Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 21/6/2013

​El Espíritu Santo es, en muchos sentidos, el medio por el cual la promesa de la herencia se convierte en algo nuestro ahora mismo. Por él somos «sellados». Sabemos, con toda seguridad que la herencia es nuestra, y que nosotros mismos pertenecemos al gran Heredero de todas las cosas. La operación del Espíritu Santo en lo que se refiere a nuestra regeneración y el que permanezca en nosotros para nuestra santificación, son una especie de certificado que nos indica que vivimos bajo la gracia y que somos herederos de la gloria.

​La Posesión de las Promesas:  Por Medio del Espíritu
 
«El Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para la alabarza de su gloria» (Efesios 1:13, 14).
 
En un sentido muy auténtico y real las cosas que han sido prometidas en el pacto ya son propiedad de los creyentes. «Todas las cosas son vuestras.» El gran Padre podrá decir con verdad a cada uno de los hijos que permanecen en su casa: « Todo cuanto tengo es vuestro. » La herencia ya es nuestra, dicen los antiguos teólogos, in promisso, in pretio, in principiis; es decir, en la promesa de Dios, en el precio que pagó nuestro Señor Jesucristo y en los primeros principios que nos son infundidos por el Espíritu Santo. En su promesa, que es segura, el Padre ya nos ha «bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales con Cristo». No solamente se ha propuesto enriquecernos en el futuro, sino que incluso ahora nos ha concedido los tesoros de su amor. El Señor Jesucristo no nos ha hecho sencillamente herederos de un estado o posesión infinita en los tiempos venideros, sino que nos ha concedido el que podamos disfrutar ahora de una porción, como dice en las Escrituras: «En el cual también nosotros hemos obtenido una herencia.»

El Espíritu Santo es, en muchos sentidos, el medio por el cual la promesa de la herencia se convierte en algo nuestro ahora mismo. Por él somos «sellados». Sabemos, con toda seguridad que la herencia es nuestra, y que nosotros mismos pertenecemos al gran Heredero de todas las cosas. La operación del Espíritu Santo en lo que se refiere a nuestra regeneración y el que permanezca en nosotros para nuestra santificación, son una especie de certificado que nos indica que vivimos bajo la gracia y que somos herederos de la gloria. Por encima de nuestro testimonio que indica que somos salvos, existe esta evidencia que es cierta y segura, es decir, que el Espíritu del Dios vivo está sobre nosotros. El arrepentimiento, la fe, la vida espiritual, los deseos santos, el respirar hacia 10 alto e incluso «los gemidos indecibles» son todo prueba de que el Espíritu Santo está obrando en nosotros y que lo está haciendo de una manera típica a los herederos de la salvación. La vida que nos ha sido inspirada por el Espíritu Santo es el gran sello del reino de Dios en nuestras almas. No tenemos necesidad de sueños, ni de visiones, ni de voces místicas, ni de sentimientos de rapto, puesto que el avivamiento y la renovación del Espíritu Santo son mejores sellos que los anteriores. El Espíritu de la promesa no prepara a los hombres para recibir una bendición que no ha de ser nunca de ellos. El que nos ha guiado hasta aquí se asegurará de que obtengamos esa bendición que ha preparado para nosotros. La más leve impresión del sello del Espíritu es la mejor demostración de la parte y suerte que nos corresponde con el pueblo de Dios que todas las inferencias presuntuosas que el orgullo puede sacarse de sus fantasías exacerbadas.

Pero el Espíritu Santo no es solamente el sello de la herencia, sino que es el que da fe de ella. Es como una parte de ella, que se da como garantía del resto que habrá de entregarse en el momento oportuno. Si un hombre recibe una parte de la paga de sus seis días de trabajo, es un dinero como señal del pago. En este caso las arras son diferentes a la señal, porque la señal la tenemos que devolver cuando recibimos lo que nos pertenece, pero la parte no tenemos que devolverla, porque va juntamente con la promesa. Incluso así, el Espíritu Santo es él mismo una gran porción de la perfección, del cielo, de la gloria eterna. Él es vida eterna y sus dones, sus gracias y su obra son los primeros principios de una felicidad interminable. Al tener al Espíritu Santo tenemos el reino que es el placer de nuestro buen Padre dar a sus escogidos.
Esto lo veremos con toda claridad si reflexionamos unos momentos. El cielo consistirá de la santidad, y está claro que si tenemos en cuenta que el Espíritu Santo nos hace santos aquí, ha implantado los comienzos del cielo. El cielo es la victoria; y cada vez que vencemos al pecado, a Satanás, al mundo y a la carne, tenemos una prueba anticipada de un triunfo que no se desvanecerá y que hará que las palmas se meneen en la Nueva Jerusalén. El cielo es como un día de reposo interminable y, ¿cómo podemos nosotros tener una perfecta anticipación de lo que es el perfecto reposo si no es por el gozo y la paz que moran en nosotros por obra del Espíritu Santo? La comunión con Dios es un ingrediente principal en el gozo inigualable de los glorificados, y aquí abajo, en la tierra, podemos dar gracias al Espíritu Santo, deleitarnos en el Señor y gozarnos en el Dios de nuestra salvación. El tener comunión con el Señor Jesús, en todos sus designios y propósitos, llenos de gracia, y en la semejanza a Él en lo que se refiere al amor hacia Dios y el hombre, son también constituyentes principales de nuestra condición perfeccionada ante el trono, y estas cosas las está realizando en nosotros el Espíritu de santidad día tras día. El poder ser puros de corazón a fin de poder ver a Dios, el ser de carácter estable como para poder andar en justicia, el ser fuertes en el bien para poder vencer el mal, y el ser liberados de nuestro egocentrismo para poder encontrarlo todo en Dios; ¿no son éstas, cuando se manifiestan en toda su plenitud, algunas de las bendiciones centrales de la visión beatífica? ¿No nos son ya concedidas por el Espíritu de gloria y de poder que incluso ahora mora en nosotros? Así es. Tenemos, en el Espíritu Santo, aquellas cosas que buscamos. Por medio de él la flor del cielo nos llega en un capullo, el amanecer del día de la gloria nos ha sonreído.

Por lo tanto, no somos extraños a las bendiciones prometidas, como algunos quieren dar a entender. Muchos repiten, como loros, la palabra: «Cosa que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombres son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9). Pero se olvidan de añadir las palabras que vienen a continuación: «Pero Dios nos las reveló a nosotros por su Espíritu.» ¡Qué crueldad es cortar por la mitad al hijo vivo de las Escrituras! El Espíritu Santo nos ha revelado lo que ni ojo ni oído percibieron, ha descorrido las cortinas y nos ha pedido que miremos los secretos que durante siglos han permanecido ocultos a tantísimas generaciones. He aquí, en la vida de Dios, dentro de tu alma, la vida eterna que ha sido prometida a todos los que mana a Dios. La vida de gloria es solamente la continuación de la vida de la gracia. He aquí, además, la reconciliación lograda por la sangre expiatoria, esa paz celestial que es la obra fundamental del eterno descanso. Dios hizo sentir al alma que creía, de manera anticipada, una prueba de lo que habría de ser la fragancia de la dicha. En la seguridad inconmovible y la serenidad santificada de la plena certeza hay un anticipo de lo que es el reposo en el Paraíso. Cuando nuestra alegría interna llega a un grado sumo y se manifiesta en un canto, oímos preludios de los aleluyas celestiales. ¡Si conociésemos los racimos de Canaan, que nos llegan en forma de emociones y de modo anticipado y que, bajo la dirección del Espíritu han ido, como espías, a la buena tierra y nos han traído los mejores frutos!
No es solamente que habremos de recibir una herencia, sino que ya la tenemos. Al tener al Espíritu Santo, se nos da la posesión de la tierra que fluye leche y miel. « Pero los que hemos creído entramos en el reposo» (Hebreos 43). «Os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la compañía de muchos millares de ángeles» (Hebreos 12:27).

¿Qué queda para estas personas, que han sido helas partícipes de la herencia divina, en el Hijo de Dios, sin que caminen como es digno de su llamamiento, que es alto, santo y celestial? «Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Colosenses 3:1).
 
Extracto del libro: Segun la promesa, de CH Spurgeon