Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 24/10/2013

​Se presenta siempre la tentación sutil de pensar que el único que es verdaderamente 'pobre en espíritu' es el que hace un gran sacrificio, o, como hacen los monjes, se aíslan de la vida y sus dificultades y responsabilidades. Pero esto no es lo que indica la Biblia. No hay que aislarse de la vida para ser 'pobre en espíritu'; no hay que cambiar de nombre. No; porque es algo que entra en el terreno del espíritu.

​El hombre que es verdaderamente 'pobre en espíritu' no necesita preocuparse mucho por su apariencia personal y por la impresión que causa; siempre causará la impresión adecuada. Además, ser 'pobres en espíritu' no es suprimir la personalidad. También esto es muy importante. Hay quienes estarían de acuerdo con todo lo que hemos dicho pero que interpretarían el ser 'pobres en espíritu' de esta forma; recomiendan al hombre la necesidad de anular la personalidad propia. Estamos frente a un tema importante que se podría ilustrar con un ejemplo. Lo que estamos considerando se ve en la historia de Lorenzo de Arabia. Recordarán que con el afán de destruirse a sí mismo y de someter su propia personalidad llegó incluso a cambiarse el nombre por el de 'Aviador Shaw' — es decir un simple miembro de la Real Fuerza Aérea Británica. Recuerdan quizá que murió trágicamente en un accidente de bicicleta, y que fue exaltado como ejemplo magnífico de humildad y auto abnegación. Ahora bien, ser pobre en espíritu no quiere decir que haya que cambiar el nombre y atormentarse a uno mismo ni tomar una personalidad diferente en la vida. Esto es completamente antibíblico y anticristiano. Esta conducta suele impresionar al mundo, porque lo consideran maravillosamente humilde. Se darán cuenta de que se presenta siempre la tentación sutil de pensar que el único que es verdaderamente 'pobre en espíritu' es el que hace un gran sacrificio, o, como hacen los monjes, se aíslan de la vida y sus dificultades y responsabilidades. Pero esto no es lo que indica la Biblia. No hay que aislarse de la vida para ser 'pobre en espíritu'; no hay que cambiar de nombre. No; es algo que entra en el terreno del espíritu.

Podemos ir más allá todavía y decir que ser 'pobres en espíritu' ni siquiera es ser humilde en el sentido en que se habla de la humildad de los grandes sabios. Hablando en general, el pensador verdaderamente grande es humilde. Es el 'saber poco' lo más 'peligroso.' Ser 'pobres en espíritu' no significa eso, porque esa humildad la produce el estar consciente de la inmensidad de lo que queda por a-prender y no es por necesidad una humildad genuina de espíritu en el sentido bíblico.

Si éstos son los aspectos negativos del ser 'pobres en espíritu', ¿cuál es el positivo? Creo que la mejor manera de contestar esta pregunta es con la Biblia en la mano. Es lo que dijo Isaías (57:15): 'Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.' Esta es la cualidad espiritual, y de ella se encuentran innumerables ilustraciones en el Antiguo Testamento. Fue el espíritu de un hombre como Gedeón, por ejemplo, quien, cuando el Señor le envió un ángel para decirle lo que iba a hacer, dijo, '¿Con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manases, y yo el menor en la casa de mi padre.' No estamos frente a un hombre servil, sino ante un hombre que realmente creía lo que decía y que se estremecía ante el solo pensamiento de grandeza y honor, y pensaba que era increíble. Fue el espíritu de Moisés, quien se sintió del todo indigno de la misión que se le encomendó y estuvo consciente de su incapacidad e insuficiencia. Se encuentra en David, cuando dijo, 'Señor, ¿quién soy para que vengas a mí?' Se ve en Isaías exactamente en la misma forma. Al tener una visión, dijo, Soy 'hombre de labios inmundos.' Esto es ser 'pobre en espíritu,' y se encuentra en todo el Antiguo Testamento.

Pero veamos lo que hallamos a este respecto en el Nuevo Testamento. Se ve perfectamente, por ejemplo, en un hombre como el apóstol Pedro quien era por naturaleza agresivo, decidido, seguro de sí mismo - un hombre moderno típico, lleno de confianza en sí mismo. Pero veámoslo cuando ve de verdad al Señor. Dice, 'Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.' Veámoslo luego cuando rinde tributo al apóstol Pablo, en 2 Pedro 3:15,16. Pedro démoslos cuenta de que nunca deja de ser decidido; no se vuelve desconfiado e inseguro. No, no cambia en este sentido. La personalidad  básica permanece; y con todo es 'pobre en espíritu' al mismo tiempo. O veamos esta cualidad en el apóstol Hablo. También éste era un hombre de grandes cualidades, y desde luego, como hombre natural, consciente de las mismas. Pero al leer sus Cartas encontramos que la lucha que tuvo que mantener hasta el fin de sus días fue la lucha contra el orgullo. Por esto usó constantemente la palabra 'gloriarse.'

Cualquiera que tenga cualidades suele estar consciente de ellas; sabe que puede hacer ciertas cosas, y Pablo así era. Nos ha hablado en ese gran capítulo tercero de la Carta a los Filipenses de su confianza en la carne. Si se trata de competir, parece decirnos, no teme a nadie; y luego enumera las cosas de las que puede gloriarse. Pero una vez que hubo visto al Señor resucitado en el camino de Damasco todo esto se convirtió en 'pérdida,' y este hombre, poseedor de tan grandes cualidades, se presentó en Corinto, como ya les he mencionado, 'con debilidad, y mucho temor y temblor.' Así se mantuvo siempre, y al proseguir en la evangelización, pregunta, 'Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?' Si alguien hubiera podido sentirse 'suficiente' era Pablo. Sin embargo se sentía insuficiente porque era 'pobre en espíritu.'

No cabe duda, sin embargo, que lo vemos sobre todo en la vida de nuestro Señor mismo. Se hizo hombre, asumió 'semejanza de carne de pecado.' Si bien era igual a Dios no se aferró a las prerrogativas de su divinidad. Aun siendo Dios, quiso vivir como hombre mientras estuviera en la tierra. Y Este fue el resultado. Dijo, 'No puede el Hijo hacer nada por sí mismo.' es el Dios-Hombre el que habla. No puede hacer nada por sí mismo. Dijo también, 'Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras' (Juan 14:10). 'Nada puede hacer, dependo por completo de él.' Eso es todo. Y si lo contemplamos en oración, vemos las horas que pasó orando, y también su pobreza de espíritu y dependencia de Dios. Esto, pues, quiere decir ser 'pobre en espíritu.' Significa una ausencia total de orgullo, de seguridad en sí mismo. Significa conciencia de que no es nada en la presencia de Dios. Nada, pues, podemos hacer ni producir por nosotros mismos. Es esta conciencia abrumadora de nuestra "nada" más completa cuando nos ponemos delante de Dios.

Esto es ser 'pobres en espíritu.' Quiero formularlo de la manera más vigorosa posible, y para ello voy a servirme de términos bíblicos. Significa que si somos verdaderos cristianos no debemos basarnos en nuestro nacimiento natural. No debemos confiar en que pertenecemos a ciertas familias; no nos gloriaremos que somos de tal o cual nación. No edificaremos sobre nuestro temperamento natural. No dependeremos de la posición natural que alcanzamos en la vida, ni en poderes que nos hayan sido otorgados. No confiaremos en el dinero ni en la riqueza que podamos tener. No nos  gloriaremos en la enseñanza recibida, ni en la universidad a la que hemos asistido. No, todo esto Pablo vino a considerarlo como 'basura,' y obstáculo para su obra porque tendía a dominarlo. No confiaremos en ningún don como el de la 'personalidad,' o inteligencia o habilidad general o especial. No confiaremos en nuestra propia conducta buena y moralidad. No confiaremos en lo más mínimo en la vida que hemos llevado o llevamos. No; consideraremos todo esto como Pablo lo consideró. Esto es 'pobreza en espíritu.' Tiene que haber una liberación total de todo esto. Lo repito, es sentir que no somos nada, que no tenemos nada, y que elevamos los ojos a Dios en sumisión absoluta a El y en dependencia completa de El, en su gracia y misericordia. Es, digo, experimentar en cierto modo lo que Isaías sintió cuando, ante la visión, dijo, '¡Ay de mí!... soy hombre inmundo de labios' - esto es 'pobreza en espíritu.' Si nos hallamos compitiendo con otros en este mundo decimos, 'Les puedo.' Bien, está muy bien en ese ámbito, si quieren. Pero cuando uno tiene una cierta idea de Dios, necesariamente se siente como 'muerto.' como le ocurrió al apóstol Juan en la isla de Patmos, y esto debemos sentir en la presencia de Dios. Todo lo natural que hay en nosotros sale a relucir, porque no sólo se manifiestan la pequeñez y debilidad, sino también la suciedad y pecaminosidad.

Hagámonos, pues, estas preguntas. ¿Soy así, pobre en espíritu? ¿Qué pienso acerca de mí cuando me veo en presencia de Dios? En mi vida, ¿qué digo, por qué pido, cómo pienso de mí mismo? Qué mezquino es este gloriarse por cosas accidentales de las que no soy responsable, este gloriarse por cosas artificiales que no contarán para nada en el gran día cuando me presentaré delante de Dios. ¡Este pobre yo!  

¿Cómo se llega, pues, a ser 'pobre en espíritu'? La respuesta es que uno no comienza a contemplarse a sí mismo ni a tratar de hacer cosas por sí mismo. Este fue el error del monasticismo. Esos pobres hombres, en su deseo de hacerlo todo por sí mismos, decían, 'Debo salir del mundo, debo sacrificar la carne y someterme a penalidades, debo mutilar el cuerpo.' No, de ninguna manera, cuanto más uno lo hace tanto más consciente de sí mismo se llega a ser y tanto menos 'pobre en espíritu.' La manera de llegar a ser pobre en espíritu es poner los ojos en Dios. Lean la Biblia, lean su Ley, traten de ver qué espera de nosotros, veámonos frente a El. Es también poner los ojos en el Señor Jesucristo y verlo como lo vemos en los Evangelios. Cuanto más lo hacemos así tanto mejor entendemos la reacción de los apóstoles cuando, al ver algo que acababa de hacer, dijeron, 'Señor, aumenta nuestra fe.' Sentían que su fe no era nada. Sentían que era pobre y débil. 'Señor, aumenta nuestra fe. Creíamos tener un poco porque arrojamos demonios y predicamos tu palabra, pero ahora sentimos que nada tenemos; aumenta nuestra fe' Mirémoslo; y cuanto más lo hagamos, tanto menos esperanza tendremos en nosotros mismos, y tanto más 'pobres en espíritu' llegaremos a ser. Mirémoslo, sin cesar. Miremos a los santos, a los que han estado más llenos del Espíritu. Pero sobre todo, volvamos los ojos a Él, y entonces nada tendremos que hacer con nosotros mismos. Todo será hecho. No podemos poner de verdad los ojos en El sin sentir una pobreza y vacío absolutos. Entonces le diremos: "Del mal queriéndome librar, me puedes sólo tú salvar," "Buscando vida y perdón, Bendito Cristo, heme aquí." Vacíos, sin esperanza, desnudos, viles. Pero Él basta para todo.

Extracto del libro: El Sermón del Monte, del Dr. Martin Lloyd-Jones