“Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gál. 3:26).
a.- Tus relaciones requieren la unidad
Pablo dice de los creyentes que no solo somos hijos de Dios por creación, sino por la fe en Cristo Jesús. Puesto que Él es el fundamento de una nueva hermandad de creyentes, Cristo nos ha unido a otros cristianos. Todos habéis sido concebidos en el mismo vientre de la Iglesia, y engendrados por la misma simiente de la Palabra, por lo cual —como hemos dicho— habéis venido a ser hermanos de sangre. El corazón de José se apegó más a Benjamín que a sus hermanastros, porque era su hermano de padre y madre. Si el cuerpo de Cristo está dividido, ¿quién estará de acuerdo? Cristo se ha esmerado en quitar toda ocasión de disputa entre los cristianos, lo cual hace sus disensiones tanto infantiles como pecaminosas.
A veces un niño se entristece si el afecto de sus padres se da a otros que no sean él; entonces siente envidia de ellos y ellos lo desprecian. Pero no existe tal favoritismo en la familia de Dios: cada uno es igualmente precioso para el Hijo de Dios. “Andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Ef. 5:2). Cristo es para la Iglesia lo que el alma para el cuerpo: cada miembro de su Cuerpo tiene la totalidad de Él, todo su amor y corazón, como si fuera la única persona que disfrutara del Salvador.
Un padre natural a menudo demuestra gran injusticia en la distribución de sus bienes. No todos sus hijos son herederos, y esto siembra cizaña entre ellos, como en el caso de Jacob. Cristo ha hecho su testamento de tal forma que todos hereden por igual; una provisión llamada “nuestra común salvación” y “la herencia de los santos en luz” (Jud. 3; Col. 1:12). Cada cual puede disfrutar su felicidad sin molestar a los demás, así como millones de personas miran el mismo sol a la vez. Nadie estorba a nadie.
Jesús acalló todo malentendido y preferencia al orar: “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno” (Jn. 17:22). Nadie puede envidiar a otro por tener más que él, cuando ve que la gloria también es suya. Es verdad que hay diferencias en los dones externos o naturales entre creyentes: algunos tienen muchos, otros pocos. ¿Pero son esos dones tan importantes como para provocar una guerra entre los que esperan el mismo Cielo?
b.- Considera de quién es el territorio que pisas
¿No vives en medio de enemigos? La rivalidad entre los pastores de Abraham y Lot se agravó por la presencia de los vecinos paganos: “Hubo contienda entre los pastores del ganado de Abram y los pastores del ganado de Lot; y el cananeo y el ferezeo habitaban entonces en la tierra” (Gn. 13:7). Que el pueblo de Dios discuta en presencia de idólatras da lugar a chismorreos vulgares que los deshonra a ellos y a su profesión de fe.
Dime, ¿quiénes son estos que han estado en nuestra tierra todo el tiempo mientras los hombres de Dios discutían entre sí? Los espías de Satanás han observado con curiosidad todo comportamiento indigno entre creyentes y lo han publicado por todo el mundo. Estas personas carnales están equipadas con suficiente capacidad maliciosa como para utilizar esta disputa para sus fines impíos. De hecho, anhelan seguir con la obra de incapacitar totalmente a aquellos cristianos que se han herido mutuamente. Esperan sinceramente destruirnos así; entonces nos sanarán las heridas haciéndonos otra tan profunda que traspase el corazón de nuestra vida, y el evangelio mismo.
Cristianos, ¿dejaréis que Herodes y Pilato os avergüencen? Ellos se unieron bajo una fachada pacífica para fortalecer sus manos contra Cristo. ¿No están los creyentes dispuestos a unirse ante el enemigo común del Señor Jesús? Es una tragedia que los marineros discutan mientras el enemigo abre una brecha en la quilla del barco.
c.- Considera las consecuencias de la desunión
Ahora debemos examinar cinco resultados principales de la disensión entre creyentes.
1.- Se frena el crecimiento de la virtud. El alma no puede prosperar cuando está inflamada por la lucha; como tampoco el cuerpo físico puede disfrutar de la fiebre. Al igual que ese fuego en el interior debe apagarse para volver a la temperatura normal, así hay que apagar el fuego impropio entre los cristianos.
Pablo demuestra que los débiles en la gracia pueden florecer; y la cura que él propone es un compuesto de sinceridad y amor. Si estas cualidades se conservan, todo el cuerpo es capaz de “ir edificándose en amor” (Ef. 4:16). Ruego que, en estos últimos tiempos, los creyentes se levanten del barro del egoísmo y lleguen a “[hablar] la verdad en amor”; esto es, a ser íntegros en el amor. Es el deseo de Cristo que todos sus hijos “crezcamos en todo en aquel que es la cabeza” (v. 15).
2.- Se cortan las comunicaciones con el Trono de la gracia. Es imposible pasar de la disensión a la oración con un espíritu libre. Aunque te atrevas a llamar a la puerta divina, tendrás una fría recepción: “Deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mt. 5:24). Dios no probará nuestro pan leudado; esto es, el sabor de la oración agriada por la amargura espiritual. Primero se renovó la paz y se hizo un pacto de amor y amistad entre Labán y Jacob, y después “Jacob inmoló víctimas en el monte, y llamó a sus hermanos a comer” (Gn. 31:54).
Hasta los paganos percibían que no se puede hacer ningún negocio serio con espíritu conflictivo. Por eso los senadores romanos solían visitar sus templos y dejar a un lado sus controversias antes de entrar al Senado para dirigir los asuntos de Estado. ¿Nos atrevemos nosotros a acercarnos al Trono de Dios e inclinarnos en oración mientras tenemos el corazón henchido de ira y envidia? ¡Señor, humíllanos!
3.- Se cortan las comunicaciones con otros cristianos. Así como ninguna nación produce todo lo que necesita, sino que debe importar algunas cosas de otros países, ningún cristiano puede vivir sin tomar algunas cosas prestadas de sus hermanos. Existe tal cosa como “las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro” (Ef. 4:16). Realmente las mayores ganancias de los cristianos provienen de compartir entre sí la gracia, el ministerio y el poder. Pablo dijo a los cristianos romanos que deseaba verlos para poder impartirles algún don espiritual, “para ser mutuamente confortados por la fe que nos es común a vosotros y a mí” (Rom. 1:12).
Las divisiones bloquean toda comunicación entre creyentes; son tan destructivas para la comunión cristiana como la plaga para el comercio de la plaza. La comunicación fluye de la comunión fundada en la unión. La Iglesia crece bajo la persecución y las pruebas. Los creyentes siembran en todo el campo, llevando el evangelio a lugares donde nunca había llegado antes. Pero las divisiones, como fuerte tormenta, arrastran la semilla.
4.- Te arriesgas al deterioro de la gracia y al crecimiento del pecado. La disensión abre la puerta a un pecado cada vez mayor: “Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis” (Stg. 3:14). Esto es, no te creas tan buen cristiano; porque aunque tuvieras el conocimiento y los dones de los seres celestiales, este pecado te haría parecer más a los demonios que a los ángeles. Santiago da la razón de esto en el versículo 16: “Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa”. La disensión es la fragua de Satanás, y si puede calentar en ella al creyente, lo ablandará para que su martillo de la tentación haga su obra. Cuando el ánimo de Moisés se calentó, habló sin pensar. No es pecado insignificante aquel que imposibilita a los que se traban en sus redes para hacer siquiera un acto justo: “La ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Stg. 1:20).
5.- Las disensiones son precursoras de juicio. Un cielo nublado pronostica lluvia; los marineros esperan tormenta cuando las olas empiezan alborotarse. El juicio se acerca cuando las caras de los creyentes se nublan de descontento, como los truenos lejanos antes de la tempestad. Cuando los niños pelean, su padre pronto vendrá a separarlos con su vara de corrección. El profeta de Dios “hará volver […] el corazón de los hijos hacia los padres, no sea —dice el Señor— que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Mal. 4:6).
La disensión acerca al pueblo a la maldición, porque Dios manda juicio severo al pueblo que Él abandona. Las Escrituras implican que los murmuradores no pueden esperar que Dios permanezca con ellos por mucho tiempo. Si el capitán abandona el barco, este con seguridad se hundirá pronto. Pablo enseñó: “Sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros” (2 Cor. 13:11).
Dios envió por mano de Moisés una gran liberación a los israelitas. Como muestra de todo el bien que Dios les haría, Moisés intentó poner en paz a dos hermanos. Pero su bondad no fue aceptada, y el rechazo resultó en muchos años más de miseria en Egipto para los israelitas. “Al oír esta palabra, Moisés huyó, y vivió como extranjero en tierra de Madián” (Hch. 7:29). Después no se menciona la liberación durante 40 años. ¿No ha hecho nuestro rechazo de la paz sanadora de Dios que la misericordia huyera, dejándonos gimiendo por lo mal que lo estamos pasando?
Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall