Consideremos ahora dos razones específicas por las que Cristo nos muestra la disposición que nosotros tendremos también a sufrir.
a.- Cristo sufrió dolor por nosotros
Cuando Dios le llamó para ser Mediador, Jesús encontró su camino cubierto de piedras mucho más afiladas que las que nosotros encontraremos en el nuestro. Tuvo que caminar sobre espadas y lanzas, todas ellas afiladas con la ira de Dios, y esta era la piedra más dolorosa de todas, sin embargo, nos la quitó del camino. Si no hubiera estado calzado de amor por nosotros, bien podría haberse vuelto atrás declarando que el viaje era imposible.
Pero Cristo escogió padecer por nosotros. Le dijo al Padre: “He aquí, vengo […]. El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40:7,8). Jesús respondió al llamamiento de Dios como el eco que responde dos o tres veces a las palabras. Estaba tan dispuesto a sacrificar su vida para salvar a los pecadores que, en la Santa Cena, rompió de forma sacramental su propia carne, y dejó quebrantar su corazón para derramar su preciosa sangre, antes de que sus enemigos lograran tocarle siquiera. Por ello, no podemos llamar su muerte solo la muerte de un inocente; fue un sacrificio libremente ofrecido a Dios a favor de todos los creyentes.
Cuando llegó el momento de la tragedia, Cristo salió precisamente adonde sabía que estaría el traidor, y se echó en brazos de la muerte. ¡Qué pena si no estamos dispuestos a andar un par de kms para compartir los sufrimientos de nuestro dulce Salvador! “¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?” (Mt. 26:40). Nos estaba diciendo: “¿No podéis seguir conmigo mientras acepto los amargos dolores de muerte por vosotros?”.
b.- Cristo cuida tiernamente de los cristianos que sufren
Mientras más compasivo sea el capitán con sus soldados, más libremente entregarán estos sus vidas a su control. Veamos entonces algunas de las misericordias que Cristo tiene para con cada cristiano.
1.- Al hacer la carga proporcional a la espalda que la ha de llevar.
La misma carga que amenaza con hundir un barco, es normal para otro. Un cristiano puede navegar sin dificultad con un sufrimiento que otro sería incapaz de soportar. Ya que Cristo sabe esto, suaviza personalmente la carga del cristiano débil, poniendo mayor peso sobre el más fuerte. Pablo había “trabajado más que todos ellos”. Su testimonio asegura —dice— que “su gracia no ha sido en vano para conmigo” (1 Cor. 15:10). Dios derramó tanta gracia sobre Pablo que podría haber sido en vano, si no hubiera dividido la obra del Reino de forma desigual, dándole a él más que su parte. Cristo tiene conocimiento perfecto de las capacidades espirituales de todo cristiano, y mide las cargas con tal exactitud que nadie se siente oprimido.
El que es rico en la gracia paga su moneda con tanta facilidad como el pobre que entrega su céntimo. Pablo expuso su cabeza por la causa de Cristo tan libremente como el cristiano débil paga unas monedas de su bolsillo. Soportó la muerte de forma mucho más aceptable que otros aguantan el reproche por el nombre de Cristo. Claro que no todos tienen la fe de los mártires; esta vanguardia se escoge de entre todo el ejército de los cristianos.
2.- En los consuelos que da a los que sufren.
Aquella parte del ejército que actúa en primera línea seguramente recibirá su paga, mayor recompensa que los que esperan en el cuartel. Entonces, estoy seguro de que hay más oro y plata (esto es, más gozo y consuelo) en el campamento de los que sufren por Cristo, que en los hogares de prosperidad y reposo.
Las promesas de Dios son como vino fuerte, reservado para la necesidad: “Invócame en el día de la angustia” (Sal. 50:15). Ciertamente podemos invocar a Dios en momentos de reposo, pero Él quiere que seamos más atrevidos en “el día de la angustia”; nadie encuentra socorro tan inmediato del Trono de la gracia como el cristiano que sufre. David testifica acerca de esta verdad al decir: “El día que clamé, me respondiste; me fortaleciste con vigor en mi alma” (Sal. 138:3). Puede que no recibamos demasiado bien una visita pasada la medianoche, pero no nos pesa si es un enfermo que nos necesita a esa hora. En las emergencias acudimos de buen grado al que nos llama, y Dios también. Pedro llamó a la puerta donde sus amigos oraban por él casi al instante en que la súplica de estos llamaba a las puertas del Cielo.
Las tentaciones del afligido son grandes; para él, toda demora parece abandono y olvido. Por tanto, Dios opta por mostrar una maravillosa medida de gracia en estos momentos: “Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación” (2 Cor. 1:5). A medida que alguien lucha con las pruebas, Cristo le da consuelo. Ambas mareas suben y bajan juntas.
Igual que aliviamos a los pobres en su necesidad extrema, Cristo consuela a su pueblo en medio de múltiples pruebas. ¿No merece nuestro Señor un espíritu dispuesto para enfrentarse a cualquier sufrimiento que conlleve su dulce gracia, y esto cuando podrías esperar que te venciera la pena más dolorosa?
El siervo se alienta cuando su amo le cuida hasta llevarle el alimento al campo de batalla. El cristiano no tiene que esperar al Cielo para experimentar el gozo en sus pruebas. Sí, habrá un gran banquete algún día; pero ahora mismo hay un desayuno, hecho con las refrigerios que Cristo te da a medida que le sirves. Está ahí para disfrutarlo, en el mismo lugar donde soportas las pruebas más duras de la fe.
b.- En la ayuda que Cristo envía para llevar a los cristianos al hogar celestial.
Cristo no solamente nos consuela en la prueba, sino que nos libera de ella. Siempre hay una puerta en la cárcel del cristiano que el ojo natural no ve, sino que la abre la mano de Cristo para facilitar la salida. ¿Qué más esperamos? ¿Qué mayor seguridad queremos de la promesa del Dios Todopoderoso, que no puede mentir? Espero que su pueblo le crea lo bastante como para aceptar a primera vista todo lo que él traiga, a cambio de sus tesoros más preciados, incluyendo la vida misma.
El hombre podría —y Satanás ciertamente lo hará— dejarte desamparado aun después de haber cumplido esmeradamente las tareas que te asigna. Pero puedes tener la seguridad de que, si Dios te envía, te traerá a casa sano y salvo. Nunca debes temer que Dios te diga: “¡Arréglatelas solo!”, si fue tu fidelidad lo que te llevó a encontrarte entre espinos.
El Dios que prefiere hacer un milagro antes que dejar morir a un profeta rebelde en su huida (ya que en el fondo era un buen hombre), seguirá amontonando milagros antes que dejar que te hundas en tu deber por él. No te preocupes si te tiran por la borda antes de ver la provisión de Dios para tu seguridad. Él siempre está ahí, y a menudo muy cerca, como el pez de Jonás: Dios lo envió para llevarlo a la orilla (bajo el agua, en su vientre), antes de saber dónde estaba. Aquello que crees que ha venido para destruirte puede ser el mismo mensajero enviado por Dios para llevarte sano a tierra.
¿Estás calzado, cristiano? ¿Listo para marchar en cuanto oigas la voz de Cristo? Seguramente no temerás tropezar con las piedras teniendo una suela tan gruesa.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall