Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 28/6/2013

​«Porque todas las promesas de Dios son en el Sí y en el amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios» (2 Corintios 1:20).
 Jesús, nuestro Señor, está siempre íntimamente relacionado con el camino de la promesa. De hecho Él es « el camino, la verdad y la vida » y ningún hombre puede venir al que ha sido fiel en sus promesas si no lo hace por medio de Jesucristo

 Nuestra esperanza es que el lector no intente obtener consuelo de algunas de las palabras que hemos escrito, ni siquiera de la Palabra de Dios mismo, a menos que lo reciba por medio de la persona de Jesucristo. Aparte de Él la Escritura no contiene nada que sirva para que el alma del hombre pueda vivir. Ésta es, en realidad, la falta que muchos cometen, pues escudriñan las Escrituras creyendo que en ellas encontrarán la vida eterna, pero no están dispuestos a venir a Cristo, para poder tener esa vida. No seamos nosotros insensatos como esas personas. Vengamos a Jesús día tras día, sabiendo que le ha placido al Padre que en Él esté toda la plenitud. Solamente cuando le conocemos a Él podemos conocer la luz, la vida y la libertad de los herederos de la promesa, y en el momento en que nos alejamos de     Él somos esclavos. ¡Que Él nos conceda la gracia para que permanezcamos en Él, a fin de que podamos tener todas las cosas buenas del pacto que fue hecho con nosotros en Él!

Jesús es la puerta de la promesa. Por medio de Él el Señor puede cumplir lo dicho a favor de los hombres que son culpables. No fue hasta que «la semilla de la mujer» fue nombrado como Mediador entre Dios y los hombres que los mensajes de consuelo pudieron ser enviados a una raza que le había ofendido. Dios no tuvo palabra alguna para los pecadores hasta que la palabra de Dios fue hecha carne y habitó entre los hombres. Dios no podía comunicar su mente de amor a los hombres excepto a través de Jesús, que es la palabra. De la misma manera que Dios no pudo venir a nosotros aparte del Mensajero del pacto, tampoco nosotros podíamos acercarnos a El aparte del Mediador. Nuestros temores nos alejan del Santo hasta que vemos en el Hijo de Dios a un Hermano lleno de ternura y simpatía. La gloria de la divina Trinidad nos intimida hasta que vemos el resplandor más dulce del Dios encarnado. Podemos venir a Dios gracias a la humanidad de su Hijo y de manera especial por esa humanidad que tuvo que sufrir y morir a nuestro favor.

Jesús es el resumen de todas las promesas. Cuando Dios prometió darnos a su Hijo para que fuese nuestro, nos dio en Él todo cuanto era necesario para nuestra salvación. Todos los dones buenos y perfectos se encuentran en la persona, la obra y el testimonio de nuestro Redentor. Todas las promesas se encuentran «en ÉI». Si fuese posible sumarlas o hacer un enorme catálogo de todas las bendiciones que nos garantizan, podríamos ahorrarnos el trabajo, y estar contentos con saber que éste es el total final: el Señor nos ha dado a su Hijo Jesús. De la misma manera que todas las estrellas están en los cielos y todas las olas están en el mar, todas las bendiciones del pacto están en Cristo. No se nos ocurre ninguna bendición auténtica que podamos obtener fuera de nuestro Señor, porque Él es el todo en todos. Todas las perlas deben ir enlazadas en Él, y en su joyero se encuentran todas las piedras preciosas.

Jesús es la garantía de las promesas. El que no escatimó a su propio Hijo no negará nada a su pueblo. Si Él hubiese tenido la intención de retirarnos su favor, lo hubiese hecho antes de realizar el infinito sacrificio de su Hijo unigénito. No Podemos nunca alberga y la sospecha de que el Señor vaya a revocar ninguna de sus promesas, ya que ha cumplido la mayoría de ellas y la que más le costó. «¿Cómo no nos dará con Él todas las cosas?»

Jesús es el que confirma las promesas. Son «en El sí y amén». El hecho de que entrase en nuestra naturaleza, que se convirtiese en nuestra Cabeza federal y que cumpliese todas las estipulaciones del pacto, han hecho que todos los artículos del compendio divino sean firmes y perdurables. Dios no es solamente amable, sino que es un Dios justo que mantiene las promesas que ha hecho a los hombres. Desde que Jesús ha pagado la cuenta, a favor del hombre, como plena recompensa del divino honor que había sido afrentado por el pecado, la justicia de Dios se ha unido a su amor para que se efectúe cada una de las palabras de la promesa. De la misma manera que el arco iris nos garantiza que el mundo no volverá nunca más a ser destruido por un diluvio, Jesús es nuestra garantía de que las inundaciones del pecado humano nunca podrán ahogar la fiel ternura del Señor.

Él ha ampliado la ley y la ha hecho honorable, y debe de ser recompensado por los sufrimientos de su alma y, por lo tanto, todas las cosas buenas deben de alcanzar a aquellos a favor de los cuales murió. Resultaría un desquiciamiento y una dislocación de todas las cosas si las promesas no fuesen ya de ningún efecto después de todo lo que ha hecho el Señor para que éstas fuesen activas. Si nosotros realmente somos uno con el Señor Jesucristo, las promesas son tan seguras para nosotros como es el amor del Padre para el Hijo.
 
Jesús es el que recuerda las promesas. Él suplica a Dios en nuestro favor, y su súplica es la promesa divina. «Hizo intercesión por los transgresores.» El Señor ha hecho muchas buenas cosas a nuestro favor, y nosotros podemos venir a Él pidiéndole estas cosas, y para que nuestra súplica se pueda realizar bajo las circunstancias más favorables el mismo Señor Jesús se convierte en Intercesor nuestro. Por causa de Sión no deniega su paz, sino que día y noche se acuerda del pacto eterno y de la sangre mediante la cual fue sellado y ratificado. Detrás de cada una de las promesas está el Sumo Sacerdote, vivo, suplicando y prevaleciendo a favor de sus hijos. Puede que a nosotros se nos olvide la fiel promesa, pero a Él no. Él presentará el incienso de su mérito y la intercesión ante Dios a nuestro favor, en aquel lugar detrás del velo donde ejerce una intercesión omnipotente.

Jesús es el Cumplidor de las promesas. Su primera venida trajo consigo la mayor parte de las bendiciones que el Señor había ordenado por adelantado para los suyos, y la segunda nos traerá el resto. Nuestras riquezas espirituales están unidas con su persona, siempre adorable. Porque Él vive nosotros también viviremos, y porque Él reina nosotros también reinaremos. Porque Él es aceptado nosotros también lo seremos. Pronto, cuando Él se manifieste, también lo seremos nosotros, y gracias a su triunfo triunfaremos también nosotros. Seremos glorificados en su gloria. Él es el Alfa y la Omega de las promesas de Dios y en Él hemos encontrado la vida como pecadores y en Él encontraremos la gloria como santos. Si Él no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe, y si no viene una segunda vez nuestra esperanza no es otra cosa que un mero espejismo, pero gracias a que ha resucitado de los muertos nosotros somos justificados, y debido a que Él habrá de venir, rodeado por la gloria del Padre, también nosotros seremos glorificados.
 
Lector, ¿qué tienes tu que ver con Cristo?
 
Todo dependerá de la respuesta que des a esta pregunta. ¿Confías tú solamente en Él? Entonces el Señor ha prometido bendecirte y hacerte bien, y Él te sorprenderá por el modo en que lo hará. Nada es demasiado bueno para el Padre a la hora de dar al hombre que se deleita en su Hijo Jesús.

Por otro lado, ¿confías tú en lo que tú haces, en tus sentimientos, en tus oraciones y en las ceremonias? Si es así estás bajo las obras de la ley y, por tanto, bajo la maldición. Fíjate en lo que dijimos con anterioridad acerca de la semilla de Agar, la esclava, y adivina cuál será la suerte que te espera. ¡Oh, que estuvieses dispuesto a dejar la casa de la esclavitud y huyeses a buscar refugio a la casa de la gracia, que es gratuita, y te convirtieses en uno al cual pudiese Dios bendecir!   ¡Según la promesa!
 
¡Que Dios te conceda su gran favor por amor del Señor Jesucristo! Amén.

 
Extracto del libro: Segun la promesa, de CH Spurgeon