En BOLETÍN SEMANAL

La vanidad de tu mente

La preocupación que la gente tiene por su ropa, lo que gastan en banalidades, su anhelo por alcanzar el nivel más alto en su rango, y ni hablemos de las modas cambiantes e indecorosas, demuestran en qué gastan su dinero. Quiero que estas personas piensen en lo que les voy a decir.

La manera de vestir vanidosa es el efecto indudable de la vanidad de sus mentes. Quien viste de manera vanidosa, proclama abiertamente ser persona insulsa, infantil y de escaso entendimiento. Aun los más pecadores, los que usan sólo el sentido común, consideran esta vanidad en el modo de vestir más pecaminoso de lo que ellos mismos podrían ser. Por lo tanto, es considerado comúnmente como el pecado especial de mujeres, niños y varones casquivanos y superficiales. ¡Aquellos que no tienen nada de valor interior como para recomendarlos a la sociedad son verdaderamente tontos si creen que alguna persona sabia aceptaría una capa de seda a cambio de su valor interior! La sabiduría, la santidad y la rectitud son los adornos del hombre, esa es la hermosura que embellece su alma. ¿Les parece que la gente sabia cambiaría la sabiduría, virtud o santidad por prendas de vestir exquisitas? Se pueden vestir con ropas exquisitas tanto el necio como el sabio, ¿pero crees que con esto el necio puede pasar por sabio? Cuando entró un hombre elegantemente vestido y ostentoso al estudio del famoso pintor Apelles para que le pintara un autorretrato, mientras no abrió la boca, los aprendices lo trataban con sumo respeto porque venía engalanado de encajes de oro y plata, pero en cuanto empezó a hablar, se dieron cuenta de que era un tonto. Todos le perdieron el respeto y se rieron de él.

Cuando te ven vestido de lo mejor y más extraordinario que ofrece la moda, llamas la atención, y la gente se pregunta: “¿Quién es aquella persona tan bien vestida?” o ¿Quién es aquél? Pero cuando perciben que puedes ser más superfluos e inútiles que otros, se ríen de ti y te desprecian. Tu exceso en el vestido es, justamente, la señal del necio que demuestra al mundo quién eres, tal como un letrero en un salón indica que habrá entretenimiento para el público… Si veo a alguien exageradamente esmerado en su vestir, tengo que sospechar que debe ser por algo; algo anda mal cuando es necesario poner tanto esmero y tener que generar curiosidad. ¿Cuál es el defecto que quieres esconder con esto? ¿Es una falta en tu mente?… Uno está anunciando que es un alma vacía y tonta con tanta claridad como el danzante moro o como un actor muestra quién es por medio de sus vestimentas…

Orgullo y lujuria

También puedes exhibir orgullo, lujuria o ambos cuando te observan. En otros casos, hay quienes son muy cuidadosos en esconder su pecado y consideran un insulto si los delatan y los reprenden. Entonces, ¡cómo es que están aquí tan ansiosos por dar a conocer que llevan las señales de la lujuria y la vanidad a la vista de todos! ¿Acaso no es una deshonra para los pillos y ladrones tener que llevar la señal de su transgresión estampada con fuego en la mano o en la frente o tener que andar con un anuncio prendido a la ropa en la espalda que declara sus crímenes para que todos los que lo ven digan: “Allí está un ladrón, y allá anda un perjuro “? ¿No es muy similar que lleves la etiqueta del orgullo o lujuria por las calles y a las reuniones?

¿Por qué anhelas ser tan exquisito, prolijo o bien parecido? ¿Acaso no es para atraer las miradas y para que los demás observen tu prestancia? ¿Y con qué fin? ¿Acaso no es para dar la impresión de ser ricos, hermosos o elegantes? ¿Para qué fin quieres que los demás tengan esta impresión de ti? ¿No sabes que este deseo es un reflejo del orgullo mismo? ¡Necesitas ser “alguien” y quieren ser notados y valorados! Quieren que los consideren como del mejor o más alto rango que puede haber. ¿Qué es esto sino orgullo?

¡Espero que sepas que el orgullo es el pecado del diablo, el primogénito de toda iniquidad y que el Padre celestial lo aborrece! ¡Sería más meritorio para ti, a los ojos de los sabios, proclamarte mendigo, borracho o idiota, antes que proclamar tu orgullo! Con demasiada frecuencia demuestran un dejo de lujuria al igual que de orgullo, especialmente si eres de los jóvenes. Pocos son más propensos que estos a caer en este pecado. Estos modos de vestir provocativos y exquisitos no son más que el fruto de una mente insolente y desvergonzada; es claramente una manera de flirtear y atraer. ¡No es por nada que quieren que los vean y los crean guapos! ¿Es que en realidad quieres algo?; ¡puedes imaginarte qué! Aun los casados —si valoran su reputación— deberían cuidarse de que sospechen de ellos.

Si eres culpable de desvaríos, orgullo y lujuria, lo mejor que puedes hacer es buscar en Dios un remedio efectivo y usar los medios útiles para tu curación, no los que tiendan a empeorarlo y aumentarlo, como de hecho lo hacen las indumentarias tan extravagantes e inapropiadas. Pero si no quieres curarte, escóndelo por vergüenza. ¡No le digas a todos lo que hay en tu corazón! ¿Qué dirías de alguien que camina por la calle diciéndoles a todos los que encuentra: “Soy ladrón” o “soy fornicario”? ¿No les parecería que es más que insolente? ¿Y cuánto se parece éste al que escribe en su propia espalda: “¡Desquicio, orgullo y lujuria!” o les anuncia con su manera de vestir: “¡Miradme! Soy tonto, soberbio y lujurioso”?

Si eres tan fatuo como para pensar que usar ropa llamativa te hace digno de honra, tienes que considerar también que esto no es más que mendigar vergonzosamente la honra de los que te ven, cuando en realidad no les muestras nada de lo que te crees. La honra tiene que ser el resultado de una conducta ejemplar, no por mendigarla, porque no es honra lo que se da a los que no la merecen… Vestirse llamativamente demuestra tan abiertamente el deseo de ser estimado y honrado que les anuncias a todos los que sí tienen sabiduría que no eres merecedor de ella. Porque cuanto más estima quiere el hombre, menos la merece.

Por tu modo de vestir, anuncias al mundo que quieres honra, tan clara y tontamente como si le dijeras a alguno por la calle: “Te pido que pienses bien de mí, que me consideres una persona elegante, agraciada que está muy por encima de la gente común”. ¿No te

Su ropa revela su corazón

reirías del que le hiciera una petición así? Pues, ¿no es lo mismo lo que haces cuando, con tu modo de vestir estás rogando que te estimen? ¿Por qué, dime, debo estimarte? ¿Es por tu ropa? Ay, puedo ponerle un encaje de plata a una escoba o una camisa de seda a un poste o a un asno. ¿Es por el cuerpo que tienen? ¡Ay, el malvado Absalón era hermoso y las rameras más viles han tenido un cuerpo tan perfecto como el tuyo! Un cuerpo bonito o un rostro hermoso, muchas veces, muestra el alma, pero nunca la salva del infierno. El cuerpo nunca es más elegante por su vestido, por más que lo parezca. ¿Quieres ser estimado por tus virtudes? El orgullo es el peor enemigo de la virtud y una deformidad tan grande del alma como lo es del cuerpo la viruela. Y los que te creen [más digno] porque vistes un traje nuevo o un encaje de plata saben de la dignidad tan poco como tu. Por lo tanto, deja de mendigar estimación por los medios que incitan al sabio a rechazarlos. Deja que la honra llegue sin mendigarla o confórmate sin ella.

Consideren también que la ropa llamativa es contraproducente para los fines que tienen los soberbios. Confieso que, a veces, atrapa al necio y satisface así los anhelos del lujurioso, pero rara vez consigue éste su propósito. Su deseo es ser considerado mejor que otros, pero la mayoría piensa todo lo contrario. El hombre sabio tiene más discernimiento como para creer que un sastre puede fabricar sabiduría en un hombre o en una mujer, u honestidad en un hombre o en una mujero distinción en un hombre o en una mujer. El hombre bueno le tiene lástima, lamenta sus disparates y defectos, y le desea sabiduría y humildad. A los ojos del hombre sabio y lleno de gracia, el pobre cristiano abnegado, humilde, paciente y celestial vale mil de esos postes artificiosamente pintados y esos pavos reales soberbios. Y es así que llegamos a la conclusión de que los impíos mismos ven frustradas sus propias expectativas, porque, así como al codicioso no le gusta la codicia en otro porque codicia más para él mismo, al orgulloso no le gusta el orgullo en otros porque no quiere nada de competencia o lo quiere sobrepasar en cuanto a posición y procura que lo prefieran antes que a los otros…

Un terrón de lodo tibio

Por último, te ruego que no olvides lo que estás haciendo con tanto cuidado y lo qué es ese cuerpo que tanto adornas, que te enorgullece tanto ante el mundo y que exhibes tan atractivamente vestido. ¿No te conoces a ti mismo? ¿Acaso no eres más que un terrón de lodo tibio y grueso lo que quieres que los hombres vean y honren? Cuando el alma que descuidas te deje, tendrás entonces otra vestidura. Ese pequeño espacio de tierra que habrá de recibirte se contaminará de tu inmundicia y corrupción, y los más queridos de tus amigos ya no querrán saber nada de ti. No hay peor podredumbre en la tumba que ese cuerpo muerto que desciende al sepulcro adornado y pintado, y muy poco tiempo después de su muerte es la más repugnante carroña.

Mientras tanto, ¿qué eres? Bolsas de inmundicia y sepulcros vivos mezclados entre la carne de otros seres creados que se corrompen diariamente. Son pocos los días en que la mayoría de la gente no ingieren carne animal que queda en sus cuerpos como en una sucia sepultura; allí se quedan y corrompen; en parte lo digieren transformándolo en nutrición y el resto es echado fuera [como excremento]. Es así que andan como sepulcros blanqueados; su ropa exquisita son las coberturas adornadas de suciedad, flema y excremento. Si pudieran ver lo que hay en el interior del engalanado más orgulloso, dirían que su interior es infinitamente distinto a su exterior. ¡Puede haber cien gusanos [adentro, consumiendo] a la bella doncella o al necio adornado que vive para ser admirado por su manera llamativa de vestir! Si un poco de la [inmundicia] interior se transformara en sarna o viruela, verías la realidad dentro del que tanto se adorna.

¡Fuera, pues, de esas vanidades; no seas niño todo los días de tu vida!… Avergüénzate de que alguna vez fuiste culpable de tanta necedad como para creer que la gente te honraría por lo que vistes, ¡por esa ropa que se sacas de noche y te pones por la mañana! ¡Oh, pobres ilusos, polvo y carne para los gusanos! Deja a un lado tu necedad y conócete a ti mismo. ¡Busca aquello que te puede prodigar una estima merecida y perpetua, y asegúrate de recibir la honra que viene de Dios!

¡Fuera con los adornos engañosos [y exhibicionistas], y procura tu verdadero valor interior! La gracia no se demuestra ni es honrada por las ropas finas, sino que es velada, oprimida y deshonrada por los excesos. ¡La verdadera gloria es la gloria interior! La imagen de Dios tiene que ser la belleza principal del hombre: Haz que eso sea lo que brille en la santidad de tu vida y serás verdaderamente honorable.

Tomado de “A Treatise of Self-Denial” (Un tratado sobre abnegación) en Baxter’s Practical Works (Obras prácticas de Baxter), Tomo 3, reimpreso por Soli Deo Gloria, un ministerio de Reformation Heritage Books, www.heritagebooks.org.

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Richard Baxter (1615-1691): Predicador y teólogo puritano inglés; nacido en Rowtron, Shropshire, Inglaterra.

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