Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 1/1/2010

Para que la brillantez y el resplandor de la palabra "trono" no sea demasiado para la visión humana, nuestro texto ahora nos regala una palabra suave, amable y delei­tosa: Gracia.

 

EL TRONO DE LA GRACIA

 

Texto: "Al trono de la gracia."

Hebreos 4:16

II. Para que la brillantez y el resplandor de la palabra "trono" no sea demasiado para la visión humana, nuestro texto ahora nos regala una palabra suave, amable y delei­tosa: Gracia.

 

Somos llamados al trono de la gracia, no al trono de ley. El rocoso Monte Sinaí era el trono de la ley, cuando Dios vino a Paran con diez millares de sus santos. ¿Quién querría acercarse a ese trono? Ni siquiera Israel. Se fijaron límites alrededor del monte, y sin aun una bestia tocaba el monte era apedreada o atravesada con una lanza. Vosotros, los que sois justos ante vuestros propios ojos y que esperáis poder obedecer la ley, y pensáis que podéis ser salvos por ella, mirad las llamas que Moisés vio y estremeceos y temblad, y desesperad. No es ese el trono al que ahora nos acercamos, porque por medio de Jesús el caso  ha cambiado. 

 

Hoy no vamos a hablar del trono del juicio final. Todos concurriremos ante él, y cuan­tos hayamos creído encontraremos que es un trono de gracia, a la vez que trono de justicia. Porque Aquel que está sentado sobre el trono no pronunciará sentencia de condenación contra la persona que es justificada por la fe. Es un trono establecido con el propósito de dispensar la gracia, un trono desde el cual cada expresión es una expresión de gracia. El cetro que desde él se extiende es el cetro de plata de la gracia. Los decretos que desde él se promulgan tienen el propósito de otorgar gracia. Los dones que desde allí se distribuyen a los que están al pie de los escalones de oro son dones de gracia. El que se sienta sobre el trono, el mismo es la gracia. Cuando oramos nos acercamos al trono de la gracia.

 

Si vengo en oración ante el trono de la gracia, entonces serán disimuladas las faltas de mi oración. Al comenzar a orar, queridos amigos, vosotros sentís como si no estuvierais orando. Los gemidos de vuestro espíritu, cuando os levantáis de vuestras rodillas son tales que pensáis que no hay nada en ellos.  Vosotros no habéis ido al trono de la justicia, de otro modo cuando Dios percibió la falta en la oración la habría desdeñado. Tus palabras entrecortadas, tus jadeos y tartamudeos están ante el trono de la gracia. Cuando alguno de nosotros ha presentado sus mejores oracio­nes ante Dios, si la ve como Dios la ve, no hay duda que haría un gran lamento por ella. Porque en la mejor de las oraciones que se haya orado hay suficiente pecado como para que sea desechada por Dios. Pero digo nuevamente que no es un trono de juicio, y hay esperanza para nuestras débiles y pocas convincentes oraciones. Nuestro condescendiente Rey no mantiene una etiqueta rígida en su corte como la que obser­van los príncipes entre los hombres, donde un pequeño error o una imperfección resultarían en la desgracia del peticionario. Oh, no. Los defectuosos clamores de sus hijos no son critica­dos severamente por Él. Nuestro Señor Jesucristo, pone cuidado y altera y enmienda cada oración que se le presenta y hace que la oración sea perfecta con su perfección, y que prevalezca por Sus méritos. Dios considera la oración presentada por medio de Cristo, y perdona todas sus faltas inherentes. ¡Cómo debiera esto estimularnos a los que nos damos cuenta de que somos débiles, erráticos y poco hábiles en la oración! Si no puedes suplicar a Dios, como la hacías en los años que ya se han ido, si puedes sentir que de uno u otro modo has perdido la práctica en la tarea de la súplica, no te des por vencido, regresa aún, y preséntate, sí, con más frecuencia, porque no es un trono de críticas severas, es un trono de gracia al cual te ha acercado. Entonces, puesto que es un trono de gracia, las faltas del peticionario mismo no impedirán el éxito de su oración. ¡qué faltas hay en nosotros! ¡Cuán inadecuados somos para ir ante un trono! ¡Estamos tan contaminados por el pecado por dentro y por fuera! No podría decirnos "Orad," ni siquiera a vosotros los santos, si no hubiera un trono de gracia, mucho menos podría hablar de oración a vosotros los pecadores. Pero ahora diré esto a cada pecador que haya existido: clama al Señor y búscale mien­tras pueda ser hallado. Un trono de gracia es un lugar adecuado para ti: arrodíllate. Con fe sencilla acude a tu Salvador, porque Él, sí, Él es el trono de la gracia. Es en Él que Dios puede dispensar gracia al más culpable de la huma­nidad. Ni las faltas de la oración ni las del que suplica cerrarán las puertas a nuestras peticiones del Dios que se deleita en los corazones contritos y humillados.

 

Si es un trono de la gracia, entonces los deseos del que suplica serán bien interpretados. Si no puedo encontrar las palabras para expresar mis deseos sin palabras, Dios en su gracia leerá mis deseos sin palabras. El capta el sentido de sus santos, el significado de sus gemidos. Un trono que no fuera de la gracia no se tomaría la molestia de descifrar nuestras peticiones; pero Dios, el infinitamente misericordio­so, buceará en el alma de nuestros deseos, y leerá allí lo que no podemos hablar con la lengua. Habéis visto a un padre, cuando su hijito está tratando de decirle algo, sabe muy bien lo que el pequeño está procurando hablar, le ayuda a formar las palabras y las sílabas, y si el niño ha medio olvidado lo que iba a decir, el padre sugiere la palabra. Así ocurre con el siempre bendito Espíritu: desde el trono de la gracia nos ayudará, nos enseñará las palabras, sí, y escribirá en nues­tros corazones nuestros deseos mismos. En las Escrituras tenemos casos en que Dios pone palabras en boca de los pecadores. "Lleva contigo palabras," le dice, "Y dile: Recí­benos con misericordia y ámanos libremente." El pondrá los deseos, y dará además la expresión de aquellos deseos en tu Espíritu por su gracia. El dirigirá tus deseos a las cosas que deberías buscar. El te enseñará tu necesidad como si tú no la conocieras. El sugeriría las promesas a las que puedes re­currir para orar. En realidad, El será el Alfa y la Omega de tu oración, así como lo es en salvación. Porque así como la salvación es por gracia, de principio a fin, el acercamiento del pecador al trono de la gracia es pura gracia de principio a fin. ¡Qué consolador es esto! Queridos amigos, ¿no nos acerca­remos con la mayor de las confianzas a este trono mientras sorbemos el dulce significado de esta preciosa frase "el trono de la gracia?"

 

Si es un trono de gracia, entonces todas las necesidades de los que se acercan serán suplidas. El rey de ese trono no dirá "Debes traerme presentes, debes ofrecerme sacrificios." No es un trono para recibir tributos; es un trono que dispensa dones. Entonces, venid vosotros que sois pobres, venid vosotros que estáis reducidos a la bancarrota por la caída de Adán y por vuestras propias transgresiones. Este no es el trono de la majestad que se mantiene por los impuestos que recoge de entre sus súbditos, sino un trono que se glorifica cuando derrama, como una fuente, corrientes de cosas buenas. Venid ahora, y recibid el vino y la leche que se dan libremente; sí, venid, comprad vino y leche, sin dinero y sin precio. Todas las necesidades del peticionario serán suplidas, porque es un trono de gracia.

 

El trono de la gracia. La frase crece a medida que retorna a mi mente, y para mí es una reflexión altamente placentera que si acudo al trono de la gracia en oración, puedo sentir que tengo mil defectos, pero, no obstante, hay esperanzas. Usualmente me siento menos satisfecho con mis oraciones que con cualquier otra cosa que hago. No creo que es cosa fácil orar en público, como lo es dirigir de forma correcta la adoración en una gran congregación. A veces oímos que se elogia a personas porque predican bien, pero si alguno es capacitado para orar bien, habrá un don igual y una gracia superior en ello. Pero, hermanos, supongamos que en nues­tras oraciones haya defectos de conocimientos; es un trono de gracia, y nuestro Padre sabe que tenemos necesidad de estas cosas. Supongamos que haya defectos de fe; El ve nuestra poca fe y todavía no nos rechaza, a pesar de ser poca. En cada caso no mide su dádiva por el grado de nuestra fe, sino por la sinceridad y veracidad de la fe. Y si hay defectos graves en nuestro espíritu y fracasos en el fervor o en la humildad de la oración, aún, pese a que estas cosas no debieran ocurrir y son muy deplorables, la gracia las pasa por alto, las perdona, y sigue su mano misericordiosa extendida para enriquecernos conforme a nuestras necesidades. Ciertamente esto debiera inducir a muchos a orar y que todavía no han orado, y debiera hacer que lo que han estado por largo tiempo acostumbrados al uso del consagrado arte de la oración se acerquen con mayor confianza que nunca ante al trono de la gracia.