Profesas que estás bautizado en el espíritu del evangelio de Cristo, pero ese evangelio que hace las paces entre el lobo y el cordero, nunca enseñará al cordero a volverse lobo para devorar a otros corderos. Jesús dijo a los dos discípulos que se airaban, que no conocían cuál era la fuente de su ira: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lc. 9:55). Esa amarga pasión no encaja con el manso Señor al que sirves, ni con el evangelio de paz que Él predica.
Ahora bien, así como el evangelio no nos permite pagar a nuestros enemigos con su propia moneda, devolviendo ira por ira, ciertamente también nos prohíbe que un hermano escupa fuego en la cara de otro. Cuando esas brasas de contención empiezan a humear entre los cristianos, podemos estar seguros de que Satanás ha encendido la chispa: él es el gran inflamador de toda riña.
Cuando se levanta una tormenta en el alma de los santos, y los vientos de sus emociones soplan con fuerza y estruendo, es fácil saber quién ha avivado la tempestad. El diablo practica su arte tenebroso con las pasiones no mortificadas, que le capacitan para suscitar fácilmente muchas tormentas de división entre creyentes. Pablo y Bernabé salieron juntos en bonanza, pero Satanás envió una tempestad para separarlos a mitad del viaje: “Hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro” (Hch. 15:39).
No hay nada, aparte de Cristo y del Cielo, que Satanás aborrezca más de los creyentes que su paz y su amor entre sí. Si no puede separarlos de Jesús, impidiendo que vayan al Cielo, se complace siniestramente en verlos navegar en la tormenta. Quiere que sean como una flota maltrecha, cristianos separados y privados del consuelo de otros hermanos en el camino. Cuando el diablo puede dividir, también espera arruinar, sabiendo que un solo barco es más fácil de hundir que toda una escuadra.
Me encanta el aire claro y tranquilo; pero me gusta más aún en la iglesia. Confieso que soy más consciente de la grandeza de este acto de misericordia cuando veo los tristes resultados de las divisiones que han perturbado a los creyentes en estos últimos años. ¿A qué compararé el error mejor que al humo, y la contención que al fuego? Es el emblema del mismo Infierno, donde las tinieblas y las llamas se unen para intensificar el terror. Permíteme darte tres razones por que el creyente debe dedicarse a la paz y la unidad.
1.- Los cristianos deben buscar la paz por amor a Cristo
Cada vez que ores a Dios en el nombre de Jesús, ciertamente obtendrás respuesta. ¿Pero cómo utilizarás con fe ese Nombre como fuerza para abrir el corazón del Padre, cuando el mismo tiene tan poca influencia sobre ti para moverte a obedecerle en este gran asunto de la unidad que Él desea fomentar en su pueblo?
a) El mandamiento solemne de Cristo
Jesús encargó a sus discípulos: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis los unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Jn. 13:34). Observa cómo preparó sus corazones para que estos se abrieran a fin de acoger el mandamiento. Lo puso bajo su Nombre: “Un mandamiento nuevo os doy”. Estaba diciendo: “Este mandamiento lo firmo yo. Después que haya partido y los fuegos de la contención irrumpan entre vosotros, recordad las palabras que os digo ahora y dejad que apaguen las llamas”.
Además, en este mensaje de despedida, Cristo resaltó que su mandamiento también era un regalo: sus labios nunca habían pronunciado palabras más dulces. Dejó el mejor vino para el final. Entre otras cosas que Jesús legó a los discípulos en su Testamento, escogió este mandamiento como el padre que se quita el anillo con su sello para entregárselo a su hijo. Finalmente, añadió la razón más fuerte, en el Cielo y en la tierra, para que sus seguidores obedecieran este mandamiento: “Como yo os he amado, que también os améis unos a otros”.
¡Cristiano! ¿No tiene el amor de Cristo derecho a pedirte hacer cualquier cosa —todas las cosas— por Él? Si te pidiera poner la vida por Aquel que te amó hasta la muerte, ¿se lo negarías? Entonces, ¿no te persuadirá su amor para deponer tus contenciones y divisiones? Cristo resaltó esto, como si su propio gozo y el de sus discípulos estuvieran entretejidos en este mandamiento de amor mutuo: “Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (Jn. 15:11).
Pero no hemos llegado aún al último eslabón de esta cadena de oro de la enseñanza de Cristo. Él expresó su gran amor por los discípulos, un amor que le capacitaba para morir por cada uno de ellos. Luego les dijo valientemente que serían sus amigos si se daban cuenta de lo que dejaba en sus manos: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (v. 14). Finalmente, dando por sentado que andarían en unidad y amor según sus órdenes, abrió aún más su corazón a ellos, sin reservas. Los invitó a abrir sus corazones a Dios y a ser tan sinceros con él, como él lo era con ellos. Una nueva intimidad los unía: “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor” (v. 15). Esto es, “desde el momento en que andéis en obediencia ante mí y en armonía unos con otros”.
b) La oración ferviente de Cristo por este amor
Si un pastor resaltara con fuerza desde el pulpito para su gente una virtud o un deber, y luego entrara en su cuarto para rogarle a Dios que concediera esa virtud a su rebaño, sabrías que es sincero. Nuestro bendito Salvador enseñó a los pastores adonde debían acudir al salir del pulpito, y lo qué habían de hacer allí.
En cuanto Cristo terminó su sermón, fue a orar por sus discípulos. La unidad y la paz eran el legado que deseaba dejarles, y tal fue la petición que ahora presentó al Padre: “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre” (Jn. 17:11). Luego añadió: “Para que sean uno, así como nosotros”. Es como si preguntara “Padre, ¿alguna vez ha habido desacuerdo entre Tú y Yo? Entonces, ¿por qué estos, que son nuestros, van a contender ahora?”. Cristo sigue rogando esta misma misericordia, no por la dificultad de arrancarle tal bendición a Dios, sino porque su deseo de unidad y amor entre su pueblo es por el bien de ellos. Nótese también que Jesús no dijo palabra alguna a favor de su propia vida mientras redoblaba sus oraciones por esta unidad. ¿Cómo pasar entonces por alto su valor?
A sus hijos les dijo lo que podían esperar de manos del mundo: toda clase de tribulación. Pero no oró tanto por su inmunidad ante el sufrimiento, como contra las contenciones entre ellos. Sabía que si sus santos podían concordar en compasión, este fuego celestial del amor apagaría las llamas del fuego perseguidor, o por lo menos el terror del mismo. En resumen, los cristianos que viven entre riñas y contiendas están pecando contra las vigorosas oraciones de Cristo mismo a su favor.
c) El precio que Cristo pagó por la paz
Igual que Jesús pasó de predicar la paz a hacer que la paz celestial descendiera mediante la oración, así también pasó de orar por la paz a pagar por ella; pero sus oraciones no eran las peticiones de un mendigo, como las nuestras. Él oró que Dios le diera únicamente aquello por lo que había pagado. Y estaba en camino al lugar del pago: el Calvario, donde su sangre fue el precio que entregó de buen grado por la paz. Se trataba principalmente de nuestra paz con Dios, pero Cristo también tenía presente la paz del amor entre los hermanos. Por tanto, el sacramento de la Santa Cena, el banquete memorial de la muerte de Cristo, sella nuestra paz con Dios a la vez que significa nuestro amor mutuo.
¿Necesito mostrarte ahora por qué nuestro Señor utilizó este modelo para vincular a su pueblo en unidad de espíritu? Verdaderamente Cristo quiso que la Iglesia fuese su casa, donde él pudiera descansar. ¿Pero qué descanso habrá en una casa incendiada? Se trata de su Reino, ¿pero cómo se guardarán sus leyes si todos sus seguidores discuten y se pelean? Las leyes callan cuando la gente está en pie de guerra.
En resumen, la Iglesia de Cristo es un pueblo llamado afuera del mundo para serle alabanza ante las naciones. Pedro lo dijo así: “Dios visitó por primera vez a los gentiles para tomar de ellos pueblo para su nombre” (Hch. 15:14). Esto es, un pueblo para su honra. Pero un pueblo envidioso y dividido no trae alabanza al nombre de Cristo. Cuando Jesús oró que su pueblo se perfeccionara en la unidad, empleó este argumento: “Para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn. 17:21). Me sangra el corazón al oír a tantos labios profanos blasfemar a Cristo. Las divisiones entre los cristianos es lo que más ha causado tanta maledicencia.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall