En BOLETÍN SEMANAL
Bienaventurados los pacificadores: ​Es fácil comprender que esta afirmación tuvo que resultar muy chocante para los judíos. Tenían la idea de que el reino del Mesías iba a ser militar, nacionalista, materialista. La gente tiende siempre a interpretar en sentido material las promesas de la Escritura (así sigue siendo) y los judíos cayeron en ese error fatal. En este pasaje nuestro Señor les vuelve a recordar al comienzo mismo que esa idea era una falacia.

​Bienaventurados los Pacificadores

Al pasar a estudiar esta otra característica del cristiano, nos sentimos una vez más constreñidos a afirmar que no hay nada en toda la Biblia que nos someta a prueba y humille tanto como estas Bienaventuranzas. En esta afirmación, ‘Bienaventurados los pacificadores’, tenemos otro resultado y consecuencia del haber sido saciados por Dios. Según la idea sugerida en el capítulo anterior, podemos ver cómo corresponde al ‘bienaventurados los mansos.’ Dije ahí que las Bienaventuranzas que preceden y siguen al versículo 6 corresponden entre sí: pobreza en espíritu y ser misericordioso están relacionados, llorar por el pecado y ser de corazón limpio también tienen conexión, y, exactamente del mismo modo, la mansedumbre y el ser pacificador también se corresponden; el vínculo que los une es siempre el esperar de Dios la plenitud que sólo El puede dar.

Se nos recuerda, pues, una vez más que la manifestación de la vida cristiana en el cristiano es completamente diferente de lo que el no cristiano puede llegar a conocer.

Este es el mensaje que se repite en cada una de las Bienaventuranzas y que, lógicamente, nuestro Señor quiso poner de relieve. Vino a establecer un reino del todo nuevo y diferente. Como hemos visto en todos nuestros comentarios anteriores, no hay nada más fatal para el hombre natural que pensar que puede poner en práctica por sí mismo estas Bienaventuranzas. Una vez más esta Bienaventuranza nos recuerda que es completamente imposible. Sólo un hombre nuevo puede vivir esta vida nueva.

Es fácil comprender que esta afirmación tuvo que resultar muy chocante para los judíos. Tenían la idea de que el reino del Mesías iba a ser militar, nacionalista, materialista. La gente tiende siempre a interpretar en sentido material las promesas de la Escritura (así sigue siendo) y los judíos cayeron en ese error fatal. En este pasaje nuestro Señor les vuelve a recordar al comienzo mismo que esa idea era una falacia. Pensaban que el Mesías se levantaría como un gran rey y que los liberaría del yugo romano para colocar a los judíos por encima de todos como pueblo conquistador y dominante. Recordarán que incluso Juan el Bautista parece haber tenido esta idea cuando envió a dos de sus discípulos para que hicieran la famosa pregunta, ‘¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?’ ‘Me he enterado de todos esos milagros,’ parece decir, ‘pero ¿cuándo va a tener lugar lo verdaderamente grande?’ Y recordarán cómo la gente quedó tan impresionada después de que nuestro Señor hubo realizado el gran milagro de dar de comer a cinco mil que empezaron a decir, ‘Sin duda que es él,’ y fueron, según se nos dice, ‘para apoderarse de él y hacerle rey.’ Siempre sucedía así. Pero aquí nuestro Señor les dice, en efecto, ‘No, no; no entienden. Bienaventurados los pacificadores. Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, entonces mis seguidores estarían peleando. Pero no es eso; están completamente equivocados.’ Y entonces les da esta Bienaventuranza y pone una vez más de relieve este principio.

En los tiempos actuales no cabe duda que deberíamos dejar que este principio penetrara en nosotros. Nunca, quizá, hubo una palabra más adecuada para este mundo nuestro que esta Bienaventuranza que estamos estudiando. No hay quizá un pronunciamiento más claro que este de lo que la Biblia, y los Evangelios en especial, tienen que decir acerca del mundo, y de la vida en este mundo. Y desde luego, como he venido tratando de indicar en cada una de estas Bienaventuranzas, es una afirmación eminentemente teológica. Digo esto expresamente, porque no ha habido porción del Nuevo Testamento peor entendida que el Sermón del Monte. Recordarán cómo algunos tenían la costumbre (sobre todo en los primeros años de este siglo, y sigue todavía) de decir que no tenían interés ninguno por la teología, que sentían un gran desagrado por el apóstol Pablo y consideraban que había sido una calamidad que hubiera llegado a ser cristiano; ‘ese judío,’ decían, ‘con sus ideas legalistas, vino a introducir su legalismo en el evangelio delicioso y simple de Jesús de Nazaret.’ No les interesaban para nada las Cartas del Nuevo Testamento, pero sí sentían, según decían, un profundo interés por el Sermón del Monte. Esto era lo que el mundo necesitaba. Lo único necesario era tomar en serio este hermoso idealismo que el gran Maestro de Galilea predicó. Lo que había que hacer era estudiarlo y tratar de que se pusiera en práctica.

‘Nada de teología,’ decían; ‘esta ha sido la maldición de la Iglesia. Lo que se necesita es esta enseñanza ética tan hermosa, esta elevación moral maravillosa que se encuentra en el Sermón del Monte.’ El Sermón del Monte era su pasaje favorito porque, según ellos, era tan poco teológico, tan carente de doctrinas, dogmas.

Se nos recuerda aquí lo necio y vano que es interpretar así este pasaje bíblico. ¿Por qué son bienaventurados los pacificadores? La respuesta es que lo son porque son distintos a todo el mundo. Los pacificadores son bienaventurados porque son los que se destacan como diferentes del resto del mundo, y son diferentes porque son hijos de Dios. En otras palabras, volvemos a encontrarnos en medio de la teología y doctrina del Nuevo Testamento.

Permítanme hacer la pregunta de otro modo. ¿Por qué hay guerras en el mundo? ¿Por qué hay esa tensión internacional constante? ¿Qué le pasa al mundo? ¿Por qué ha habido esas guerras mundiales en este siglo? ¿Por qué sigue habiendo peligro de guerra y por qué hay toda esa intranquilidad, desacuerdo y conflictos entre los hombres? Según esta Bienaventuranza, hay una sola respuesta a estas preguntas —el pecado. Nada más; sólo el pecado. Nos volvemos a encontrar, pues, de inmediato con la doctrina del hombre y con la doctrina del pecado-teología, de hecho. El pacificador ya no es lo que era; esto es teología. La explicación de todos nuestros problemas es la concupiscencia, codicia, egoísmo, egocentrismo, humanos; es la causa de todos los problemas y disensiones, sea entre individuos o entre grupos en una misma nación, o entre naciones. Por ello no se puede comenzar a entender el problema del mundo moderno a no ser que uno acepte la doctrina del Nuevo Testamento respecto al hombre y al pecado, y en este pasaje se nos vuelve a inculcar.

O enfoquémoslo de este otro modo. ¿Por qué hay tantos problemas y dificultades en mantener la paz en el mundo? Pensemos en todas las interminables reuniones internacionales que se han celebrado en este siglo para tratar de conseguir la paz. ¿Por qué han fracasado todas ellas y por qué estamos llegando a un punto en que muy pocos tienen confianza en reuniones que los hombres celebren? ¿Cómo se explica esto? ¿Por qué fracasó la Liga de Naciones? ¿Por qué parece estar fracasando las Naciones Unidas? ¿Qué pasa? Me parece que hay una sola respuesta adecuada para estas preguntas; y no es ni política, ni económica, ni social. La respuesta una vez más es esencial y primordialmente teológica y doctrinal. Y porque el mundo en su necedad y ceguera no lo reconoce, pierde tanto tiempo. El problema, según la Escritura, está en el corazón del hombre, y hasta que el corazón del hombre no cambie, nunca se resolverá su problema tratando de manipular la superficie. Si la raíz del problema se halla en el manantial del que procede la corriente, ¿no es evidente que es perder el tiempo, el dinero y la energía echar sustancias químicas en la corriente a fin de corregir el mal estado de las aguas? Hay que ir a la raíz. Ahí está el problema básico; nada produce efecto mientras el hombre siga siendo lo que es. La necedad trágica de este siglo nuestro es el no acertar a ver esto. Y, por desgracia, este fallo se encuentra no sólo en el mundo sino en la Iglesia misma. Cuan a menudo ha venido la Iglesia predicando sólo acerca de estos esfuerzos humanos, predicando la Liga de Naciones y las Naciones Unidas. Esto contradice la doctrina bíblica. No me entiendan mal. No digo que no haya que hacer todos esos esfuerzos en el terreno internacional; lo que digo es que el hombre que pone la fe en estas cosas no contempla a la vida y el mundo desde el punto de vista de la Biblia. Según ella, el problema está en el corazón del hombre y sólo un corazón nuevo, sólo un hombre nuevo puede resolver ese problema. Es ‘del corazón’ que proceden los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, celos, envidias, malicia y todo lo demás; y mientras los hombres sean así no podrá haber paz.
Lo que hay dentro saldrá a la superficie. Digo, pues, una vez más que no hay nada en la Escritura, al menos que yo sepa, que condene tan radicalmente el humanismo y el idealismo como el Sermón del Monte, que parece que ha sido siempre el pasaje favorito de los humanistas. Lo han vaciado de su doctrina, y lo han convertido en algo totalmente diferente.

Extracto del libro: «El sermón del monte» del Dr. Martyn Lloyd-Jones

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