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“Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Ef. 6:16).

La cuarta pieza de la armadura cristiana se presenta en este versículo: el escudo de la fe. Esta es una virtud de virtudes. Es como el corazón en medio del cuerpo, o como David cuando Samuel “lo ungió en medio de sus hermanos” (1 S. 16:13). El apóstol, al hablar de esta virtud, la unge por encima de sus compañeras: “Sobre todo, tomad el escudo de la fe”.

La fe que el apóstol alaba

Descubrimos la clase de fe que el apóstol alababa al considerar el fin para el cual se prescribe la misma: capacitar al creyente para “apagar todos los dardos de fuego del maligno”; esto es, del diablo. Consideremos las diversas clases de fe. Entre ellas debe figurar la fe que capacita al cristiano para defenderse de los ataques de Satanás.

La fe histórica no servirá. Esta clase de fe, lejos de apagar todos los dardos de fuego de Satanás, es la que tiene Satanás mismo: “También los demonios creen” (Stg. 2:19).

La fe temporal tampoco servirá. Más que apagar los dardos de fuego de Satanás, es apagada por ellos. Exhibe un buen fuego de profesión externa y aguanta por algún tiempo (cf. Mt. 13:21), pero pronto desaparece.

La fe milagrosa se queda tan corta como las otras. La fe milagrosa de Judas, al igual que a los otros apóstoles, lo capacitó para expulsar demonios de otras personas, pero lo dejó poseído por los demonios de la codicia, la hipocresía y la traición. Una legión de concupiscencias le despeñaron desesperado al abismo sin fondo de la perdición.

Solo queda una clase de fe: la fe justificadora. Esta es una virtud que hace al que la posee vencedor del diablo. Satanás no tiene tanta ventaja sobre el cristiano por la superioridad de su capacidad natural, como tiene el cristiano sobre él por esta arma de la fe. El apóstol está tan seguro de ello que otorga la victoria al cristiano antes de terminarse la batalla: “Habéis vencido al maligno” (1 Jn. 2:13). Es decir: vencerás tan ciertamente como si ya estuvieras montado en el carro triunfal en el Cielo. El caballero vencerá al gigante; el santo vencerá a Satanás. El mismo apóstol nos cuenta como ocurre esto: “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4).

La naturaleza de la fe justificadora

La fe justificadora no es un mero asentimiento a las verdades del evangelio. Judas conocía las Escrituras, y sin duda asentía a su verdad cuando era un celoso predicador del evangelio; pero nunca tuvo ni un ápice de fe justificadora en su alma: “Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar” (Jn. 6:64).

Aun el maestro de Judas, el diablo mismo (lejos, supongo, de ostentar una fe justificadora) asiente a la verdad de la Palabra. Va en contra de su conciencia al negarla. Cuando tentó a Cristo, no disputó en contra las Escrituras sino a partir de ellas, sacando sus flechas de la misma aljaba (cf. Mt. 4:6). En otra ocasión confiesa tan plenamente la soberanía de Cristo como Pedro (cf. Mt. 8:29; 16:17). El asentimiento a la verdad de la Palabra es un mero acto intelectual que pueden hacer los rebeldes y los demonios. Pero la esencia de la fe justificadora está tanto en el intelecto como en la voluntad; por tanto, se hace referencia a ella como a creer “con el corazón” (Rom. 10:10). “Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes” (Hch. 8:37). Esta fe abarca todas las potencias del alma.

Hay un doble objetivo en la promesa, relacionado con en el intelecto y con la voluntad. Como la promesa es verdad, exige un acto de asentimiento del intelecto; y como es tan buena como verdadera, exige un acto de la voluntad para abrazarla. Por tanto, la persona que conoce la verdad de la promesa solo intelectualmente, sin aferrarse a ella, no cree para salvación: no recibe más provecho de la promesa que aquel que sabe que la comida alimenta, pero se niega a comer.

La fe justificadora no es lo mismo que la seguridad de la salvación. De serlo, Juan podría haberse ahorrado las molestias de escribir: “Os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Jn. 5:13). Y sus lectores bien podrían haber dicho: “Ya lo hacemos. ¿No es fe el creer que estamos entre los perdonados por Cristo, y que seremos salvos por él?”. Pero esto no puede ser así. Si la fe fuera seguridad de la salvación, entonces los pecados de una persona serían perdonados antes de que creyera, pues ciertamente tenemos que ser perdonados para poder saber que lo hemos sido. Hay que encender la vela con anterioridad a poder ver que está encendida. El objeto ha de ser anterior al acto.

La seguridad de salvación no es la fe en sí, sino el fruto de la fe. La seguridad está en la fe como la flor en la raíz. Con el tiempo, la fe, después de mucha comunión con Dios, conocimiento de la Palabra y experiencia del compañerismo divino con el alma, se convierte en seguridad. Así como la raíz vive realmente antes de que brote la flor, y sigue viva después de que caigan los bellos pétalos de esta, la verdadera fe justificadora vive antes de que llegue la seguridad y sigue viva después de su desaparición. La seguridad es como el girasol, que se abre de día y se cierra por la noche. Pero la fe es una planta que crece a la sombra, una virtud que encuentra el camino al Cielo en una noche oscura: “Anda en tinieblas”; y aun así “[confía] en el nombre de Jehová” (Is. 50:10).

Para decirlo en términos positivos, la fe justificadora es aquel acto del alma por el cual se descansa en el Cristo crucificado para recibir perdón y vida, y se confía en la garantía de esa promesa. El objeto de la fe justificadora es toda la verdad de Dios: tiene que ver con la totalidad de la Palabra y asiente firmemente a ella; pero en su acto justificante, elige al Cristo crucificado como objeto. La seguridad dice: “Creo que mis pecados son perdonados por medio de Cristo”. El lenguaje de la fe es: “Creo en Cristo para el perdón de mis pecados”. La Palabra de Dios dirige nuestra fe a Cristo y la acaba en él; por tanto, se hace referencia a dicha fe como a un “venir a Cristo” (Mt. 11:28), “recibirle” (Jn. 1:12) o “creer en él” (Jn. 17:20).

La promesa es solo el plato en que se sirve a Cristo, verdadero alimento del alma; y si la fe echa mano de esa promesa, es como el que acerca el plato para comer. La promesa es el anillo de matrimonio en el dedo de la fe: no estamos casados con el anillo, sino unidos a Cristo por medio de él. Pablo dice: “Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén” (2 Co. 1:20). Tienen su excelencia de él y su eficacia en él; quiero decir en la unión de una persona con él. Huir con una promesa y no unirse con Cristo y por fe hacerse uno en él, es como aquel que arranca una rama del árbol con la idea de que dé fruta sobre la estantería. Las promesas, separadas de Cristo, son ramas muertas. Pero cuando el alma se une por la fe con él, entonces participa de toda su vida y cada promesa rinde su dulzura.

Cuando decimos que Cristo es el objeto principal de la fe, nos referimos al Cristo crucificado. No a Cristo en toda su excelencia personal, porque como tal es el objeto de nuestro amor en lugar de nuestra fe, sino a aquel sangrando bajo la mano de la justicia divina para expiar por mandato de Dios los pecados del mundo. Igual que la criada observa la mano de su señora para recibir dirección, así el ojo de la fe mira cómo Dios se revela en su Palabra; y adonde esta dirige al alma, allá va la misma. En la Palabra, la fe encuentra a Dios listo para salvar a los pecadores, y se aferra a Cristo que obra y consigue esta salvación. Entonces la fe opta por apoyar su confianza en aquel Hombre divino a quien Dios confió su obra.

También la fe observa cómo hizo Cristo esta gran obra redentora, y cómo la promesa nos lo presenta para que lo apliquemos a nuestro perdón y salvación. La fe descubre que, al derramar su sangre, él pagó a la justicia divina todo el precio por el pecado. Todos los actos anteriores de su humillación fueron la preparación para este. Nació para morir; fue enviado al mundo como cordero sacrificial, atado con las cuerdas de un decreto irreversible. Cuando Cristo mismo vino al mundo, comprendió que este era su cometido: “Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo” (He. 10:5). Cristo fue el sacrificio de expiación. Sin esto, toda su obra sería en vano. No hay redención sino por la sangre de Jesús: “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Ef. 1:7).

Igual que la redención es imposible sin la sangre de Jesucristo, tampoco la Iglesia puede existir sin ella: “La iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28). La Iglesia sale del costado de Jesucristo moribundo, como Eva salió del cuerpo de Adán. Cristo no redimió y salvó al hombre sentado en majestad en su trono celestial, sino clavado en la vergonzosa cruz, bajo la mano atormentadora de la furia humana y la ira divina. Por tanto, aquel que desee el perdón de sus pecados debe poner su fe no solo en Cristo, sino en el Cristo sangrante: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Rom. 3:25).

Así, pues, la fe se hace activa cuando descansa en Cristo crucificado para recibir perdón y vida. Hay muchos actos del alma que deben preceder a este, porque nadie podrá nunca ejercer de verdad la fe a no ser que tenga primero conocimiento de Cristo y dependa de su autoridad. Solo entonces podrá decir: “Porque yo sé a quién he creído” (2 Ti. 1:12). La mayoría desconfía de un desconocido. Abraham no sabía adonde iba, ¡pero sabía Quién le acompañaba! Dios obró en Abraham para enseñarle a conocerlo en su gloria, su identidad; para que su hijo pudiera depender de su palabra, asintiendo a su verdad por dura, improbable e imposible que pareciera: “Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto” (Gn. 17:1).

Dios quiso también que Abraham reconociera su propio vacío e incapacidad, y quiere que nosotros comprendamos lo que merecemos: el Infierno y la condenación. Pero también quiere que reconozcamos nuestra propia impotencia y lo poco o nada que podemos contribuir a nuestra propia reconciliación. Reúno estos conceptos, porque el uno lleva al otro. Nuestro sentido de impotencia surge del profundo temor que experimentamos al ver la plenitud de Dios y nuestra propia insuficiencia. Nunca se encuentran la confianza y la humillación unidas en la misma persona. La conciencia no puede estar llena de convicción del pecado y, al mismo tiempo, el corazón estarlo de soberbia. Dos cosas son necesarias para la fe: la convicción de pecado, como el dolor de la herida que le hace buscar la medicina para curarla; y el sentido de impotencia e insuficiencia, que le hace volverse a Cristo para la cura. No saldríamos a pedir aquello que ya tuviésemos en casa.

Sin embargo, no son estos preliminares, sino el recibir a Cristo y descansar en él, lo que constituye el acto de fe al que se promete la justificación: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Jn. 3:18). No todo aquel que asiente a la verdad de lo que dice la Biblia acerca de Cristo, cree en él. Esta fe en Cristo implica una unión del alma con él y la confianza que descansa en él. Por tanto, se nos manda aferrarnos a Cristo: “¿O forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz; sí, haga paz conmigo” (Is. 27:5). También se llama a Cristo el “brazo” de Dios: lo que salva al que se está ahogando no es el ver un brazo extendido sobre las aguas, sino el aferrarse a él.

Otra lección que Abraham tuvo que aprender fue la de la absoluta seguridad y fiabilidad del pacto que Dios había hecho con él. No se puede comprender que Dios tenga una “deuda” con una de sus criaturas, a no ser por su promesa. Los hombres pueden convertirse en deudores sin mediar promesa alguna. Un padre es deudor para con su hijo, pues le debe amor, cuidado y provisión, y el hijo es deudor para con su padre, ya que le debe honra y obediencia, y esto aunque no se hayan prometido nada el uno al otro. ¡Cuánto más será deudora la criatura para con Dios! Se debe a sí misma, y todo lo que tiene, a Dios su Creador, aunque no cuente con la gracia de hacer estas promesas y pactos voluntariamente con Dios. Pero el gran Dios es un Soberano tan absoluto que nadie sino él puede hacer una ley que le obligue. Hasta que él tenga a bien efectuar un acto de gracia por voluntad propia, de dar tal o cual cosa buena a sus pobres criaturas, nadie puede reclamar la menor misericordia de sus manos. Por tanto, hay dos requisitos que debemos cumplir para poder creer: primero, hemos de buscar una promesa para nuestra fe, y la autoridad que nos haga esperar tal misericordia de las manos de Dios; segundo, cuando hayamos encontrado la promesa y observado sus términos, no hemos de esperar mayor aliento, sino poner por obra nuestra fe en función de la promesa en sí.

Hemos de buscar la promesa y observar sus términos. Creer sin que haya promesa, o creer una promesa sin cumplir sus condiciones, sería presunción. Un príncipe tiene tanta razón de enfadarse con alguien que no obedece sus órdenes, como con aquel que actúa sin recibirlas. Muchos que atrevidamente se apoyan en el brazo de Dios para el perdón y la salvación, nunca tienen en cuenta que la promesa que les presenta a Cristo como apoyo y Salvador, ¡también lo presenta para que se le exalte como Señor! Los israelitas rebeldes se atrevieron a utilizar a Dios y sus promesas para sus propios fines: “Porque de la santa ciudad se nombran, y en el Dios de Israel confían” (Is. 48:2). Eran más atrevidos que bien recibidos. Dios rechazó la confianza de ellos y abominó su descaro. Aunque un príncipe no titubee al tomar en sus brazos a un pobre herido, débil y desangrado, en lugar de dejarlo morir en la calle, rechazaría la misma petición de un borracho sucio y tambaleante. El alma humilde que se duele por sus pecados a las puertas del Infierno será acogida por Dios cuando acuda con el aliento de la promesa para apoyarse en Cristo. Pero el desgraciado profano que corre a Cristo por sus propios méritos, será rechazado por el Dios Santo por abusar de sus promesas.

Cuando un pobre pecador halla una promesa y observa sus términos con un corazón dispuesto a cumplirlos, debe emplearse en un acto de fe confiando en la promesa desnuda, sin buscar más aliento que ese. El anciano Jacob no creyó a sus hijos cuando le contaron que José aún vivía y gobernaba todo Egipto. Esa noticia era demasiado buena y grande para que la creyera, por tanto tiempo como llevaba considerándolo muerto: “Y el corazón de Jacob se afligió, porque no los creía” (Gn. 45:26). Pero cuando vio los carros que José había enviado para trasladarlo, entonces “su espíritu revivió” (v. 27). De forma parecida, la promesa le dice al pecador humilde que Cristo vive y gobierna el Cielo mismo, con todo poder, allí y en la tierra, para dar vida eterna a todos los que creen en él. Por tanto, se anima al pecador a descansar en Cristo y en la promesa; pero su corazón desmaya y no cree: insiste en ver los carros, alguna expresión tangible del amor de Dios. Si supiera que es amado de Dios, entonces creería. El Señor tiene pocos motivos de complacerse en él mientras tanto, por dejar en suspenso su fe hasta obtener pruebas tangibles.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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