En BOLETÍN SEMANAL
​Podemos considerar  lo que la mujer de Mana dijo respecto a la promesa del Angel. Sus conclusiones son tan válidas hoy como cuando ella las expresó. Sencillamente, declaró en su manera y en su lenguaje, y en el contexto de los eventos que ella y su marido enfrentaban, lo que San Pablo dice y argumenta constantemente en sus epístolas. Aquí tenemos un maravilloso y pintoresco resumen y compendio de toda la enseñanza consoladora del Nuevo Testamento..


 Resumiré lo que ella dijo en forma de una serie de proposiciones.

1. El primer principio es que Dios no es caprichoso. «Si Jehová nos quiera matar», argumenta la mujer, «no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda». Parecía en el momento que Dios repentinamente iba a revertir todo lo que había estado haciendo. Habiendo disfrutado hasta ahora de la sonrisa de Dios sobre ellos parecía que sin causa o razón visibles ahora él mostraba su desaprobación y estaba a punto de destruirlos.  Las circunstancias a menudo parecen damos esa impresión. De  repente todo parece salir mal y estar obrando en la dirección opuesta, y nos llega la insinuación de que Dios no está realmente interesado en nosotros y ni se preocupa por nosotros. Toda su bondad del pasado y sus bendiciones parecen mofarse de nosotros.

Estamos tentados a pensar que Dios es como algunos potentados y tiranos que se deleiten en jugar con sus víctimas, aumentar su terror y su tortura, aparentando al principio ser bondadosos con ellos. No hay nada más humillante que produce tanta tensión como estar a la merced o bajo obligación de una persona que no es de confianza, cuyos estados de ánimo cambian constantemente, y cuyos propósitos y acciones también varían.

Ni por un momento puede uno sentirse seguro. En cualquier momento algo puede ocurrir que es exactamente lo opuesto de lo que ha acontecido antes. No hay ningún sentido de seguridad o de paz. No hay esperanza cuando uno mira al futuro. De una cosa podemos estar absoluta y definitivamente seguros. Dios no es así.  Jamás se comportará de esa manera. Sean cuales fueren las apariencias esa no es la explicación.  Por su misma naturaleza y carácter no hay cosa más gloriosa que la eterna constancia de Dios. El es el Eterno, y sus decretos son eternos. Su bondad y su benignidad son para siempre. Sus tratos con los hijos de los hombres sufren de su misma esencia. Sus planes fueron hechos, leemos repetidamente, «antes de la fundación del mundo». El ama con un «amor eterno». Es el «Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación». El no dice una cosa y luego hace lo opuesto. No juega con nosotros ni se burla. En verdad «si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda».

2. El segundo principio es que Dios nunca es injusto es sus tratos con nosotros. La madre de Sansón argumenta correctamente que si Dios los hubiese guiado a ella y a su esposo a hacer ciertas cosas sencillamente para castigar y destruirlos, sería un acto de total injusticia. Ella sabe que eso es inconcebible en lo que a Dios se refiere. No es que comprende exacta y precisamente lo que les está ocurriendo, o cuál es el significado exacto de los eventos que están presenciando. Pero, sea cual fuere su significado, de esto ella está segura: Dios jamás es injusto o malo. Al ver sólo un aspecto, o ángulo o fase de un problema o situación, a menudo no vemos la corrección o justicia de los eventos. Esto se debe totalmente a nuestra visión restringida. Además, nuestras mentes están deformadas y estarnos manchados y pervertidos por el pecado. Nuestras ideas respecto de la rectitud no son verdaderas. Nuestro egoísmo empaña nuestra visión y envenena nuestro entendimiento. Ni siquiera sabemos lo que en última instancia es lo mejor para nosotros porque hay tanta oscuridad mezclada con nuestra luz. De modo que, en nuestra insensatez, estamos listos a acusar a Dios por ser injusto, o incorrecto. La esposa de Manoa vio la insensatez total, el error y el pecado de todo esto. A su manera proclamó:
«Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en El» (1 Jn. 1:5), y formuló la pregunta ya hecha por Abraham: «¿El juez de toda la tierra, no ha de hacer lo que es justo?» Tengamos cuidado de juzgar a Dios con nuestros débiles sentidos .

3. El tercer principio es que Dios nunca se contradice a Sí mismo ni a sus propósitos de gracia. Escuchemos la magnífica lógica de esta mujer. «Si Jehová nos quisiera matar … no nos hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto». En efecto, se dirigió a su esposo y dijo: ¿Es concebible que el Dios que nos ha dado tan notables muestras de su presencia y su bondad ahora nos va a destruir? Más, ¿es concebible que Aquel que ha interferido en nuestras vidas y que ha venido a decimos que tiene ciertos planes reservados para nosotros y ciertos propósitos que ha determinado llevar a cabo en y por nosotros, es posible que habiendo iniciado todo esto ahora repentinamente lo termine todo? No presumo comprender pero para mí, es inconcebible que Dios comience un proceso y luego de repente 10 revierta o lo destruya.

Tenemos aquí nuevamente en sus palabras lo que San Pablo declara tan frecuente y elocuentemente. Dice: «Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1:6). El argumento es más fuerte aun:
«El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Ro. 8:32). ¿Nos fallará Dios en lo más pequeño si ya nos ha dado lo más grande de todo? ¿Nos abandonará el amor de Dios, ese amor que fue tan grande como para mandar a su unigénito Hijo a la tortuosa muerte del monte Calvario? Es posible que no comprendamos lo que nos está sucediendo. Puede aun parecer equivocado, pero confiemos en El. Creamos cuando no podemos comprobar. Aferrémonos a su constancia, su justicia, sus eternos propósitos para nosotros en Cristo. Consideremos estas cosas absolutas que son inconmovibles, edifiquemos nuestro caso lógicamente sobre ellos, permanezcamos firmes e inconmovibles, confiados que en última instancia todo se aclarará y será para bien. y habiendo llegado a este estado de ánimo y no antes, habla contigo mismo y a otros diciendo:  La obra que su bondad comenzó, Su brazo potente consumará. Su promesa es Sí y Amén, y jamás fallará.
 

Extracto del libro: “¿Por qué lo permite Dios?” del Dr. Martyn Lloyd-Jones

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