Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 3/10/2013

 La Iglesia Católica introdujo la división de los cristianos en dos grupos - los religiosos y los laicos, los cristianos excepcionales y los cristianos ordinarios, el que hace de la vida cristiana su vocación y el que se dedica a los asuntos del mundo. Esta tendencia no es sólo por completo antibíblica; en última instancia destruye la verdadera piedad, y es de muchos modos la negación del evangelio de nuestro Señor Jesucristo. En la Biblia no se encuentra semejante distinción.  Estas Bienaventuranzas son una descripción del carácter del cristiano. Y bajo el punto de vista del carácter, y de lo que debemos ser, no hay diferencia ninguna entre un cristiano y otro.

  Hemos terminado ya nuestro análisis general del Sermón por lo que podemos comenzar a examinar esta primera sección, las Bienaventuranzas, este esbozo del cristiano en sus rasgos y características esenciales. No me preocupa, como he dicho,  la discusión de si las Bienaventuranzas son siete, ocho o nueve. Lo que importa no es cuántas  bienaventuranzas hay, sino que tengamos una idea bien clara de lo que se dice acerca del cristiano. Primero quiero considerar esto en una forma general, una vez más, porque me parece que hay ciertos aspectos de esta verdad que sólo se pueden captar si lo tomamos como un todo. Al estudiar la Biblia, la norma debería ser siempre que se comience con el todo antes de dedicarse a las partes. Nada hay que lleve más fácilmente a la herejía y al error que comenzar con las partes en vez de que con el todo.

El único hombre que está en condición de cumplir con los mandatos del Sermón del Monte es el que tiene una idea bien clara respecto a la índole esencial del cristiano.  Nuestro Señor dice que esta persona es la única que es verdaderamente 'bienaventurada', es decir, 'feliz'. Alguien ha sugerido que se podría expresar así; es la clase de persona que ha de ser felicitado, es la clase de hombre que hay que envidiar, porque sólo él es verdaderamente feliz.

La felicidad es el gran problema del género humano. Todo el mundo anhela la felicidad y es trágico ver en qué formas tratan de alcanzarla. La gran mayoría, por desgracia, lo hacen en una forma tal que no puede sino producir calamidades. Cualquier cosa que, eludiendo las dificultades, produce la felicidad de alguien sólo momentáneamente, no hace a fin de cuentas sino aumentar los problemas y la calamidad. En esto se manifiesta el engaño absoluto del pecado; ofrece siempre felicidad, y conduce siempre a la infelicidad y a la desdicha y calamidad final. El Sermón del Monte dice, sin embargo, que si se desea ser verdaderamente feliz, esta es la forma. Esta y sólo esta es la clase de persona que es verdaderamente feliz, que es realmente bienaventurada. Esta es la clase de persona que ha de ser felicitada. Contemplémosla, pues, en general, por medio de una revisión sinóptica de estas Bienaventuranzas antes de examinarlas una por una. Se verá que con este Sermón adopto un procedimiento algo más pausado y lo hago así voluntariamente. Me he referido ya a los que desean con ansia saber qué vamos a decir acerca del 'ir con él dos millas', por ejemplo. No; debemos dedicar mucho tiempo al 'pobre en espíritu' y al 'manso' y otros términos como éstos antes de examinar esos interesantes problemas tan atractivos y emocionantes. Antes de considerar la conducta debemos primero interesarnos por la conducta.

Hay ciertas lecciones generales, creo, que se pueden sacar de las Bienaventuranzas.

Primero, todos los cristianos han de ser así. Lean las Bienaventuranzas, y en ellas encontrarán una descripción de lo que ha de ser el cristiano. No es la simple descripción de ayunos cristianos excepcionales. Nuestro Señor no dice que va a describir cómo van a ser algunos seres extraordinarios en este mundo. Describe a cada uno de los cristianos.

Me detengo aquí por un momento, y lo subrayo, porque creo que debemos todos estar de acuerdo en que la fatal tendencia que la Iglesia Católica introdujo, y de hecho todos los grupos de la Iglesia que gustan en emplear el término 'Católico', es la de dividir a los cristianos en dos grupos - los religiosos y los laicos, los cristianos excepcionales y los cristianos ordinarios, el que hace de la vida cristiana su vocación y el que se dedica a los asuntos del mundo. Esta tendencia no es sólo por completo antibíblica; en última instancia destruye la verdadera piedad, y es de muchos modos la negación del evangelio de nuestro Señor Jesucristo. En la Biblia no se encuentra semejante distinción. Se distingue entre oficios - apóstoles, profetas, maestros, pastores, evangelistas, y así sucesivamente. Pero estas Bienaventuranzas no describen oficios; son una descripción del carácter del cristiano. Y bajo el punto de vista del carácter, y de lo que debemos ser, no hay diferencia ninguna entre un cristiano y otro.

Voy a decirlo de otra manera. Es la Iglesia Católica la que canoniza a ciertas personas, no el Nuevo Testamento. Lean la introducción a casi cualquier Carta del Nuevo Testamento y verán que se dirige a todos los creyentes como en la Carta a la Iglesia de Corinto, 'llamados a ser santos'. Todos son 'canonizados', si quieren utilizar este término, no sólo algunos cristianos. La idea de que esta altura de la vida cristiana es sólo para unos pocos escogidos, y de que el resto hemos de vivir en las monótonas llanuras, es una negación completa del Sermón del Monte, y de las Bienaventuranzas en particular. Todos hemos de ser ejemplos de todo lo que se contiene en estas Bienaventuranzas. Por consiguiente descartemos de una vez por toda esta idea falsa. No es tan sólo una descripción de los Hudson Taylors o de los George Müllers o de los Whitefields o Wesleys de este mundo; es una descripción de todos los cristianos. Todos nosotros hemos de conformarnos a sus pautas y elevarnos a la norma que establece.

El segundo principio lo expresaría así; Todos los cristianos deben manifestar todas estas características. No sólo son para todos los cristianos, sino por necesidad, por tanto, todos los cristianos han de manifestarlas todas. En otras palabras no es que algunos han de manifestar una característica y otros manifestar otra. No es adecuado  decir que unos han de ser 'pobres en espíritu,' y otros han de 'llorar,' y algunos han de ser 'mansos.' y otros han de ser 'pacificadores,' y así sucesivamente. No; todo cristiano ha de ser todas estas cosas, ha de manifestarlas todas, al mismo tiempo. Creo, sin  embargo, que es cierto y justo decir que en algunos cristianos algunas de estas cosas se verán más que otras; pero esto no es porque ha de ser así. Se debe sólo a las  imperfecciones que hay en nosotros. Cuando los cristianos sean por fin perfectos, todos manifestarán todas estas características plenamente; pero en este mundo siempre habrá variaciones. No lo estoy justificando; simplemente lo hago notar. Lo que quiero subrayar es que todos y cada uno de nosotros hemos de manifestarlas todas al mismo tiempo. En realidad, creo que podemos ir más allá y decir que esta detallada descripción es tal, que resulta  absolutamente obvio, en cuanto analizamos las Bienaventuranzas, que cada una de ellas implica necesariamente las otras.

Por ejemplo, no se puede ser 'pobre en espíritu' sin 'tener hambre y sed de justicia;' y no se puede tener tal hambre y sed sin ser 'manso' y 'pacífico.' Cada una de estas cosas en cierto sentido exige las otras. Es imposible manifestar verdaderamente una de estas bendiciones, y recibir la bienaventuranza que se pronuncia sobre ello, sin al mismo tiempo exhibir ineluctablemente las otras. Las Bienaventuranzas son un todo completo que no se puede dividir; de modo que, si bien una puede manifestarse de una manera más evidente en una persona que en otra, están todas presentes. Las proporciones relativas pueden variar, pero están todas presentes, y tienen que estar todas presentes al mismo tiempo.

Este principio es de una importancia vital. Pero el tercero es quizá todavía más importante. Ninguna de estas descripciones se refiere a lo que podemos llamar una tendencia natural. Cada una de ellas es por completo una disposición que sólo la gracia y la acción del Espíritu Santo en nosotros puede producir. Nunca podría poner esto suficientemente de relieve Nadie responde naturalmente a las descripciones que se dan de las Bienaventuranzas, y debemos tener sumo cuidado en distinguir bien claramente entre las cualidades espirituales que se describen en ese pasaje y las cualidades humanas que se asemejan a aquéllas. Dicho de otra manera, hay personas que parecen naturalmente 'pobres de espíritu;' esto no es lo que nuestro Señor describe. Hay personas que parecen ser naturalmente ‘mansas;' cuando nos ocupemos de ese versículo espero poder demostrar que la mansedumbre de la que Cristo habla no es la que parece ser mansedumbre natural en una persona no regenerada. No se trata de cualidades naturales; nadie es así de nacimiento y por naturaleza.

Se trata de algo muy sutil que resulta difícil para muchos. Dicen, 'Conozco a una persona que no es cristiana, que nunca va a ninguna iglesia, que nunca lee la Biblia, que nunca ora, y que nos dice con toda franqueza que no le interesa nada de esto. Pero, la verdad es que me parece que es más cristiana que muchas personas que sí van a la iglesia y que oran. Siempre se muestra educada y cortés, nunca habla con aspereza ni juzga a los demás, y siempre hace todo el bien que puede.' Tales personas miran ciertas características de la persona de la que hablan y dicen, 'No cabe duda de que las Bienaventuranzas saltan a la vista; esta persona debe ser cristiana aunque niegue la fe.'

Esta es la clase de confusión que a menudo se suscita por no tener ideas claras a ese respecto. En otras palabras, será responsabilidad nuestra mostrar que lo que tenemos en cada una de las Bienaventuranzas no es una descripción de un temperamento natural, sino más bien una disposición que la gracia produce.

Tomemos esa persona que por naturaleza parece ser tan buen cristiano. Si se trata en realidad de una condición o estado que armoniza con las Bienaventuranzas, me parece que es falso, porque es algo de temperamento natural. Ahora bien nadie decide cuál va a ser su temperamento, aunque hasta cierto punto lo gobierne. Algunos de nosotros nacemos agresivos, otros pacíficos; algunos son despiertos y fogosos, otros tranquilos. Somos como somos, y esas personas tan buenas que se suelen exhibir como argumento en contra de la fe evangélica no son en modo alguno responsables por ser como son. La explicación de lo que son es biológica; nada tiene que ver con la vida espiritual ni con la relación del hombre con Dios. Es algo puramente animal y físico. Así como las personas difieren en cuanto al aspecto físico, así también difieren en temperamento; y si esto es lo que determina que una persona sea cristiana o no, afirmo que es completamente falso.

Pero, a Dios gracias, esto no es así. Cualquiera de nosotros, todos nosotros, sea como fuere que seamos por nacimiento y naturaleza, como cristianos tenemos que ser así. Esta es la gloria fundamental del evangelio. Puede tomar al hombre más orgulloso por naturaleza y hacerlo pobre en espíritu. Hay ejemplos maravillosos de esto. Diría que nunca hubo hombre más orgulloso por naturaleza que Juan Wesley; pero llegó a ser pobre en espíritu. No; no tratamos de disposiciones naturales ni de algo físico y animal, ni de lo que parece ser carácter cristiano. Espero saber demostrarles esto cuando lleguemos al análisis de estas cosas, y creo que pronto verán la diferencia esencial que existe entre ellas. Se trata de características y disposiciones que son el resultado de la gracia, el producto del Espíritu Santo, y por tanto posibles para todos. Abarcan todos los estados y disposiciones naturales. Estamos, y creo que todos estarán de acuerdo con ello, ante un principio vital y esencial, de modo que al analizar estas descripciones individuales, no sólo no debemos confundirlas con temperamentos naturales, sino que debemos tener al mismo tiempo sumo cuidado en no definirlas en términos así. Siempre debemos distinguir en una forma espiritual, y basados en la enseñanza del Nuevo Testamento.


Extracto del libro: El Sermón del Monte, del Dr. Martin LLoyd-Jones