Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

Boletines

Sección de boletines de la iglesia

Boletín del día 20/12/2013

​ 'Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.' Esta afrmación es un paso más en la descripción que dan las Bienaventuranzas del hombre cristiano, porque vuelve a haber un cambio en la clase de descripción. Ahora llegamos a un punto decisivo. Vamos a ocuparnos más de su disposición, la cual es resultado de todo lo dicho anteriormente. 

Hemos visto ya algunos de los resultados que se siguen cuando uno se ve como es, y en especial cuando se ha visto a sí mismo en su relación con Dios. Ahora nos encontramos con algunas consecuencias que se han de manifestar cuando uno es verdaderamente cristiano. Por ello podemos hacer notar una vez más el hecho de que nuestro Señor escogió estas Bienaventuranzas con todo cuidado. No habló al azar. Hay un progreso concreto en el pensamiento; hay una secuencia lógica. Esta Bienaventuranza concreta procede de todas las otras, y hay que advertir sobre todo que está íntima, clara y lógicamente relacionada con la inmediatamente anterior, 'Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.'

Insistiría una vez más en que de nada sirve tomar cualquier afirmación del Sermón del Monte al azar y tratar de entenderla, sin considerarla en su contexto, y sobre todo en el contexto de estas descripciones que se dan del carácter y disposición del cristiano.

'Bienaventurados los misericordiosos.' ¡Qué afirmación tan penetrante! ¡Qué piedra de toque para todos nosotros de nuestra actitud general y de nuestra profesión de fe cristiana! Felices son, dice Cristo, esas personas, merecen que se las felicite. Así ha de ser el hombre—misericordioso. Quizá sea esta una ocasión favorable para insistir una vez más en el carácter penetrante que tiene todo este texto que llamamos Bienaventuranzas. Nuestro Señor describe al cristiano, el carácter del cristiano. Es obvio que nos escudriña, que nos somete a prueba, y bueno es que nos demos cuenta de que, si tomamos las Bienaventuranzas como un todo, es una especie de prueba general a la que se nos somete. ¿Cómo reaccionamos ante estas pruebas tan penetrantes? En realidad nos lo dicen todo en cuanto a nuestra profesión cristiana. Si no nos gusta esto, si me impacienta, si prefiero hablar del comunismo, si me desagrada este análisis y prueba personal, quiere decir simplemente que mi posición es completamente contraria a la del hombre del Nuevo Testamento. Pero creo, por otra parte, que aunque estas cosas me escudriñan y hieren, con todo son esenciales y buenas para mí, y creo que me es bueno ser humillado, y que me es bueno que se me ponga delante este espejo, que no sólo me muestra lo que soy, sino lo que soy a la luz del modelo que Dios tiene para el cristiano; entonces tengo derecho a sentirme esperanzado en cuanto a mi estado y condición. El que es verdaderamente cristiano, como hemos visto, nunca objeta nada cuando la Escritura le humilla. Lo primero que se dice en este texto en cuanto a él es que debe ser 'pobre en espíritu,' y si objeta a que se le demuestre que nada hay en él, entonces eso no es cierto en su caso. Así pues estas Bienaventuranzas tomadas en conjunto ofrecen una prueba muy pertinente.

Son también pertinentes en otro sentido, hecho que aparece con suma claridad en la Bienaventuranza que estamos considerando. Nos recuerdan ciertas verdades básicas acerca de la posición cristiana en general. La primera es ésta. El evangelio cristiano subraya en primer lugar el ser, no el hacer. El evangelio da más importancia a la actitud que a los actos. Primero insiste en lo que ustedes y yo somos y no en lo que hacemos. En todo el Sermón nuestro Señor se ocupa de la disposición. Luego hablará de actos; pero antes de hacerlo describe el carácter y disposición. Y ésta es, como trato de demostrar, en esencia la enseñanza del Nuevo Testamento. El cristiano debe ser algo antes de hacer algo; y nosotros hemos de ser cristianos antes de poder actuar como cristianos. Estamos frente a un punto fundamental. Ser es más importante que hacer, la actitud es más significativa que la acción. Básicamente lo que importa es nuestro carácter.  

Como cristianos no estamos llamados a ser, o a tratar de ser, cristianos en varios sentidos. Ser cristiano, afirmo, es poseer cierto carácter y por tanto ser cierta clase de persona. Esto se entiende mal muy a menudo de modo que la gente cree que lo que el Nuevo Testamento nos exhorta a hacer es que tratemos de ser cristianos de esta o aquella forma, y que tratemos de vivir como cristianos en tal o cual lugar. De ningún modo: somos cristianos y nuestras acciones son el resultado de eso.

Si vamos un poco más allá, podríamos decirlo así. No nos corresponde dirigir nuestro cristianismo; nuestro cristianismo ha de dirigirnos a nosotros. Desde el punto de vista de las Bienaventuranzas, es más, desde el punto de vista de todo el Nuevo Testamento, es una falacia total pensar de otro modo, y decir, por ejemplo: Para ser verdaderamente cristiano he de aceptar la enseñanza cristiana y luego he de ponerla en práctica.' No es así como lo dice nuestro Señor. La situación es más bien que el cristianismo me ha de dirigir; la verdad me ha de dominar porque lo que me ha hecho cristiano es la acción del Espíritu Santo dentro de mí. Quiero volver a citar la contundente afirmación del apóstol Pablo que lo expresa tan bien —'No vivo yo, mas vive Cristo en mí.' El dirige, no yo; de modo que no he de verme como a un hombre natural que dirige su vida y trata de ser cristiano de distintas formas. No; su Espíritu me dirige en el centro mismo de mi vida, dirige la fuente misma de mi ser, la fuente de toda actividad. No se pueden leer estas Bienaventuranzas sin llegar a esa conclusión. La fe cristiana no es algo que está en la superficie de la vida de un hombre, no es simplemente una especie de revestimiento o capa. No, es algo que ha sucedido y sucede en el centro mismo de su personalidad. Por esto el Nuevo Testamento habla acerca del nuevo nacimiento, de volver a nacer, acerca de una nueva creación y acerca de recibir una nueva naturaleza. Es algo que le sucede al hombre en el centro mismo de su ser; dirige todos sus pensamientos, toda su perspectiva, toda su imaginación, y como consecuencia, también todas sus acciones.

Todas nuestras actividades, por tanto, son la consecuencia de esta nueva naturaleza, esta nueva disposición que hemos recibido de Dios por medio del Espíritu Santo.  Por esto las Bienaventuranzas son tan penetrantes. Nos dicen, de hecho, que en nuestra vida ordinaria manifestamos sin cesar precisamente lo que somos. Esto hace que se trate de un asunto tan grave. Por la forma en que reaccionamos  manifestamos nuestro espíritu; y el espíritu es el que proclama al hombre en función del cristianismo.

Hay personas, claro está, que como resultado de una voluntad humana vigorosa dirigen sus propias acciones en gran parte. Pero en estos otros sentidos siempre proclaman lo que son. Todos nosotros manifestamos si somos o no 'pobres en espíritu,' si 'lloramos' o no, si somos o no 'mansos,' si tenemos o no 'hambre y sed de justicia,' si somos o no 'misericordiosos.' Nuestra vida toda es expresión y proclamación de lo que somos en realidad. Y al examinar una lista como ésta, o al considerar esta descripción extraordinaria del cristiano que nuestro Señor ofrece, nos vemos obligados a examinarnos a nosotros mismos y a plantearnos estas preguntas.

En este caso la pregunta concreta es: ¿Somos misericordiosos? El cristiano, según nuestro Señor, es no sólo lo que hemos visto ya que es, sino que es también misericordioso. He aquí el hombre bienaventurado, he aquí el hombre al que hay que felicitar; el que es misericordioso. ¿Qué quiere decir nuestro Señor con esto? Primero permítanme mencionar un aspecto negativo de gran importancia. No quiere decir que debamos ser 'tranquilos,' como solemos decir. Hay mucha gente que cree que ser misericordioso significa ser tranquilo, dócil, no ver ciertas cosas, o si uno las ve, hacer como si no las viera. Esto entraña un peligro especial en unos tiempos como los nuestros donde la gente no cree en la ley ni en la disciplina, y en un sentido tampoco en la justicia. Hoy día se cree que el hombre ha de tener libertad absoluta para pensar y hacer lo que quiera. El misericordioso, creen muchos, es el que sonríe ante las transgresiones y las violaciones de la ley. Dice, '¿Qué importa? Sigamos adelante.' Es una clase de persona fácil, a quien no le importa que se conculquen o no las leyes, a quien no le preocupa que se cumplan.

Es evidente que no es esto lo que quiere decir nuestro Señor en esta descripción del cristiano. Recordarán que cuando consideramos estas Bienaventuranzas en conjunto, insistimos mucho en el hecho de que no hay que interpretar ninguna de ellas en sentido de disposición natural, porque si fuera así resultaría que son injustas. Algunos nacen así, otros no; el que nace con este temperamento fácil tiene una gran ventaja sobre el que no lo es. Pero esto es la negación de toda la enseñanza bíblica. No es un evangelio para ciertos temperamentos; nadie tiene ventajas sobre los demás cuando se hallan frente a Dios. Todos 'están destituidos de la gloria de Dios,' 'que toda boca se cierre' delante de Dios. Esta es la enseñanza del Nuevo Testamento, de modo que la disposición natural nunca ha de ser la base de nuestra interpretación de ninguna de estas Bienaventuranzas.

Hay, sin embargo, una razón mucho más poderosa que esa para decir que 'misericordioso' no se refiere a una persona calmada o tranquila. Porque cuando interpretamos este término debemos recordar que es un adjetivo que se aplica especial y específicamente a Dios mismo. De modo que sea lo que fuere lo que se decida en cuanto al significado de 'misericordioso' también se aplica a Dios, y en cuanto lo considero así vemos que esta actitud permisiva que no se preocupa de la violación de la ley es inimaginable cuando se habla de Dios. Dios es misericordioso; pero Dios es justo, Dios es santo, Dios es recto: y sea cual fuere nuestra interpretación de misericordioso debe incluir todo eso.


Extracto del libro: El Sermón del Monte, del Dr. Martin Lloyd-Jones