En BOLETÍN SEMANAL
​Debemos caer en la cuenta de lo terrible que es el pecado. Dejemos, pues, de interesarnos tanto por clasificaciones morales, dejemos incluso de pensar en acciones en función de catálogos morales. Pensemos siempre en función del Hijo de Dios y de lo que significó para Él, y a qué lo condujo en su vida y ministerio. Así hay que pensar en el pecado.

​Ya hemos estudiado los versículos 27-30 en conjunto, para poder entender la enseñanza de Nuestro Señor acerca del pecado en contraposición a la de los escribas y fariseos. Ahora vamos a analizar los versículos 29 y 30 en especial. Nuestro Señor se ocupó de la naturaleza del pecado en general, aunque no se quedó ahí. Lo describió de tal manera que, en cierto sentido, nos indicó implícitamente cómo debemos enfrentarlo. Quiere que veamos la índole del pecado en tal forma que lo aborrezcamos y desechemos. Lo que ahora vamos a considerar es este segundo aspecto del problema.


Debemos comenzar por la interpretación de los versículos. ¿Qué significan exactamente las palabras: ‘Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno’? Hay muchos que piensan que estas afirmaciones sorprendentes y extraordinarias habría que interpretarlas así. Nuestro Señor, dicen, ha venido insistiendo en la importancia de tener el corazón limpio; dice que no basta con no cometer el acto de adulterio — es el corazón lo que importa. Imaginen que a estas alturas surgió una especie de objeción, sea que fuera expresada, sea que nuestro Señor la percibiera. O quizá previó una objeción más o menos así: ‘Estamos hechos de tal modo que nuestras mismas facultades nos conducen inevitablemente al pecado. Tenemos ojos que ven, y mientras los tengamos de nada sirve que se nos diga que debemos tener el corazón limpio. Si veo que esto conduce a ciertas consecuencias, ¿de qué sirve que se me diga que lo purifique? Es imposible. El problema, en realidad, es el hecho de tener ojos y manos.’ Interpretan, pues, la afirmación de nuestro Señor como respuesta a dicha objeción: ‘Bien, si me decís que lo que conduce al pecado es vuestro ojo derecho, sacadlo, y si decís que es la mano derecha, cortadla.’ En otras palabras, afirman, se enfrenta a los objetores a su mismo nivel. ‘Los fariseos’, dicen, tratan de eludir el punto diciendo que el problema no es tanto el corazón y los deseos, como el hecho mismo de poder ver. Esto conduce inevitablemente a la tentación, y la tentación lleva al pecado. Es un nuevo intento de eludir la enseñanza de Cristo. Por esto Él, por así decirlo, se vuelve y les dice: ‘Muy bien, si decís que el problema se debe a los ojos o a las manos, eliminadlos.’

Además, querrían que entendiéramos que al decir esto, desde luego, nuestro Señor ridiculiza la argumentación porque menciona sólo el ojo y la mano derechos. Si uno se saca el ojo derecho todavía le queda el izquierdo, y ve lo mismo con el izquierdo que con el derecho; y si se corta la mano derecha no ha resuelto el problema porque conserva la izquierda. ‘Así pues,’ dicen, ‘nuestro Señor ridiculiza este concepto de la santidad y de la vida santa que la hace depender de nuestro ser físico, y muestra que si el hombre ha de tener el corazón limpio y puro en ese sentido, bien, para decirlo bien claramente, debe sacarse ambos ojos, cortar ambas manos y ambos pies. Se debe mutilar de tal modo que ya no se pueda llamar hombre.’ 

No quisiera rechazar esta exposición por completo. Contiene sin duda ciertas verdades. Pero de lo que no estoy tan seguro es de que constituya una explicación exacta de lo que nuestro Señor dice. Me parece que una explicación mejor de esta afirmación es que nuestro Señor quiso enseñar al mismo tiempo la naturaleza verdadera y horrible del pecado, el peligro terrible que el pecado supone para nosotros, y la importancia de hacerle frente y de repudiarlo. Por ello la expresa deliberadamente de esta manera. Habla de miembros valiosísimos, el ojo y la mano, y especifica el ojo derecho y la mano derecha. ¿Por qué? En ese tiempo la gente creía que el ojo y la mano derechos eran más importantes que los izquierdos. No es difícil ver por qué era así. Todos conocemos la importancia de la mano derecha y también la importancia relativa del ojo derecho. Nuestro Señor acepta esa creencia común, popular, y lo que dice de hecho es esto: ‘Si lo más precioso que tenéis, en un sentido, es causa de pecado, libraos de ello.’ Tan importante es el pecado en la vida; y esa importancia se puede expresar así. Me parece que esta interpretación de la afirmación de nuestro Señor es mucho más natural que la otra. Dice que, por valiosa que nos resulte una cosa, si va a hacernos tropezar, apartémosla de nosotros. De este modo pone de relieve la importancia de la santidad, y el peligro terrible que corremos como resultado del pecado.

¿Cómo enfrentarnos, pues, con este problema del pecado? Quisiera volver a recordarles que no se trata simplemente de no cometer ciertos actos; se trata de enfrentarse a la contaminación del pecado en el corazón, esta fuerza que está dentro de nosotros, esas fuerzas que hay en nuestra misma naturaleza como consecuencia del pecado. Este es el problema. Y ocuparse del mismo en una forma simplemente negativa no basta. Nos preocupa el estado del corazón. ¿Cómo debemos resolver este problema? Nuestro Señor señala en este pasaje una serie de puntos que debemos observar y asimilar.

El primero, obviamente, es que debemos caer en la cuenta de la naturaleza del pecado, y también de sus consecuencias. Ya hemos estudiado esto y nuestro Señor mismo vuelve a comenzar por ahí. No cabe la menor duda que un concepto inadecuado del pecado es la causa principal de la falta de santidad y santificación, y de hecho de la mayoría de las enseñanzas erróneas en cuanto a la santificación. Todos los antinomianos a lo largo de los siglos, todas las tragedias que han seguido siempre a los movimientos perfeccionistas, han surgido en realidad debido a ideas falsas respecto al pecado, y a no saber ver que no sólo el pecado es una fuerza, un poder que conduce a la culpabilidad, sino que existe también la contaminación del pecado. Aunque uno no haga nada malo sigue siendo pecador. Su naturaleza es pecadora. Debemos captar la idea de ‘pecado’ como algo distinto de los ‘pecados.’ Debemos verlo como algo que conduce a acciones y que existe aparte de ellas.

Quizá la mejor manera de expresarlo es recordar el domingo de ramos, ese día que nos hace repasar todos los detalles de la vida terrenal del Hijo de Dios. Se dirige a Jerusalén por última vez. ¿Qué significa esto? ¿Por qué va hacia la cruz y la muerte? Hay una sola respuesta para esa pregunta. El pecado es la causa; y el pecado es algo que sólo se puede resolver de esta manera; no hay otra. El pecado es algo, y lo digo con toda reverencia, que ha creado problemas incluso en los cielos. Tan profundo es el problema, y debemos comenzar por caer en la cuenta de ello. El pecado en ustedes y en mí es algo que hizo que el Hijo de Dios sudara sangre en el Huerto de Getsemaní. Le hizo soportar todas las agonías y los sufrimientos que se le infligieron. Y por fin lo hizo morir en la cruz. Eso es el pecado. Nunca lo recordaremos lo suficiente. ¿No es acaso peligroso —creo que todos debemos admitirlo— pensar en el pecado sólo en función de ideas morales, de catálogos de pecados graves y leves, o sea cual fuere la clasificación? En cierto sentido, no cabe duda de que estas ideas son acertadas; pero en otro sentido son completamente erróneas y de hecho peligrosas. Porque el pecado es pecado, y siempre pecado; esto subraya nuestro Señor. No es, por ejemplo, sólo el acto de adulterio; es el pensamiento, y el deseo también los que son pecaminosos.

En esto debemos fijarnos. Debemos caer en la cuenta de lo terrible que es el pecado. Dejemos, pues, de interesarnos tanto por clasificaciones morales, dejemos incluso de pensar en acciones en función de catálogos morales. Pensemos siempre en función del Hijo de Dios y de lo que significó para Él, y a qué lo condujo en su vida y ministerio. Así hay que pensar en el pecado. Claro que si solo pensamos en términos de moralidad podemos sentirnos satisfechos por no haber hecho ciertas cosas. Pero esta idea es del todo falsa, y en lo que tenemos que caer en la cuenta es que, por ser lo que somos, el Hijo de Dios tuvo que venir de los cielos para pasar por todo eso, e incluso para morir esa muerte cruel en la cruz. Ustedes y yo somos de tal modo que todo eso fue necesario. Tan grande es la contaminación del pecado que hay en nosotros. Nunca podremos considerar bastante la naturaleza del pecado y sus consecuencias. Una de las sendas más directas a la santidad es pensar en los sufrimientos y agonía de nuestro Señor. En ninguna otra parte se manifiesta la naturaleza del pecado con colores más terribles y horrorosos que en la muerte del Hijo de Dios.

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Extracto del libro: «El sermón del monte» del Dr. Martyn Lloyd-Jones

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