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Efe 4:3-5…  solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.

1.- El evangelio presenta fuertes razones para la paz y la unidad

Los lazos de amor que atraen y unen a las almas no se tejen en el telar de la naturaleza; solo los fabrica la revelación divina. De forma que Pablo exhorta confiadamente a los cristianos a “guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef. 4:3).

Después el apóstol le recuerda al pueblo de Dios que solo hay “un cuerpo” (v. 4); no una entidad filosófica ni natural, sino mística —la Iglesia—, que es la suma de muchos cristianos. Si no es normal que uno de los miembros del cuerpo físico batalle contra los demás, ya que su unión los preserva en vida a todos ellos, cuánto menos lo será en el cuerpo místico.

También hay únicamente “un Espíritu” que aviva a todo cristiano verdadero, y es para todo el cuerpo de creyentes como el alma para el hombre. Sería una extraña violencia contra la naturaleza, que los miembros del cuerpo físico batallaran entre sí para echar fuera al alma, que les da vida en su unidad. Y ciertamente aún sería más perverso que los cristianos expulsaran al Espíritu Santo por la fuerza, a causa de sus contenciones. No se puede abrir una puerta más amplia para su salida.

Además, el apóstol persuade a los cristianos a conservar la unidad por “una misma esperanza de vuestra vocación”. Esta es la felicidad que todos esperamos en el Cielo. Vendrá el día, y no puede estar muy lejos, cuando nos encontraremos en amor en el Cielo para sentarnos juntos al banquete, sin envidiar lo que tenga el vecino en su plato. La plenitud de Dios será el festín, y la paz y el amor, la dulce música que lo acompañe. Entonces qué necedad es pelearnos en la tierra cuando en el Cielo festejaremos juntos. El evangelio nos invita al banquete y nos llama a esta unidad. Otras verdades están grabadas en la misma santa invitación y orden: “Un Señor, una fe, un bautismo” (v. 5), pero dejo estas para tu propio estudio.

2.- El evangelio borra las causas de la contienda

Existen dos causas principales de división entre los hijos de los hombres: la maldición de Dios, y sus propios deseos. Y en tercer lugar se presenta una solución…

a.- La maldición de Dios

La hostilidad entre las personas forma parte de la maldición que pesa sobre la humanidad a causa de la apostasía. Leemos, por ejemplo, cómo Dios maldijo la tierra por causa del hombre: “Espinos y cardos te producirá” (Gn. 3.18). Pero la maldición fue aún mayor cuando un hombre se convirtió en tan cruel espino que llegó a derramar sangre ajena. Las ortigas que tan abundantes brotan en la naturaleza belicosa del hombre de hoy, dan clara evidencia de la gravedad de la maldición divina. Algunos suponen que las rosas crecían sin espinas en el Paraíso. Ciertamente, si el hombre no hubiera pecado, ¡nunca se habría convertido en el cardo que es ahora aun la persona más espiritual de nuestros días!

El primer hombre que nació en el mundo resultó ser un asesino; y el primero que murió fue a la tumba por la mano ensangrentada del primero. La gravedad de la maldición divina sobre la naturaleza humana apareció en el corazón malicioso de Caín de forma tan irrevocable como se marchitó aquella higuera con la maldición de Cristo. Dios estaba justificado al mezclar un espíritu perverso entre los que habían manifestado un espíritu falso delante de Él; merecían que su lengua se confundiera y se contaminaran sus relaciones con las luchas y las peleas por su desobediencia a Dios.

Una vez roto el cayado “Gracia”, que representaba el pacto divino con los judíos, también se rompió el cayado “Ataduras”, símbolo de la unidad entre Judá e Israel (Zac. 11:10,14). Cuando la gente rompe el pacto con Dios, no se puede esperar que tengan paz entre sí.

Sabemos que una maldición es un decreto de Dios que condena a los rebeldes a algo malo; y para que pueda haber una esperanza de paz entre ellos, esa maldición se debe anular. Solo el evangelio puede lograrlo, porque no hay “ninguna condenación” para la persona que está en Cristo Jesús (Rom. 8:1). La maldición se borra, y ya no hay flecha en el arco de la amenaza, porque se disparó al corazón de Cristo y nunca penetrará en el de los creyentes.

A veces, sin embargo, Dios puede disciplinar a su pueblo permitiendo que reciban un trato duro a manos de otros, como una vara fuerte de castigo para hacerles caer en la cuenta de la gravedad de la desobediencia. Aun así, la maldición está anulada, y el pueblo verdadero de Dios vive bajo la promesa de la paz y la unidad.

b.- La concupiscencia de los corazones

La razón interna de la contención que hay entre los hombres es la concupiscencia que mora en ellos. Esta es la raíz que da fruto amargo de rivalidad en el mundo: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Stg. 4:1). Las pasiones rompen la paz con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

Si observamos algo como “fuego” en las nubes, esperamos una tormenta con rayos y truenos. Si hay concupiscencia en el corazón, tarde o temprano se manifestará, aunque rompa la paz de la familia, la comunidad o el reino. Antes de que pueda haber un fundamento para una paz sólida, tienen que vencerse las pasiones rebeldes. ¿Qué paz y tranquilidad puede haber cuando el orgullo, la ambición, la envidia y los celos siguen dictando el comportamiento humano?

Pero no creas que basta con frenar estas pasiones rebeldes y atarlas por la fuerza. Si la paz no surge de los corazones, la tregua no vale de nada. La cadena que ata al perro rabioso se rompe con el tiempo; igualmente, los lazos que parecen unir a la gente se romperán, si no se atan con los lazos del corazón o se quita la causa del desacuerdo.

Solo el evangelio será suficiente para sacar la plaga de la contención del corazón. Pablo testifica de la forma en que él y sus hermanos fueron sanados de las actitudes maliciosas:

Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tit. 3:3).

Y a continuación da detalles de la curación:

Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (vv. 4,5).

Quería decirnos con eso: “De no haber aparecido este amor de Dios en Cristo por nosotros, de no habernos lavado por su Espíritu regenerador, seguiríamos paralizados bajo el poder de nuestras concupiscencias”.

La mortificación es obra del Espíritu: “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom. 8:13). El evangelio es el cuchillo del sacrificio en manos del Espíritu; es la “espada” de Dios para matar el pecado existente en el corazón de su pueblo (Ef. 6:17).

c.- La gracia para parecernos a Cristo

Igual que el evangelio detiene la contención y arranca su raíz amarga, también llena los corazones de aquellos que lo abrazan con principios que les llevarán a la paz y a la unidad. Algunos de dichos principios son la abnegación, el desinterés y la mansedumbre. La abnegación hace que uno prefiera honrar a otro antes que a sí mismo. La paciencia es lo que evita que uno caiga en la provocación fácilmente. Y si la mansedumbre padece injusticia, abre la puerta para que vuelva a entrar la paz.

Podemos ver cómo crece el macizo de esas suaves hierbas en el mismo arriate: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá. 5:22,23). Ese fruto no brota por su cuenta, sino de la semilla del evangelio. Los cedros del bosque no hubieran encajado perfectamente en el Templo, si no se hubieran cortado y tallado expresamente para ese uso. Tampoco podían los árboles darse a sí mismo aquella belleza; esta operación fue obra de hombres dotados por Dios para ese fin.

Así que es imposible que las personas, con toda su capacidad y sus medios morales, formen su corazón con suficiente amor como para convertirse en un templo santo. Esta es la obra del Espíritu Santo, y Él la termina de forma única con el instrumento del evangelio, en parte suprimiendo los nudos duros de nuestra naturaleza con su gracia mortificante y, en parte, tallando, puliendo y suavizando esta con el poder que sale de Él mismo.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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