“Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no dejes la enseñanza de tu madre; átalos siempre en tu corazón, enlázalos a tu cuello”. —Proverbios 6:20-21
Creo que para cualquier chico o chica que ha tenido un padre y una madre consagrados, el mejor camino de vida que pueden plantear es seguir el camino al cual los principios de sus padres los conduce. Por supuesto, hemos avanzado mucho más que los adultos, ¿no es cierto? Los jóvenes son despiertos e inteligentes y los mayores no llegan a su altura. Sí, sí, esto es lo que decimos antes de que crezca la barba. Es posible que cuando seamos más maduros, no nos sintamos tan engreídos. De cualquier modo, yo, que no soy muy mayor, pero que ya no me atrevo a llamarme joven, me arriesgo a decir que, en lo que a mí respecta, anhelo únicamente continuar las tradiciones de mi familia. No quiero encontrar otra senda que no corra paralela a la de los que me precedieron. Y creo, queridos amigos, que si habéis visto la vida santa y feliz de vuestros antepasados cristianos, haréis bien en hacer una pausa y pensarlo bien antes de desviaros, ya sea a la derecha o a la izquierda, del curso tomado por esos seres queridos consagrados. Creo que no es probable que Dios bendiga o considere sabia una vida que comienza con la idea de cambiar todo y descartar todo lo que su familia piadosa ha practicado.
No quiero tener reliquias de oro o plata; pero aunque muriera mil veces, nunca podría descartar al Dios de mi padre, al Dios de mi abuelo, al Dios de mi bisabuelo ni al Dios de mi tatarabuelo. Tengo que considerar esto como el haber principal que poseo. Mi oración es que los jóvenes piensen de la misma manera. No manchéis las tradiciones gloriosas de las vidas nobles que os fueron legadas. No avergoncéis el escudo de vuestros padres, no manchéis el honor de vuestros predecesores con ningún pecado y transgresión. ¡Dios os ayude a creer que la mejor manera de vivir una vida noble es actuar como actuaron los que os educaron en el temor de Dios!
Salomón nos dice que hagamos dos cosas con las enseñanzas que hemos recibido de nuestros padres. Primero, las llama “mandamientos” y dice: “Átalos siempre en tu corazón” porque merecen ser adoptados. Muestra que amas estas cosas atándolas en tu corazón. ¡El corazón es el punto vital! Haz que haya allí consagración. Ama las cosas de Dios. Si pudiéramos tomar a los chicos y las chicas y hacer que profesen ser cristianos sin realmente amar la santidad, eso sería simplemente convertirlos en hipócritas, lo cual no es lo que deseamos. No queremos que digáis que creéis lo que no creéis ni que parezca que os gozáis de lo que realmente no gozáis. Pero nuestra oración —¡oh que fuera vuestra oración también!— es que recibáis ayuda para atar estas cosas en vuestro corazón. Merece la pena que viváis por ellas, merece que estéis dispuestos a morir por ellas y valen más que todo el resto del mundo: Los principios inmortales de la vida divina que proviene de la muerte de Cristo. “Átalos siempre en tu corazón”.
Luego Salomón, porque no quería mantener en secreto estas cosas como si se avergonzara de ellas, añade: “Enlázalos a tu cuello” porque merecen ser mostradas con atrevimiento. ¿Viste alguna vez a un dignatario usando el emblema de su puesto? No se avergüenza de usarlo. Y los policías usan sus insignias. Recuerdo muy bien la enorme importancia que llegan a tener y se aseguran de usarlas. Ahora bien, si amas a Dios, enlaza tus creencias a tu cuello. ¡No te avergüences de ellas! Úsalas como un adorno. Úsalas como el dignatario usa su emblema. Cuando estás en un grupo, no te avergüences de decir que eres cristiano. Y si hay compañías con quienes no puedes estar como cristiano, pues entonces, evítalas totalmente. Dite a ti mismo: “No iré donde no puedo presentar a mi Señor. No iré a donde no pueda Él ir conmigo”. Descubrirás que esa decisión te será de gran ayuda para determinar a dónde irás y a dónde no irás. Por lo tanto, átalas a tu corazón, enlázala a tu cuello. ¡Dios te ayude a hacer esto y, de esta manera, seguir en los pasos de aquellos santos que te precedieron!…
Pero primero, ¡cree en el Señor Jesucristo! Entrégate totalmente a Él y Él te dará la gracia para permanecer firme hasta el fin.
Predicado en el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres, Inglaterra, en el culto del domingo a la noche del 27 de marzo de 1887, reimpreso por Pilgrim Publishers.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico y el predicador más leído en el mundo, aparte de los que se encuentran en las Escrituras; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.