Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 27/10/2016

Las advertencias del juicio: ​La enseñanza del sermón del monte tiene como propósito ponernos sobre aviso en contra del peligro terrible y sutil del autoengaño. Contiene advertencias constantes en contra de una creencia ligera y superficial, en contra de la tendencia a limitarse a decir, ‘Señor, Señor’, y no hacer nada más; advertencias en contra del peligro de confiar en las obras y en las propias actividades. 


Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. (Mateo 7:24-27).

Llegamos a las consideraciones finales en torno al cuadro que ofrecen los versículos 24-27 y también en torno a las dos metáforas previas que ya hemos estudiado. Recordemos que la enseñanza en general tiene como propósito ponernos sobre aviso en contra del peligro terrible y sutil del autoengaño. Sorprende advertir cuánto espacio dedica el Nuevo Testamento a advertencias. Pero somos muy lentos en observarlas y en prestarles atención. Contiene advertencias constantes en contra de una creencia ligera y superficial, en contra de la tendencia a limitarse a decir, ‘Señor, Señor’, y no hacer nada más; advertencias en contra del peligro de confiar en las obras y en las propias actividades. Se nos ha recordado esto con mucho énfasis en la segunda metáfora. Es algo que se encuentra en todo el Nuevo Testamento; se encuentra a menudo en la enseñanza de nuestro Señor mismo, y luego en la enseñanza de los apóstoles.

Pero incluye al mismo tiempo el peligro de confiar en sentimientos, especialmente en sentimientos falsos. No hay nada que sorprenda más a la mente natural que lo que el Nuevo Testamento dice acerca del tema del amor. Por una razón u otra, tendemos a pensar en el amor como algo puramente sentimental y emocional; tendemos a considerarlo sólo como tal. Y hacemos lo mismo cuando pensamos respecto al gran evangelio del amor que contiene el Nuevo Testamento, y a la proclamación del amor de Dios a los pecadores. Pero pensemos por un momento en el evangelio de Juan y en su primera carta, en los cuales se dice tanto acerca del amor, y también en primera Corintios 13. Veremos cómo lo que resaltan es el hecho de que el amor es algo muy práctico. ¡Cuán a menudo dice nuestro Señor de distintas formas “el que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama”!

Ésta es la enseñanza precisa en este punto. Toda esta amonestación al final del Sermón del Monte tiene simplemente como fin enfatizar una cosa, que “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. El énfasis repetido en esto tiene como fin evitar que nos engañemos a nosotros mismos pensando que todo está bien en nuestra vida debido a que quizá poseamos un sentimiento vago y general. Nuestro Señor dice que de nada sirve hablar acerca de amarle a no ser que guardemos sus mandamientos. “El que me ama de verdad”, parece decir, “hace lo que yo le digo que haga”. No hay nada tan falaz como poner sentimientos y sensibilidades en lugar de obediencia concreta. Esto es algo que se subraya enfáticamente en estas grandes palabras finales de advertencia y por esto hemos examinado en detalle qué significa hacer la voluntad del Padre que está en los cielos. El hombre prudente es el que, habiendo oído estas cosas, las hace.

Pero nos queda todavía por examinar por qué nuestro Señor plantea su enseñanza de esta forma específica. Se puede advertir que en todas estas metáforas está presente una nota de advertencia. Hemos venido haciendo alusiones pasajeras a medida que examinábamos cada una de estas metáforas. Pero es evidente que no podemos evitar esta serie de consideraciones sin examinar la cuestión del juicio que se anuncia en todas las metáforas a partir del versículo 13. Recordemos que en este versículo se habla de entrar por la puerta estrecha y que a partir de él se comienza a aplicar el mensaje del Sermón y a hacer hincapié en su doctrina; y de ahí en adelante aparece la nota de juicio. “Entrad por la puerta estrecha”, dice, “porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición”. De inmediato se advierte la nota de advertencia. Se encuentra otra vez en la misma forma en relación con la segunda metáfora, en la que se compara al verdadero cristiano con el árbol bueno y al cristiano falso con el árbol malo. Se nos dice que “todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego”. En la siguiente metáfora encontramos las palabras: muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: nunca os conocí; apartaos de mí hacedores de maldad”.

Y de nuevo la encontramos, de forma enfática, en la última metáfora de las dos casas y de los dos hombres, porque se nos dice que llegará el día en que las casas serán sometidas a prueba y que una de ellas sucumbirá, y “fue grande su ruina”. Es pues necesario examinar la gran cuestión del juicio. En realidad, hemos visto que no sólo es la nota destacada en estas metáforas al final del Sermón, sino que ha sido la nota dominante a lo largo de este capítulo, a partir del “No juzguéis, para que no seáis juzgados.”.’, en el versículo primero. Lo que se encuentra a lo largo de esta exhortación final es la nota tremenda del juicio.

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Extracto del libro: "El sermón del monte" del Dr. Martyn Lloyd-Jones