Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Sección de boletines de la iglesia

Boletín del día 30/7/2009

​Hoy iniciamos una nueva serie de estudios que dio sobre la oración Spurgeon. Esperamos en la misericordia de Dios seguir profundizando en este medio de gracia que tan necesario es para la vida del creyente, por el cual obtiene múltiples beneficios al poner en sintonía su espíritu con el Espíritu de Dios y someterse a Su Voluntad.

Texto: Clama a mí y yo te responderé y te mostraré cosas grandes y ocultas y que tú no conoces. Jeremías 33:3

Spurgeon ​Algunas de las obras más documentadas del mundo llevan el olor del aceite de la medianoche; pero las obras, libros y dichos más espirituales y consoladores escritos por los hombres llevan consigo el aroma húmedo de las mazmorras. Podría citar varios ejemplos, sin embargo, El Peregrino de Juan Bunyan es mejor que cientos de ellos. Y este buen texto que tenemos ante nuestros ojos, enmohecido y frío con la prisión en que yacía Jeremías, tiene un brillo y belleza en él, que jamás hubiera tenido si no hubiera venido como una oración reconfortante del Señor para el prisionero, encerrado en el patio de la cárcel. El pueblo del Señor siempre ha encontrado lo mejor de su Dios cuando se halla en la peor de las condiciones. Él es bueno en todo tiempo pero parece dar a conocer su mejor expresión cuando los suyos están en su peor momento. Rutherford tenía un dicho pintoresco; cuando era arrojado en las celdas de la aflicción, recordaba que el Gran Rey siempre conserva allí su vino, de modo que inmedia­tamente se ponía a buscar las botellas y a beber "hasta las heces los refinados vinos." Los que bucean en el mar de la aflicción son los que sacan las perlas más preciosas. Com­pañeras en la aflicción, vosotros sabéis que así es. Vosotros habéis comprobado que El es un Dios fiel, y que cuando abundan vuestras tribulaciones, vuestras consolaciones so­breabundan por Cristo Jesús.

Al escoger este texto, mi oración es que su grata promesa sea escuchada en el corazón de algunos de los prisioneros del Señor; que los que os encontráis apretadamente encerrados y no podéis salir adelante debido a vuestra presente pesadez de espíritu, escuchéis que El os dice al oído en un suave murmullo que llega hasta el cora­zón: "Clama a mí y yo te responderé y te mostraré cosas grandes y poderosas que tú no conoces."

El texto se divide de forma natural en tres puntos.   En primer lugar, una orden de orar: "Clama a mí"; en segundo lugar, la promesa de una respuesta: "y te responderé"; en tercer lugar, el estímulo a la fe: "y te mostraré cosas grandes y ocultas que tú no sabes."

I. La primera división es: UNA ORDEN DE ORAR.

No se nos aconseja y recomienda solamente que oremos, sino que se nos ordena orar. Esta es una gran condescendencia. Se construye un hospital. Se considera que basta con dar libre admisión a los enfermos que buscan ser atendidos. Pero el consejo del hospital no emite una orden en el sentido de mandar que una persona cruce sus umbrales. En lo más crudo del invierno se abre un comedor social bien abastecido. Se divulga la noticia: allí los pobres pueden comer con solo pedirlo; pero nadie piensa en que el Parlamento promulgue una ley obligando a los pobres a acudir a sus puertas en busca de la caridad ofrecida. Se piensa que basta con dar a conocer un hecho sin emitir ninguna ordenanza en el sentido de que los hombres deban aceptarla. Sin embargo, es tan extraña la altivez del hombre, por una parte, que se hace necesaria una orden para que tenga misericordia de su pro­pia alma, y tan maravillosa es la condescendencia de nuestro Dios misericordioso, por la otra, que da una orden de amor sin la cual ni siquiera un solo hombre nacido de Adán podría participar del festín del evangelio, antes prefería morir de hambre y no acudir.

Es así como ocurre con la oración. El pueblo mismo de Dios necesita, de otro modo no lo harán, de un manda­miento para orar. Pero, ¿cómo puede ser esto? Queridos amigos, esto se debe a que nosotros estamos muy sujetos a arrebatos de mundanalidad, si es que ese no es nuestro estado normal. No nos olvidamos de comer; no olvidamos cerrar nuestras tiendas; no olvidamos ser diligentes en los negocios; no olvidamos retirarnos a nuestros lechos a descansar. Pero con frecuencia olvidamos luchar con Dios en oración, y tener, como debiéramos, largos períodos en consa­grada comunión con nuestro Padre y nuestro Dios. Para muchos profesores el libro mayor es tan abultado que no lo pueden mover, mientras la Biblia, que representa su devoción, es tan pequeña que pueden ponerla en el bolsillo del chaleco. ¡Horas para el mundo! ¡Momentitos para Cristo! El mundo recibe lo mejor de nuestro tiempo, mientras nuestra cámara de oración recibe sólo los desechos. Damos nuestra fuerza y frescura a los caminos del dios Mammón, y nuestra fatiga y languidez a los caminos del Señor. Por eso es que se hace necesario un mandamiento para participar del acto mismo que debiera constituir nuestra mayor felicidad, del privilegio más alto que podamos tener, esto es, ir al encuentro de nuestro Dios. "Clama a mí," dice El, porque sabe que somos dados a olvidarnos de clamar a El. "¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios," es una exhortación que necesitamos nosotros hoy tanto como Jonás en medio de la tormenta.