En BOLETÍN SEMANAL

Es un asunto profundamente lamentable el que con frecuencia, los jóvenes no estén muy dispuestos a escuchar los consejos de sus mayores… Sin embargo, debemos desear con vehemencia que las lecciones de sabiduría que la experiencia le ha impartido a un grupo de hombres se pongan al alcance de aquellos que vienen después de ellos. Por esta razón, hemos decidido impartir a la próxima generación unos pocos y breves consejos sobre temas que son de profunda y reconocida importancia para todos. Pero antes de comenzar, deseamos asegurarles que nuestro objetivo no es interrumpir sus diversiones inocentes ni privarlos de cualquier diversión que no pueda ser considerada como injuriosa a sus intereses. Deseamos acercarnos a ti, querido joven, como amigos afectuosos, y no como maestros dogmáticos o críticos severos. Por esta razón solicitamos tu atención paciente, cándida e imparcial a los siguientes consejos:

Un carácter cristiano coherente

Esfuérzate por tener un carácter cristiano coherente. Existe una belleza en la coherencia moral que se asemeja a la simetría de un edificio bien proporcionado, en el cual no hay carencias ni redundancia. La coherencia sólo se puede adquirir y mantener al cultivar cada parte del carácter cristiano… No es frecuente que se nos permita ser testigos de un carácter bien proporcionado y equilibrado en todas sus partes; mientras que en una rama hay fuerza y hasta exuberancia, la otra puede tener un aspecto de debilidad y esterilidad. El hombre que se distingue por una clase de virtudes, en particular, es propenso a carecer de las virtudes que pertenecen a otra clase… Con frecuencia se encuentran hombres cuyo fervor brilla de forma ardiente y sobresaliente, de manera que deja a la mayoría en las sombras, pero a la vez, están completamente destituidos de la humildad, la mansedumbre y la bondad fraternal que forman una parte esencial del carácter cristiano. Algunas personas son minuciosas y meticulosas al llevar a cabo todos los ritos y deberes externos vinculados a la adoración de Dios. [Sin embargo,] son insensibles a las exigencias de la justicia y la verdad estrictas en sus [relaciones] con los demás. Por otro lado, muchos se jactan de su moralidad, pero son notoriamente negligentes en cuanto a los deberes de la fe cristiana.

Con frecuencia, los verdaderos cristianos también pueden ser culpables de incoherencia. [Esto] surge por la falta de un discernimiento claro sobre cómo se aplica la norma de la conducta moral en casos particulares. Aunque los principios generales del deber son claros y fáciles de entender por todos, la habilidad de discriminar entre el bien y el mal en muchos casos complejos es rara en extremo. Esta percepción delicada y correcta de las relaciones morales sólo se puede adquirir por la bendición divina… Es bastante común que se dé por sentado el que la moralidad cristiana es un tema tan fácil que todo estudio aplicado de ésta es innecesario. ¡Tal idea representa un error perjudicial! Muchas de las deficiencias e incoherencias de los cristianos se deben a la falta de un conocimiento claro y correcto de la norma exacta para la conducta moral. En ningún otro tema se encuentra una diversidad más grande de opinión que en el que tiene que ver con la legalidad o ilegalidad de prácticas específicas. Hasta los hombres buenos suelen enfrentarse a dificultades y dudas con respecto a cuál es el camino correcto a seguir.

Sin embargo, aunque muchos casos de incoherencia surgen porque hay ignorancia en cuanto al estándar exacto de rectitud, la mayoría deben atribuirse a una falta de cuidado y atención. Los hombres no se comportan como debieran con base en sus principios, sino que se apoyan demasiado en las costumbres, la moda y el hábito. De esta manera, se llevan a cabo muchas acciones sin cuestionar su carácter moral…

Otra causa de la incoherencia que con tanta frecuencia observamos es la prevalencia que ciertas pasiones y apetitos pueden obtener en el momento de la tentación. El poder de los principios internos de maldad no se percibe mientras que los objetos y las circunstancias que son favorables a su ejercicio están ausentes. Así como la víbora venenosa parece endeble al estar helada de frío, pero pronto muestra su maldad cuando se la acerca al fuego, el pecado a menudo permanece escondido en el corazón, como si estuviera muerto, hasta que alguna causa excitante lo provoca y éste entra en acción. Entonces, la persona se sorprende al descubrir que la fuerza de sus propias pasiones supera cualquier cosa que había imaginado previamente. Por lo tanto, en ciertas circunstancias, las personas se comportan de una forma que es completamente contraria al tenor general de su conducta. De ninguna manera es justo inferir, de un solo hecho irregular, que la persona que es culpable de tal hecho se ha comportado de una manera hipócrita en cuanto a todas las acciones aparentemente buenas de su vida anterior. La verdadera explicación es que los principios de acción que comúnmente ha podido gobernar y restringir, en algún momento de descuido o bajo el poder de una gran tentación, adquieren un poder que, en ese momento, sus buenos principios no tienen la fuerza necesaria para resistir. La persona que es habitualmente correcta y organizada puede entonces ser sorprendida en alguna falta. Como todos somos susceptibles a las mismas debilidades, debe haber una disposición para recibir y restaurar al cristiano ofensor cuando otorga suficiente evidencia al restituir el agravio.

El hombre, hasta en sus mejores condiciones en este mundo, es un ser inconsecuente. Las únicas personas en las que no podemos observar este defecto son las que por gracia viven cerca de Dios y ejercen un celo y una vigilancia constantes sobre sí mismos. Pero cuando la fe es débil y voluble, las incoherencias graves marcarán la belleza del carácter cristiano. Por esta razón, las personas jóvenes deben comenzar desde temprano a ejercer la vigilancia y a mantener sus corazones con toda diligencia, para que no sean cautivadas por sus propias pasiones ni dominadas por el poder de la tentación.

Por esta razón te aconsejo, mi joven amigo, que te esfuerces por ser consecuente. Cultiva de manera asidua cada parte del carácter cristiano para que una hermosa proporción se manifieste en tu virtud… para preservar la coherencia, es necesario estar bien familiarizados con los puntos débiles de nuestro propio carácter, conocer algo del poder de nuestras propias pasiones y estar alertas de antemano en cuanto a las ocasiones y tentaciones que podrían incitarnos a un comportamiento que sea inconsecuente con nuestra profesión de fe cristiana… Como dijo ese hombre sabio: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” (Pr. 16:32)… Aprende entonces, mi joven amigo, a controlar tus pasiones y a gobernar el temperamento desde la más temprana edad…

Un amor estricto a la verdad

Que tus [relaciones con los demás] sean caracterizadas por un amor estricto y atento a la verdad, al honor, la justicia, la bondad y la cortesía… Sé honesto, recto, sincero, una persona que cumple su palabra, fiel en todos sus deberes, bondadoso con todos, respetuoso hacia aquellos que merecen respeto, generoso conforme a tus medios, agradecido por los beneficios que has recibido y delicado en la manera de ofrecer favores… Que tu conducta y conversación estén marcadas por la franqueza y el candor, la paciencia y un espíritu de indulgencia y perdón. En resumen: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mt. 7:12)…

Gobierna tu lengua. Es probable que se cometan más pecados y se haga más daño con este pequeño miembro que de cualquier otra manera. La facultad del habla es uno de nuestros dones más útiles, sin embargo, es sumamente propenso para cometer abusos. Es por esta razón que, en las Escrituras, el que sabe controlar su lengua se le denomina como “un varón perfecto” (Stg. 3:2). De igual manera, se afirma sobre el que “se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua”, que “la religión del tal es vana” (Stg. 1:26). Las palabras que proferimos son un buen índice del estado moral de nuestras mentes. “Porque por tus palabras —dice nuestro Señor— serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mt. 12:37). Los pecados de la lengua no son solamente más numerosos que otros, sino que algunos de ellos son los más atroces que el hombre puede cometer, hasta ese pecado que no tiene perdón es un pecado de la lengua (Mt. 12:32).

No solamente debes rechazar toda profanación, obscenidad y mentira; sino que también debes empeñarte, de manera continua, para ser útil en tu conversación. Debes estar siempre preparado para impartir conocimiento, sugerir ideas provechosas, recomendar la virtud y la fe cristiana, reprender el pecado y dar gloria a Dios. Guárdate de la maledicencia. El hábito de la difamación está entre los peores que se puedan contraer y siempre indica un corazón envidioso y maligno. En vez de prostituir este miembro activo y útil al servicio de la calumnia, empléalo para defender al inocente e injuriado.

Permíteme sugerir las siguientes reglas breves para el gobierno de la lengua. Evita [el hablar demasiado]: “En las muchas palabras no falta pecado” (Pr. 10:19). Si no tienes algo útil que comunicar, mejor guarda silencio. Piensa antes de hablar… En especial, ten cuidado de decir cualquier cosa en forma de promesa sin antes reflexionar. Respeta escrupulosamente la verdad… nunca digas algo que pueda fomentar malos sentimientos de cualquier índole en la mente de otras personas. Debes estar listo para expresar buenos pensamientos cada vez que la ocasión lo permita, especialmente aquellos que puedan ser útiles para los jóvenes. Escucha las opiniones de otros respetuosamente, pero sin dejar nunca de dar testimonio —con modestia, pero también con firmeza— en contra del error. “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal… ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Col. 4:6; Ef. 4:29).

Una buena conciencia

Cultiva una buena conciencia. Si el único castigo de la maldad fuera el aguijón de la conciencia que es el resultado de las malas acciones, sería razón suficiente para inducir a toda persona entendida a evitar aquello que produce tanto dolor. Entre las miserias a las cuales la mente humana está expuesta, no hay una más intolerable e irremediable que el remordimiento de conciencia. El remordimiento tiene la característica de ser renovado cada vez que con nitidez [recordamos] la mala acción. Es verdad que la conciencia, por medio del error y una resistencia constante a sus dictados, puede embotarse: “Teniendo cauterizada la conciencia” (1 Ti. 4:2). Sin embargo, lo que aparenta ser la muerte de la sensibilidad moral no es más que un dormir. En un momento inesperado y en las circunstancias más inconvenientes, la conciencia puede despertar y ejercer un poder aún más fuerte que el que se había experimentado jamás… Los hermanos de José casi parecían haber olvidado su conducta cruel y poco natural al venderlo para ser esclavo en un país extranjero. Sin embargo, después de muchos años, cuando se encontraron envueltos en dificultades y peligros en esa misma tierra, el recuerdo de su crimen regresó rápida y dolorosamente a sus mentes, provocando confesiones mutuas de culpabilidad. “Dios —dijeron— ha hallado la maldad de tus siervos… Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia” (Gn. 44:16; 42:21).

Frecuentemente, los hombres tratan de evadir los látigos de una conciencia culpable por medio de un cambio de lugar, pero este remedio es inefectivo. El transgresor podrá cruzar el más amplio océano, escalar la montaña más elevada, enterrarse en los lugares más remotos del desierto, sin embargo, no podrá volar lo suficientemente lejos o esconderse de forma tan eficaz como para escapar de aquello que lo atormenta. En algunos casos, la agonía del remordimiento ha sido tan intolerable que el culpable de gran maldad ha preferido la “estrangulación y muerte” (cf. Job 7:15) a una vida miserable y ha huido, precipitadamente, a la presencia de su Juez… ¿Pero existe algún hombre que no haya cometido pecado y cuyo recuerdo no le cause un dolor real? Frecuentemente, estas acciones se destacan con mucho relieve al contemplar el pasado. No hay esfuerzo que pueda borrar tales cosas de la memoria. Podemos apartar la mirada del objeto desagradable, ¡pero el pensamiento doloroso volverá!…

Cuando te aconsejo, mi joven amigo, a guardar una buena conciencia, quiero decir que debes procurar obtener esta bendición inestimable por medio de una solicitud a “la sangre rociada” (Heb. 12:24). La conciencia no puede obtener la paz verdadera hasta que el alma no es justificada y el pecado perdonado. Mientras la Ley no se cumpla a nuestro favor y mientras exige venganza en contra nuestra por causa de nuestros pecados, ¿hay algo en el universo que pueda darnos paz? Pero, cuando por medio de la fe, el alma comprende la expiación y ve que es necesaria para cubrir todas las demandas de la Ley y que en la cruz, no solamente queda satisfecha la justicia, sino que se despliega de forma gloriosa, queda libre inmediatamente de la agonía de la culpa. [Entonces], “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” llena el alma (Fil. 4:7). El gran secreto de la paz genuina es, entonces, ejercer una fe viva en la sangre de Cristo…

Archibald Alexander (1772-1851): Teólogo americano presbiteriano, profesor principal de Princeton Seminary (Seminario de Princeton); nacido en Augusta County, Virginia.

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