Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 4/6/2015

​Perdónanos nuestras deudas: El mundo entero es culpable delante de Dios, y ha sido condenado. Puedo asegurar que nunca habrá nadie en ninguna era venidera que pueda recibir el perdón de Dios sin relación con la muerte del Señor Jesucristo en la Cruz. ¡Qué absurda es esta teoría de que, en un reino venidero, el perdón se basará estrictamente en fundamentos legales, o que en cualquier tiempo se haya conseguido de esta forma! La única manera de conseguir perdón antes de Cristo, después de Cristo y siempre, es por medio de Cristo, y de Cristo crucificado.

​Llegamos ahora a la segunda división, que suele ser fuente de grandes dificultades: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Las dificultades principales en cuanto a esto son dos. Hay quienes piensan que el cristiano no necesita pedir perdón, y entre estos se forman dos grupos. Unos dicen que los cristianos no necesitan pedir perdón porque son justificados por la fe, con lo cual quieren decir, desde luego, que estamos justificados por la fe en la presencia de Dios. ¿Qué significa “justificados por la fe”? Quiere decir que Dios declara que ha perdonado todos nuestros pecados en la persona del Señor Jesucristo, los pecados que hemos cometido y los que cometeremos; que ha considerado como nuestra la rectitud de Jesucristo, y nos considera y nos declara justos en Él. Esto es justificación por la fe. En este caso –argumentan–, si todos mis pecados han sido ya perdonados, ¿qué necesidad tengo de pedir perdón?

Otros, debido a la idea que tienen de la santificación, dicen que no se necesita pedir perdón. Su posición es que ya no pecan más; son perfectos. Sostienen la teoría de la santidad que enseña que el pecado ha sido extirpado, y que son perfectos e impecables. Resultaría, pues, erróneo orar para pedir el perdón de sus pecados; no necesitan hacerlo, porque no hace nada malo. Pero la respuesta a este error es que Nuestro Señor nos manda que pidamos el perdón de nuestros pecados y transgresiones (o cualquier otra palabra que prefieras). No habla acerca de la justificación; no se ocupa en este caso del pecador que acaba de comprender el hecho de que necesita que se le perdonen los pecados y por ello acude a Dios, recibe el don de salvación y toma conciencia de su justificación en Cristo; no es esto lo que tenemos aquí. Se trata más bien de lo que Nuestro Señor habla en Juan 13. Al lavar los pies de los discípulos, Pedro le dijo: “Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza”. “[No]. El que está lavado –dijo Cristo–, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio”. Solo hay un lavamiento de la totalidad de la persona: esa es nuestra justificación. Pero una vez justificados, al andar por el mundo, nos contaminamos y manchamos con el pecado. Y así le sucede a todo cristiano. Aunque sabemos que hemos sido perdonados, aún necesitamos el perdón para pecados y faltas específicas. Así se dice brevemente en el capítulo 1 de 1ª de Juan, donde vemos que el cristiano, aunque vive una vida de fe, puede caer en el pecado. ¿Qué debemos  hacer en cuanto a esto? Juan nos dice que confesemos nuestros pecados. Y “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1ª Juan 1:9). Juan no escribe a no creyentes; dirige la epístola a creyentes. Escribe a cristianos; y Nuestro Señor, en el Padre Nuestro, habla a los cristianos.

¿Quién puede orar: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”? Es el hombre que ya tiene el derecho de decir: “Padre nuestro”. Y el único hombre que tiene el derecho de decir “Padre nuestro” es el que está en Cristo Jesús. Es “la oración de los hijos”. No es una oración para cualquiera, sino solo para aquellos que han llegado a ser hijos de Dios en el Señor Jesucristo. Es la relación del hijo con el Padre, y en el momento en que somos conscientes de haber ofendido, agraviado o pecado contar el Padre, lo confesamos, pedimos perdón, y estamos seguros de que somos perdonados.

Respecto a los que afirman que, como ya han sido santificados, no necesitan perdón, la Epístola de Juan nos dice “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1ª Juan 1:8). El hombre que no conoce las tinieblas de su corazón, sino que se preocupa solo de sus propias teorías, es un hombre que no se está examinando de verdad. Cuanto mayor es un santo, mayor es la percepción y la conciencia de pecado que hay en él.

Examinemos la segunda gran dificultad referente a esta petición: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Hay quienes dicen que los cristianos nunca deberían utilizar esta oración, porque hacerlo –dicen– es como volver a la Ley. Estas palabras se aplican, según ellos, solo a aquellos a quienes Nuestro Señor estaba hablando de hecho, y se aplicarán de nuevo solo a aquellos que vivan en el futuro Reino. Solo estos serán los que oren diciendo: “Perdóname porque he perdonado a otros”. Volverán a vivir en el terreno legal. No dice: “por Jesucristo”, dicen estos intérpretes; agregan que no se menciona la expiación; y, por consiguiente, no se aplica a los cristianos. ¿Qué respondemos a esto?

El primer comentario es que el texto no dice: “Perdónanos nuestras deudas porque nosotros perdonamos a nuestros deudores”, no dice “Perdónanos ya que nosotros también perdonamos”. Dice más bien: “Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. O veámoslo así. Tomemos esa argumentación que afirma que, como el Padre nuestro no dice: “por Jesucristo”, y como la expiación no se menciona de forma específica, esta oración no es el Evangelio. Si quienes piensan así fueran consecuentes, no deberían utilizar nunca más la parábola del Hijo Pródigo, porque tampoco menciona la expiación. No dice nada acerca de que sea “por Jesucristo”. Solo presenta un cuadro extraordinario de Dios como Padre. Simplemente dice que el hijo regresó y que el padre lo perdonó generosamente y derramó su amor sobre él. Pero una actitud así hacia la parábola y hacia esta petición resulta ridícula y patética. Del mismo modo que la parábola solo quiere señalar una gran verdad básica, así también Nuestro Señor en este caso está simplemente interesado por recordarnos la necesidad del perdón y garantizarnos el hecho del perdón. No se fija en el mecanismo o la forma del perdón en este caso, como tampoco lo hace en la parábola del Hijo Pródigo. Debemos siempre tomar la Biblia como un todo y comparar unos pasajes con otros.

Ahora veamos esta idea de que hubo un tiempo en que los hombres recibían perdón en términos puramente legales, o que habrá un tiempo en el futuro cuando los hombres se hallarán en un terreno puramente legal frente a Dios, y serán perdonados si ellos han perdonado. ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? Significa, desde luego, que esas personas nunca recibirán perdón. Pablo dice que la Ley condena a todo el mundo: “No hay justo, ni aun uno”; “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:10,23). El mundo entero es culpable delante de Dios, y ha sido condenado.  Puedo asegurar que nunca habrá nadie en ninguna era venidera que pueda recibir el perdón de Dios sin relación con la muerte del Señor Jesucristo en la Cruz. ¡Qué absurda es esta teoría de que, en un reino venidero, el perdón se basará estrictamente en fundamentos legales, o que en cualquier tiempo se haya conseguido de esta forma! La única manera de conseguir perdón antes de la venida Cristo, después de Cristo y a lo largo de toda la historia, es por medio de Cristo, y de Cristo crucificado. El camino de la salvación por medio de Él fue determinado “antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:20), este hecho se halla implícito en esa afirmación y en todas las afirmaciones parecidas en toda la Biblia. Debemos aprender a considerar la Biblia en conjunto, y a comparar unos pasajes con otros, y comprender que aquí nuestro Señor simplemente hablaba de la relación de Padre e hijo. No podía, en ese contexto, explicar la doctrina de la expiación. Hasta dijo al final de su vida que había ciertas verdades que tenía que enseñar, pero que ellos no podían entender entonces. Aquí se hallaba implícita la verdad referente a la forma del perdón. Pero la gran realización estaba por venir.

No debemos permitir que se nos engañe en esta forma. Lo que aquí tenemos es lo que encontramos enseñado con tanta claridad en Mateo 18, en la parábola del siervo que no quería perdonar a su subordinado, aunque su amo le había perdonado a él. Significa que la prueba de que tú y yo hemos recibido perdón es que perdonamos a otros. Si pensamos que Dios ha perdonado nuestros pecados y nos negamos a perdonar a alguien, cometemos un error; nunca hemos sido perdonados. La persona que sabe que ha sido perdonada exclusivamente por la sangre derramada por Cristo, sabe que gracias a esa sangre, debe perdonar a los demás. No puede evitarlo. Si realmente reconocemos a Cristo como Salvador, nuestro corazón no puede permanecer endurecido, no podemos negar el perdón. Si negamos el perdón a alguien, diría que nunca hemos sido perdonados. “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” Digo, para la gloria de Dios y en humildad completa, que, cuantas veces me veo delante de Dios y recuerdo lo que mi bendito Señor ha hecho por mí, estoy dispuesto a perdonar cualquier cosa a cualquiera. No puedo impedirlo, ni siquiera quiero impedirlo. Esto es lo que dice Nuestro Señor aquí. Tenemos, por tanto, derecho a orar así. Oremos a Dios y digamos: “Perdónanos, oh Dios, como nosotros perdonamos a otros debido a lo que tú has hecho por nosotros. Lo único que pido es que tú me perdones de la misma manera; no hasta el mismo extremo, porque todo lo que yo hago es imperfecto. De la misma manera, como tú me has perdonado, yo perdono a los otros. Perdóname como yo los perdono debido a lo que la Cruz del Señor Jesucristo ha hecho en mi corazón”.

Esta petición está llena de la doctrina de la expiación, está llena de la gracia de Dios. Vemos lo importante que es por el hecho de que Nuestro Señor, en realidad, lo repite.

Habiendo concluido la oración, repite en los versículos 14 y 15: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”. Es algo absoluto e inevitable. El verdadero perdón conmueve al hombre, y se siente llevado a perdonar, de modo que, cuando ofrecemos esta oración para pedir perdón, nos sometemos a prueba. Nuestra oración no será genuina, no será auténtica, de nada servirá, a no ser que hallemos que hay perdón en nuestro corazón. Dios nos da la gracia para ser sinceros con nosotros mismos, y para que nunca repitamos de una forma mecánica estas peticiones del Padre nuestro.

Añadamos un breve comentario acerca de la última petición “Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal” (Mt. 6:13). Esta es la última petición y significa lo siguiente: Pedimos que nunca nos encontremos en una situación en la que nos veamos expuestos a la tentación de Satanás. No quiere decir que le estamos imponiendo a Dios lo que Él tiene que hacer. Dios pone a prueba a sus hijos, y nunca debemos tener la osadía de decirle a Dios lo que ha de hacer o lo que no ha de hacer. Él sabe que necesitamos mucha preparación antes de ir a la gloria. Pero, aunque no quiere decir que le estemos ordenando algo a Dios, sí quiere decir que, si es conforme a su santa voluntad, no permita que nos hallemos en situaciones en las que podamos ser tentados fácilmente, y en las que podamos caer. Significa que deberíamos pedirle que nos guarde de todo esto y que no nos deje llegar hasta ahí. Esto es lo que Nuestro Señor quiso manifestar cuando dijo a sus discípulos hacia el final de su vida terrenal: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mt. 26:41). Hay situaciones que nos pueden resultar peligrosas; velemos y oremos, estemos siempre sobre aviso para no caer en la tentación. Y, junto con esto, hay otro aspecto de la petición, que oramos para ser librados del mal. Otros traducirían “del malo”, pero creo que esto limita el significado, porque “mal” aquí no solo incluye a Satanás, sino al mal en todas sus formas. Ciertamente que incluye a Satanás,; necesitamos ser librados de él y de sus asechanzas. Pero también hay mal en nuestro corazón, de modo que necesitamos ser librados del mismo, y también del mal en este mundo. Necesitamos ser librados de todo esto. Es una gran petición, una petición comprensiva.

¿Por qué debeos pedir que se nos libre del mal? Por la razón grande y maravillosa de que nuestra intimidad con Dios nunca se rompa. Si el hombre simplemente desea ser santo por serlo, hay algo equivocado en él. Nuestro deseo supremo debería ser mantener una relación recta con Dios, conocerlo, tener intimidad y comunión sin interrupción con Él. Por esto decimos en esta oración, que nada se interponga entre nosotros y el resplandor, el brillo y la gloria de nuestro Padre que está en los cielos. “No nos metas en tentación, mas líbranos del mal”.

Recordemos también que hay una apostilla: “Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, por todos los siglos”. Se encuentra en algunas versiones antiguas, no en todas. No sabemos con exactitud si Nuestro Señor en realidad lo dijo en este contexto o no; pero, tanto si lo dijo como si no, es muy apropiado. ¿Qué podemos decir al hallarnos frente a semejante oración, frente a palabras tales? Tiene que haber una especie de acción de gracias final, debe haber una especie de doxología. Al ver nuestras necesidades, nuestra dependencia de Él, nuestra relación con Él, no podemos detenernos con las palabras: “Y líbranos del mal”. Debemos terminar como comenzamos, alabando. La medida de nuestra espiritualidad es la cantidad de alabanza y de acción de gracias en nuestras oraciones. “Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria”. Nuestro pan cotidiano está asegurado, tenemos como Padre a alguien que nos puede guardar del infierno, de Satanás, de nosotros mismos, de todo. “Tuyo es el reino, y el poder”, y tuya ha de ser también la gloria para siempre. Amén.

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Extracto del libro: "El sermón del monte" del Dr. Martyn Lloyd-Jones