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La pregunta que espero ahora del verdadero cristiano no es cómo evitar los problemas, sino cómo calzarse para poderlos atravesar con paz y gozo verdaderos. Es correcto que el soldado cristiano pida una armadura para pelear la buena batalla; pero el cobarde tira su protección y pregunta hacia donde debe correr. Te daré el mejor consejo que pueda para llevar el calzado espiritual.

1.- Examina la sinceridad de tu obediencia

Los mismos sanos motivos que llevan al cristiano al servicio de

Cristo lo guiarán en el sufrimiento que Dios permita. Cuando los hijos de Efraín salieron a pelear estaban completamente armados, pero “volvieron las espaldas en el día de la batalla” (Sal. 78:9). Esto parece extraño, si no lees el versículo anterior: eran de una “generación contumaz y rebelde; generación que no dispuso su corazón, ni fue fiel para con Dios su espíritu” (v.8)

Los soldados pueden llevar una armadura completa y vivir en un castillo cimentado en la roca y con muros de bronce, pero si su corazón no está bien dispuesto para con el príncipe, a la menor tormenta abrirán las puertas de par en par y saldrán huyendo. La sinceridad es el único candado que asegura la puerta.

Todos hemos visto corazones honrados con poco apoyo desde fuera que han guardado la ciudad, mientras que ningún muro es lo bastante fuerte para defenderla contra la infidelidad y la traición. Pregúntate por qué practicas el cristianismo de la forma en que lo haces. Si la mano de la fe que obra es sincera, la mano que lucha será valiente. El poder de la fe que capacitó a los antiguos creyentes para “hacer justicia” —esto es, para vivir vidas santificadas— se evidencia por los sufrimientos que pasaron: “Por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron del filo de espada…” (Heb. 11:33,34).

2.- Ora para tener la capacidad espiritual de sufrir

Este no es un don común de los cristianos carnales, sino un favor peculiar que Dios otorga a pocas almas sinceras: “A vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (Fil. 1:29).

Es sorprendente que si un niño se cae jugando, pocas veces llora. Sin embargo, aunque la disciplina corporal de su padre no le duela ni la mitad que los accidentes, llorará y no se dejará consolar fácilmente. De la misma manera, los hombres se crean problemas y aprenden a vivir con ellos sin queja. Alguien puede dilapidar su salud con prostitutas, o acortar su vida con borracheras, y soportarlo con paciencia. Si tuviera su salud y dinero de nuevo, volvería a hacer lo mismo; no se arrepiente de sus pasiones, sino que lamenta no poder alimentarlas continuamente. De hecho, estas pasiones le quitan todo, hasta el pan de la boca y la última gota de sangre de las venas. Ni siquiera teme arder en el Infierno a causa del pecado. Pero si le pides a esta persona tan liberal con su dinero, carne y alma, que ponga su vida durante unos momentos por la causa de Cristo, endurecerá su corazón y te dará la espalda.

Ora entonces por un espíritu capaz de sufrir por Cristo. Los cristianos deben clamar a Dios por este don, ya que el sufrimiento no entra fácilmente en nuestra mentalidad. A la carne le gustan los mimos, no la crucifixión. Cuesta muchas horas de ardua oración el poder entregarnos voluntariamente al sufrimiento, pero aquel que aprende a luchar con Dios nunca temerá el peligro ni la muerte.

La oración trae fuerza y sabiduría divinas. ¿Hay algo demasiado difícil para aquel que tiene a Dios de su parte? Se nos manda considerar como sumo gozo cuando tenemos pruebas: no tentaciones al pecado, sino pruebas para justicia (Stg. 1:2). Te aseguro que si Cristo te lleva a esta prueba, estará dispuesto a guiarte a través de ella. Por tanto, “si alguno de vosotros —especialmente los que sufren— tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (v. 5).

No hay muchos amos que reprendan a sus siervos por pedirles humilde consejo al emprender una tarea peligrosa por amor. ¡Cuánto menos debes temer pedirle sabiduría al Padre Celestial! Si tienes fe para aventurarte en el mar del sufrimiento a las órdenes del Señor, él tendrá misericordia para evitar que te ahogues. Si sientes que te hundes, clama como hizo Pedro: “¡Señor, sálvame!” (Mt. 14:30). Aunque te sumerjas del todo, la oración te sacará a flote.

Hay un refrán que dice: “El que quiera aprender a orar, que se haga a la mar”. Creo que sería más exacto decir: “El que quiera hacerse a la mar del sufrimiento, que aprenda a orar antes de zarpar”.

3.- Medita acerca del sufrimiento

El alumno que saca mejor nota en el examen es aquel que ha pensado mucho acerca de la lección antes de que el profesor le ponga la prueba. De hecho, podemos aprender un principio importante de los mozos de carga que llevan fardos pesados: los levantan una y otra vez antes de cargar con ellos. Tú puedes hacer lo mismo. En tu meditación, sopesa las pruebas que pueden venirte por amor a Cristo, a ver si eres capaz de soportarlas si Dios las permite.

Por una parte, pon delante de ti la pobreza, la cárcel, el aislamiento y el fuego y, por otra, las verdades preciosas de Cristo, junto con las dulces promesas de Dios para los que se aferran a la exhortación y a la paciencia en la hora de la tentación.

Supongamos que tuvieras que escoger una de las dos partes ahora mismo; estudia esta cuestión seriamente hasta que tu conciencia pueda dar una respuesta clara. Hazlo a menudo para que la autocompasión de la carne no se satisfaga, ni trates el aliento de la Palabra con duda. Hay que estar seguro de la verdad de una promesa antes de poner la vida por ella.

Agustín de Hipona resumió así la urgencia de prepararse para la batalla: “Es difícil encontrar las tropas necesarias durante la guerra si no las hemos buscado mientras había paz”. Las promesas de Dios son nuestra fortaleza en el peligro; pero no es fácil correr hasta ellas en la crisis si no las conocemos también en la paz. Un desconocido que corre en busca de refugio a una casa de noche, probablemente no podrá abrir la puerta si no ha visto de día dónde estaba el cerrojo, y su enemigo bien pudiera destruirlo mientras se esfuerza por abrirla. Pero el que vive en la casa, o la conoce, podrá entrar fácilmente: “Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos”, dijo Dios (Is. 26:20). Él nos muestra nuestra morada en sus promesas mucho antes de que llegue la prueba, para que las encontremos fácilmente en la oscuridad.

4. Acepta la voluntad de Dios diariamente

La voluntad de Dios es el cerrojo de la noche y la llave de la mañana; debemos abrir y cerrar los ojos pensando en poner nuestra vida en sus manos. Toda resistencia a las pruebas brota de la raíz de la desconfianza. Un corazón incrédulo se plantea las promesas como un hombre que pisa el hielo, al principio con temor y dificultad, preguntándose si se romperá. Esta entrega diaria te llevará a la unidad con el poder, la fidelidad y la bondad de Dios, y te permitirá experimentar la realidad de sus promesas, para que puedas depender de ellas en el futuro.

Cada mañana, confía todo tu corazón y tus caminos a Dios: “A ti se acoge el desvalido; tú eres el amparo del huérfano (Sal.10:14). Cada noche, mira atrás para ver lo perfectamente que Dios te ha guardado en esta confianza. No te duermas hasta abrir el corazón para que su fidelidad te inunde, y decide confiar en su protección durante la noche. Entonces, si llega la desilusión, espera que Dios llene el vacío. No descanses hasta que el nombre de Dios haya sido plenamente reivindicado en tu corazón. Es importante no dejar entrar el descontento en tu espíritu a causa de sus soberanas decisiones. En su lugar, mantén la rienda corta a tus pensamientos, como David: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera a Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (Sal. 42:11). Una vez hecho esto, la bendición de Dios mantendrá el aliento de tu fe y aumentará tu vitalidad para una carrera mayor cuando llegue el momento.

5.- La abnegación debe formar parte de tu vida

¿Y si Dios te pidiera que lo entregaras todo, hasta la libertad o la vida? ¿Te parecería poco razonable? Veamos tres consideraciones que te ayudarán a decidir:

a.- Dios te pide lo que ya es suyo:

Solo te ha prestado la vida terrenal durante algún tiempo. ¿Es malo que le pidas al vecino el dinero que le prestaste hace dos o tres años? Por supuesto que no; él debe agradecértelo y no quejarse por tener que pagarte.

b.- Es imposible que Dios te pida tanto como ya te ha dado.

 Jesús tenía más gloria y honra en el Cielo de lo que podemos imaginar. “[Él] no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo” (Fil. 2:6,7). ¿Te preocupa el dolor? Mira la cruz donde estuvo clavado el Señor de la vida por nuestro pecado. Solo entonces podremos tomar la cruz y agradecerle a Dios por haberla hecho tan liviana y fácil, cuando a su amado Hijo le dio una pesada cruz de tormento.

c.- Dios te puede devolver cualquier cosa que entregues por su verdad.

Cuando Moisés se dio cuenta de esto, dejó las riquezas de Egipto por el vituperio de Cristo, “porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Heb. 11:26). Un hombre carnal se esforzará por muchas cosas a fin de conseguir lo que quiere. Es capaz de estar en vela media noche buscando maneras de ganar dinero, y madrugar para ponerlas en práctica. Prescindirá voluntariamente de ropa elegante y de comidas refinadas por sacar adelante su negocio; la esperanza del beneficio quita importancia a las molestias.

Cristiano, compara los beneficios de los mundanos con las promesas que tú tienes si te niegas a ti mismo por Cristo, y considera qué vergonzoso resulta que ellos renuncien tan fácilmente a su comodidad por una meta tan incierta y temporal. Mientras tanto, a ti te cuesta dejar algunos placeres efímeros que Dios te puede devolver al céntimo aquí, y con riquezas incalculables cuando vayas a la gloria celestial.

6.-  Deja atrás las pasiones mundanas.

La savia es lo que dificulta la combustión de la madera, y la corrupción no mortificada del cristiano lo que estorba su disposición a sufrir. Pero un corazón limpio de las pasiones mundanas lo soporta todo por Cristo: arde tan pronto como la madera seca. Pablo nos habla de creyentes que “fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección” (Heb. 11:35). No amaron tanto el mundo como para querer volver atrás en su viaje al Cielo, por muy difícil que fuera. Ten cuidado de no dejar ninguna pasión sin mortificar en tu alma, ya que nunca consentirá que soportes el menor sufrimiento por causa del Salvador.

Pocos barcos se hunden en alta mar; la mayoría se rompen en los escollos y arrecifes. El que puede apartarse de los peñascos del orgullo y la incredulidad, y escaparse de las arenas movedizas del temor a los hombres y el amor al mundo, pasará a salvo por la mayor tempestad: “Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santo, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Tim. 2:21). ¡Ojalá pudiéramos conocer el Cielo a través del alma que se ha crucificado a las pasiones mundanas!

Aquel que está muerto al pecado vive por encima de toda perturbación de las pasiones carnales. Cuando entra en comunión con Dios no hay intrusión de pensamientos rudos y pecaminosos entre él y su Padre. Si está en la cárcel por causa del evangelio, no tiene llanto ni deseo que lo ahogue en la auto compasión. Su corazón está libre, y acoge la cárcel como vehículo que le da el privilegio de testificar de la verdad de Dios.

Un corazón sin mortificar está tan repleto de hábitos de mundanalidad que es imposible escaparse de sus abrazos para entrar en la disposición a sufrir. Un viajero que duerme en posada desconocida se puede levantar y marcharse cuando quiera; nadie le ruega que se quede un poco más. Pero es mucho más difícil salir de casa de los amigos. Como el suegro de aquel levita, insisten en que su huésped se quede un día más, y otro y otro.

Un anciano se trasladó desde Roma a una casa en el campo para poder pasar sus últimos años libre del caos de la ciudad. Cuando otros romanos pasaban por allí, pensaban que él era el único que realmente sabía vivir. ¿Pero sabía librar realmente su corazón de los problemas del mundo? Muchos corren al campo sin dejar atrás la ciudad; su mente sigue entre la muchedumbre mientras sus cuerpos están solos en el desierto. Si aquel pobre hubiera conocido el evangelio, este le habría mostrado la salida de toda su confusión mundana en el centro mismo de Roma, con todos sus problemas y placeres. Solo aquel que ha aprendido a morir al mundo sabe vivir en él.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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