En BOLETÍN SEMANAL
« Yo soy Jehová, el Dios de Abraharn, tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia » (Génesis 28:13).  A las almas tímidas les cuesta trabajo aprovechar las promesas que Dios ha hecho para ellas, porque temen que sería presuntuoso, por su parte, aferrarse a esas cosas tan buenas y preciosas. Como norma general, podemos considerar que si tenemos fe como para aprovechar la promesa, será nuestra.

 El que nos da la llave que encaja en la cerradura de su puerta, lo hace con el propósito de que abramos la puerta y entremos. No podremos nunca ser presuntuosos por creer con humildad en Dios, pero sí lo seremos si cuestionamos su palabra. No será fácil que nos equivoquemos por confiar demasiado en la promesa. Nuestro fallo reside en la falta de fe, nunca por tener demasiada fe. Sería difícil creer demasiado en Dios, y lo terriblemente corriente es no creer en Él lo suficiente. «Conforme a vuestra fe así os sea hecho» es una bendición que Dios no se arrepiente nunca de conceder. «Si crees» está escrito: «si puedes creer, todo le es posible al que cree». También está escrito: «No pudieron entrar por causa de la incredulidad de ellos», pero no se ha dicho nunca que uno que entrase porque su fe fuese criticado por su impertinencia y echado fuera.

Jacob, según el versículo con el cual hemos encabezado este capítulo, tomó posesión de la tierra prometida tumbándose sobre ella y quedándose dormido. No hay una manera más segura de apoderarse de una promesa que colocando todo nuestro peso sobre ella y luego disfrutando de un buen descanso. «La tierra en que estás acostado te la daré.»

¡Con cuánta frecuencia he visto que la promesa era cierta al aplicármela y aceptarla por fe como algo verdadero y actuando conforme a ella! Me he tumbado sobre ella como si se tratase de un sofá y me he dejado a mí mismo en las manos del Señor; entonces he podido descansar, y la paz se ha adueñado de mi espíritu. La confianza en Dios hace que se cumplan los propios deseos. La promesa que hace el Señor a los que buscan sus favores en oración es como sigue: «Creed que las recibiréis y os será hecho.» Esto suena extraño, pero es verdad, pues es conforme a la filosofía de la fe. Diga usted, con una fe auténtica: «esta promesa es mía», y de inmediato lo será. Las promesas las recibimos por la fe y no por la vista o por otro sentido.
Las promesas de Dios no son la exclusiva de un cristiano determinado u otro, sino que son un bien común para todos los que habitan en la parroquia de la Santa Fe. No hay duda de que hay personas que, si pudiesen, se apoderarían de las estrellas y harían del sol y de la luna una propiedad personal. Esa misma avaricia intentaría vallar las promesas, pero es algo que no pueden hacer. Sería como el avaro que pretende encerrar los pájaros cantores, y decir que la música de las alondras y los tordos es su herencia exclusiva, como proponer que las promesas son todas para una persona. No, ni los mejores de entre los santos pueden, aunque quisiesen hacerlo, poner ni una sola de las palabras del Dios de gracia bajo llave. La promesa no es sólo «para vosotros y nuestros hijos», sino «para todos los que están lejos, a todos los que son llamados por el Señor». Qué gran consuelo es éste! Hagamos nuestros los bienes comunes y poseamos, por la fe, lo que el Señor ha puesto a nuestra disposición por el pacto.

Las palabras que fueron dichas a Jacob pertenecen por igual a todos los creyentes. Oseas dice acerca de él: «Venció al ángel y prevaleció; lloró y le rogó; en Bet-el le halló, y allí habló con nosotros.» De manera que Dios nos estaba hablando también a nosotros al hablar con el patriarca. Las maravillas que mostró Dios en el Mar Rojo se realizaron para todo el pueblo, pero leemos: «Allí en Él nos alegramos» (Salmos 66:6). Es cierto que nosotros no estuvimos presentes, pero a pesar de ello el gozo de la victoria que obtuvo Israel es también nuestro. El apóstol cita la palabra que el Señor dijo a Josué como si hubiese ido dirigida a uno o a cualquier hijo de Dios. «Porque él dijo: no te desampararé ni te dejaré» (Hebreos 115), ya que la palabra del Señor no acaba con el motivo que la originó ni se agota al bendecir a la persona a la que fue dirigida. Todas las promesas van dirigidas a los creyentes que tienen suficiente fe como para aplicárselas y suplir que sean suyas ante el trono de la gracia. Lo que Dios es para la persona que ha confiado en Él, lo será para todos los que le necesiten por sus circunstancias y necesidades.

La Biblia tiene puesta su mirada en cada uno de nosotros al pronunciar sus palabras llenas de gracia. Un orador de Bampton dijo muy acertadamente: «Nosotros mismos, y otros como nosotros, somos las personas acerca de las cuales habla la Escritura y a las cuales apela como hombres, de diversas maneras, con persuasión y condescendencia, pero de manera celestial. Vale la pena fijarse en como un libro de su descripción, con todo lo que abarca, tiene un poder tan versátil y una visión tal que es como un retrato exacto de nuestras personas, dondequiera que nos volvamos.»

«¡Visión de la palabra de Dios!
dondequiera que miramos,
siempre tu mirada dulce sobre nosotros está,
discerniendo nuestro dolor profundo,
descifrando la confusión que anida en nuestro ser. »
«¿Qué palabra es ésta? ¿De dónde me conoces?
Maravillado clama el humilde corazón
al oírte proclamar
ese misterio tan profundo.»
 
La palabra posee una personalidad extraordinaria, pues se aplica a miles de generaciones de creyentes, y ése es uno de sus mayores encantos y una de las pruebas más contundentes de su inspiración divina. Hemos de tratar nuestras Biblias no como si se tratase de viejos almanaques, sino de libros nuevos, actuales, con un contenido fresco y que se adapta a nuestros días. Hay una dulzura inconmensurable y posee al mismo tiempo una frescura que no ha disminuido en nada, pues esa misma palabra que habló en la antigüedad a nuestros antepasados, alimentando su espíritu, se aplica también a nosotros hoy. Gloria sea a Dios de que nosotros podemos darnos un banquete con su palabra, y si no lo estamos haciendo deberíamos de hacerlo. ¡Si no lo hacemos sólo podemos culparnos a nosotros mismos!
 
Los pozos de Abraham sirvieron para Isaac y para Jacob, pero también para miles de generaciones. Vengan y metamos nuestros cubos y saquemos con gozo el agua que está en los profundos pozos de la salvación, que fueron cavados en aquellos días en que nuestros padres depositaron su confianza en el Señor y Él les libertó. No hemos de temer ser supersticiosos o crédulos. Las promesas del Señor son para todos los que desean creer en ellas, y la fe es una garantía para creer. Si tú no eres capaz de confiar, aún puedes hacerlo. Después de haber sido cumplidas miles de veces, las palabras de la promesa siguen teniendo su valor, y volverán a cumplirse. Muchas veces han sido a las que nos hemos acercado como a una fuentecilla del campo a calmar nuestra sed con agua fresca del arroyo, que sigue siendo gratuita y conserva su frescor, y hoy podemos beber de ella con la misma confianza que lo hicimos la primera vez. Los hombres no cumplen sus promesas una y otra vez, y sería irrazonable esperar que lo hiciesen. ¡Ellos son como cisternas, pero tú, oh Señor, eres una fuente! Todos mis frescos manantiales están en ti.

¡Ven lector, e imita a Jacob! Del mismo modo que él se tumbó en un lugar determinado, usando las piedras como almohada, hazlo tú. Tenemos la Biblia entera para reclinarnos sobre ella, y hay ciertas promesas en ella que nos pueden servir de almohada. Apoya en ellas tu carga y tú mismo repósate, deja tu penar. He aquí una promesa de la Escritura que puede ser tuya de ahora en adelante: «La tierra en que estás acostado te la daré.»

Extracto del libro «Segun la Promesa» de C. H. Spurgeon
 

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