Iglesia Bautista Reformada del Pacto de Gracia

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Boletín del día 23/9/2011

Si llevas a cabo la oración de una manera demasiado mecánica, por cumplir, sería mejor que la omitieras completamente; porque el Señor considera tus oraciones cualitativamente, no cuantitativamente. Cuando la oración sirve para hacernos una  apariencia externa, es un cadáver de oración en el que no hay vida, no hay fervor, por tanto, Dios no le da importancia. No te engañes.  Puede que la conciencia de un hombre le reprenda si dejase de orar, por lo tanto tiene la necesidad de hacer algo para  satisfacer su corazón, pero realmente así empeora cada vez más su situación. Por tanto, considera que el cumplir con el deber no es a lo que el Señor hace caso, sino que Él pide que se haga de tal manera que se pueda lograr el fin de la oración y tu corazón sea moldeado de acuerdo a Su voluntad para que seas oído en aquello por lo que oras.

 El peligro más grande de la oración persistente y efectiva es que se convierta en el hábito de elevarla al cielo sin pasión. El pastor puritano del siglo XVII, John Preston, capta la esencia de este peligro en las siguientes palabras:
 
Si un hombre envía a su sirviente a ir a un sitio, no es el hecho de que vaya de aqui para allá lo que a él le importa, sino que lleve a cabo su tarea. Así es con todas las demás obras. A él no le interesa la formalidad de! rendimiento, sino que se haga lo requerido de tal manera que pueda serle útil. Si usted envía a un sirviente a que encienda una fogata, y él va y reúne madera verde y pone carbón por abajo, esto no es hacer una fogata. Él debe conseguir madera seca, y soplar hasta que arda y sea adecuada para su propósito.
De modo que cuando su corazón no es adecuado, cuando parece madera verde, v usted llega para calentarlo y encenderlo por medio de la oración a Dios, puede ser que cumpla con este deber, pero que salga con el corazón tan frio y destemplado como estaba antes.  No debemos conformarnos con cumplir con este deber. El deber se lleva a cabo con eficacia cuando su corazón es estimulado por él, y se adapta a un mejor ritmo y temperamento que el que tenía antes.
Si usted encuentra lujuria, su tarea es eliminarla por medio de la oración, para razonar sobre el asunto, para objetar delante del Señor, y no ceder hasta poner todo en orden en su alma, hasta perfeccionar su corazón a través de Dios. Y si usted encuentra que su corazón se aferra demasiado al mundo, debe dejarlo y apartarse de eso. Si nota que está sin vida, sin ganas e indispuesto, debe elevar su alma al Señor y no ceder hasta que se avive, Esto es llevar a cabo e! deber de una manera aceptable al Señor, de otro modo, es un rendimiento hipócrita puesto que el hombre no está dispuesto a dejar e! deber ni a efectuarlo fervorosamente y de manera viva y celosa.
Aquel que lo omite es una persona profana, y el que lo hace celosamente y a propósito es un hombre santo; pero el hipócrita se halla en medio de ambos. Hace algo pero no a conciencia. Y, por lo tanto, si se da cuenta de que ha hecho este deber descuidadamente de un día para otro, negligente y superficialmente, sepa que eso es un rendimiento hipócrita. 


Desgraciadamente, todos los creyentes se pueden relacionar hasta cierto punto con las palabras acusadoras de Preston. No hay nada tan sagrado que Satanás no invada. De hecho, cuanto más sagrado sea algo, más deseo tiene de profanarlo. Sin duda hay pocas cosas que le agraden más que ponerse entre los creyentes y su Señor durante la intimidad sagrada de la oración.
El pecado nos seguirá hasta la misma presencia de Dios; y no hay pecado más poderoso o destructivo que el orgullo. En esos momentos en que venimos delante del Señor en adoración y pureza de corazón, podríamos ser tentados a adorarnos a nosotros mismos. Martyn Lloyd-Jones escribe:

Tendemos a considerar al pecado como lo vemos en la inmundicia y bajeza de la vida. Vemos a un pobre borracho y decimos, ahí está el pecado. Pero esa no es la esencia de! pecado. Para tener una imagen y conocimiento real de! pecado, usted debe mirar a algún santo, un hombre extraordinariamente dedicado y devoto, mirarlo cuando está de rodillas en la propia presencia de Dios. Aun alli se entromete el ego, y la tentación es que él piense en sí mismo, pensar con agrado y placer acerca de sí mismo y estar realmente adorándose en lugar de adorar a Dios. Esa es la verdadera imagen del pecado, y no la otra. La otra es pecado, por supuesto, pero ahí no lo ves en su máxima expresión, no lo ves en su esencia. O para ponerlo de otro modo, si usted quiere entender algo de la naturaleza de Satanás y sus actividades, no vayas a la escoria o a la bajeza de la vida. Si realmente quieres conocer algo de Satanás, ve a ese desierto en el que nuestro Señor pasó 40 días y 40 noches. Esa es la verdadera imagen de Satanás, en la cual usted lo ve tentando al propio Hijo de Dios'.

El pecado nos conduce a tomar atajos en todas las disciplinas cristianas, y cuando sucumbimos a su tentación con suficiente frecuencia, la hipocresía se convierte en el modelo de nuestra vida sin que nos demos cuenta. Puesto que la hipocresía es un peligro tan sutil y destructivo para la vida cristiana, nuestro Señor fue rápido en condenar a sus muchos partidarios. Durante su vida terrenal, el grupo más culpable de ello fue el constituido por los líderes judíos religiosos; de los que normalmente se esperaría que fueran sus seguidores más grandes, fueron sus peores enemigos. Esto fue porque sus palabras y obras justas condenaron sus propias prácticas injustas. Para proteger a sus seguidores de su mala influencia, Jesús dijo: "Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía" (Luc. 12:1). Los fariseos, por medio de su tradición rabínica, habían tenido éxito en corromper y pervertir todas las cosas buenas que Dios le había enseñado a la nación de Israel, incluyendo su práctica de la oración. Ninguna religión jamás había tenido un estándar y prioridad más elevados para la oración que el judaísmo. Como pueblo escogido de Dios, los judíos fueron los receptores de su Palabra escrita, la cual les ha "sido confiada" (Rom. 3:2). Ningún otro pueblo, como raza o nación, ha sido tan favorecido por Dios o tenido tal comunicación con Él.

Extracto del libro: A solas con Dios, de John MacArthur