Aprende a soportar la aflicción con fortaleza y valor… Cristo mismo sufrió mientras estaba en el mundo y les dejó a sus seguidores un ejemplo perfecto de fortaleza santa y sumisión filial a la voluntad de Dios. Cuando fue duramente oprimido con la carga inconcebible de nuestros pecados, de manera que su alma humana no hubiera podido soportarla sin el apoyo de la naturaleza divina, sus palabras fueron: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42). Las aflicciones que son dadas al pueblo de Dios son una parte necesaria de la disciplina saludable y están diseñadas para purificarlo de la contaminación del pecado y prepararlo para el servicio de Dios aquí y para gozar de Él en el mundo venidero. Por esta razón, para él son una disciplina paterna, en vez de un juicio penal. Aunque hoy día no sean “causa de gozo, sino de tristeza…después [dan] fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Heb. 12:11).
Mi propósito es guiar a mi joven lector hacia un estado mental que lo capacite a enfrentar la adversidad, en todas sus formas, para que no sea tomado por sorpresa cuando le visite alguna calamidad. Cuando llegue el día oscuro de la adversidad, no desmayes, más bien pon tu confianza en el Señor y busca en Él la fortaleza para soportar cualquier carga que sea puesta sobre ti. Nunca permitas que tu mente aloje pensamientos malos sobre Dios por causa de cualquiera de sus dispensaciones. Estas pueden ser oscuras y misteriosas, pero todas son buenas y sabias. Después tendremos el privilegio de conocer todo lo que no podemos entender ahora. Ejerce una sumisión sin quejas a la voluntad de Dios revelada en los acontecimientos de la Providencia. Cree con firmeza que todas las cosas están bajo el gobierno de la sabiduría y la bondad. Recuerda que, cualesquiera que sean los sufrimientos que tengas que soportar, siempre serán menos que lo que tus pecados merecen. Piensa que estas dispensaciones aflictivas están llenas de ricas bendiciones espirituales. Y que no solamente son útiles, sino necesarias. Nos perderíamos junto con el mundo malvado si nuestro Padre bondadoso no hiciera uso de la vara para rescatarnos del desvío. Además, no hay situación en la que podamos glorificar a Dios más que cuando estamos en el horno de la aflicción… Y al ser instruido por la adversidad, estarás mejor equipado para simpatizar con los hijos del duelo y mejor adiestrado para consolarlos…
La piedad genuina
Debes apreciar la piedad genuina y cultivarla con toda diligencia. “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría” (Sal. 111:10; Pr. 9:10). La piedad en la juventud es el espectáculo más hermoso del mundo. Sin la piedad, toda la moralidad, sin importar cuán útil sea a los hombres, es sólo una sombra. Es una rama sin raíz. La fe cristiana, más que cualquier otra adquisición, enriquece y adorna la mente del hombre. Congenia de manera especial con las susceptibilidades naturales de la mente juvenil. La vivacidad y versatilidad de la juventud, la ternura y el fervor de los sentimientos en esta edad, exhiben lo mejor de la piedad. ¡Cuán deleitoso es ver los corazones de los jóvenes hinchados con las vivas emociones de una devoción pura! ¡Cuán hermosa la lágrima de arrepentimiento y gozo santo que brilla en el ojo de un joven tierno!
No pienses, querido joven, que la religión verdadera disminuirá tu gozo. Permitir tales pensamientos es un insulto al Creador. No puede ser. Un Dios de bondad nunca ha exigido nada a sus criaturas que no aporte a su verdadera felicidad. La piedad en verdad puede llevarte a cambiar los placeres del teatro y de la sala de bailes por los gozos más puros de la Iglesia y las reuniones de oración. Puede hacer que la atención ya no se enfoque en libros de mera imaginación vaga y de ficción y que se vuelva a la Palabra de Dios, que es, para el alma regenerada, más dulce que la miel y más excelente que el oro más puro; pero esto aumentará el gozo en vez de disminuirla.
Entonces con afecto y denuedo te exhorto y te ruego: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud” (Ec. 12:1). Ésta será la mejor protección en contra de todos los peligros y las tentaciones a las que estás expuesto… Querido joven, sé sabio y asegura una herencia entre los santos que habitan en la luz. Dios te llama para que seas reconciliado. Cristo te llama (Mt. 11:28)… Las puertas de la Iglesia se abrirán para recibirte. Los ministros del evangelio y toda la compañía de creyentes se gozarán con tu entrada y te darán la bienvenida a las preciosas ordenanzas de la casa de Dios. Finalmente, recuerda: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Co. 6:2).
La oración ferviente
Busca la ayuda y la guía divina por medio de la oración ferviente y sin cesar. Necesitas que la gracia de Dios te ayude diariamente. La sabiduría que procede de ti es necedad, tu propia fuerza es debilidad y tu propia justicia totalmente insuficiente. “El hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jer. 10:23). Pero si estás falto de sabiduría, está permitido pedirla y tienes una promesa misericordiosa de que te será concedida. Todo lo que necesitemos se nos dará si lo pedimos con humildad y fe. “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mt. 7:7)…
La fe y la oración son nuestros recursos principales frente a las diversas y grandes aflicciones de esta vida. Cuando todos los demás refugios fracasen, Dios esconderá a su pueblo que lo busca en su lugar secreto y lo protegerá bajo la sombra de sus alas. La oración es esencial para la existencia y el crecimiento de la vida espiritual. Es el aliento del nuevo hombre. Por este medio, obtiene un rápido socorro de innumerables males y hace que bajen del cielo las más dulces y ricas bendiciones. Que tu mente esté completamente convencida de la eficacia de la oración, cuando ésta se ofrece con fe y persistencia para obtener las bendiciones que necesitamos. Dios se ha dado a conocer como el que escucha las oraciones. Sí, ha prometido que tendremos, en tanto que sea para su gloria y para nuestro bien, todo lo que pidamos… El hombre que tiene acceso al trono de la gracia, nunca le faltará lo que verdaderamente necesita. “Gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad” (Sal. 84:11)… Por esta razón no tendré temor de aconsejar a los jóvenes a cultivar un espíritu de oración y a ser constantes en su práctica. “Orad sin cesar… [Permaneced] constantes en la oración” (1 Ts. 5:17; Ro. 12:12). Muchas veces, también, cuando estamos llevando a cabo este deber, un poco del cielo baja a la tierra; y el adorador piadoso anticipa, en cierto grado, aquel gozo que es inefable y eterno. Además, la oración será el escudo más eficaz contra el pecado y el poder de la tentación: “Satanás tiembla cuando ve al santo más débil de rodillas”.
Las preparaciones para la muerte
Concluiré mis consejos a los jóvenes con una recomendación seria y afectuosa para todo el que lea estas páginas: No tardes en hacer preparaciones para la muerte. Sé que los jóvenes alegres no están dispuestos a escuchar cuando se toca este tema. No hay nada que traiga una sombra más oscura a sus espíritus que el hecho solemne de que hay que enfrentar la muerte y que no hay posesión terrenal o circunstancia que pueda protegernos de ser sus víctimas a cualquier hora. Sin embargo, si reconocemos que este mal formidable es inevitable y que la tenencia por la cual nos agarramos de la vida es muy frágil, ¿por qué hemos de comportarnos tan irracionalmente y —podría decir— tan locamente, cerrando los ojos para no ver el peligro? ¿Preguntas sobre qué preparaciones son necesarias? Respondo que la reconciliación con Dios y la [aptitud] para las actividades y los gozos del estado celestial. La preparación para la muerte incluye el arrepentirnos ante Dios por todos nuestros pecados, confiar en el Señor Jesucristo y apoyarnos en su sacrificio expiatorio, un corazón regenerado, una vida reformada y, finalmente, un ejercicio vivo de la piedad, acompañado con una seguridad tranquila de que tenemos el favor divino. En resumen, la piedad genuina y vital forma la esencia de la preparación necesaria. De esta manera, estarás a salvo en la muerte y después de ésta, tu felicidad quedará segura. Pero, para que el lecho de muerte no sea sólo seguro, sino también confortable, debes poseer una fe fuerte y evidencias claras de que tus pecados han sido perdonados y de que has pasado de la muerte a la vida. Entonces, antes de otorgar sueño a tus ojos, debes estar convencido de la necesidad de comenzar el regreso hacia Dios, de quién como ovejas te has descarriado. “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Am. 4:12). “Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis” (Mt. 24:44).
Procura la libertad del temor a la muerte por medio de la solicitud creyente a Aquel que vino con el propósito de librarnos de esta esclavitud. Con su presencia y guía, no hay necesidad de temer ningún mal, aunque estemos pasando por el oscuro valle de sombra y de muerte. Él puede consolarnos con su vara y su cayado, y hacer que seamos vencedores sobre ese último enemigo.
Tomado de Thoughts on Religious Experience (Pensamientos sobre la experiencia religiosa), reeditado por The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.
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Archibald Alexander (1772-1851): Teólogo americano presbiteriano, profesor principal de Princeton Seminary (Seminario de Princeton); nacido en Augusta County, Virginia.
Como regla general, los hombres y las mujeres jóvenes que tienen el gran privilegio de tener padres cristianos y crecer en un hogar cristiano, no perciben el amor de Dios en esto. Con frecuencia, se rebelan y desean no tener que soportar aquello que ellos ven como una gran dificultad. Así nosotros también veíamos las cosas en los días de nuestra ignorancia. Pero, ahora que Dios ha abierto nuestros ojos, podemos ver su amor en todo esto. Vemos cómo Él ha dispuesto todas las cosas para nuestro bien.
—Charles Spurgeon
La salvación a cualquier edad no tiene precio; pero, ¡oh, la salvación en la juventud tiene un doble valor!
— Charles Spurgeon