En BOLETÍN SEMANAL
​No os hagáis tesoros: Nuestro Señor se ocupa aquí no tanto de nuestras posesiones, sino de nuestra actitud hacia esas posesiones. No importa lo que el hombre pueda tener, sino lo que piensa sobre su riqueza, la actitud que tiene hacia ella. En sí mismo no hay nada malo en poseer riqueza; lo que puede andar mal es la relación del hombre con su riqueza. Y lo mismo se puede decir de cualquier cosa que el dinero pueda comprar.

​No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Mateo 6:19-21).

El tema de esta sección del Sermón del Monte es la relación del cristiano con Dios en cuanto Padre suyo. Nada hay más importante que esto. El gran secreto de la vida, según nuestro Señor, es vernos a nosotros mismos y considerarnos siempre como hijos de nuestro Padre celestial. Si lo hacemos, nos veremos librados de inmediato de dos de las tentaciones principales que nos asedian a todos en la vida.

Estas tentaciones nos las presenta así. La primera es la tentación muy sutil que asedia a todo cristiano en el asunto de su piedad personal. Como cristiano tengo una vida privada, personal, de devoción. A este respecto nuestro Señor dice que lo único que importa, y lo único que he de considerar, es que los ojos de Dios están puestos en mí. No me debe importar lo que la gente diga, ni me debo interesar por mí mismo. Si doy limosna, no debo darla para que los otros me alaben. Lo mismo se aplica a la oración. No debo querer dar la impresión de que soy un gran hombre de oración. Si lo hago, de nada sirve. No me debo interesar por lo que la gente piense de mí como hombre de oración. El Señor nos llama la atención sobre todo esto. Debo orar como quien está en la presencia de Dios. Los mismos principios se aplican a la cuestión del ayuno; y se recordará como los examinamos en detalle en el capítulo tercero. Estas consideraciones nos han conducido al final del versículo 18 de Mateo 6.

Ahora llegamos al versículo 19 en el que nuestro Señor inicia el segundo aspecto de este gran tema, a saber, el cristiano que vive su vida en este mundo en relación con Dios como Padre suyo, envuelto en sus problemas, lleno de preocupaciones, tensiones y presiones. Es, de hecho, todo el problema de lo que tan a menudo en la Biblia se ha llamado ‘el mundo’. Frecuentemente decimos que el cristiano en esta vida tiene que enfrentarse con el mundo, la carne y el demonio; y nuestro Señor utiliza esta descripción triple de nuestro problema y conflicto. Al tratar de esta cuestión de la piedad personal, se ocupa primero de las tentaciones que provienen de la carne y del demonio. El demonio está atento a cuando uno es piadoso, cuando uno se ocupa en manifestar su piedad. Una vez tratado esto, nuestro Señor pasa a mostrar que hay otro problema, el problema del mundo mismo.

Ahora bien, ¿qué quiere decir la Biblia con la expresión ‘el mundo’? No quiere decir el universo físico, o simplemente todo el conjunto de personas; significa una perspectiva y una mentalidad, significa una forma de ver las cosas, una forma de ver la vida. Uno de los problemas más delicados de los que tiene que ocuparse el cristiano es de su relación con el mundo. Nuestro Señor subraya a menudo que no es fácil ser cristiano. Él mismo durante su visita terrenal se vio tentado por el diablo. También tuvo que hacer frente al poder y sutileza del mundo. El cristiano se encuentra en la misma posición. Hay ataques que le llegan cuando está solo, en privado; hay otros que le llegan cuando está en el mundo. Obsérvese el orden que utiliza nuestro Señor. Es muy significativo. Uno se prepara a sí mismo en el secreto de su propia habitación. Uno ora y hace otras cosas —ayunar, dar limosna, obras buenas que se hacen sin que nadie se entere—. Pero también hay que vivir la vida en el mundo. El mundo hará todo lo que pueda para derrotarlo, hará todo lo que pueda para echar a perder su vida espiritual. Por esto hay que estar muy atentos. Es una lucha de fe, y se necesita toda la armadura de Dios, porque si uno no la tiene, quedará derrotado. “No tenemos lucha contra carne y sangre”. Es una lucha seria, es un conflicto violento.

Nuestro Señor enseña que este ataque del mundo, o esta tentación de la mundanalidad, generalmente asume dos formas principales. En primer lugar, puede haber un amor declarado por el mundo. En segundo lugar, puede haber ansiedad, un espíritu de preocupación ansiosa respecto al mismo. Veremos que nuestro Señor muestra que ambos son igualmente peligrosos. Se ocupa del amor por el mundo desde el versículo 19 al 24, y del problema de verse dominado por la ansiedad y preocupación por las cosas del mundo, a su vida y a todos sus asuntos, desde el versículo 29 hasta el final del capítulo.

Debemos recordar, sin embargo, que sigue ocupándose de ambos aspectos del problema en función de nuestra relación hacia nuestro Padre celestial. Así pues, al adentrarnos en los detalles de su enseñanza, nunca debemos olvidar los grandes principios que lo gobiernan todo. Debemos tener sumo cuidado de no reducir esta enseñanza a una serie de reglas y normas. Si lo hiciéramos, caeríamos de inmediato en el error del monasticismo. Hay algunas personas tan preocupadas por los cuidados y asuntos de esta vida, que sólo pueden hacer una cosa: apartarse de todo. Por esta razón se encierran en monasterios y se hacen monjes, o viven como eremitas en sus solitarias celdas. Por eso es una idea falsa que no se encuentra en ningún lugar de la Biblia; mas bien en ella se nos muestra cómo vencer al mundo permaneciendo en medio de él.

Nuestro Señor presenta primero su enseñanza a modo de afirmación radical, que es también un mandato. Establece una ley, un gran principio. Y una vez dado el principio, en su infinita bondad y condescendencia, nos ofrece varias razones y consideraciones que nos ayudarán a poner en práctica el mandato. Al leer palabras como éstas, no cabe duda de que debemos sentirnos sorprendidos ante tanta condescendencia. Tiene derecho a establecer leyes sin más; pero nunca lo hace así. Establece la ley, nos da el principio, y luego en su bondad nos da las razones, nos ofrece los argumentos que nos pueden ayudar y fortalecernos.
No hay que depender de ellos, pero son de gran ayuda y, a veces, si nuestra fe es débil, son de valor inestimable. Ante todo, pues, he aquí el mandato: “No os hagáis tesoros en la tierra… sino haceos tesoros en el cielo”. Este es el mandato, esta es la exhortación. El resto, como veremos, pertenece al campo de las razones y explicaciones. “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan”. Pero veamos ante todo la exhortación misma. Es doble: negativa y positiva. Nuestro Señor presenta la verdad de tal forma que no nos queda excusa alguna. Si cualquiera de nosotros, cristianos, al llegar al gran juicio de la recompensa, nos encontramos con que la nuestra es muy pobre, no tendremos excusa alguna.

 De forma negativa, dice, “No os hagáis tesoros en la tierra”. ¿Qué quiere decir con esto? Ante todo debemos evitar interpretarlo sólo respecto al dinero. Hay muchos que lo han hecho, y han considerado que tal afirmación se dirige sólo a los ricos. Me parece que esto es necio. Va dirigida a todos. No dice, “No os hagáis de dinero”, sino, “No os hagáis tesoros”. ‘Tesoros’ es un término muy amplio y comprensivo. Incluye el dinero, pero no sólo el dinero. Significa algo mucho más importante. Nuestro Señor se ocupa aquí no tanto de nuestras posesiones, sino de nuestra actitud hacia esas posesiones. No importa lo que el hombre pueda tener, sino lo que piensa de su riqueza, la actitud que tiene hacia ella. En sí mismo no hay nada malo en poseer riqueza; lo que puede andar mal es la relación del hombre con su riqueza. Y lo mismo se puede decir de cualquier cosa que el dinero pueda comprar.

De hecho, vamos más allá. El problema es la actitud de uno hacia la vida en este mundo. Nuestro Señor se ocupa aquí de las personas que procuran, en esta vida, su satisfacción principal, o incluso total, por medio de las cosas que pertenecen al mundo solamente. Lo que le preocupa y advierte, en otras palabras, es que el hombre no debería limitar su ambición, sus intereses y esperanzas a esta vida. Visto de esta forma, pasa a ser un tema mucho más importante que la simple posesión de dinero. Los pobres necesitan tanto como los ricos esta exhortación acerca de no hacerse tesoros en la tierra. Todos tenemos tesoros en alguna forma o manera. Quizá no sea dinero. Quizá sea el esposo, la esposa o los hijos; quizá sea algún regalo que tenemos y que tiene un valor económico limitado. Para algunos su tesoro es la casa. También aquí se ocupa de este peligro de estar apegados a la casa, de vivir por la casa y el hogar. No importa lo que sea, o lo pequeño que sea, porque si lo es todo para ti, ese es tu tesoro, eso es aquello para lo cual tú vives. Ese es el peligro en contra del cual nuestro Señor nos pone sobre aviso en este pasaje.

Esto nos da una idea de lo que quiere decir con ‘tesoros en la tierra’, y vemos cómo es algo que casi no tiene límite. No sólo es amor por el dinero, sino amor por el honor, por la posición social, por la situación económica, por el trabajo en un sentido ilícito; sea lo que fuere, todo lo que se limita a esta vida y a este mundo. Esas son las cosas acerca de las cuales debemos tener cuidado para que no se conviertan en nuestro tesoro.

Así, llegamos a un punto muy práctico. ¿Cómo hace uno, de estas cosas, tesoros en la tierra? De nuevo, no podemos más que dar algunas indicaciones generales en cuanto a su significado. Puede querer decir el vivir para atesorar y acumular la riqueza en cuanto a riqueza. Muchos lo hacen así, y nuestro Señor quizá tuvo a estas personas en mente. Pero no cabe duda de que se refiriera a algo más amplio. El mandato de nuestro Señor significa evitar todo lo que se centra solamente en este mundo. Como hemos visto, lo abarca todo. Se aplica a las personas que, aunque no estén interesadas para nada en la riqueza o el dinero, están interesadas en otras cosas que, en último término son completamente mundanas. Hay personas que a menudo han sido culpables de caídas tristes y graves en su vida espiritual debido a esto que estamos considerando. El dinero no las tienta, pero las puede tentar la posición social. Si el demonio se les acerca para ofrecerles algún soborno material, con facilidad le dicen que no. Pero si les llega con engaño, y, en conexión con su servicio cristiano les ofrece alguna posición elevada, les persuade de que su único interés es el trabajo, lo aceptan, y pronto se comienza a observar un descenso gradual en su autoridad y poder espiritual. La posición ha causado daños sin fin en la iglesia de Dios a hombres que han sido muy honestos y sinceros, pero que no han estado vigilantes en contra de este peligro. Han estado haciéndose tesoros en la tierra sin saberlo. Su interés ha pasado, de repente, de estar centrado en agradar a Dios y en trabajar por su honor y su gloria, a estar, casi sin notarlo, centrados en sí mismos y en su dedicación al trabajo. De esta manera puede alguien estar haciéndose tesoros en la tierra, y es algo tan sutil que incluso personas buenas pueden ser el mayor enemigo del hombre. Más de un predicador ha sido perjudicado por su propia congregación. Las alabanzas, los estímulos que le han ofrecido como hombre, casi lo han echado a perder como mensajero de Dios, y se ha vuelto culpable de hacerse tesoros en la tierra. Tiende casi inconscientemente a verse controlado por el deseo de conseguir la alabanza de su gente, y en cuanto esto sucede, ese hombre está haciéndose tesoros en la tierra. Los ejemplos son casi inagotables. Estoy tratando simplemente de ofrecer alguna indicación del ámbito de este mandato sorprendente. “No os hagáis tesoros en la tierra”. Cualquiera que sea la forma que adopte, lo que importa es el principio.

Extracto del libro: «El sermón del monte» del Dr. Martyn Lloyd-Jones

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