En ARTÍCULOS

1.- La paz y el amor entre impíos

Las personas mundanas no pueden experimentar verdadera paz y amor por ser ajenas al evangelio que une los corazones. ¿Entonces cómo denominaremos su paz? En algunos, es una mera organización u obra del deseo de pertenecer a un grupo. “No llaméis conspiración a todo lo que este pueblo llama conspiración” (Is. 8:12). Otras veces la gente se une por un odio común hacia los santos en lugar de por un amor entre sí. Como las zorras de Sansón, se juntan para dañar a los demás en lugar de hacerse bien a sí mismos. Dos perros pueden dejar de pelearse para perseguir a un conejo, pero cuando termina la caza, vuelven a pelearse como antes. “Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí” (Lc. 23:12).

La paz y la unidad de algunos se fundan en las bajas pasiones que los une. Así se puede ver a un grupo de “buena gente”, como ellos se llaman, tomando copas juntos con una gran satisfacción. Y como una cuadrilla de ladrones, claman: “Ven con nosotros […]. Echa tu suerte entre nosotros; tengamos todos una bolsa” (Pr. 1:11,14). Aquí vemos una unidad, pero solamente porque sus miembros son hermanos en el pecado.

Otros se unen por algo más que para el odio y el robo; y aunque no hayan conocido el poder del evangelio, manifiestan una cierta medida de amor mutuo. Están muy en deuda con el evangelio por esa capacidad de expresar la compasión, porque a menudo civiliza y suaviza aun allí donde no santifica. Pero esa unidad es tan fundamentalmente defectuosa e incompleta que no merece el nombre de verdadera paz.

a.-  La paz de los impíos es superficial

En la paz de los impíos las pasiones se refrenan de la guerra abierta, pero los corazones no se transforman por un amor interior. Los no regenerados son como los animales en el arca de Noé: aunque mantengan la paz durante un tiempo, retienen su naturaleza salvaje.

b.- La paz de los impíos no está santificada

Aunque los impíos parecen experimentar una paz entre sí, no tienen paz para con Dios; y la paz con Él es la única manera de anular la maldición. Es decir, que su paz procede de corazones no santificados. Solo el corazón renovado puede santificar la unión.

Hace siglos, un pagano dijo que el amor y la amistad verdaderos solo pueden aparecer entre hombres buenos, pero desafortunadamente no sabía qué es lo que hace bueno al hombre. Cuando la misericordia divina quiere crear la unidad, primero renueva a las personas: “Les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos” (Ez. 11:19). La paz genuina es fruto del Espíritu, que inevitablemente santifica antes de unir.

Finalmente, vemos que cada aspecto y propósito del amor del pecador es carnal y no espiritual. Agustín de Hipona compadecía más a Cicerón por no haber tenido a Jesucristo en su vida, que lo que le admiraba por su elocuencia. Esto es lo que tacha con una línea gruesa y negra la paz y la unidad del hombre carnal: no tiene nada de Dios ni de Cristo.

¿Buscan la gloria de Dios los de mente carnal? ¿Los une el mandamiento de Cristo? No, se oye un “silbo apacible y delicado”, pero no es de Dios. Su propio ocio o gusto carnal es el motivo principal. La paz y la unidad son invitadas bien acogidas, y pagan tan bien su estancia que motivan a los hombres sin virtud alguna a mantener una paz externa entre ellos. En resumen, la paz de los impíos no dura, porque falta el cemento. Las piedras sin cemento pueden mantenerse juntas algún tiempo, pero no mucho. El único cemento duradero para el amor es la sangre de Jesús.

2.-  El pecado de los pastores que avivan las contiendas

El evangelio de la paz es un texto extraño para predicar la contención, pero Pablo nos habla de esta manera: “Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda” (Fil. 1:15). ¡Estos parecen haber olvidado que el Señor que los envía es el mismo Príncipe de Paz! Su trabajo no es tocar la trompeta de confusión o de alarma para la batalla, sino llamar a una gozosa retirada de la terrible lucha contra Dios y contra los demás.

Sin embargo, hay una guerra que los pastores sí deben proclamar: la guerra contra el pecado y Satanás; pero los cristianos no estarán listos para salir al combate contra el diablo y sus huestes hasta que se pongan de acuerdo entre sí. ¿Qué hará un príncipe con aquel capitán que fomente la división entre sus soldados, en lugar de estimularlos a cerrarse en banda contra el enemigo común? Seguramente lo ahorcará por traidor.

En estos días, cuando hay tanta discordia en la Iglesia, decimos un amén de corazón a la oración de Lutero: “Dios libre a su Iglesia de un doctor vanaglorioso, de un pastor contencioso y de cuestiones nimias”. La mayoría de las verdades evangélicas se pierden para los que tienen los ojos cegados por el polvo de las divisiones y disputas. ¡Compadezco a los viles que han prostituido el evangelio para tales fines diabólicos! La misericordia divina puede volver a las almas engañadas al amor de la verdad; pero los embusteros mismos están demasiado cerca del Infierno para que podamos esperar su regreso.

He aquí la razón de la falta de paz y unidad entre cristianos. No se puede culpar al evangelio, que es fuente de paz. Es por causa de los cristianos, los “evangelizadores” que no están aún completamente “evangelizados”. Mientras más creyentes participen de verdad del espíritu del evangelio, menos se verán oprimidos por el espíritu maligno de contención y lucha. Hasta los santos más entregados, están en parte “inevangelizados” en dos áreas, y esto causa todas las riñas y competencia entre ellos.

a) En sus juicios

“Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos” (1 Cor. 13:9). El que pretende saber más que esto, revela lo que está negando: su ignorancia del evangelio. Este defecto de juicio en los santos los expone al peligro de absorber principios que no son bíblicos, perturbando así la paz entre ellos. Toda verdad es reducible a una unidad: como líneas que se unen amorosamente en el centro —el Dios de verdad—, no pueden chocar entre sí, igual que las piedras de un arco que se sostienen mutuamente. Las verdades bíblicas que concuerdan tan armoniosamente unas con otras nunca pueden enseñarnos la división.

Ese intruso llamado error entra a hurtadillas para dañar la salud espiritual del cristiano. Las comidas sanas no trastornan el cuerpo saludable, pero las corrompidas causan fiebre y malestar. Y como es lógico, cuando la persona se pone enferma, su comportamiento se vuelve deplorable, con prejuicios míseros y trivialidades egoístas. Lo hemos observado en la práctica. La misma persona que vive solamente para dar bondad mientras se alimenta de la verdad evangélica, se vuelve extraordinariamente irritable el día que absorbe una enseñanza que no es bíblica. Los que antes eran tan pacíficos, ahora se muestran tan  sensibles e irascibles que es difícil hablar con ellos. Muchos reaccionan con un comportamiento inadecuado a la mera mención de la Escritura, como si cada palabra los enfermara.

Que nadie intente culpar al evangelio por el desacuerdo entre los cristianos. Pablo nos dice exactamente dónde buscar al padre del bastardo llamado “contienda”: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Rom. 16:17). El espíritu de división es contrario al evangelio, y sus víctimas nunca lo aprendieron en la escuela de Cristo. El apóstol implica tácitamente que lo adquirieron en otra parte, de maestros falsos con doctrinas falsas. “Fijaos en ellos —expresa, como queriendo decir—: Examinadlos y notaréis que están requemados. Se han calentado a la lumbre de Satanás, y sacan de ella las brasas del error que causan el daño”.

b) En su corazón y vida

Ya que toda la raíz del pecado no se arranca de cuajo, no nos sorprende que a menudo permanezca un regusto amargo en el fruto producido por los cristianos. En el Cielo seremos solamente gracia y amor, sin mezcla de pecado; pero dado que aquí nuestras corrupciones nos acompañan, el amor que tenemos aún no es perfecto. Entonces, ¿cómo se unirán los cristianos mientras no estén plenamente reconciliados con Dios en cuanto a su santificación? Mientras menos haya progresado el evangelio en nuestros corazones para mortificar las pasiones y fortalecer la paz, más débiles serán esa paz y el amor entre nosotros.

Debido a las contenciones entre los cristianos de Corinto, Pablo concluyó que no habían crecido en la gracia: “Os di a beber leche y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales” (1 Co. 3:2-3). Su comportamiento era una prueba clara: “Pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales y andáis como hombres?”. A medida que la gracia fortalece a los cristianos, y el evangelio prevalece en sus corazones, el amor y el espíritu de unidad aumentan.

Decimos: “A más años, mayor sabiduría”. Cuando los niños son pequeños riñen y se pelean, pero la edad y la sabiduría dan fuerzas para superar las diferencias insignificantes. En la controversia entre los siervos de Abraham y Lot, Abraham, como el creyente más experimentado y fuerte, estaba decidido, cualquiera que fuera el precio, a hacer las paces con su sobrino que le era inferior en todo. Pablo es otro ejemplo de lo mismo. Como cristiano que sobrepasaba cabeza y hombros a los demás, dijo de sí mismo: “Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús” (1 Tim. 1:14).

Calvino subraya que la fe de Pablo se oponía a su anterior incredulidad obstinada como fariseo: su amor a Jesús superó la crueldad expresada contra los cristianos en su viaje de persecución a Damasco. Estaba tan lleno de fe como antes lo había estado de incredulidad; y tan lleno de amor ardiente como antes de odio. Esto es lo que quiero resaltar: estas dos virtudes crecen y florecen juntas; el cristiano que tiene fe abundante también abundará en amor.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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