En BOLETÍN SEMANAL
​No juzguéis: Al tratar de evitar esta tendencia de condenar, algunas personas han llegado al otro extremo, y con ello se encuentran también en una posición falsa. La vida cristiana no es tan fácil porque requiere equilibrio.

​»No juzguéis, para que no seáis juzgados» (Mateo 7:1).

“No juzguéis”. Nuestro Señor sigue usando, como advertirán, el mismo método que ha usado a lo largo de este sermón. Hace un pronunciamiento y luego lo razona, nos lo presenta de una forma más lógica y detallada. Éste es su método. Ha sido su método respecto a la mundanalidad; y aquí vuelve al mismo. Hace primero el pronunciamiento deliberado: “No juzguéis”.

Se nos presenta aquí una afirmación que, a menudo, ha conducido a mucha confusión. Hay que reconocer que este tema muy fácilmente se puede entender mal, y en ese caso se hace de dos maneras y desde dos perspectivas, como suele ocurrir casi siempre con la verdad. La cuestión es, ¿qué quiere decir nuestro Señor exactamente cuando afirma: “No juzguéis”?

La forma de contestar a esta pregunta no consiste en buscar en el diccionario. El simple mirar el significado de la palabra ‘juzgar’ no nos puede satisfacer. Tiene muchos significados diferentes, de modo que no se puede decidir de esta manera. Pero es de vital importancia que sepamos exactamente qué significa. Nunca ha sido más importante una interpretación correcta de este mandato que en los momentos actuales. Períodos diferentes en la historia de la iglesia necesitan énfasis diferentes, y si se me preguntara cuál es en particular la necesidad de hoy, diría que es la de considerar esta afirmación específica. Así es porque toda la atmósfera de la vida de hoy, especialmente en círculos religiosos, es tal que hace que sea vitalísima una interpretación correcta de esta afirmación. Vivimos en una época en la que las definiciones valen poco, una época a la que no le gusta a la gente pensar, y odia la teología, la doctrina y el dogma. Es una era que se caracteriza por el amor a las cosas fáciles y a los términos mediocres, ”Lo que sea con tal de estar tranquilos”, como se suele decir. Es una época de apaciguamiento. Ese término ya no es popular en el sentido político, pero existe la mentalidad que se complace en él. Es una época a la que no le gustan los hombres fuertes porque, según dicen, causan trastornos. No le gusta el hombre que sabe lo que cree y realmente lo cree. Lo descarta como persona difícil con la que es ‘imposible entenderse’.

Esto se puede ilustrar fácilmente, como he sugerido, en la esfera política. El hombre al que ahora se aclama y casi se idolatra en Gran Bretaña es el hombre que, antes de la guerra, recibió críticas severas por considerársele una persona imposible. Se le cerraron las puertas a puestos oficiales porque se le consideraba un individualista con puntos de vista extremos y con el cual era imposible trabajar. La misma mentalidad que condujo a tratar así a Winston Churchill en los años treinta controla ahora el campo de los asuntos cristianos y el campo de la iglesia cristiana de hoy. Ha habido épocas en la historia de la Iglesia en que se alababa a los hombres que sostenían sus principios a toda costa. Pero hoy día no es así. Hoy día se considera a esos hombres como difíciles, poco cooperadores, y así sucesivamente. Hoy se glorifica al hombre al que se puede describir como ‘del centro’, ni en un extremo ni en el otro, el hombre agradable, que no crea dificultades ni problemas debido a sus puntos de vista. La vida, se nos dice, ya es bastante difícil y compleja como es, sin necesidad de tomar posturas firmes respecto a doctrinas específicas. Ésta es la mentalidad de hoy, y no es incorrecto decir que es la mentalidad predominante. Es muy natural, en un sentido, porque hemos pasado por muchos problemas, perturbaciones y desastres; también es natural que las personas quieran apartarse de los hombres con principios que saben dónde están y lo que quieren, y busquen paz y comodidad. Recordemos los años veinte y treinta del Siglo XX en la esfera política internacional y verán exactamente lo qué estoy describiendo. La gente clamaba por tener tranquilidad y calma; de ello se siguió de forma natural e inevitable el evadir problemas. Con el tiempo, la idea predominante llegó a ser la de conseguir la paz a cualquier precio, incluso a costa de humillaciones y traiciones de otros.

En una época como ésta tiene suma importancia el poder interpretar correctamente esta afirmación respecto al juzgar, porque hay muchos que dicen que ese ‘no juzguéis’ debe tomarse  literalmente como es, con el significado de que el cristiano verdadero nunca debe expresar opiniones acerca de los demás. Dicen que no se debe juzgar nunca, que debemos ser permisivos, indulgentes y tolerantes, y permitir prácticamente todo en pro de la paz y la tranquilidad, y sobre todo, de la unidad. Esta época no es época para este tipo de juicios, dicen; lo que se necesita hoy día es unidad y comunión. Todos debemos ser uno. A menudo se arguye en esta dirección en función del peligro del comunismo. Algunos están tan alarmados por el comunismo que afirman que, a toda costa, se debe aceptar a todos los que, en cualquier sentido, emplean el nombre de cristiano. Todos debemos ponernos de acuerdo debido a ese peligro y enemigo común.

Se suscita, pues, el problema de si esta es una interpretación posible. Yo diría, en primer lugar, que no puede serlo; y no puede serlo, bien claramente, debido a la enseñanza misma de la Biblia. Tomemos el contexto propio de esta afirmación y veremos de inmediato que esta interpretación del ‘no juzguéis’ es completamente imposible. Veamos el versículo 6, “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen”. ¿Cómo puedo poner en práctica esto si no ejerzo el juicio? ¿Cómo puedo saber qué clase de persona se puede describir de esta forma como ‘perro’? En otras palabras, la recomendación que sigue inmediatamente a esta afirmación acerca de juzgar me obliga de inmediato a ejercer el juicio y la discriminación. Luego, tomemos la conexión más remota en el versículo 15: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”. ¿Cómo hay que interpretar esto? No puedo ‘guardarme de los falsos profetas’ si no pienso, y si tengo tanto miedo de juzgar que nunca evalúo su enseñanza. Esa gente viene ‘con vestido de ovejas’; son muy atractivos y emplean la terminología cristiana. Parecen inofensivos y honestos y nunca dejan de ser ‘muy buenos’. Pero no hemos de dejarnos engañar por esta clase de cosas, guardémonos de esa gente. Nuestro Señor también dice ‘por sus frutos los conoceréis’; pero si no tengo ninguna norma ni empleo el discernimiento, ¿cómo puedo poner a prueba el fruto y distinguir entre lo verdadero de lo falso? Así pues, sin ir más lejos, esa interpretación no puede ser la interpretación verdadera porque dice que significa sólo tenerlo todo fácil, adptar  una actitud blanda e indulgente hacia cualquiera que de forma vaga se llame cristiano. Esto es completamente imposible.

Este punto de vista, sin embargo, se sostiene con tanta tenacidad que no podemos detenernos aquí. Debemos ir más allá y decir lo siguiente: la Biblia misma nos enseña que hay que ejercer el juicio en relación con los asuntos del Estado. La Biblia nos enseña que los jueces y magistrados reciben el poder de Dios y que el magistrado debe pronunciar un juicio, y que ese es su deber. Es parte del método que Dios tiene para frenar el mal y el pecado y sus efectos  en este mundo temporal. Por tanto, si alguien dice que no cree en los tribunales de justicia, contradice la Biblia. No significa siempre el emplear la fuerza, pero hay que juzgar, y si alguien no lo hace, o no quiere hacerlo, no sólo no cumple con su deber, sino que es antibíblico.

Se encuentra también la misma enseñanza en la Biblia respecto a la Iglesia. La Biblia muestra muy claramente que hay que ejercer el juicio en el ámbito de la iglesia. Esto merecería un estudio completo, porque, debido a nuestras ideas y nociones débiles, casi resulta verdad decir que la disciplina en la iglesia cristiana resulta inexistente hoy en día. ¿Cuándo oyeron por última vez que una persona había sido excomulgada? ¿Cuándo oyeron por última vez que se le ha negado a alguien la participación en la Santa Cena? Si uno se remonta a las primeras épocas del protestantismo se ve que la definición protestante de la iglesia es, “que la iglesia es un lugar donde se predica la Palabra, se administran las ordenanzas y se ejerce la disciplina”.

La disciplina era, para los Padres protestantes, señal tan distintiva de la iglesia como la predicación de la Palabra y la administración de las ordenanzas. Pero sabemos muy poco acerca de la disciplina. Este es  el resultado de esa noción débil y sentimental de que no hay que juzgar, y que pregunta, “¿Quién eres tú para juzgar?” Pero la Biblia nos exhorta a hacerlo.

La cuestión de juzgar se aplica también al campo de la doctrina. Aquí tenemos ese asunto de los falsos profetas acerca de los cuales nuestro Señor llama la atención. Se supone que hemos de descubrirlos y eludirlos. Pero esto es imposible sin el conocimiento de la doctrina, y el empleo de ese conocimiento en el juicio. Pablo, escribiendo a los gálatas, les dice. “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”. Esta afirmación está bien clara. Luego hay que recordar lo que dice el apóstol en 1 Corintios 15 acerca de los que niegan la resurrección. Dice lo mismo en 2 Timoteo 2 cuando afirma que algunos niegan la resurrección, diciendo que ya ha pasado, “de los cuales son Himeneo y Mileto”; y también respecto a esto juzga y exhorta a Timoteo que también lo haga. Al escribir a Tito dice, “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo”. ¿Cómo se sabe si el hombre que causa divisiones es un hereje si uno tiene la idea de que, con tal de que se llame cristiano, debe ser cristiano, y no hay que preocuparse por lo que crea?

Pasemos a las cartas de Juan; Juan “el apóstol del amor”. En la primera carta, da instrucciones respecto a los falsos maestros y a los anticristos a los que había que evitar y rechazar. En la segunda carta, lo afirma energicamente con estas palabras: “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras”. Se ve bien claro lo que dice el apóstol. Si alguien viene a nosotros y no presenta la verdadera doctrina, no hay que recibirlo en la casa, no hay que darle la bienvenida, ni darle dinero para que predique su falsa doctrina. Pero hoy se le llamaría a esto falta de caridad, ser demasiado meticuloso y criticón. Esta idea moderna, sin embargo, es una contradicción directa de la enseñanza bíblica respecto al juzgar.

Luego, se encuentra lo mismo en las palabras de nuestro Señor a los judíos: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio” (Jn. 7:24). El oberva a los fariseos y dice, “Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Le. 16:15). Recordarán su mandato respecto a lo que hemos de hacer si nuestro hermano nos ofende; hemos de ir a él y decirle su falta ‘estando tú y él solos’. Si no quiere escuchar hay que llevar testigos, a fin de que se pueda demostrar todo por boca de dos o tres testigos: pero si sigue sin escuchar, entonces hay que llevarlo a la iglesia, y si no quiere escuchar a la iglesia hay que considerarlo como pagano y publicano. Ya no hay que seguir tratándolo. En 1 Corintios 5 y 6 encontrarán que Pablo ofrece exactamente la misma enseñanza. Dice a los corintios que no se junten con los idólatras, sino que se aparten de ellos. Esto requiere siempre juzgar. La pregunta es pues: ¿Cómo podemos poner en práctica todas estas recomendaciones si no juzgamos, si no pensamos, si no tenemos normas, si no estamos dispuestos a evaluar? Estos no son más que unos pocos ejemplos de toda una serie de pasajes bíblicos que podríamos citar, pero con esto es suficiente para demostrar que la afirmación de nuestro Señor no se puede interpretar en el sentido de que no debemos juzgar nunca, de que nunca debemos llegar a conclusiones ni aplicarlas. Si no significa esto, ¿qué significa? Lo que nuestro Señor enfatiza es justamente esto. No nos dice que no hemos de evaluar basados en juicios, sino que está muy preocupado por el asunto de condenar. Al tratar de evitar esta tendencia al condenar, algunas personas han llegado al otro extremo, y con ello se encuentran también en una posición falsa. La vida cristiana no es tan fácil. La vida cristiana es siempre una vida de equilibrio. Tienen bastante razón los que dicen que andar por fe significa andar por el filo de la navaja. Uno puede caerse a un lado o a otro; hay que mantenerse en el centro mismo de la verdad, evitando el error tanto de un lado como del otro. Por tanto, si bien decimos que no significa negarse a ejercer el discernimiento o el juicio, debemos apresurarnos a decir que nos pone sobre aviso en contra del terrible peligro de condenar, de pronunciar juicios en un sentido definitivo.

Extracto del libro: «El sermón del monte» del Dr. Martyn Lloyd-Jones

Al continuar utilizando nuestro sitio web, usted acepta el uso de cookies. Más información

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra POLÍTICA DE COOKIES, pinche el enlace para mayor información. Además puede consultar nuestro AVISO LEGAL y nuestra página de POLÍTICA DE PRIVACIDAD.

Cerrar