un sacrificio notable ante Él, y entonces El se acordará de su promesa. Ojalá que Él no tenga que quejarse: «No me has comprado caña de azúcar con dinero.» Aceptemos más bien su reto: « Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde» (Malaquías 3:10).

Las promesas de Dios están fechadas de tal manera que se asegura su gloria en el cumplimiento de ellas, y esto debe de ser suficiente para nosotros cuando no alcanzamos a comprender el motivo de la demora. Es posible que sea necesario que nos demos cuenta, de manera más consciente, de nuestra necesidad y el gran valor de las bendiciones que ansiamos con tal vehemencia. Lo que conseguimos con demasiada facilidad muchas veces es de escaso valor, y es posible que nuestros espíritus ingratos necesiten aprender a ser agradecidos por medio de la educación que es la espera. No cantaríamos a todo pulmón si no suspirásemos profundamente. El tener que esperar y esperar nos hace suspirar y suplicar, y con el tiempo eso nos lleva a gozarnos y regocijarnos.
Si nosotros conociésemos todas las cosas de la manera que las conoce Dios le bendeciríamos con todo nuestro corazón por mantenernos bajo su vara de la corrección y por no librarnos de ella a causa de nuestros lamentos. Si conociésemos el fin además de conocer el principio, alabaríamos al Señor por cerrar algunas puertas, por su ceño fruncido y por las peticiones que quedan sin respuesta. Sin duda alguna, si supiésemos que los propósitos importantes del Señor recibiesen respuesta cuando continuamos sin los placeres que deseamos, y al tener que soportar los males que tememos, clamaríamos en voz alta pidiéndole que nos dejase en nuestra pobreza y que nos encerrase en nuestro dolor. Si podemos glorificar a Dios al sernos negado lo que buscamos, deseamos que se nos niegue. La más importante de nuestras oraciones y el resumen del resto es la siguiente: « Mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.»


Extracto del libro: Segun la promesa, de CH Spurgeon