En BOLETÍN SEMANAL
 Debemos darnos cuenta de que la hipocresía en la religión es uno de los asuntos más serios e importantes a los que podemos enfrentarnos. Existe la posibilidad real de engañarnos... No se puede leer la Biblia sin que se nos recuerde constantemente ese terrible peligro.

Echemos, pues, un vistazo a la religión de los fariseos para poder descubrir sus defectos y también para poder ver qué se nos pide. Una de las mejores maneras de hacerlo es examinando ese cuadro que nuestro Señor describió del fariseo y del publicano que subieron al templo a orar. El fariseo, como recordarán, se situó de pie en lugar prominente, y le dio gracias a Dios por no ser como los otros hombres, sobre todo como ese publicano. Luego empezó a decir ciertas cosas de sí mismo; que no explotaba a nadie, que no era injusto, que no era adúltero, que no era como el publicano. Todo esto era verdad. Nuestro Señor lo aceptó; por esto lo repitió. Estos hombres poseían esa clase de justicia externa. No sólo esto, sino que ayunaba dos veces por semana, como les dije antes. También daba el diezmo, la décima parte, de todo lo que poseía a Dios y a su causa. Daban el diezmo de todo lo que tenían incluso de las hierbas, menta, eneldo y comino. Además de esto eran muy religiosos, y sumamente detallistas en la observancia de ciertos servicios y ceremonias religiosos. Todo esto era verdad de los fariseos. No sólo lo decían, sino que lo cumplían. Sin embargo nadie puede leer los cuatro Evangelios, incluso en forma sumaria, sin ver que no hubo nada que despertara más ira en nuestro Señor que esa religión de los escribas y fariseos. Tomen el capítulo 23 del Evangelio de Mateo con sus terribles ayes lanzados sobre los escribas y fariseos, y verán resumida la acusación de estas personas por parte de nuestro Señor y su crítica de la actitud general de los mismos respecto a Dios y a la religión. Por esto dice, ‘si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.’

Debemos darnos cuenta de que este es uno de los asuntos más serios e importantes que podemos examinar juntos. Existe la posibilidad real y terrible de engañarnos. A los fariseos y escribas los acusó nuestro Señor de hipócritas. Sí, pero eran hipócritas inconscientes. No se daban cuenta de que lo eran, pensaban que vivían bien. No se puede leer la Biblia sin que se le recuerde a uno constantemente ese terrible peligro. Existe la posibilidad de confiar en lo que no sirve, de confiar en cosas que no pertenecen al verdadero culto en vez de estar situados en la posición de verdaderos adoradores. Y permítanme recordarles, de paso, que esto es algo de lo cual nosotros que no sólo nos decimos evangélicos, sino que nos sentimos orgullosos en llamarnos así, podemos muy bien ser culpables.

Prosigamos, pues, con el análisis de la religión de los escribas y fariseos que nuestro Señor hace. He tratado de extraer ciertos principios que les propongo en la forma siguiente. La acusación primera y, en un sentido, básica contra ellos es que su religión era completamente externa y formal en lugar de ser una religión de corazón. Se volvió un día a ellos para decirles, ‘Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los nombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación’ (Lc. 16:15). Recordemos que todo esto que nuestro Señor dice de los fariseos son acusaciones judiciales. No hay contradicción entre el amor de Dios y la ira de Dios. El Señor Jesucristo estaba tan lleno de amor que nunca se quejó de nada de lo que le hicieron a su persona. Pero sí acusó judicialmente a los que desfiguraban a Dios y a la religión. Esto no implica contradicción en su naturaleza. Santidad y amor deben ir juntos; pero es parte del amor santo desenmascarar lo falso y espurio y acusar al hipócrita.

En otra ocasión nuestro Señor les dijo algo así. Algunos fariseos se sorprendieron por las acciones de los discípulos quienes, apenas llegados de la plaza pública, se sentaron a la mesa y comenzaron a comer sin lavarse las manos. ‘Ah,’ les dijo, ‘vosotros fariseos tenéis mucho cuidado de lo externo, pero sois tan negligentes con lo interno. No es lo que entra en el hombre lo que lo contamina, sino lo que procede de él. El corazón es lo que importa, porque de él proceden los malos pensamientos, los asesinatos, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y todas estas cosas.’ Pero recuerden cómo lo refiere más tarde Mateo 23. Nuestro Señor dice a los fariseos que son como sepulcros blanqueados; lo externo parece muy bien, pero ¡veamos lo interior! Es posible ser muy fieles en asistir a la casa de Dios y con todo ser envidiosos y vengativos. De esto acusa nuestro Señor a los fariseos. Y a no ser que nuestra justicia sea superior a estas exigencias externas no pertenecemos al reino de Dios. El reino de Dios se preocupa del corazón; no son mis acciones externas, sino lo que hay dentro de mí lo que importa. Alguien dijo en una ocasión que la mejor definición de la religión es ésta: ‘Religión es lo que alguien hace con su soledad.’ En otras palabras, si alguien quiere saber lo que realmente es, puede hallar la respuesta cuando está solo con sus pensamientos, deseos e imaginaciones. Lo que importa es lo que uno se dice a sí mismo. Tenemos cuidado en lo que decimos a otros; pero ¿qué nos decimos a nosotros mismos? Lo que uno hace con su propia soledad es lo que en último término cuenta. Lo que hay dentro, que ocultamos del mundo exterior porque nos avergonzamos de ello, esto proclama finalmente lo que realmente somos.

La segunda acusación que nuestro Señor hizo a los escribas y fariseos fue que se preocupaban más por lo ceremonial que por lo moral; y esto, desde luego, siempre se sigue de lo primero. Estas personas eran muy cuidadosas externamente; eran sumamente meticulosas en lavarse las manos y en los aspectos ceremoniales de la ley. Pero no se preocupaban tanto de los aspectos morales de la ley. ¿Me hace falta recordarles que esto sigue siendo un peligro terrible? Hay una clase de religión —y, por desgracia, me parece que se va haciendo más común— que no vacila en enseñar que mientras uno vaya a la iglesia los domingos por la mañana no importa mucho lo que uno haga el resto del día. No pienso sólo en aquellos que dicen que lo que uno necesita es sólo ir a la santa cena por la mañana y luego uno está libre para hacer lo que quiera. Me pregunto si tenemos la conciencia tranquila en cuanto a esto. Me parece que existe esta tendencia creciente de decir, ‘Desde luego que lo que importa es el servicio matutino; necesito la enseñanza e instrucción. Pero el servicio de la noche es sólo evangelístico, por tanto prefiero pasar el tiempo en escribir cartas y leer.’ Creo que esto es caer en el error de los fariseos. El día del Señor es un día que ha de dedicarse lo más posible a Dios. En este día deberíamos dejar de lado todo lo que podamos, a fin de honrar y glorificar a Dios y de que su causa prospere y florezca. El fariseo se sentía satisfecho con cumplir sus deberes externos. Sí, había asistido al servicio y esto le bastaba.

Otra característica de la religión de los fariseos fue que era de confección humana, compuesta de reglas y normas basadas en privilegios que habían decidido darse a sí mismos y que en realidad violaban la ley que pretendían observar. Algunos de ellos incluso eran culpables de descuidar sus deberes de hijos. Decían, ‘Hemos dedicado esta cantidad de dinero al Señor, por tanto no lo podemos dar a nuestros padres para ayudarlos en sus necesidades.’ ‘Hipócritas,’ dice nuestro Señor en efecto, ‘así es como tratáis de eludir las exigencias de la ley que os pide honrar padre y madre.’ Se basaban en tradiciones, y la mayoría de estas tradiciones no eran sino formas sutiles y hábiles de eludir las exigencias de la ley. Eludían tales exigencias diciendo que las habían satisfecho de esa forma determinada, lo cual quería decir que no lo habían hecho en absoluto. Creo que todos sabemos algo de esto. Nosotros protestantes criticamos mucho a los católicos y sobre todo a sus maestros de la Edad Media llamados casuistas. Estos hombres eran expertos en hacer distinciones sutiles y delicadas, sobre todo respecto a asuntos de conciencia y conducta. A menudo aparentaban saber reconciliar cosas que parecían irremediablemente contradictorias. Seguro que lo han visto en los periódicos. Vemos obtener el divorcio a un católico que no cree en él. ¿Qué ha sucedido? Probablemente lo ha conseguido con casuística — por medio de una explicación escrita que parece satisfacer la letra de la ley. Pero mi intención no es censurar esa clase de religión. Dios sabe que no soy experto en ella. Todos sabemos racionalizar nuestros propios pecados y justificarlos, y excusarnos por lo que hacemos y por lo que no hacemos. Esto fue lo típico de los fariseos.

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Extracto del libro: «El sermón del monte» del Dr. Martin Lloyd-Jones

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