En BOLETÍN SEMANAL
En gran medida, la validez de una carta depende de la firma y del sello y, hermanos míos, ¡cuan seguro es el pacto de gracia! La firma es de la mano de Dios mismo y el sello es la sangre de Cristo, el Hijo unigénito de Dios. El pacto es ra­tificado con sangre, la sangre de su propio Hijo amado. No es posible que podamos suplicar a Dios en vano cuando se invo­ca el pacto sellado con la sangre, ordenado y seguro en todas las cosas. El cielo y la tierra pasarán, pero el poder de la sangre de Jesús no puede fracasar ante Dios.

 

EL TRONO DE LA GRACIA

 

Texto: «Al trono de la gracia.»

Hebreos 4:16

III. Pero,
ahora, respecto de nuestro texto como en todo, nos da la idea de la GRACIA ENTRONIZADA.

 

Tenemos un trono, y ¿quién se sienta en él? Es
la gracia personificada la que está instalada con dignidad. En el evan­gelio de
Jesucristo la gracia es el atributo predominante de Dios. ¿Cómo llega a ser tan
excelso? Respondemos: la gracia tiene su trono por conquista. La gracia
vino a la tierra en la forma de un Bien amado, y se enfrentó con el pecado, lo
cargó sobre su hombro, y aunque casi fue aplastada bajo la carga, llevó el
pecado a la cruz, lo clavo allí, le dio muerte, lo dejó muerto para siempre, y
triunfó gloriosamente. Por esta causa, en esta hora la gracia está sentada en
un trono, porque ha vencido el pecado humano, ha llevado el castigo de la culpa
humana y ha derrotado a todos sus enemigos.

 

Además la gracia está sentada en un trono,
porque se ha establecido allí por derecho. No hay injusticia en la
gracia de Dios. Dios es tan justo, cuando perdona al pecador como cuando echa a
un pecador al infierno. Creo con toda mi alma que hay una justicia tan pura en
la aceptación de un alma que cree en Cristo como la habrá en el rechazo de aquellas
almas impenitentes que son desterradas de la presencia de Jehová. El sacrificio
de Cristo ha permitido que Dios sea justo, y, sin embargo, pueda justificar al
que cree. El que conoce la palabra Sustitución y puede saber de forma
corre­cta su significado, verá que nada punitivo se debe a la just­icia por
parte de ningún creyente, y que ahora Dios podría ser injusto si no salvara a
aquellos por los cuales Cristo sufrió vicariamente, aquellos para quienes se
proveyó su justicia, y a los cuales ha sido imputada. La gracia está en el
trono por conquista, y se sienta allí por derecho.

 

La gracia está entronizada hoy en día,
hermanos, porque Cristo ha finalizado su obra y ha entrado en los cielos. Está
entronizado con poder. Cuando hablamos de su trono, queremos decir que
tiene un poder ilimitado. La gracia no se sienta en el estrado de Dios; la
gracia no está de pie en la
corte
de Dios, sino que está sentada en el trono. Es el atributo que reina; es el rey
de hoy en día. Esta es la dispensación de la gracia, el año de la gracia. La
gracia reina por medio de la justicia para vida eterna Vivimos en la dinastía
de la gracia, porque considerando que Jesús vive para siempre, Él intercede por
los hijos de los hombres, tam­bién es poderoso para salvar hasta lo sumo a los
que por Él se acercan a Dios.

Pecador, si fueras a encontrar la gracia a la
orilla de un camino, como un pasajero en su viaje, te exhortaría que hagas
amistad con ella y pidas su influencia; si fueras a encontrar las gracia como a
un comerciante en una transacción con tesoros en las manos, te recomendaría que
conquistas su amistad, te enriquecería en la hora de tu pobreza. Ven, e
inclínate delante de ella; ven y adora la infinita gracia y misericordia de
Dios. No dudes, no te deten­gas, no vaciles. La gracia reina; la gracia es
Dios; Dios es amor. Hay un arco iris alrededor del trono semejante a una
esmeralda, la esmeralda de su compasión y de su amor. Puedes creer esto, y
creyéndolo pueden venir de inmediato y glorificar la gracia convirtiéndose en
ejemplos de su poder.

 

IV. Finalmente,
nuestro texto, bien leído, tiene LA SOBERANÍA RESPLANDECIENTE DE GLORIA, LA GLO­RIA
DE LA GRACIA.

El trono de la gracia es un trono. Aunque la
gracia esté en él sigue siendo un trono. La gracia no desplaza a la sobe­ranía.
Ahora bien, el atributo de soberanía es muy elevado y terrible. Su luz es como
una piedra de jaspe, más preciosa, y como piedra de zafiro, o como Ezequiel la
Llama, «el terrible cristal.» Así dice el Rey, el Señor de los
Ejércitos, «Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré
clemente
para con el que seré
clemente.» «¿Quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios?
¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?»
«No tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa
un vaso para honra y otro para deshonra?» Pero, para que ninguno de
vosotros sea abatido por el pensamiento de su soberanía, os invito al texto. Es
un trono. Hay soberanía, pero para cada alma que sabe orar, para cada alma que
por fe viene a Jesús, el verdadero trono de la gracia, la soberanía divina no
presenta un aspecto oscuro y terrible, sino que está llena de amor. Es un trono
de gracia; de lo que deduzco que la sobe­ranía de Dios para el creyente, para
uno que suplica, para uno que viene a Dios en Cristo, siempre se ejerce de pura
gracia. Para vosotros, los que acudís a Dios en oración, la soberanía siempre
dice así: «Tendré misericordia de ese peca­dor. Aunque no lo merece,
aunque, no hay méritos en él, puesto que yo puedo hacer lo que bien me parezca,
le bende­ciré, lo haré mi hijo, yo le aceptaré, será mío.»

 

Hay dos o tres cosas para pensar, y luego
termino. En el trono de la gracia, la soberanía se ha puesto bajo lazos de
amor. Dios hará lo que Él quiere; pero sobre el trono de la gracia, Él está
sometido a lazos, lazos que Él mismo ha preparado, porque ha establecido un
pacto con Cristo, y de ese modo, entró en una relación de pacto con sus
escogidos. Aun­que Dios es y debe ser Soberano, nunca quebrantará su pacto, ni
alternará la palabra que ha salido de su boca. No puede usar de falsedad con el
pacto que Él mismo estableció. Cuando acudo a Dios en Cristo, a Dios sobre el
trono de la gracia, no debo imaginar que por algún acto de soberanía Dios va a
dejar de lado su pacto. Eso no puede ser. Es imposible.

 

Además, sobre el trono de la gracia, Dios está
nue­vamente obligado hacia nosotros por sus promesas. El pacto contiene
muchísimas promesas de gracia, gran­des y preciosas. «Pedid y se os dará;
buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.» Cuando Dios no había aun pronunciado
tales palabras, u otra expresión en ese sentido, era libre de oír o no la
oración; pero ahora no es así, porque ahora, si se trata de una verdadera
oración ofrecida por medio de Jesucristo, su atributo de fidelidad le obliga a
oírla. Un hombre puede ser perfectamente libre, pero desde el momento en que
hace una promesa, ya no es libre de quebran­tarla. El Dios eterno no quiere
quebrantar su promesa. Se complace en cumplirla. Él ha declarado que todas sus
promesas son sí y amén en Cristo Jesús. Pero, para nuestra consolación, cuando
examinamos a Dios bajo el elevado y terrible aspecto de un soberano, tenemos
esto para reflexio­nar, que está bajo la obligación de la promesa del pacto de
ser fiel a las almas que le buscan. Su trono debe ser un trono de gracia para
su pueblo.

Y una vez más, el más dulce de todos los pensa­mientos,
toda la promesa del pacto ha sido confirmada y sellada con sangre, y lejos está
del Dios eterno hacer que el vituperio caiga sobre la sangre de su querido
hijo. Cuando el rey otorga una carta de derechos a la ciudad, aunque pudo ser
absolutista antes de otorgar la carta, la ciudadanía pue­de invocar sus
derechos ante el rey. De la misma manera, Dios ha dado a su pueblo una carta de
indecibles bendi­ciones, otorgándoles las ciertísimas misericordias de David.
En gran medida, la validez de una carta depende de la firma y del sello y,
hermanos míos, ¡cuan seguro es el pacto de gracia! La firma es de la mano de Dios
mismo y el sello es la sangre de Cristo, el Hijo unigénito de Dios. El pacto es
ra­tificado con sangre, la sangre de su propio Hijo amado. No es posible que
podamos suplicar a Dios en vano cuando se invo­ca el pacto sellado con la
sangre, ordenado y seguro en todas las cosas. El cielo y la tierra pasarán,
pero el poder de la sangre de Jesús no puede fracasar ante Dios. Habla cuando
estamos en silencio, y prevalece cuando somos derrotados. Cuando pide, pide
mejores cosas que Abel, y su clamor es oído. Acerquémonos confiadamente, porque
llevamos la pro­mesa en nuestros corazones.

 

Que Dios el Espíritu Santo nos ayude a usar, de
forma correcta, de hoy en adelante «el trono de la gracia.» Amén.

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