Todo aquel que invoca el nombre de Cristo ha de ponerse este calzado de apresto y llevarlo puesto a fin de estar preparado para seguir el llamamiento de la Providencia divina, aunque le conduzca al sufrimiento. Te daré dos razones para estar preparado.
1.- El sufrimiento puede llegar de repente
A veces los soldados tienen que salir al campo de batalla de inmediato. Tú también puedes ser llamado a sufrir por Dios, o por su causa, cuando menos lo esperes. Abraham tuvo poco tiempo para consultar con su corazón y decidir obedecer a Dios ofreciendo a su hijo. “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac a quien amas” (Gn. 22:2); no el año que viene, ni el mes próximo, ni la semana siguiente, sino ahora. Este mandamiento le llegó de noche, y “muy de mañana” salió camino del monte (v.3).
¿Cómo hubiera podido Abraham afrontar esta crisis de no haber luchado antes con su propia disposición o la falta de ella para obedecer a Dios en todo? Dios ya tenía todo el corazón de su siervo, y a este solo le quedaba obedecer. A veces Dios hace cambios repentinos en nuestra vida personal. ¿Cómo recibirías la notificación de tu propia muerte, como cuando Dios avisó a Moisés? Este no tuvo la preparación gradual de una larga enfermedad, sino que recibió el aviso cuando aún gozaba de perfecta salud: “Sube a este monte […]; y muere en el monte al cual subes” (Dt. 32:49-50). ¿Estamos dispuestos nosotros para un viaje de este tipo?
Pero Dios puede cambiar el entorno público tan rápidamente como el personal. Tal vez ahora mismo las autoridades toleran a la Iglesia; pero de pronto pueden ponerse en contra. “Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria” (Hch. 9:31). Ese fue un tiempo de bendición para todo cristiano; pero no duró mucho: “En aquel mismo tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarlos” (12:1). En aquella persecución, Jacobo, hermano de Juan, murió a espada y Pedro fue encarcelado. Toda la Iglesia se puso orar de noche: los que antes tenían paz, ahora estaban amenazados para morir de forma violenta a cada paso.
En ciertas islas, el tiempo es mucho más impredecible que en los continentes. Normalmente sabemos cómo será el día durante varias horas; pero en esas islas no hay manera de saber lo que traerá la tarde. Verano e invierno a menudo se encuentran en el mismo día. Claro que toda esta incertidumbre es por causa del mar. Los cristianos en el Cielo viven, por así decirlo, en un continente que disfruta de una paz sin interrupción. Su descanso actual es la misma felicidad que experimentarán durante toda la eternidad. Pero aquí en la tierra, la Iglesia de Cristo es como una isla flotante, rodeada por el mundo como un mar turbulento. A veces los elementos de este mundo son mansos y tranquilos, pero a menudo se vuelven despiadadamente crueles, en la medida que Dios refrena o desata su ira.
Cristiano, ¿no vale la pena prepararte para el sufrimiento, ya que no sabes de un momento a otro si los vientos favorecerán al evangelio o intentarán destruir tu situación en él? Por la mañana pueden llenar las velas de tu vida con ánimo, pero antes de la noche pueden lanzar un frío glacial sobre tu rostro.
2.- Si no estás dispuesto a sufrir por Cristo en la tierra, no llevarás la corona en el Cielo
“Y si [somos] hijos, también [somos] herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo —pero sigue leyendo—, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Rom. 8:17). Es verdad que no todo cristiano muere en la hoguera; pero todo cristiano debe tener espíritu de mártir y un corazón dispuesto a sufrir. Dios nunca quiso que Isaac muriera como sacrificio, pero sí que Abraham pusiera el cuchillo en el cuello de su hijo. Igualmente, quiere que pongamos el cuello en el tajo y estemos, como Pablo dijo de sí mismo, “ligados en espíritu” para rendirnos íntegramente a la voluntad de Dios. La Escritura nos insta inequívocamente: “Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Rom. 12:1).
Igual que los judíos presentaban un animal vivo al sacerdote para cumplir con los mandatos de Dios, nosotros debemos presentar nuestros cuerpos vivos a Dios en obediencia activa y pasiva. El que se niegue a sufrir por Cristo ahora, se niega a reinar con él más tarde.
Otra costumbre judía era quitarse el zapato como señal de renunciar al derecho de herencia, como el pariente de Elimelec renunció a su heredad (cf. Dt. 25:9-10; Rut 4:6-8). Cristiano, si te quitas el calzado del evangelio, pierdes el derecho a tu herencia celestial. Pablo escribió que las persecuciones que sufren los cristianos por el evangelio son “indicio de salvación”.
Entonces, seguramente, negar a Cristo para evitar el sufrimiento debe ser “indicio de perdición” (Fil 1:28). Amados, ¿no merece la gloria del Cielo alguna breve aflicción?
La viña de Nabot no era gran cosa como terreno, pero él conocía su valor como herencia de la familia delante de Dios. En lugar de venderla por su valor comercial, o cambiarla por un terreno mejor, su dueño optó por arriesgarse a perder la vida provocando a un poderoso rey. A pesar de su celo, Nabot perdió tanto la vida como esa parte de la herencia de su padre. No hay comparación entre su viña terrenal y el paraíso celestial del cristiano, que no se pierde y es de valor infinito, pero debemos emular la disposición de Nabot a sufrir. Cuando tus enemigos te hacen inadvertidamente el favor de robarte la vida física, solo te ayudan a entrar en la plena posesión de tu herencia eterna en el Cielo.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall