Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 18/6/2015

​Tesoros en el cielo: Dios me ha dado el gran privilegio de vivir en este mundo, y si me ha dotado de bienes, tengo que darme cuenta de que, si bien en un cierto sentido todas estas cosas son mías, en último término, como Pablo muestra al final de 1ª de Corintios 3, son de Dios.

​No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Mateo 6:19-21).

Examinemos ahora el aspecto positivo del mandato, “Haceos tesoros en el cielo”. Es muy importante que seamos muy claros en cuanto a esto. Algunos lo han interpretado en el sentido de que nuestro Señor enseña que el hombre puede alcanzar su propia salvación. “Tesoros en el cielo”, dicen, “significa la salvación del hombre y su destino eterno. Por consiguiente, ¿acaso nuestro Señor no está exhortando al hombre a que dedique toda su vida a asegurarse el destino eterno?” Es evidente que están equivocados. Esto sería negar la gran doctrina del Nuevo Testamento de la justificación por la fe solamente. Nuestro Señor no puede querer decir esto, porque se está dirigiendo a personas en quienes se cumplen las Bienaventuranzas. Es el hombre pobre de espíritu, el que no tiene nada, el que se define como bienaventurado. Es el que llora debido a su pecado el que sabe que, al final, a pesar de lo que puede haber hecho o dejado de hacer, nunca puede alcanzar por sí mismo su salvación. Esta interpretación, por tanto, es abiertamente errónea. ¿Qué significa, entonces?

Su significado se reitera en muchos otros lugares de la Biblia. Nos ayudarán a entender esta enseñanza dos pasajes de la misma. El primero se encuentra en Lucas 16 donde nuestro Señor cita el caso del administrador injusto, el hombre que utilizó en forma hábil su posición. Recordarán que lo resume así. “Ganad amigos”, dice, “por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas”. Nuestro Señor enseña que los hijos de este mundo son más prudentes en su generación que los hijos de la luz. Se aseguran sus propios fines. Ahora bien, dice nuestro Señor, voy a tomar esto como principio y aplicároslo a vosotros. Si tenéis dinero, usadlo mientras estáis en este mundo para que cuando lleguéis a la gloria, las personas que se beneficiaron del mismo estén allí para recibiros.

El apóstol Pablo lo explica en 1 Timoteo 6:17-19; “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna”. En otras palabras, si uno ha recibido la bendición de las riquezas, que las utilice de tal forma en este mundo que vaya preparando un balance favorable para el venidero. Nuestro Señor dice exactamente lo mismo al final de Mateo 25, donde habla acerca de las personas que le dieron de comer cuando tuvo hambre y que lo visitaron en la cárcel. Estos preguntan, “¿Cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos?... ¿o cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?” Y dice el Señor, “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”. No caéis en la cuenta de ello, pero al hacer buenas obras en favor de estas personas, habéis estado edificando para el cielo, donde recibiréis la recompensa y entraréis en el gozo de su Señor.

Este es el principio que Él subraya constantemente. Dijo a sus discípulos, después de su encuentro con el joven rico, “¡Cuán difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas!”. Es este confiar en las riquezas, es esa fatal auto confianza, que le hace a uno imposible ser pobre de espíritu. O también, como lo dijo a la gente cuando afirmó, “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece”. Esta es la idea que quiso decir con “haceos tesoros en el cielo”.

¿Cómo podemos hacerlo en la práctica? Lo primero es tener una perspectiva justa de la vida, y sobre todo una perspectiva adecuada de ‘la gloria’. Tal es el principio con el cual comenzamos. El gran hecho que nunca debemos perder de vista es que en esta vida somos solamente peregrinos. Andamos en este mundo bajo la vigilancia de Dios, en dirección hacia Dios y hacia nuestra esperanza eterna.

Ese es el principio. Si siempre pensamos acerca de nosotros mismos de esta forma, ¿cómo podemos desviarnos? Entonces todo encajará bien. Este es el gran principio que se enseña en Hebreos 11. Los hombres poderosos, los grandes héroes de la fe tenían un sólo propósito. Andaban “como viendo al Invisible”. Decían que eran “extranjeros y peregrinos en la tierra”, se dirigían hacia la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Por eso cuando Dios llamó a Abraham, éste respondió. Dios se volvió a un hombre como Moisés que tenía grandes posibilidades en la corte egipcia, y le mandó que lo abandonara todo para convertirse en un miserable pastor durante cuarenta años, y Moisés obedeció, “porque tenía puesta la mirada en el galardón”. Y así todos los demás. ¿Qué hizo que Abraham estuviera dispuesto a sacrificar a su amado hijo Isaac? ¿Qué hizo a todos los otros héroes de la fe estar dispuestos a hacer las cosas que hicieron? Fue que deseaban una patria “mejor, esto es, celestial”.

Siempre hay que comenzar con ese gran principio. Si tenemos una idea adecuada de nosotros mismos en este mundo como peregrinos, como hijos de Dios que van hacia su Padre, todas las cosas se ven en la perspectiva adecuada. De inmediato tendremos una idea adecuada de nuestros dones y de nuestras posesiones. Comenzamos a pensar en nosotros mismos como administradores que deben dar cuenta de todo. No somos los poseedores permanentes de estas cosas. No importa que sea dinero o inteligencia o nosotros mismos o nuestra personalidad o cualquier don que podamos poseer. El hombre mundano piensa que es él quien lo posee todo. Pero el cristiano comienza diciendo, “no soy el poseedor de estas cosas, las tengo solamente en depósito, y en realidad no me pertenecen. No puedo llevar las riquezas conmigo, no puedo llevar mis dones conmigo. No soy sino el guarda de estas cosas”. Y de inmediato se plantea la gran pregunta: “¿Cómo puedo utilizar estas cosas para la gloria de Dios? Es a Dios a quien tengo que dar cuenta, es Dios ante quien tengo que presentarme, es Él quien es mi juez eterno y mi Padre. A Él tendré que dar cuenta de la administración de todas las cosas con las que me ha bendecido”. “Por tanto”, se dice el cristiano a sí mismo, “debo tener cuidado de cómo uso estas cosas, y mi actitud hacia ellas. Debo hacer todas las cosas que me dice que haga a fin de agradarle”.

He ahí pues la forma en que podemos hacernos tesoros en el cielo. Todo se reduce a la pregunta de cómo me veo a mí mismo y de cómo veo mi vida en este mundo. ¿Me digo todos los días de la vida que este día no es si no un hito más que pasó, y que nunca volverá a presentárseme? Ese es el gran principio del que siempre debo acordarme: que soy hijo del Padre, colocado aquí para Él, no para mí mismo. No escogí venir; no me he puesto yo mismo aquí; en todo ello hay un propósito. Dios me ha dado el gran privilegio de vivir en este mundo, y si me ha dotado de bienes, tengo que darme cuenta de que, si bien en un cierto sentido todas estas cosas son mías, en último término, como Pablo muestra al final de 1 Corintios 3, son de Dios. Por consiguiente, al verme a mí mismo como alguien que tiene este gran privilegio de ser administrador de Dios, su custodio y guarda, no me apego a estas cosas. No se convierten en el centro de mi vida y existencia. No vivo para ellas ni me ocupo de ellas constantemente; no absorben mi vida. Por el contrario, las tengo como quien no las tiene; vivo en un estado de despego de las mismas. No me dominan ellas, sino que yo las domino; y al hacer esto voy asegurándome, voy haciéndome “tesoros en el cielo”.

“¡Pero qué perspectiva tan egoísta!”, dice alguien. Mi respuesta es que no estoy sino obedeciendo la exhortación del Señor Jesucristo. Él nos dice que nos hagamos tesoros en el cielo, y los santos siempre lo han hecho así. Creían en la realidad de la gloria que les aguardaba. Esperaban alcanzarla y su único deseo era disfrutarla en toda su perfección y plenitud. Si deseamos seguir sus pasos y disfrutar de la misma gloria, es mejor que escuchemos la exhortación de nuestro Señor, “No os hagáis tesoros en la tierra... sino haceos tesoros en el cielo”.

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Extracto del libro: "El sermón del monte" del Dr. Martyn Lloyd-Jones