En BOLETÍN SEMANAL

 Sof 1:8  Y en el día del sacrificio de Jehová castigaré a los príncipes, y a los hijos del rey, y a todos los que visten vestido extranjero.

Las modas de ropas extrañas

¿Qué distancia debemos guardar respecto de las modas de ropas extrañas que aparecen en nuestros tiempos? La generación actual está intoxicada de todo lo que sea novedoso y no podemos negar que tristemente se ha relajado de la seriedad del pasado, lo cual es tan evidente que no se puede negar, esconder, defender, ni, me temo, reformar. Lo más deplorable es que algunos que usan el uniforme de una profesión más estricta se dejan llevar por la vanidad. Aun “las hijas de Sión” se han contagiado de la infección epidémica (Is. 3:16)…Antes de poder dar una respuesta directa y clara les pido paciencia mientras presento estos puntos preliminares:

Es cierto que la soberbia causa perplejidad y complica la controversia porque un corazón arrogante nunca puede hacer caber su libertinaje dentro de las reglas estrictas de Dios; al contrario, amplía las reglas y las extiende para conformarlas a sus propias extravagancias. La lujuria que se niega a sujetar sus prácticas torcidas a las reglas derechas las torcerá, para que se acomoden a sus propias prácticas torcidas…

La universalidad de la corrupción, como un diluvio, ha cubierto la faz de la tierra… El orgullo y las ganancias, la gloria y el lucro tienen sus propias influencias en esta controversia. Cuando el Apóstol denunció los altares de plata de la diosa Diana de la que tantos artesanos se ganaban la vida se levantó una enérgica protesta (Hch. 19:23-27)…El que se atreve a ir contra la corriente de los placeres populares de esta época tiene que tener un espíritu fuerte. De modo que intervenir en este debate lo lleva a compartir la suerte de Ismael: “Su mano será contra todos, y la mano de todos contra él” (Gn. 16:12)…No obstante, la caridad nos dará una sola regla segura: Que nos impongamos a nosotros mismos una ley más severa y seamos más indulgentes con los demás. La regla de nuestra propia conducta debe ser la más estricta, pero aquella que usamos para censurar a otros, un poco más tolerante… Preguntemos entonces:

¿Con qué fin designa Dios la ropa?

¿Con qué fin designa Dios la ropa que la naturaleza requiere?En el estado de inocencia e integridad original, la desnudez era la ropa más preciada. Ningún adorno, ningún atuendo fue nunca tan decente como cuando no existían adornos ni ropa, porque no había entonces ninguna irregularidad en el alma, por lo que tampoco la había en el cuerpo, como para sonrojar las mejillas o cubrir el rostro de vergüenza. “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Gn. 2:25).

Pero una vez que violaron el pacto y quebrantaron la ley de su Creador, la vergüenza — fruto e hija del pecado— se apoderó de sus almas, y esto con respecto a Dios y el uno al otro.

Lo más práctico que se les ocurrió en el momento fue coserse unas hojas de higuera para hacerse delantales hasta que Dios, teniendo lástima de su desgracia, les proveyó algo mejor para cubrirse, más adecuado a lo que por naturaleza necesitaban, más decente, a saber, “túnicas de pieles” (Gn. 3:7, 21).

La tan admirable sabiduría divina hizo que su ropa sirviera como un memorial permanente de su desmérito, de modo que el tener que cubrirse serviría como un recordatorio y convicción continua de su pecado y merecido castigo, porque, ¿qué menos podían inferir que el hecho de que ellos como pecadores merecían morir, no así los animales inocentes que tenían que morir para preservar y hacer más cómodas sus vidas? Además, su vestido era para dirigir su débil fe hacia la Simiente prometida, en quien podían esperar una mejor cobertura de su vergüenza más grande: La de su inmundicia a los ojos de Dios; en Aquel que, probablemente, estos animales sacrificados tipificaban… Ahora Dios manda y la naturaleza requiere ropa.

Esconder la vergüenza y cubrir la desnudez

La ropa fue dada para que nuestros primeros padres y su posteridad, en su exilio del Paraíso, no tuvieran que taparse los ojos y avergonzarse el uno del otro. En conclusión, el uso de cualquier indumentaria o moda que contradice o no coincide con este gran designio de Dios es necesariamente pecaminoso. También se hace evidente que cualquiera de esta indumentaria o moda que contradice en mayor o menor grado este propósito, es proporcionalmente pecaminosa en mayor o menor grado.

¡Pero las mujeres que visten blusas sin mangas y con escotes atrevidos —conscientes de los comentarios y reacciones vulgares que generan— responderán inmediatamente que no sería de ninguna utilidad resolver esta controversia porque no queda claro qué partes del cuerpo Dios ha designado cubrir! Tampoco resulta claro qué parte puede quedar descubierta sin sufrir vergüenza, en vista [de] que algunas partes, como las manos, el rostro y los pies pueden quedar al descubierto sin ser pecado para nosotros ni [representar] una ofensa para otros.

A esto respondo que, en este caso, debe considerarse el uso y los propósitos que les fueron designados a cada parte del cuerpo. El uso del rostro es principalmente para distinguir al hombre de la mujer y a una persona de otra. Las manos son instrumentos de trabajo, ocupación y todas las operaciones manuales. Cubrir comúnmente esas partes cuyo propósito y uso exigen que estén descubiertas, es contradecir los propósitos y el designio de Dios y como consecuencia, pecaminoso.

Descubrir promiscuamente y exponer a la vista las partes que no tienen asignadas estos buenos propósitos y usos es pecaminoso… Por lo tanto, toda indumentaria o moda que expone a la vista estas partes y exponerlas cuando ni Dios ni la naturaleza les ha asignado un uso, es pecaminoso.

Confieso que es cierto que nuestros primeros padres, en la provisión que hicieron en su apuro por cubrir su vergüenza, sólo se cosieron delantales. Pero Dios —quien tenía claro qué necesidades tenían sus cuerpos y lo necesario para suplirlas con decencia, sabía cómo satisfacerlas totalmente— les proveyó túnicas de modo que todo el cuerpo (excepto las áreas ya estipuladas) estuviera cubierto y ocultara su vergüenza.

Defender al cuerpo de los daños que pudiera recibir

Otro propósito del vestido es defender al cuerpo de los daños que pudiera recibir en temporadas intempestivas, desde las inconveniencias comunes del trabajo y viajes, y de los posibles accidentes que podrían sufrir en su peregrinaje. La Caída del hombre trajo aparejado calor excesivo y olas de frío. Adán y Eva fueron echados del paraíso para andar y trabajar en un desierto que ahora estaba cubierto de zarzas, espinas y cardos, primeros frutos de la reciente maldición. La ropa les fue asignada por la urgencia de alguna clase de armadura defensiva… Así que cualquier manera de vestir que no concuerda con los fines de la gracia de Dios para defender nuestros cuerpos de esas inclemencias, es pecaminosa. Es una crueldad horrible exponer nuestros débiles cuerpos a aquellos perjuicios para los que Dios proveyó un remedio, simplemente por gratificar nuestro orgullo y alimentar nuestra vanidad…

El trabajo

A estos puedo añadir que cuando Dios le asignó al hombre su primer traje, lo hizo teniendo en cuenta el trabajo para el que fue creado.La primera tarea asignada al hombre fue trabajar, no comer el pan de balde, sino que se lo ganara con el sudor de su frente. Aunque al principio fue una maldición, esto por gracia se convirtió en bendición. En consecuencia, Dios adaptó y acomodó sus ropas a su cuerpo a fin de que no impidieran su preparación, su marcha, afán, diligencia o perseverancia en las obras de su llamado particular…

 Adornar el cuerpo

Hay todavía otro propósito en relación con la ropa, y éste es adornar el cuerpo. Es el que ponen en práctica todos los seguidores lujuriosos de la moda. Quiero presentar algunas premisas para abrirles los ojos a lo inaceptable y lo aceptable como ornato del cuerpo y, luego, llegar a algunas conclusiones. Las premisas son las siguientes:

Los adornos que se usan aparte de las prendas de vestir, deben tomarse estrictamente como algo distinto de lo que Dios estableció como ropa necesaria.En primer lugar, es comúnmente pecaminoso no usar ropa [en público], pero no es inmoral usar adornos. En segundo lugar, la necesidad de la naturaleza requiere que se cubran partes del cuerpo, pero ninguna necesidad ni propósito de la naturaleza requiere que ciertas partes del cuerpo sean adornadas. Los propósitos de Dios y lo que atañe a la naturaleza puede ser asegurado y resuelto plenamente sin cosas adicionales. Los adornos, entonces, son… cuestión de permiso, en lugar de mandato.

Una ropa sencilla y simple —verdadero adorno— es suficiente para el cuerpo, porque si la desnudez es nuestra vergüenza, la ropa que la cubre, por más sencilla que sea, ya de por sí embellece y adorna nuestro cuerpo.

Los adornos son naturales o artificiales. Los adornos naturales son los que provee la naturaleza, como el cabello dado por Dios…a la mujer para ser su gloria y su velo (1 Cor. 11:15). Los adornos artificiales son el producto de invenciones ingeniosas y ocurrentes. En esto, como Dios no ha sido generoso, según el hombre, éstese ha tomado la libertad de ser excesivamente temerario. No satisfecho con una simplicidad primitiva, ha procurado muchas invenciones (Ec. 7:29).

Es evidente que Dios permitió que los judíos usaran adornos artificiales que no son parte de la ropa indispensable. “Y Aarón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos” (Éx. 32:2)… No obstante había cierta diferencia entre la indulgencia dada al varón y a la mujer. El Dr. [Thomas] Fuller observa esto en el orden y lugar de las palabras “esposas, hijos e hijas”, intimando que esos hijos varones estaban bajo autoridad paternal como lo explica en su obra, A Pisgah Sight of Palestine. Esto es lo que parece implicar Isaías 61:10, que menciona de hecho “adornos” del novio, pero sólo “joyas” de la novia como si el sexo masculino se limitaba a un estilo de adornos más masculinos y serios, mientras que a las mujeres les era permitido un mayor grado de adornos y atuendos atractivos. Y cuando Dios permitió a las mujeres judías copiar de sus vecinas joyas de plata y oro, su uso no se limitaba a hijos e hijas, y no incluía a los hombres adultos (Éx. 3:22), lo cual también evidentemente denota Jueces 8:24, donde dice que el ejército conquistado por Gedeón usaba zarcillos de oro porque eran ismaelitas.

Aunque puede haber algo típico o simbólico en las joyas usadas por las mujeres judías (como yo creo que lo había), su uso era un derecho común de las mujeres, según la tribu a la que pertenecían. De hecho, eran de uso habitual mucho antes de la formación de la nación judía. “Y cuando los camellos acabaron de beber, le dio el hombre un pendiente de oro que pesaba medio siclo, y dos brazaletes que pesaban diez” (Gn. 24:22).

Habiendo presentado estas premisas, paso ahora a las siguientes conclusiones.

Primera conclusión

Cualquier objeto que pretende adornar, sin ser modesto, serio y sobrio, y que no coincide con la piedad, no es un adorno, sino una deshonra. La modestia nos enseña a no exponer a la vista esas partes que no lo requieren, ni por necesidad ni por uso. La humildad nos enseña a evitar llamar la atención a cosas sin importancia engalanando un cuerpo vil que no tardará en ser un festín de los gusanos. La buena administración nos enseña a no cubrir nuestra espalda con aquello que podría ser alimento para una familia pobre. La santidad nos enseña que no nos empeñemos tanto en vestir bien al hombre exterior cuando el hombre interior está desnudo. La caridad nos enseña a no derrochar dinero en nuestro propio cuerpo cuando tantos de los hijos de nuestro Padre carecen de alimento y vestido. Y la sabiduría santa nos enseña a no desperdiciar esos minutos preciosos con el peine y el espejo, con rizarnos el cabello y pintarnos el rostro que debiéramos dedicar a aquello que incide sobre nuestra eternidad.

Recomiendo la lectura de 1 Pedro 3:2-4: “[Considerad] vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios”. Ofrezco para su consideración los siguientes comentarios sobre este pasaje:

  1. Los peinados ostentosos, de adornos de oro, no son condenados de por sí, sino cuando son nuestro ornamento principal, les dedicamos demasiado cuidado para que sean perfectos y son demasiado costosos o lujosos. Es el lujo del vestido lo que se condena, no el hecho de ponerse “vestidos”.
  2. La regla para regular estos ornamentos es que sean totalmente congruentes con una conducta pura y reverente. Tiene que ser la conducta más pura y reverente que puede haber. El fuego puro y virginal de la castidad que arde sobre el altar de un corazón santo tiene que irradiar y resplandecer en castidad de palabras, acciones, vestido y adornos porque cuando Dios ordena castidad, también prescribe lo que la alimentará, manifestará y declarará. Prohíbe todo lo que pueda ponerla en peligro, herirla, debilitarla, mancharla o perjudicarla.
  3. El temor santo debe ser puesto como severo centinela para montar guardia estricta sobre nuestro corazón con el fin de que no admita nada que pueda mancharlo, ni proyectar nada que pudiera contaminar el de otro. Tenemos que vigilar nuestro propio corazón y los ojos de los demás. [No debemos] ponerle una trampa a la castidad de otro ni carnaza a la nuestra. Esta “conducta pura y reverente” debe ir acompañada de un temor santo.
  4. El temor y celo santo tienen [mucho trabajo que hacer con relación al] tema de los adornos corporales. No erremos en pensar que estos adornos externos de oro o peinados ostentosos son de gran impacto; evitemos darles importancia, caer en una práctica inmoderada y en gastos superfluos de los mismos.
  5. La regla tiene que ser la que Pedro estableció como un modelo: “Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (1 P.3:5).

Notemos primero que tiene que haber mujeres santas que sean la norma para imitar: No una Jezabel pintarrajeada, ni una Dina bailarina, ni una Berenice exhibicionista, sino una Sara santa, una Rebeca piadosa y una Abigail prudente.

Segundo, su atuendo tiene que ser como en “los viejos tiempos”, cuando apenas si había orgullo; no como ahora, que la soberbia ha aumentado y se ha extendido. En aquellas épocas, la pulcritud era sinónimo de garbo y elegancia. Hoy, cuando el mundo ya es un espacio decadente, todo es muy diferente. Tercero, tiene que haber los que pueden confiar en que Dios los librará del mal porque ellos mismos no juegan con la tentación, porque no se puede concebir cómo alguien puede confiar que Dios le dé victoria [cuando] desafía y provoca el combate. ¿Cómo podría alguien esperar que la gracia divina le impidiera ser vencido, cuando por su indumentaria tentadora provoca a otros a atacar su castidad? Si, pues, las “hijas de Sión” han de ser herederas de la fe de Abraham, tienen que comprobar que son seguidoras de la modestia de Sara.

Segunda conclusión

Nada puede pretender ser un adorno lícito si altera la distinción que Dios ha puesto entre los sexos. La ley dada en Deuteronomio 22:5 es una realidad moral y obligación perpetua: “No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace”. La expresión “traje de hombre” comprende cualquier “vasija, instrumento, utensilio, prenda de vestir o adorno”, militar o civil, usado para diferenciar el sexo, según Henry Ainsworth en sus Annotations on the Pentateuch (Notas sobre el Pentateuco)… Dios por lo tanto quiere que se observe una distinción inalterable en la ropa exterior de cada sexo. Éste es un muro de protección alrededor de la Ley Moral para prevenir aquellos homicidios, adulterios y lujurias promiscuas que bajo estos disfraces serían más secreta y fácilmente perpetrados… ¿Qué forma particular de indumentaria ha de distinguir a un sexo del otro? Esto tiene que ser determinado por las costumbres de cada país en particular, siempre y cuando esas costumbres no violen alguna ley general de Dios respecto de las normas de la decencia, el propósito de la ropa o las instrucciones de las Escrituras.

No obstante, parece haber algo de adorno distintivo provisto por Dios de manera que la diferencia entre los sexos no se deje a las costumbres arbitrarias o a las inclinaciones desordenadas del hombre. Un ejemplo es el cabello y la manera de usarlo o, por lo menos, la barba, que le fue dada a un sexo y no al otro. Por lo tanto, parece probable que el hecho de que la mujer se corte el cabello o que el hombre se lo deje crecer largo es una violación del distintivo y del conocimiento que el Dios de la naturaleza les ha otorgado…

Tercera conclusión

Nada debe ser permitido como adorno que contradiga el propósito de todo tipo de ropa, a saber: Cubrir la desnudez.Pero entre nosotros, nuestras mujeres… no están dispuestas a reconocer que sea desnudez, ni vergüenza tener sus pechos descubiertos. Pretenden que las partes que la decencia requiere cubrir y cuya desnudez son motivo de vergüenza, son sólo aquellas que el Apóstol llamó “menos dignas” o “menos decorosas” (1 Co. 12:23).

A esto contesto, primero, que no hay partes del cuerpo que sean en sí mismas“menos dignas” o “menos decorosas”. Segundo, que descubrir cualquier parte lo será cuando no hay ningún motivo honroso para hacerlo. De hecho, el profeta llama descubrirse la melena, andar descalzo, descubrirse las piernas como la “desnudez” y “vergüenza” de los babilonios (Is. 47:2-3). Aunque quiere significar una desnudez necesaria —que puede ser un reproche, pero no un pecado— cuando es voluntario, lo que en el caso citado era hecho por necesidad, se convierte en pecado y reproche.

Argumentan que lo que hacen no es por orgullo (para gloriarse de la belleza del cutis) ni por lujuria (para seducir a otros a fin deque se enamoren de su belleza), sino sólo evitar el reproche de querer ser diferente y destacarse un poquito, quizá lo que ha estado de moda entre personas de más alcurnia y bien educadas.

Para anular este argumento, diremos en primer lugar que es una característica de singularidad santa ser sobrio solo, que loco acompañado. ¿Qué cristiano no preferiría quedarse atrás en lugar de forzarse a marchar al ritmo de una época dislocada y de todas sus conductas irracionales? Y, en segundo lugar, coincidir con una generación vanidosa y caprichosa dista mucho de ser una excusa valedera que, de hecho, agrava la vanidad de hacerlo.

Pero estos son solo inventos para disimular la extravagancia. Los estímulos persuasivos son mucho más profundos, los cuales, no pudiendo juzgar a todos, tenemos que dejarlos para que los censuren sus propias conciencias. Me atrevo a decir que es para atraer e invitar a clientes porque ¿qué otra cosa significa la tienda abierta con el letrero en la puerta sino cuando hay algo en venta? Ni me explayaré sobre la práctica ambiciosa de las damas que se empeñan en exhibir un cutis suave, claro y hermoso. Les preguntaría a los que se toman el tiempo para admirar tal belleza de la piel, de qué color es el cutis de su cónyuge o de su amante. Mientras tanto, es muy claro que la arrogancia e impudencia han usurpado el lugar y producido el efecto de una simplicidad primitiva. Las mujeres andan ahora casi desnudas, pero no sienten ninguna vergüenza.

Tomado de “What Distance Ought We to Keep, in Following the Strange Fashions of Apparel Which Come Up in the Days Wherein We Live?” (¿Qué distancia debemos mantener con las modas extrañas de ropa que surgen en la época en que vivimos?) en Puritan Sermons 1659-1689 (Sermones puritanos), reimpreso por Richard Owen Roberts, Publicadores.

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Vincent Alsop (1630-1703): Pastor inglés no conformista, nacido en Northamptonshire, Inglaterra.

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