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Solo el evangelio podrá unir los corazones y las mentes humanas en un amor y una paz consistentes. Además de reconciliarnos con Dios y unos con otros, Cristo estableció personalmente esta bendición para completar la felicidad del cristiano. De otra forma, Dios tendría que hacer un Cielo distinto para cada cristiano.

El ministerio de Juan el Bautista, de introducción al evangelio, tenía dos partes: el retorno de muchos hijos de Israel al Señor su Dios y “hacer volver los corazones de los padres a los hijos” (Lc. 1:17); esto es, hacerlos amigos de Dios y unos de otros. Ese es el efecto natural del evangelio allí donde se recibe sinceramente: unir los corazones en un amor poderoso y en paz.

Isaías profetizó esta extraña metamorfosis bajo el efecto del evangelio: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará” (Is. 11:6). Aquellos que se hayan aferrado egoístamente a la disensión durante décadas, se pondrán de acuerdo y descansarán unidos. Por supuesto que este fenómeno es imposible sin la obra poderosa del evangelio en los creyentes.

Prosigue el profeta: “Porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová” (v. 9). En las tinieblas la gente se ataca con crueldad vengativa, pero al llegar la luz del evangelio, pronto envainan la espada. El dulce espíritu del amor no permitirá jamás que el odio permanezca en su morada; esta bendición es tan peculiar al evangelio, que Dios la ha escogido como la marca de los verdaderos cristianos: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn. 13:35). El siervo de un noble destaca de los demás por el color y corte de su vestimenta; Jesús dice que los extraños distinguirán a los cristianos de los otros por su amor mutuo, que vinculan con Cristo y su evangelio.

Si se quiere determinar las cualidades de un vino en particular, hay que catarlo no solo después de haber sido limpiado de sus impurezas, sino antes de que los mercaderes lo rebajen. La mejor forma de juzgar el evangelio y sus frutos es considerándolo cuando fue recibido y aceptado con la mayor sencillez, libre de duda y corrupción. Sin duda, el período que debemos examinar es el de la Iglesia primitiva. También se podrá catar cuando tenga su pleno efecto en los corazones humanos en el Cielo. En ambos casos, esta paz aparecerá como el fruto natural del evangelio.

1.– La unidad de corazón entre los primeros cristianos

La paz de Cristo hizo que los santos de la Iglesia primitiva vivieran y se amaran como si cada uno hubiese abandonado su propio corazón para penetrar en el seno de su hermano. Abandonaron el provecho personal para mantener este amor sano, y tomaron el pan de su propia mesa para alimentar a los hermanos hambrientos. Aun cuando el amor hacia sus hermanos les costaba más, aquellos creyentes no se resentían:

Vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón (Hch. 2:45-6).

Tertuliano decía que el amor de los cristianos primitivos era tan notorio que los paganos los destacaban diciendo: “¡Mirad como se aman!”. Aquellos creyentes eran más felices entregándolo todo por amor, que llenándose los bolsillos de ganancias mundanas. Si los cristianos modernos tienen menos paz y amor, la culpa no es del evangelio, sino de sus propias actitudes. El evangelio está tan lleno de paz como siempre; pero los cristianos de hoy se hallan muy lejos de manifestar su espíritu.

2.– La perfección de esta paz y este amor mutuo en el Cielo

Después de cumplirse plenamente las promesas de la paz en la Gloria, esta clase de paz será uno de los adornos principales del Cielo. En el mundo la paz nos recuerda a un capullo en primavera: cuando hace buen tiempo, se abre un poco; pero en el frío anochecer, sus pétalos vuelven a cerrarse.

El “silencio” de ese cielo inferior (la Iglesia terrenal) solo dura “como por media hora” (Ap. 8:1). Aunque hay amor y paz entre los creyentes, surgen diferencias que alejan la dulce primavera, la cual en el Cielo es plena y así seguirá siendo durante toda la eternidad. No solo se sanarán las heridas de la contención, sino que no se verá cicatriz alguna que afee el rostro de la paz celestial.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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