En BOLETÍN SEMANAL
La tendencia común es leer los Salmos rápidamente y contentarnos medianamente con sus conclusiones generales. Hay muchas personas que usan los Salmos como drogas. Dicen que en tiempo de ansiedad o perplejidad, encuentran que es bueno leer uno de ellos. "Se encuentra tanta paz en ellos", dicen, "y el lenguaje es tan dulce"... El leer: "Jehová es mi pastor", parece tener un efecto psicológico general sobre uno, y nos pone en un agradable estado mental y de paz en el corazón, de manera que nos quedamos dormidos sin darnos cuenta. Es un buen tratamiento psicológico. Hay quienes así usan los Salmos. Hay otros que los usan como poesía. Les interesa la belleza del lenguaje. El libro de los Salmos contiene todas estas cosas, pero me preocupa demostrar principalmente que son un recital de experiencias espirituales escritas para nuestro provecho. Nunca encontraremos este provecho si no nos tomamos el trabajo de analizarlos y observar qué es lo que el salmista quiere decirnos. Tenemos que olvidar, por un momento, la belleza del lenguaje y concentrarnos en su contenido. A medida que lo vamos haciendo, descubriremos que el autor tiene un método bien definido.

Si dijera yo: Hablaré como ellos, He aquí, a la generación de tus hijos engañaría. Salmo 73: 15

Hemos visto la conclusión a que llegó el salmista, es decir, que Dios es bueno para con Israel, para con aquellos de limpio corazón, para con aquellos que desean agradarle. Volvemos a mencionar esto, para así descubrir la manera en que el salmista llegó a controlarse, y llegar a esa grande y firme fe.

En este Salmo particular, el autor no llegó a esa posición súbitamente sino después de varias experiencias. Los pasos tomados en el proceso son realmente interesantes, y nos será muy beneficioso descubrir cuáles eran los que llevaron a este hombre desde una posición donde «casi se deslizaron sus pies» a una firme condición de fe inconmovible. Es importantísimo para nosotros saber que existe la disciplina en la vida cristiana. No es suficiente decir, como lo hacen algunos creyentes, que no importa lo que nos pase, con sólo «mirar al Señor» ya está todo solucionado. Afirmo que esto no es verdad, y tampoco es verdad en la experiencia de los que lo enseñan. No es una enseñanza escritural. Si hubiese sido así, muchas de estas Escrituras estarían demás, no las necesitaríamos en absoluto. Si sólo tenemos que «mirar al Señor», las epístolas no se habrían escrito, pero están escritas, y fueron escritas por hombres inspirados divinamente. ¿Por qué? La respuesta es que fueron escritas para nuestra enseñanza.

Una de las más tristes facetas de la vida de algunos creyentes, es que han perdido la visión de este aspecto de la vida cristiana. Es especialmente cierto entre evangélicos, y creo saber la razón del por qué. Primero y principalmente hubo una reacción contra la enseñanza de la Iglesia Católica. El sistema de la Iglesia Católica enfatiza una cierta clase de disciplina. Ellos poseen gran cantidad de manuales y escritos sobre el particular. La verdad es que los más famosos maestros en esto han sido Católicos Romanos, como por ejemplo, San Bernardo de Clairvaux, o el bien conocido Fénélon, cuyos escritos fueron muy populares en cierta época.

Ahora bien, los protestantes han reaccionado contra esta clase de disciplina, y con toda razón. Ciertamente en la Iglesia Católica el método es más importante que la vida espiritual en sí, y el practicante se convierte en un esclavo del mismo. Como protestantes es correcto que refutemos esto decididamente. Pero está mal deducir, por causa de su abuso, que la disciplina es innecesaria en la vida cristiana.
La verdad es que los grandes períodos del Protestantismo se han caracterizado por la comprensión de esta necesidad de disciplina. Lo que caracterizó más que ninguna otra cosa al gran periodo Puritano fue la actitud y el enfoque que guió a Richard Baxter a escribir su libro: Spiritual Directory (Guía Espiritual). Los Puritanos se caracterizaron por su énfasis en la aplicación de las Escrituras a la vida diaria. En el siglo siguiente vemos que los líderes del Avivamiento Evangélico enfatizaron lo mismo. ¿Por qué los dos hermanos Wesley y Whitefield se llamaron metodistas? Porque llevaban una vida metódica. Eran Metodistas porque seguían un método en sus reuniones. Trazaron ciertas reglas, formaron sociedades, y exigieron que todos aquellos que querían formar parte de la Sociedad tuvieran que observar ciertas reglas y dejar de hacer ciertas cosas. El mismo término Metodista lo implica, y enfatiza el conocimiento de cierta disciplina, y la importancia de disciplinar en la vida de uno, y de saber manejarse en circunstancias y situaciones variadas en este mundo en el que vivimos.

Aquí, en este Salmo, tenemos a un gran maestro de esta verdad. La persona que escribió este Salmo tenía un método bien definido, y no podemos hacer mejor cosa que seguirlo. Nos enseña a orientarnos y a saber conducirnos. ¿No es éste uno de los mayores problemas que se nos presentan en la vida a cada uno de nosotros en este mundo? El saber conducirse a sí mismo, ¿no es acaso lo más difícil? ¡Es mucho más fácil conducir a otros! La gran habilidad en la vida cristiana es saber cómo tratarse a sí mismo, especialmente en situaciones críticas. Aquí este hombre nos revela su secreto.

Empezaremos entonces, por el primer paso, y es el más humillante de todos. Siento que hay algo maravilloso que él nos quiere decir. Aquí vemos a un hombre que ha experimentado grandes bendiciones, y sin embargo, lo primero que le salvó de un gran desastre es realmente sorprendente. Nuestra reacción al descubrir este primer paso, nos servirá como prueba para medir nuestro discernimiento espiritual. ¿Habrá alguno que piensa que esta situación es demasiado humillante para que un creyente se encuentre en ella? Procuremos examinarnos a nosotros mismos a medida que vemos lo que este hombre nos tiene que decir.

Quiero señalar que al comenzar en ese plano tan bajo, no me interesa tanto dónde nos ubicamos y cuan bajo sea nuestro plano, con tal de que estemos afirmados y no resbalando. Es mejor estar parado en el peldaño más bajo de la escalera que resbalar del último. Este hombre comenzó a escalar desde el primer peldaño. ¿Cómo lo hizo? Primeramente estudiaremos el método, exactamente cómo lo hizo, y luego deduciremos ciertos principios que podemos establecer como aplicables siempre en cualquier situación en que nos encontremos.

Aquí tenemos a un hombre súbitamente tentado; tentado a decir algo, o si lo prefieren, tentado a hacer algo. La fuerza de la tentación es tan grande que casi pierde el equilibrio. Está a punto de ceder a la tentación pero nos quiere explicar qué es lo que le salvó. Aquí está: «Si dijera yo…» —Estuvo a punto de decirnos algo— «Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí, a la generación de tus hijos engañaría». ¿Qué es entonces lo que él hace? ¿Cuál es su método?

Lo primero que hizo fue controlarse a sí mismo. No creo que se dio cuenta de por qué lo hizo, pero lo hizo. Se guardó de decir lo que tenía en la punta de la lengua. Estaba por decirlo, pero no lo dijo. Esto es tremendamente importante. El salmista se dio cuenta de la importancia de no hablar apresurada e impulsivamente. Esto fue lo primero, y es un punto muy general. Es una buena actitud aun para una persona no creyente, y esto es precisamente lo que estoy queriendo sugerir, que hay cosas tan sencillas y generales que tenemos que hacer en relación a nuestra vida espiritual que a primera vista no parecen ser particularmente cristianas. Sin embargo, si nos ayudan, usémoslas.

Hay muchas personas que desean estar siempre, espiritualmente, en la cumbre de la montaña, y es por esta sencilla razón que muchas veces caen al valle. Desechan estos sencillos métodos. No evitan hacer lo que el hombre del Salmo 116 había hecho. Recordemos lo que él nos dice. El se confiesa honestamente: «Dije en mi apresuramiento: todo hombre es mentiroso». Confiesa que lo dijo apresuradamente, y que fue una equivocación. Este hombre en el Salmo 73 descubrió, aun a punto de resbalar, la importancia de no apresurarse a hablar. Está mal que un cristiano hable o actúe impulsivamente. Si lo queremos en lenguaje del Nuevo Testamento lo tenemos en la Epístola de Santiago, «… todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Stg. 1:19). No voy a desarrollar este tema aquí, pero ¿no es obvio acaso que si todos practicáramos este principio viviríamos más armoniosamente? ¡Cuántos problemas evitaríamos! ¡Cuántos disgustos y mala sangre!  ¡Cuantas peleas se evitarían en todos los órdenes de la vida si todos tomáramos en serio este mandato! … ¡»sea pronto para oír, tardo para hablar”! Detengámonos y pensemos. A toda costa, ¡detengámonos! No actuemos en base a impulsos. El salmista no lo hizo, y fue lo primero que le salvó de no caer.

El próximo paso, evidentemente, fue considerar lo que tenía que decir. El problema lo tenía en la mente, y nadie se lo podía discutir, pues era obvio. Aquí están los impíos; veo su prosperidad, y aquí estoy yo siempre con problemas. Es tan patente. ¿Por qué no decirlo? «No», dice el salmista, «examina el problema nuevamente, y en condiciones como éstas, nunca está de más examinarlo una y otra vez». Empezó a hablarse a sí mismo sobre el problema y ponerlo delante de sí. Lo miró nuevamente. ¡Oh, cuan importante es esto! ¡Cuántas tragedias en este mundo se podrían haber evitado si las personas hubieran echado una nueva mirada! Con respecto a la tentación, cuando nos ataca con todas sus fuerzas y cuando todos los argumentos parecieran pesar de un solo lado, la estrategia para combatir al diablo es insistir en echar una nueva mirada al problema. Y probablemente esa otra mirada nos salvará. El salmista lo miró nuevamente y lo examinó desde distintos puntos de vista.

Por la acción tomada por el salmista nos damos cuenta de que él calculó las consecuencias si iba a expresar lo que pensaba. Nuevamente aquí vemos otro principio muy importante. Nada de lo que el hombre haga en esta Tierra quedará sin consecuencias. Todo efecto tiene su causa y toda causa produce un efecto. Muchos de nuestros problemas se originan porque olvidamos este sencillo principio de que la causa produce un efecto y éste, a su vez, nos lleva a sus inevitables consecuencias. El diablo, en su audacia, nos enlaza haciéndonos creer que lo que nos pasa es un acontecimiento único y aislado. Pone esto delante de nuestros ojos, de tal manera que no podemos ver ni pensar en otra cosa. Nos monopoliza, y no consideramos las consecuencias. El dijo: «Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí, a la generación de tus hijos engañaría». Minuciosamente consideró y enfrentó las consecuencias.

Extracto del Libro: «la fe a prueba» del Dr. Matin Lloyd-Jones

Al continuar utilizando nuestro sitio web, usted acepta el uso de cookies. Más información

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra POLÍTICA DE COOKIES, pinche el enlace para mayor información. Además puede consultar nuestro AVISO LEGAL y nuestra página de POLÍTICA DE PRIVACIDAD.

Cerrar