En ARTÍCULOS

 Es imposible saborear la vida si no se está dispuesto a perderla. Dos consideraciones nos revelan esta paradoja:

a.-  Ausencia del temor

Donde hay temor, siempre habrá tormento. Hasta un ciervo que viva rodeado de pasto estará delgado a causa de su ansiedad. Y todos los que permitan que un buitre se cebe continuamente en ellos, también estarán espiritualmente delgados. Nada destruye el gozo como el temor a perder lo que ya se tiene; por esta inseguridad la persona se vuelve su peor enemigo. El asesino mata una vez, pero el que medita en sus miserias se mata mil veces, cada vez que el temor entra en su mente.

Una vez que el cristiano se pone esta pieza de la armadura llamada “el evangelio de la paz”, su alma está preparada para el peligro y la muerte. Se encuentra sentado en el banquete divino que Dios le ha dado por su providencia, y lo disfruta plenamente sin temer la llegada de un mensajero con malas noticias. Hasta puede hablar de la hora de la muerte sin que su gozo disminuya un ápice, como creen los carnales que debe de ser. Para estos, la mera mención de la muerte en una charla “normal,” es como el paño mojado que Hazael echó sobre el rostro del rey. El impacto del tema disipa los pensamientos placenteros que dominaban la conversación hacía escasos momentos.

Por otra parte, el cristiano con corazón preparado nunca saborea mayor dulzura en los consuelos de la vida que al mojar estos bocados en meditaciones de la muerte y la eternidad. No le causa mayor pena pensar en perder la vida, que apartar el primer plato para dar lugar al principal. David estaba tan poco atado a este mundo que pudo decir: “No temeré mal alguno”; aun en el “valle de sombra de muerte” (Sal. 23:4).

¿Y Pedro? ¿Conocía el secreto de la paz? Durmió tranquilo, atado entre dos soldados en la cárcel, la noche antes de que Herodes “iba a sacarlo” para ser ejecutado (Hch.12:6). Ciertamente, no son condiciones idóneas para el descanso, pero estaba tan dormido que el ángel tuvo que tocar su costado para despertarlo. Pongo seriamente en tela de juicio que Herodes durmiera tan bien aquella noche como su prisionero. Sin duda este “apresto del evangelio de la paz” le daba a Pedro tan divino descanso. Por su disposición a morir le era posible dormir. ¿Por qué preocuparse si lo peor que podía hacerle la muerte era llevarlo al descanso eterno en los brazos de su amado Señor?

b.- Seguridad del cuidado de Dios

Mientras más dispuesto esté el cristiano a sufrir por Dios, o a causa de lo que Dios permite, más se complace Él en cuidarlo. Un buen general se ocupa más de aquel soldado que menos valora su propia vida. Cuanto menos valiosos considere el cristiano su propia vida y sus intereses por causa de Cristo, más cuida Dios de evitarle el sufrimiento, o de guardarle en medio del mismo. Cristo tenía ambas bendiciones en mente cuando dijo: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mt. 16:25).

Abraham estaba dispuesto a ofrecer a su hijo, y Dios al final no se lo permitió. Pero aunque el Señor deje que el enemigo dé muerte a sus hijos, separando el alma del cuerpo, Él demuestra su cuidado paternal. El Padre recoge la sangre y declara al mundo cruel que la derramó: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos” (Sal. 116:15).

Así vemos que al rendirnos a la voluntad de Dios aseguramos su cuidado, pase lo que pase. ¿No resulta la vida más cómoda cuando nos quitamos de los hombros la pesada carga del temor para pasársela al Padre? Aquella pobre viuda nunca prosperó más que cuando el profeta le pidió toda la comida que tenía. Como premio de su fe, Dios hizo un milagro (1 R. 17:12-13). Cuando uno por fin llega a los pies de Dios y puede rendirse sinceramente, dice: “Señor, aquí estoy, dispuesto a darte todo lo que soy y tengo; mi voluntad se hará cuando tu voluntad se haga en mí”; y entonces el Señor se obligará a cuidar de aquel alma.

¿Por qué hay tan pocos cristianos?

  1. Dios llama a todo cristiano a prepararse para sufrir

La genuina disposición a sufrir reduce el número de verdaderos creyentes en las filas de cristianos profesantes; elimina aquellos cuyo andar no va más allá de una profesión barata. Cualquiera que mire hoy los centros del cristianismo atestados de gente y encuentre multitudes que van en pos de la Palabra, bien puede preguntarse por qué los pastores dicen que dicha compañía de cristianos es tan pequeña, y puede pensar que los que dicen tales cosas no ven el bosque por causa de los árboles. Esta misma situación hizo que uno de los discípulos le preguntara a Jesús: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (Lc. 13:23). En esa época Cristo “pasaba por ciudades y aldeas, enseñando, y encaminándose a Jerusalén” (v. 22). Cuando sus seguidores observaban que predicaba libremente en cada lugar, y cómo le seguía la gente con expresiones de esperanza, parecía casi increíble que pocos se salvaran.

Fijémonos en cómo el Salvador resolvió esta dificultad: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán” (v. 24). Cristo dijo que sus discípulos medían con la regla equivocada. En esencia decía: “Si ir en pos de sermones, testimonios y emociones fuera suficiente para salvarse, el Cielo ya estaría lleno. Pero no separo a los puros de los impuros con una criba tan gruesa. Esforzaos para entrar; luchad y arriesgad cuerpo y sangre para no quedar fuera del Cielo”. “Os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”. Esto es, que buscan una religión barata y una fácil profesión.

Casi cualquiera está dispuesto a pasar por la puerta del Cielo si nunca tiene que arriesgar su orgullo en público, ni peligran sus intereses cotidianos por inconveniencia ni oposición del mundo. Pero “no podrán” pasar porque sus corazones no están dispuestos a resistir hasta la sangre. Si tomamos como norma el esforzarnos, y no solo el buscar, el número de cristianos menguará como el ejército de Gedeón, para quedar en una tropa reducida. De hecho, hay varias clases de cristianos (en el sentido más amplio del nombre) que nunca se han puesto este calzado del evangelio y, por tanto, con toda seguridad tropezarán en el camino.

2.- Muchos se niegan a ponerse el calzado del evangelio

a–El cristiano ignorante

Es triste, pero hay muchos creyentes que no tienen luz en cuanto a la identidad de Cristo y su obra por ellos. Entonces, ¿cómo van a amar lo suficiente a un Cristo que ni siquiera conocen como para seguirlo a través de privaciones? Nabal pensó que había dado una respuesta racional a los siervos de David cuando estos le pidieron ayuda: “¿He de tomar yo ahora mi pan, mi agua, y la carne que he preparado para mis esquiladores, y darla a hombres que no sé de dónde son?” (1 S.25:11). Decidió que el regalo que le pedían era demasiado grande para un desconocido. Es casi imposible que el ignorante ofrezca su propia vida si se le llama a sufrir por mandato de Cristo.

Pablo dice que su conocimiento de Cristo fue la razón de no avergonzarse del sufrimiento: “Porque yo sé a quién he creído” (2 Tim. 1:12). Los samaritanos, un pueblo mezclado tanto en raza como en religión, reclamaban un parentesco con los judíos mientras todo iba bien. Pero cuando el pueblo de Dios empezó a sufrir, se separaron de nuevo. Había este mismo espíritu cobarde en la gente a quien Jesús reprendió: “Vosotros adoráis lo que no sabéis” (Jn. 4:22). El cristianismo los atrae temporalmente porque se aferran a él a ciegas.

b–Los mundanos

Estos insisten en mantener sus pasiones y profesar a Cristo a la vez; son una generación sin más prueba de su cristianismo que lo superficial. No hay prueba alguna que demuestre que sean seguidores de Cristo. ¿Podemos dar por sentado que están dispuestos a sufrir por el evangelio? Por supuesto que no, ya que ni siquiera llevan el yugo de Cristo, cuánto menos su carga. Los que se niegan a hacer nada por Cristo, seguramente nunca morirán por él; seguro que no lucharán hasta la sangre si no quieren sudar siquiera.

c–El profesante aprovechado

El credo fundamental de este es salvarse, no solo del pecado, sino del peligro. Estudia los tiempos más que la Palabra, y urde estrategias para trazar su rumbo y ordenar su profesión en consecuencia; igual que el erizo de bosque, ¡su casa siempre está orientada hacia el sol!

d–El profesante codicioso

Algunos están tan llenos de proyectos mundanos que sufrir por Cristo les es muy ajeno. Recordarás lo que dijeron los egipcios acerca de Israel: “Encerrados están en la tierra, el desierto los ha encerrado” (Ex. 14:3). Este es el caso de los profesantes codiciosos: están atrapados por el mundo y el desierto les cierra el paso. Por tanto, no pueden seguir a Cristo, como no puede andar el que tiene el pie en un cepo.

Nuestro Salvador, hablando de las miserias futuras de Jerusalén, avisó: “¡Ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días!” (Mt. 24:19). Obviamente les costaría más escaparse del peligro inminente. ¡Cuánto peor será el juicio de aquellos que están sumidos en el mundo cuando llegue el día de la persecución! Les será casi imposible huir de la tentación en las pruebas que amenazan la vida. Realmente, estas personas ya han escogido; su corazón está puesto en el mundo, y no podrán abandonarlo por Cristo.

e–El profesante arrogante

La arrogancia no es el calzado del evangelio: “Nadie será fuerte por su propia fuerza” (1 S. 2:9). El que tiene una gran opinión de sí mismo está lejos de la santidad y la humildad. Durante una época de persecución de los creyentes, un hombre juró que estaba tan liberado de la carne por amor a Cristo, que prefería dejarse quemar vivo a volver a caer en el error. Pero la carne pudo más que el juramento, y la cobardía al final le hizo renegar de la fe para salvar su piel. Los que se glorían en el valor personal al vestirse la armadura, seguramente se la quitarán avergonzados. “Engañoso es el corazón, más que todas las cosas” (Jer. 17:9); es como un Jacob que se suplanta a sí mismo. El que no sabe la talla de su propio pie no podrá ponerse bien este calzado espiritual.

  •  – – – –

Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

Al continuar utilizando nuestro sitio web, usted acepta el uso de cookies. Más información

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra POLÍTICA DE COOKIES, pinche el enlace para mayor información. Además puede consultar nuestro AVISO LEGAL y nuestra página de POLÍTICA DE PRIVACIDAD.

Cerrar