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 Apo 2:3  y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado.

1.- Esta disposición evidencia un corazón lleno de gracia

Un espíritu de gracia es un espíritu excelente. Carne y sangre nunca han dispuesto a nadie a sufrir por Dios. Aquel que puede hacerlo tiene ese “otro espíritu” que indicó que Caleb era superior a este mundo (Nm. 14:24). Un corazón carnal nunca sufrirá voluntariamente; Lutero dijo que la voluntad humana no es más libre que la libertad que da la gracia.

Mientras más carnal sea el cristiano, más torpe será para llegar a los pies de Dios. Y donde no hay más que carne, no puede haber otra cosa que indisposición para motivarle. Pero aquel cuyo corazón arde gozosamente al mandamiento de Dios, puede estar seguro de quién ha obrado en él; esta es la línea que solo Dios puede trazar en el alma.

Los egipcios decían que las mujeres israelitas eran tan vigorosas que parían a sus hijos antes de que llegara la partera. De modo que el corazón vigoroso en la gracia está dispuesto a hacer lo que Dios pida. Cumplir con su deber no requiere la presencia de “parteras” en forma de argumentos y persuasiones menores. El corazón lleno de gracia ya se ha ejercitado en el amor puro de Dios, la obediencia a su voz, y la fe en la seguridad de su promesa, tan continuamente que hasta el trabajo físicamente duro no entristece su espíritu. Mira hacia arriba y disponte a decir: “No sea como yo quiero, sino como tú” (Mt. 26:39).

El apóstol nos dice que rendirnos a la mano de Dios que nos disciplina, demuestra el espíritu de hijo: “Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos” (Heb. 12:7). Observa que no dice: “si sois disciplinados”; sino “si soportáis la disciplina”. El sufrimiento sin más nunca demuestra la adopción. Pero soportarlo con pleno valor, presto el hombro a llevar la carga con paciencia, y la esperanza de un galardón futuro, demuestran el espíritu del hijo. Esa seguridad tranquiliza, especialmente cuando el hacendado del Infierno se esfuerza por emplear la aflicción del cristiano como prueba en contra su adopción como hijo. He aquí la respuesta que tapará la boca del acusador: “Satanás, si no soy hijo de Dios, ¿por qué me rindo tan fácilmente a su disciplina?”.

2.- Un espíritu dispuesto libera a la persona

La libertad se compra por un precio. Un pájaro prefiere volar entre los árboles del bosque, aun en los meses de frío y hambre, a vivir en una jaula de oro con abundante cuidado. Algunos están tan atados por su estilo de vida terrenal, que pronto permiten que este les dicte las normas de la felicidad, y al poco tiempo son esclavos del materialismo: “El corazón de ellos anda en pos de su avaricia” (Ez. 33:31), y ya que el dinero es su amo, su corazón lo espera como un perro a los pies de su dueño.

Otros hacen reverencias a su propia reputación; no pueden disfrutar sin tener el lugar de honor allá donde vayan. Amán era de esa forma: era el favorito del rey, y recibió su anillo para sellar un decreto que mataría a miles de inocentes solo para satisfacer su ambición. Tanto se le revolvía el estómago de orgullo al ver que un pobre judío se negaba a postrarse ante él, que todos sus logros no parecían importarle: “Pero todo esto de nada me sirve cada vez que veo al judío Mardoqueo sentado junto a la puerta del rey” (Est. 5:13).

El tercer grupo está atado por el placer; todo lo que hacen es por “pasarlo bien”. Como crecen los juncos en el barro y el pez vive en el agua, estos no pueden vivir sin sus diversiones. Si los separas del ocio y el deporte, su corazón, como el de Nabal, muere como una piedra dentro de su pecho.

La libertad de espíritu de que hablamos aquí rompe todas estas cadenas y saca al cristiano de toda clase de esclavitudes; le enseña a aceptar lo que Dios le envía. Si llega la prosperidad, sabe “vivir en abundancia” (Fil. 4:12). Pero si de repente se cae de la silla del placer, su pie no se engancha en el estribo; su alma no lo arrastra tras el placer con egoísmo. Por la gracia es libre y puede prescindir de todo lo creado, mientras tenga la compañía de Cristo.

Pablo permaneció en esta libertad, que solo viene del Espíritu Santo que mora en el creyente: “Todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Cor. 6:12). Él era indiferente ante las cosas de esta vida: honra y deshonra, abundancia y necesidad, vida y muerte. Estaba convencido de que un siervo de Cristo no debe estar tan atado a la riqueza que no acepte la necesidad, ni tener tal gusto por la vida terrenal que huya del mero pensamiento de la muerte. Tampoco Pablo se dejó cansar tanto por el sufrimiento que deseara el descanso de la muerte. Un creyente rige su vida con espíritu excelente si decide afrontar y soportar las experiencias desagradables en lugar de eludirlas o evadirse de ellas.

3.- La disposición a servir prepara al cristiano para el servicio

Un cristiano no puede servir si no está dispuesto a padecer. Esto es así porque todo siervo tiene una cruz que acompaña a su llamamiento. Si nos asusta la cruz, ¿cómo vamos a servir a Cristo?

La oración es tarea diaria del cristiano, pero no hay forma de complacer a Dios con ella si no decimos: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42). Pablo fue enviado a predicar la gracia de Dios al mundo y a soportar la ira del mundo por Dios. El Señor le dijo a Ananías que había elegido a Pablo para llevar su nombre ante los gentiles y padecer grandes cosas  por su nombre. Si la predicación de Pablo, aun con su extraordinaria habilidad para endulzarla, no complacía al mundo ingrato, sería casi imposible que los que no llegamos al nivel de sus dones ganáramos al mundo sin algún reproche, desprecio y hasta persecución abierta.

Entonces, este calzado espiritual debe formar parte del equipo normal para el pie del predicador que tiene que andar entre tantas serpientes. ¿Quién sino Pablo, que venció tanto el amor a la vida como el temor de la muerte, estaría dispuesto a predicar el evangelio en la misma fosa de los leones? Me refiero a Roma, sede del cruel Nerón: “Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma. Porque no me avergüenzo del evangelio…” (Rom. 1:15-16).

En resumen, es el deber de todo cristiano hacer una profesión abierta de Cristo, y a menudo esto no se puede hacer sin correr un peligro real. Si el corazón no está decidido en cuanto a esto, la primera tormenta le hará buscar cualquier puerto antes que aventurarse en la tempestad. “Aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga” (Jn. 12:42). Tal vez lo habrían intentado si no hubiera habido oposición, pero no tenían valor para afrontar el posible desprecio.

No sirve confesar a Dios si no estamos dispuestos a ponerlo todo a sus pies. Tampoco vale la pena salir en pos de Cristo si no queremos terminar el camino con Él, sin volvernos atrás por el mal tiempo.

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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