2Ts. 3:5 Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo.
1.- Paciencia en la aflicción sin la paz del evangelio
A veces vemos a ciertas personas ajenas a este evangelio, e ignorantes de Cristo como nuestra Paz, pero sin embargo permanecen tranquilas bajo la aflicción. Si tuvieran idea de la gravedad de su condición espiritual, no mostrarían ni rastro de paciencia, al saber que Dios los echará finalmente en el Infierno si no se arrepienten y creen. Cuando veo a alguno que corre descalzo sobre piedras rugosas sin quejarse, no admiro su resistencia, más bien tengo lástima de él por haber endurecido sus pies, llenos de callosidades muertas, de tal manera que ha perdido toda sensibilidad y no siente el dolor que le señala un peligro real.
¿De qué le sirve la medicina al muerto? Si uno no está convencido de su condición crítica, aun el mayor esfuerzo por restaurar su salud no servirá de nada. Si la aflicción, la medicina más fuerte de todas, le deja insensible a su necesidad espiritual, no queda mucha esperanza.
2.- ¿Puede haber paz del evangelio sin paciencia en la aflicción?
Ya que el creyente tiene paz al conocer el amor de Dios en Cristo que mora en él, puede someterse a cualquier sufrimiento que Dios le permite pasar. Por eso debemos poner a prueba nuestra paz y nuestro consuelo. Si no tienes fuerzas para sufrir por Dios, sino que eliges un pecado a fin de evitar una cruz, tu paz es falsa. Si solo posees una paz limitada bajo las aflicciones normales, si luchas para evitar que tu espíritu murmure y tu corazón se hunda, tu fe en la promesa es muy débil: “Si fueres flojo en el día de trabajo, tu fuerza será reducida” (Pr. 24:10).
La sensibilidad de la conciencia cristiana
Mantén íntegra esta paz, y ella mantendrá íntegro tu corazón cuando el mundo se te venga abajo. Mientras la paz del evangelio gobierne tu corazón, estarás a salvo de todo temor, ya sea en la cárcel o en la hoguera. Pero si dejas que resulte herida, tus enemigos se echarán sobre ti como Simeón y Leví sobre los hombres de Siquem (cf. Gn. 34:25,26).
Es triste entrar en el sufrimiento con una conciencia herida e infectada. Una espina pequeña en el pie dificulta el andar por el camino más llano; y la conciencia culpable trae gran dolor a cualquier cristiano, especialmente a aquel que sufre.
Si quieres asegurar que tu paz queda intacta, ponle una salvaguarda. Las flores más bellas exigen mayores cuidados, y mientras más rico sea el tesoro, mejor lo guardamos. Seguramente estarás de acuerdo en que la preciosa paz de Dios vale lo que sea por conservarla. El Salvador nos enseñó que los bienes terrenales como la plata y el oro se pueden perder de dos maneras: por el robo o por el deterioro. Hay dos formas parecidas en que el creyente puede perder la paz interior.
- Los pecados presuntuosos son “ladrones” que roban el consuelo
Cuando un creyente toma decisiones pecaminosas voluntariamente, pensando que puede luego consolar su conciencia dolorida con su condición de perdonado y su herencia en Cristo, hallará la puerta a la cámara de los consuelos divinos cerrada a cal y canto. Cristo se habrá apartado, llevándose las llaves. Por su soberbia, inmundicia, y mundanalidad, la persona podrá hasta clamar con gran llanto, como María cuando no encontraba el cadáver de Jesús: “Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto” (Jn. 20:13).
Entonces, cuídate de estos ladrones que son los pecados de presunción. “Lámpara de Jehová es el espíritu del hombre” (Pr. 20:27). ¿Ha encendido Dios tu lámpara, calentando tu espíritu con su amor? Si se permite a un ladrón infernal tocar esta lámpara, tu consuelo se apagará. ¿Has caído en manos de pecados de presunción que te han robado la paz? No pierdas más tiempo; envía el arrepentimiento sincero tras ellos y levanta un fuerte espíritu de oración y súplica a Dios.
Ya he advertido que no hay tiempo que perder. Mientras más tiempo permanezcas en estos pecados sin arrepentirte, más te costará recuperar tu gozo y tu paz de sus manos. Pero has de saber que en la medida en que te vuelvas humildemente a Dios, él estará dispuesto a restaurarte el gozo de su salvación y tu justicia sobre los enemigos de tu alma por su gracia mortificante.
2.- La negligencia es el “óxido” que estropea la fortaleza de la paz
Es imposible que el creyente negligente o infrecuente en su comunión con Dios disfrute de paz y consuelo verdaderos durante mucho tiempo. Tal vez no estés derramando pecados de presunción sobre tu gozo para apagarlo; bien, pero no eres digno de alabanza, porque si no lo avivas con el aceite de la comunión con Dios eso basta para suprimir tu consuelo.
Puedes matar tu propia paz tanto por inanición como clavándole un puñal.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall