Agustín de Hipona aconsejó a los cristianos que no estimaran como imposible la salvación de los impíos, sino que se entregaran a la paz y a la unidad para estimularlos a ir tras la piedad. Recuerda que del único lugar de donde Dios puede llamar a sus hijos es del mundo. Es posible para nosotros abrir camino a la salvación de los impíos dejándoles contemplar la verdad y los caminos de Dios en nuestro amor por nuestros hermanos en Cristo. Esta es la semilla que atrae a las almas como palomas a la ventana; es el oro que dora el templo de Dios —su Iglesia— para que la amen aquellos que vean su belleza.
La gente teme vivir en un lugar plagado de espíritus malignos. ¿Pero puede el Infierno albergar algo peor que el espíritu de división? Cristianos, poneos de acuerdo y aumentaréis en número. Los antiguos creyentes perseveraban “unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hch. 2:46). Observa los resultados de su compañerismo: “Teniendo favor con todo el pueblo […]. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (v. 47).
El mundo desconocía tanto el verdadero amor, que probablemente primero se reía, para luego sentir curiosidad por esta doctrina celestial capaz de ablandar los corazones humanos, pulir su naturaleza y unirlos en aquella familia de amor. Estas cosas ayudaron a persuadir a muchos a salir del mundo y entrar en la Iglesia. Pero trágicamente el oro perdió su brillo —quiero decir que la paz entre los creyentes se desvaneció—, y se abrieron grandes grietas en la comunidad cristiana. Estos fallos eran tan obvios que los de fuera temían entrar en ella. En algunos sitios, los gentiles casi se decidían a abrazar la fe judía, pero eran cautos por las divisiones y ofensas que conllevaba.
Cristiano, ¡no dejes que pecados como la división y la disensión endurezcan tu vida! ¿No basta tu temor de Dios para evitar poner una trampa que desnuque a los demás? ¿O para colocar la lápida en la tumba del pecador, encerrándolo allí? Igual que te mantienes libre de la sangre de los que mueren en pecado, cuídate de contribuir al endurecimiento de las almas impenitentes por disensiones dentro del Cuerpo de Cristo.
La paz con la creación
En sus primeros tiempos sin pecado, Adán era feliz viendo como acudían a él los animales para que les pusiera nombre; lo reconocían como señor cuando ejercía la autoridad que Dios le había dado sobre ellos. Pero en cuanto el hombre falló en su obediencia a Dios, todo animal olvidó la sumisión y causó constantemente problemas para su amo.
Cuando el hombre y Dios se reúnen de nuevo en el feliz pacto de la paz, Dios borra su ira contra sus hijos rebeldes y termina la guerra entre ellos: “En aquel tiempo haré para ti pacto con las bestias del campo, con las aves del cielo y con las serpientes de la tierra” (Os. 2:18). “Aquel tiempo” es cuando Dios se despose con nosotros en fidelidad (cf. v. 20). Entonces, la paz con la creación se hace mediante la paz con Él.
Pero te recuerdo que, en la soberanía de Dios, los piadosos no disfrutan perfectamente de la paz con sus criaturas. De hecho, el Padre es libre de disciplinar con severidad a sus hijos reconciliados, y a menudo sus criaturas le sirven de vara. El agua puede ahogar a un cristiano, mientras el fuego reduce a otro a cenizas; pero estos elementos en sí mismos están en paz con los creyentes. Dios no los envía expresamente para dañar a sus hijos, sino que los manda actuar para bien contra los cristianos que pecan.
Dios utiliza los elementos de la creación entre los impíos como el príncipe que envía a un general contra una banda de traidores, con autoridad de justicia sobre ellos por rebelarse contra su Hacedor. Pero a causa del nuevo pacto en la sangre del Señor Jesucristo, esta comisión cambia de rumbo y corre en otra dirección: “¡Ve, fuego!, y sé el carro que traiga al cristiano a mí en la gloria celestial. ¡Ve, agua!, tráeme a otro creyente”. Es verdad que los elementos de la creación a veces pueden infligir una fuerte disciplina; pero también están llenos de misericordia, y sirven al cristiano por las buenas intenciones del corazón de Dios: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Rom. 8:28).
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall