“Y a los que justificó, a éstos también glorificó”. —Romanos 8:30
La justificación
Comencemos… considerando lo que significa ser justificados. Si deseas una respuesta en pocas palabras, pregúntale a tus hijos qué han aprendido de nuestro catecismo, y allí la tienes: “La justificación es un acto de la gracia de Dios, en que Él perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos delante de Él sólo por la justicia de Cristo imputada a nosotros y recibida sólo por la fe”. No obstante, creo que será mejor que desglose esta verdad en detalle.
Al leer esta declaración y reflexionar sobre ella, vemos que la justificación se define como un acto de Dios otorgado a una persona que la necesita y que, evidentemente, no puede justificarse a sí misma. Ésta es una persona culpable de pecado por naturaleza, que se encuentra en un estado de condenación y necesita ser rescatada por un acto divino de justificación…La justificación es un acto de gracia otorgado al pecador que ha transgredido la Ley y no puede ser justificado por ella. Por lo tanto, necesita [justificación] por algún otro medio, uno fuera de su alcance, fuera de lo que él mismo puede hacer, y que procede, como dice el texto, de Dios mismo porque dice que él es que justifica…
¡Oh, pecador! Por más negros que hayan sido tus pecados, puedes ser justificado. Aunque tus pecados sean como la grana, pueden ser blancos como la nieve; si fueren rojos como el carmesí, pueden ser como blanca lana (Is. 1:18). Escrito está: “[él] justifica al impío” (Rom. 4:5). Sí, al impío, como lo has sido tu. Cristo vino al mundo como un médico no para los sanos, sino para sanar a los que están enfermos. La justificación es un acto de gracia que busca al pecador para manifestarse en él. Quiera la gracia encontrarte [hoy], pobre transgresor, y [declararte justificado].
En segundo lugar, la justificación es el resultado de la gracia soberana y únicamente de ella. Nos dice la Biblia: “por las obras de la ley nadie será justificado” (Gál. 2:16). Y también “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Rom. 3:24).No puedo ganarme la justificación. Nada que yo pueda hacer, puede hacerme digno de justificación delante de Dios. He ofendido tanto que lo único que merezco es la ira de Dios para siempre. La única manera de que sea considerado justo, tiene que ser porque Dios quiere hacerme justo. Tiene que ser por su compasión divina y por ninguna otra; fija sus ojos en mí, me levanta del estercolero de mi ruina y determina vestirme con la vestidura real de una justificación que Él ha preparado. En conclusión, no hay justificación que sea por mérito propio… La justificación viene como un regalo precioso de la mano generosa de la gracia de Dios.
El tema y medio de la justificación es la justicia de Jesucristo, manifestada en su obediencia vicaria, tanto en su vida como en su muerte. Ciertos herejes modernos lo niegan y, por ignorancia, algunos en el pasado decían que la justicia imputada de Jesucristo era algo que no existía. El que la niega, quizá inconscientemente, arranca de raíz el sistema del evangelio. Estoy convencido de que esta doctrina está involucrada en todo el sistema de sustitución y satisfacción; y todos sabemos que la sustitución y el sacrificio vicario son la médula misma del evangelio de Cristo.
Una justicia perfecta
La Ley, al igual que el Dios de la cual procedió, es absolutamente inmutable y no puede ser satisfecha con nada que no sea una justicia completa y perfecta. Alguien tuvo que sufrir el castigo por la culpa del pasado y, a la vez, hacer posible la obediencia al precepto que todavía sigue vigente: “Justificados pues por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1). Esto fue llevado a cabo por el Señor Jesús como el representante escogido por Él y es la base legal exclusiva de la justificación de los escogidos. En cuanto a mí, nunca podré dudar que la justicia de Cristo sea mía mientras siga comprobando que Cristo mismo y todo lo que Él tiene, me pertenece. Si encuentro que me da todo, es indudable que me da su justicia junto con todo lo demás. Ahora Dios me ve a través de la justicia de Cristo; eso es justificación.
¿Qué más puedo hacer con eso que usarlo? ¿Acaso lo voy a guardar en un guardarropa y no ponérmelo? Bueno, hermanos, usad la ropa que queráis: Mi alma se regocija en la vestidura real. Para mí, la expresión “el Señor justicia nuestra” es importante y tiene un significado de peso. Jesucristo seguirá siendo mi justicia durante todo el tiempo que pueda leer el mensaje del Apóstol: “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación, y redención” (1 Cor. 1:30). Mis queridos hermanos, no dudéis de la justicia imputada de Jesucristo, a pesar de lo que digan los contrarios. Recordad que tenéis que tener una justificación. La Ley lo requiere. No leo que la Ley establecida con nuestros primeros padres exigiera sufrimiento; sí la estableció después como castigo de su transgresión. Pero la justicia de la Ley no requería sufrimiento, sino obediencia. El sufrimiento no nos libra de la obligación de obedecer. Las almas perdidas en el infierno siguen bajo la Ley y, ni sus sufrimientos ni su angustia, aunque los soporten a la perfección, pueden justificarlas. La obediencia, y solo la obediencia, puede justificar. ¿Y dónde la podemos obtener sino en Jesús nuestro Sustituto?
Cristo viene para magnificar la Ley: ¿cómo lo hace sino por la obediencia? Si pudiera entrar en la vida eterna por guardar los mandamientos, como el Señor indica en Mateo 19:17, ¿cómo hacerlo excepto por medio de Cristo que sí los guardó? ¿Y cómo puede Él haber guardado la Ley, excepto por su obediencia a sus mandamientos? Eso es justificación, Dios nos ve a través de la justicia perfecta de Cristo. Las promesas de la Palabra de Dios no fueron hechas con base en los sufrimientos; fueron hechas con base en la obediencia. En consecuencia, los sufrimientos de Cristo, aunque quiten el castigo, ellos solos no me hacen heredero de la promesa. “Mas si quieres entrar en la vida”, dijo Cristo, “guarda los mandamientos” (Mt. 19:17). Es únicamente el que Cristo guardara los mandamientos lo que me da derecho a entrar en la vida. “Jehová se complació por amor de su justicia en magnificar la ley y engrandecerla” (Is. 42:21). No entro a la vida en virtud de sus sufrimientos; estos me libran de la muerte, me limpian de la inmundicia; pero entrar al gozo de la vida eterna es el resultado de la obediencia. Como no puede ser el resultado de la mía, tiene que ser el resultado de la de Él, que me es atribuida a mí. El apóstol Pablo contrasta la obediencia de Cristo con la desobediencia de Adán: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Rom. 5:19).
Ahora bien, esto no se trata de la muerte de Cristo solamente, sino que de lo que está hablando aquí es de su obediencia activa. Es por ésta que somos [declarados] justos… Porque, a pesar de todo el clamor en contra de esta doctrina, está escrito en el cielo y es una verdad segura y preciosa que debe ser recibida por todos los fieles: Somos justificados por la fe por la justicia de Cristo Jesús que nos es imputada. Notemos lo que Cristo ha hecho en su vida y en su muerte: Sus obras se convierten en nuestras obras y su justicia nos es imputada, de manera que somos recompensados como si fuéramos justos, mientras que él fue castigado como si hubiera sido culpable.
Un alma justificada
Por lo tanto, esta justificación es dada a los pecadores como una obra de pura gracia, siendo su fundamento la justicia de Cristo. La manera práctica de aplicarla es por la fe. El pecador cree en Dios y cree que Cristo es enviado por Dios. Acepta a Cristo Jesús como su único Salvador y, por ese acto, se convierte en un alma justificada. No es por arrepentirnos que somos justificados, sino por creer; no es por sentir profundamente la culpabilidad del pecado; no es por los amargos sufrimientos y aflicciones debido a las tentaciones de Satanás; no es por la mortificación del cuerpo, ni por renunciar al yo; todo esto es bueno, pero el acto que justifica es poner los ojos en Cristo. Nosotros, no teniendo nada, siendo nada, no pudiendo jactarnos de nada, sino estando totalmente vacíos, ponemos nuestra confianza en Él, de cuyas heridas mana la sangre que da vida. Cuando confiamos en Él, vivimos y somos justificados por su vida. Hay vida en una mirada de fe al crucificado, vida en el sentido de la justificación. Aquel que un minuto antes de su encuentro con Cristo era un criminal condenado, digno solo de ser llevado al lugar de donde vino y sufrir la ira divina, por un acto de fe es inmediatamente heredero de Dios, juntamente con Jesucristo, habiendo sido cambiado de la posición de condenación a la de aceptación, ¡de modo que ya no teme la ira de Dios! La maldición de Dios no puede tocarlo, porque Cristo fue hecho maldición por él, como está escrito: “Maldito todo el que es colgado en un madero” (Gál. 3:13).
Ahora bien, en cuanto a esta gran misericordia de justificación, podemos decir que es instantánea… El ladrón en la cruz fue limpio en el instante en que confió en Cristo tan ciertamente como que ya está en el Paraíso con Cristo. La justificación no es más completa en el cielo de lo que lo es en la tierra. Sí, prestad atención… La justificación nunca se altera en el hijo de Dios. Dios lo pronuncia inocente, e inocente es. Jehová lo justifica y su santidad no puede mejorar su justicia ni sus pecados disminuirla. Está en Cristo Jesús, el mismo ayer, hoy y por los siglos, tan aceptado en un momento como en otro, tan seguro de la vida eterna en un instante como en otro. ¡Oh, cuán bendita es esta verdad: Justificado en un momento y justificado completamente!
Tomado de un sermón predicado el domingo a la mañana, el 30 de abril de 1865, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres, Inglaterra.
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Charles H Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.