Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 7/1/2010

En gran medida, la validez de una carta depende de la firma y del sello y, hermanos míos, ¡cuan seguro es el pacto de gracia! La firma es de la mano de Dios mismo y el sello es la sangre de Cristo, el Hijo unigénito de Dios. El pacto es ra­tificado con sangre, la sangre de su propio Hijo amado. No es posible que podamos suplicar a Dios en vano cuando se invo­ca el pacto sellado con la sangre, ordenado y seguro en todas las cosas. El cielo y la tierra pasarán, pero el poder de la sangre de Jesús no puede fracasar ante Dios.

 

EL TRONO DE LA GRACIA

 

Texto: "Al trono de la gracia."

Hebreos 4:16

III. Pero, ahora, respecto de nuestro texto como en todo, nos da la idea de la GRACIA ENTRONIZADA.

 

Tenemos un trono, y ¿quién se sienta en él? Es la gracia personificada la que está instalada con dignidad. En el evan­gelio de Jesucristo la gracia es el atributo predominante de Dios. ¿Cómo llega a ser tan excelso? Respondemos: la gracia tiene su trono por conquista. La gracia vino a la tierra en la forma de un Bien amado, y se enfrentó con el pecado, lo cargó sobre su hombro, y aunque casi fue aplastada bajo la carga, llevó el pecado a la cruz, lo clavo allí, le dio muerte, lo dejó muerto para siempre, y triunfó gloriosamente. Por esta causa, en esta hora la gracia está sentada en un trono, porque ha vencido el pecado humano, ha llevado el castigo de la culpa humana y ha derrotado a todos sus enemigos.

 

Además la gracia está sentada en un trono, porque se ha establecido allí por derecho. No hay injusticia en la gracia de Dios. Dios es tan justo, cuando perdona al pecador como cuando echa a un pecador al infierno. Creo con toda mi alma que hay una justicia tan pura en la aceptación de un alma que cree en Cristo como la habrá en el rechazo de aquellas almas impenitentes que son desterradas de la presencia de Jehová. El sacrificio de Cristo ha permitido que Dios sea justo, y, sin embargo, pueda justificar al que cree. El que conoce la palabra Sustitución y puede saber de forma corre­cta su significado, verá que nada punitivo se debe a la just­icia por parte de ningún creyente, y que ahora Dios podría ser injusto si no salvara a aquellos por los cuales Cristo sufrió vicariamente, aquellos para quienes se proveyó su justicia, y a los cuales ha sido imputada. La gracia está en el trono por conquista, y se sienta allí por derecho.

 

La gracia está entronizada hoy en día, hermanos, porque Cristo ha finalizado su obra y ha entrado en los cielos. Está entronizado con poder. Cuando hablamos de su trono, queremos decir que tiene un poder ilimitado. La gracia no se sienta en el estrado de Dios; la gracia no está de pie en la corte de Dios, sino que está sentada en el trono. Es el atributo que reina; es el rey de hoy en día. Esta es la dispensación de la gracia, el año de la gracia. La gracia reina por medio de la justicia para vida eterna Vivimos en la dinastía de la gracia, porque considerando que Jesús vive para siempre, Él intercede por los hijos de los hombres, tam­bién es poderoso para salvar hasta lo sumo a los que por Él se acercan a Dios.

Pecador, si fueras a encontrar la gracia a la orilla de un camino, como un pasajero en su viaje, te exhortaría que hagas amistad con ella y pidas su influencia; si fueras a encontrar las gracia como a un comerciante en una transacción con tesoros en las manos, te recomendaría que conquistas su amistad, te enriquecería en la hora de tu pobreza. Ven, e inclínate delante de ella; ven y adora la infinita gracia y misericordia de Dios. No dudes, no te deten­gas, no vaciles. La gracia reina; la gracia es Dios; Dios es amor. Hay un arco iris alrededor del trono semejante a una esmeralda, la esmeralda de su compasión y de su amor. Puedes creer esto, y creyéndolo pueden venir de inmediato y glorificar la gracia convirtiéndose en ejemplos de su poder.

 

IV. Finalmente, nuestro texto, bien leído, tiene LA SOBERANÍA RESPLANDECIENTE DE GLORIA, LA GLO­RIA DE LA GRACIA.

El trono de la gracia es un trono. Aunque la gracia esté en él sigue siendo un trono. La gracia no desplaza a la sobe­ranía. Ahora bien, el atributo de soberanía es muy elevado y terrible. Su luz es como una piedra de jaspe, más preciosa, y como piedra de zafiro, o como Ezequiel la Llama, "el terrible cristal." Así dice el Rey, el Señor de los Ejércitos, "Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente." "¿Quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?" "No tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?" Pero, para que ninguno de vosotros sea abatido por el pensamiento de su soberanía, os invito al texto. Es un trono. Hay soberanía, pero para cada alma que sabe orar, para cada alma que por fe viene a Jesús, el verdadero trono de la gracia, la soberanía divina no presenta un aspecto oscuro y terrible, sino que está llena de amor. Es un trono de gracia; de lo que deduzco que la sobe­ranía de Dios para el creyente, para uno que suplica, para uno que viene a Dios en Cristo, siempre se ejerce de pura gracia. Para vosotros, los que acudís a Dios en oración, la soberanía siempre dice así: "Tendré misericordia de ese peca­dor. Aunque no lo merece, aunque, no hay méritos en él, puesto que yo puedo hacer lo que bien me parezca, le bende­ciré, lo haré mi hijo, yo le aceptaré, será mío."

 

Hay dos o tres cosas para pensar, y luego termino. En el trono de la gracia, la soberanía se ha puesto bajo lazos de amor. Dios hará lo que Él quiere; pero sobre el trono de la gracia, Él está sometido a lazos, lazos que Él mismo ha preparado, porque ha establecido un pacto con Cristo, y de ese modo, entró en una relación de pacto con sus escogidos. Aun­que Dios es y debe ser Soberano, nunca quebrantará su pacto, ni alternará la palabra que ha salido de su boca. No puede usar de falsedad con el pacto que Él mismo estableció. Cuando acudo a Dios en Cristo, a Dios sobre el trono de la gracia, no debo imaginar que por algún acto de soberanía Dios va a dejar de lado su pacto. Eso no puede ser. Es imposible.

 

Además, sobre el trono de la gracia, Dios está nue­vamente obligado hacia nosotros por sus promesas. El pacto contiene muchísimas promesas de gracia, gran­des y preciosas. "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá." Cuando Dios no había aun pronunciado tales palabras, u otra expresión en ese sentido, era libre de oír o no la oración; pero ahora no es así, porque ahora, si se trata de una verdadera oración ofrecida por medio de Jesucristo, su atributo de fidelidad le obliga a oírla. Un hombre puede ser perfectamente libre, pero desde el momento en que hace una promesa, ya no es libre de quebran­tarla. El Dios eterno no quiere quebrantar su promesa. Se complace en cumplirla. Él ha declarado que todas sus promesas son sí y amén en Cristo Jesús. Pero, para nuestra consolación, cuando examinamos a Dios bajo el elevado y terrible aspecto de un soberano, tenemos esto para reflexio­nar, que está bajo la obligación de la promesa del pacto de ser fiel a las almas que le buscan. Su trono debe ser un trono de gracia para su pueblo.

Y una vez más, el más dulce de todos los pensa­mientos, toda la promesa del pacto ha sido confirmada y sellada con sangre, y lejos está del Dios eterno hacer que el vituperio caiga sobre la sangre de su querido hijo. Cuando el rey otorga una carta de derechos a la ciudad, aunque pudo ser absolutista antes de otorgar la carta, la ciudadanía pue­de invocar sus derechos ante el rey. De la misma manera, Dios ha dado a su pueblo una carta de indecibles bendi­ciones, otorgándoles las ciertísimas misericordias de David. En gran medida, la validez de una carta depende de la firma y del sello y, hermanos míos, ¡cuan seguro es el pacto de gracia! La firma es de la mano de Dios mismo y el sello es la sangre de Cristo, el Hijo unigénito de Dios. El pacto es ra­tificado con sangre, la sangre de su propio Hijo amado. No es posible que podamos suplicar a Dios en vano cuando se invo­ca el pacto sellado con la sangre, ordenado y seguro en todas las cosas. El cielo y la tierra pasarán, pero el poder de la sangre de Jesús no puede fracasar ante Dios. Habla cuando estamos en silencio, y prevalece cuando somos derrotados. Cuando pide, pide mejores cosas que Abel, y su clamor es oído. Acerquémonos confiadamente, porque llevamos la pro­mesa en nuestros corazones.

 

Que Dios el Espíritu Santo nos ayude a usar, de forma correcta, de hoy en adelante "el trono de la gracia." Amén.