Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 12/5/2016

Falsos cristianos: Nuestro Señor... nos muestra que se puede llegar muy lejos y, sin embargo, estar completamente equivocado. No cabe duda que es una de las afirmaciones más sorprendentes de toda la Biblia.

​No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:21-23).

  No cabe duda que estas palabras son, en muchos sentidos, las más solemnes que haya pronunciado en este mundo, no sólo algún hombre, sino incluso el mismo Hijo de Dios. En realidad, si alguien, un simple hombre, pronunciara palabras así nos sentiríamos compelidos no solo a criticarlo sino a condenarlo. Pero son palabras que pronunció el Hijo de Dios y, en consecuencia, exigen nuestra atención. ¿Cuántas veces, me pregunto, las hemos examinado o hemos oído predicar acerca de ellas? ¿No debemos acaso declararnos culpables del hecho de que, aunque pretendamos creer en toda la Biblia, en la práctica a menudo negamos parte de ella al prescindir de la misma, simplemente porque no favorece a la carne, o porque nos perturba? Pero si creemos realmente que ésta es la Palabra de Dios, debemos examinarla toda; y, en especial, debemos tener cuidado de evitar esos argumentos espaciosos con los que algunos tratan de eludir la enseñanza clara de la Biblia. Estas palabras son sumamente solemnes y la única forma de considerarlas de verdad es examinarlas a la luz del hecho de que llegará un día en que todos los escenarios humanos desaparecerán. Estas palabras se dirigen a hombres y mujeres que son conscientes del hecho de que tendrán que presentarse delante de Dios para el juicio final.

Es evidente que en este párrafo nuestro Señor prosigue el tema del que se ha ocupado en el párrafo anterior, donde puso sobre aviso al pueblo frente a los falsos profetas. Para nuestro Señor este asunto es tan extremadamente grave que vuelve a ocuparse de él. No le basta una amonestación. Ya ha concluido la enseñanza del Sermón, y lo ha elaborado en gran detalle. Ahora lo está aplicando. Comienza la aplicación en la exhortación acerca del entrar por la puerta estrecha y andar por el camino angosto. Pero le preocupa que nadie se desvíe a este respecto, y así repite la amonestación una y otra vez.

Ya que nos ha mostrado la sutileza de los falsos profetas en las dos analogías notables que hemos examinado, nuestro Señor ahora nos advierte acerca de lo mismo bajo una forma todavía más explícita. Esta vez incluso es más brusco que la anterior, y nuestro Señor sin duda lo plantea así porque se trata de un asunto sumamente grave por tratarse del peligro terrible que nos acecha a este respecto. Su método es el mismo que ha empleado a lo largo del Sermón del Monte, comienza siempre con una afirmación franca, luego la examina e ilustra. La elabora y amplia. Esto es lo que tenemos en este párrafo específico. Ante todo dice, “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Esta es la afirmación. Pero luego pasa a ilustrarla y elaborarla. “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor”. etc.

Lo más importante, desde el punto de vista de la exposición, es que tenemos las dos partes juntas para que no aislemos el versículo 21 de los versículos 22 y 23, como algunos han tratado de hacer, sino que tomemos todos estos versículos juntos y los consideremos como la presentación de la proposición y la demostración de sus implicaciones. La importancia de hacerlo así se ve cuando se nos recuerda que algunos, tomando el versículo 21 por separado, han argüido que nuestro Señor en realidad enseña que, en última instancia, lo que importa no es tanto lo que el hombre cree sino lo que el hombre hace. Esta cita la emplean a menudo los que pretenden presentar como dos cosas opuestas la fe respecto a las obras. Preguntan: “¿Acaso no dijo, no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos?”. Sostienen que se subraya la acción. Y luego presentan toda su doctrina de la salvación por las obras. “Algunos”, dicen, “se preocupan siempre de la doctrina, y pasan todo el tiempo hablando de ella, pero no es la doctrina del hombre lo que importa sino lo que hace”. Interpretan mal este versículo 21 porque lo aíslan de los versículos 22 y 23. Pero en cuanto uno los coloca juntos,  ve que el objetivo de la afirmación no es el contraste entre fe y obras, porque nuestro Señor en los versículos 22 y 23 dice acerca de las obras precisamente lo que dice acerca de la fe en los versículos 21 y 22. En consecuencia, es importante tomar el texto en su contexto y no aislarlo.

En este pasaje el mensaje no pretende recalcar las obras a expensas de la fe; es algo mucho más grave que esto. Se trata más bien de abrir nuestros ojos de nuevo al terrible peligro del autoengaño y de la auto ilusión. Eso es lo que le preocupa a nuestro Señor. Es el mismo tema general del párrafo anterior. En éste, el peligro se consideró en función de ser desviados por falsos profetas debido a su vestimenta de ovejas y al carácter atractivo de su doctrina tan engañosa y tan sutil. En este caso, nuestro Señor pasa a mostrarnos lo mismo, pero ahora no en los falsos profetas sino en nosotros mismos. Es el peligro, el terrible peligro del autoengaño y de la auto-ilusión. O, para decirlo de forma positiva, nuestro Señor vuelve a destacar que delante de Dios nada vale sino la verdadera santidad, “la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14). Y si nuestra idea de la justificación por fe no incluye esto, no es enseñanza bíblica, es un engaño peligroso. Debemos repetir de nuevo que la Biblia hay que tomarla como un todo y nuestro Señor en este pasaje simplemente nos pone sobre aviso respecto a que, sea lo que fuere que digamos o hagamos, no podemos estar en la presencia de Dios si no somos verdaderamente justos y santos. Es lo que enseña la Biblia desde el principio hasta el fin. Es la enseñanza del Señor mismo; no es legalismo humano. Una vez más muestra lo que significa la verdadera fe, y lo hace de una forma nueva.

Podríamos decirlo así. Nuestro Señor nos muestra algunas de las cosas falsas y equivocadas de las que los hombres tienden a depender. Nos hace una lista de las mismas. Primero pasaremos revista a esta lista; luego podemos examinar las lecciones y principios generales que se pueden deducir de esta enseñanza detallada. Pero tenemos que enfrentarnos cara a cara con las cosas que nuestro Señor someta a nuestra consideración. El principio general, que es fundamento de la enseñanza, es que de otra forma, nuestro Señor nos muestra lo que de hecho puede ocurrir en la vida de un hombre que al final se condenará. Esto es lo alarmante. Nos muestra que se puede llegar tan lejos y, sin embargo, estar completamente equivocado. No cabe duda que es una de las afirmaciones más sorprendentes de toda la Biblia.

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Extracto del libro: "El sermón del monte" del Dr. Martyn Lloyd-Jones