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La paz que el evangelio da al corazón prepara al santo para pasar toda prueba que se le presente en la vida cristiana. El que vive en esta paz es el único que va calzado y está preparado. Solo Cristo puede calzar al cristiano para que camine fácilmente por un camino duro, porque lo recubre de la paz del evangelio. Aun cuando hay piedras en el camino, este calzado se interpone entre ellas y el pie, y los obstáculos no se sienten apenas.

Salomón nos dice que los caminos de la sabiduría —esto es, de Cristo— “son caminos deleitosos”. ¿Pero cómo será siempre así cuando sabemos por experiencia que algunos de esos caminos conducen al sufrimiento? La Escritura responde: “Y todas sus veredas [son] paz” (Pr. 3:17). Debido a la paz con Dios y con la conciencia, al justo no le falta el placer. David, por ejemplo, se acostaba satisfecho sin haber cenado otra cosa que la alegría que Dios había dado a su corazón. De hecho, se prometió mejor descanso que los que están llenos de placer mundano:

Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto. En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado (Sal. 4:7,8).

La paz que disfrutaba la conciencia de David también reconfortaba su cuerpo: “Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba” (Sal. 3:5). David tenía este dulce descanso no solamente en su palacio real de Jerusalén, sino también cuando huía de su desnaturalizado hijo Absalón para salvar su vida y, posiblemente, se acostaba en el campo abierto. Buena almohada debió de haber sido aquella que le hacía olvidar el peligro personal, cuando un ejército desleal le perseguía.

Esta paz del evangelio es tan trascendente que hace que el creyente se acueste y disfrute al dormir, tanto en la tumba como en la mejor cama. Algunos hijos de Dios han deseado que el Señor les diera el descanso de la tumba, no por estar hartos del dolor como Job, sino por la profunda paz triunfante de su corazón: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación”, canta Simeón (Lc. 2:29-30). Este siervo de Dios habló como el mercader que por fin carga su género en el barco y llama al capitán para izar velas y zarpar hacia casa. ¿Por qué el cristiano, que es un extraño y un advenedizo aquí, quiere permanecer en este mundo, si no es para completar la carga para el Cielo? La seguridad de la paz con Dios es el viento que hincha la vela y lleva la carga al hogar.

La paz del evangelio y el conocimiento del amor de Dios dan tanto poder a los creyentes que el Padre a menudo les hace probar este fuerte licor antes de llevarlos al calor de la batalla. Por ejemplo, Dios hizo salir a Abraham de su tierra natal, pero prometió llevar el corazón de su siervo hasta sus mismos pies divinos. Jacob huyó a Padan-aram para escapar de la ira del hermano cuyos pensamientos ya lo habían asesinado. Pero Dios consoló a aquel peregrino con una dulce visión evangélica al mostrarle un símbolo de Cristo y de su obra reconciliadora.

Entonces, la suma de toda la obra de Dios por su amado Jacob fue esta: “Tu hermano Esaú te odia, pero en Cristo tú y Yo somos uno. Sí, tu tío quiere hacerte mal, pero no le temas. Estoy en paz contigo, y por Cristo tendrás el cuidado especial de mis ángeles para defenderte adonde vayas”.

Antes de que los israelitas estuvieran listos para marchar de Egipto hacia el desierto, donde su fe se vería grandemente probada, Dios los agasajó con un festín para prepararlos: la Pascua, que era un tipo de Cristo. Cuando los mismos discípulos de Jesús se encontraban al borde del momento de tristeza que su muerte inevitablemente iba a aumentar, los invitó a la ordenanza de su preciosa Cena.

El perdón de sus pecados, sellado en sus almas por esta ordenanza, los fortaleció para acoger el sufrimiento con corazones preparados. Entonces, ciertamente la provisión más importante de Cristo para sus discípulos no fue dejarles un mundo tranquilo, sino armarlos contra el mundo volátil y problemático. Lo hizo al satisfacerles con el amor del Padre; les legó su paz y derramó sus dulces consuelos en sus corazones. Prometió que en cuanto llegara al Cielo pediría al Padre que enviara al Consolador. Obsérvese que no los envió antes a luchar con el mundo airado, sino que los mandó que se quedaran en Jerusalén hasta recibir el poder del Espíritu Santo. Ahora te mostraré algunas de las maneras como esta paz del evangelio prepara al cristiano para el sufrimiento.

1.- La paz del evangelio eleva al creyente por encima del peligro

Si alguien estuviera persuadido de que podría pasear tan tranquilamente por el fuego como por su jardín, no temería lo uno más que lo otro. O si tuviera una armadura secreta a prueba de todo golpe o munición que viniera contra él, no vacilaría en ponerse ante las armas más formidables del mundo.

El cristiano que tiene paz para con Dios está investido de una protección mucho más eficaz. Venga el sufrimiento de Dios, del hombre o del diablo, “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”, dice Pablo (Fil. 4:7). El creyente está completamente rodeado de benditos beneficios, de modo que se encuentra tan seguro como el habitante de un castillo inexpugnable.

2.- Quien tiene paz con Dios es hijo de Dios

Una vez que el creyente experimenta el precioso amor de Dios, no teme la aflicción ni el sufrimiento; sabe que el Padre no dañará a sus propios hijos. A veces he meditado acerca de la paz y la paciencia de Isaac, al permitir que le ataran como sacrificio y ver el cuchillo tan cerca de su garganta. Sabemos que no era un niño pequeño, ya que Abraham le pidió que llevara el hato de leña. Algunos dicen que pudo haber tenido más de 20 años, y seguramente tenía edad para temer a la muerte. Pero el hijo confiaba tanto en la autoridad de su padre que no se resistió, sino que confió su vida en sus manos. Si otro hubiera empuñado el arma, no habría confiado así. Hay que recordar que, sea quien sea el instrumento de la prueba para un cristiano, la espada siempre está bajo control divino. Cristo vio la copa en la mano de su Padre, y la aceptó voluntariamente.

3.- El alma que tiene paz con Dios es heredera de Dios

El parentesco con el Cielo conlleva este beneficio: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom. 8:17). Este privilegio pone al creyente por encima de todo temor del sufrimiento que pueda tener. Un poco de dulce meditación en esta verdad levantó el alma de Pablo hasta el punto de que las pruebas de esta vida no podían desanimarlo: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (v. 18). Se negaba a permitirse a sí mismo o a cualquier otro creyente rebajar la herencia o el amor de Dios que le legó esta gloria, mirando exclusivamente la severidad del sufrimiento. Es como si preguntara: “¿Nos ha hecho Dios sus herederos y nos ha dado el Cielo para que nos sentemos a llorar por unos problemas menores en esta corta vida? ¿Qué importancia puede tener el sufrimiento, comparado con la vasta eternidad que pasaremos adorando a los pies de Jesús?”.

Estaríamos limitados a un espíritu pordiosero si fuésemos derrotados por uno o dos contratiempos: ¡mísero cristiano aquel que llora y se queja por la cruz que lleva en esta vida! Hay que concluir que tal persona, o no heredará nada en la eternidad, o tiene poco conocimiento de lo que realmente le espera.

4.- La paz del evangelio hace invencible la fe

Nada hay demasiado difícil de creer para el cristiano que lleva el perdón en la conciencia y la paz en el espíritu. Puesto que Dios sabía que Moisés se enfrentaría a problemas insuperables (en términos humanos) al conducir a Israel a Canaán, reveló su gran poder al principio de la obra de su siervo. La vara que se convirtió en serpiente para volver a ser vara, la mano leprosa restaurada, fueron santas manifestaciones del favor de Dios para con sus elegidos en la crisis más desesperada.

Cuando Dios comisiona a un creyente, lo hace con tal testimonio de su gran poder y amor que la fe de la persona no se puede destruir. La misericordia perdonadora ha convertido la serpiente de la ley, con su amenaza de mordedura mortal para el pecador, en la vara florida del evangelio, que da dulce fruto de paz y vida. A fin de cuentas, ¿cuál es el mayor milagro, la restauración de la mano leprosa de Moisés o la purificación del corazón leproso del pecador cuando es lavado en la sangre de Cristo?

Este gran milagro de la misericordia, allí donde sea aceptado, facilita para el creyente la confianza en Dios en un mar de sufrimientos temporales, y el seguirle por el desierto del dolor. Ya que la seguridad de la misericordia perdonadora de Dios guiaba la fe de David como el timón controla el barco, su confianza siguió su rumbo durante el proceso de la liberación divina. Encontramos evidencias de su paz con Dios en este testimonio de reconciliación: “Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal. 32:5). Nótese a qué alturas llega David aun en los momentos de ansiedad: “Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás” (v. 7). La mayor liberación espiritual le da confianza para las pruebas menores de la vida.

5.- La paz con Dios llena el corazón de amor a Cristo

El amor del cristiano por Cristo se enciende con el amor de Cristo por él. Mientras más arda el amor de Cristo en su corazón, más fuerte será la corriente de este amor hacia él. Jesús dijo que a quien mucho se le perdona, mucho ama. Y cuanto más ama, menos teme el sufrimiento.

La mayoría haríamos cualquier cosa por un buen amigo. Cuando Cristo les dijo a sus discípulos que Lázaro había muerto, Tomás quiso morir juntamente con él. El amor es tan fuerte como la muerte. Pablo dijo: “Pudiera ser que alguno osara morir por el bueno” (Rom. 5:7). Cuánto más, entonces, la persona llena de gracia estará dispuesta a sacrificar su vida por su buen Dios: “Tu nombre es como ungüento derramado; por eso las doncellas te aman” (Cnt. 1:3). El nombre de Cristo se difunde cuando el amor de Dios en él se derrama en el corazón; y cuando esta caja preciosa se rompe, su dulce olor impregna el corazón y quita el hedor aun de la cárcel más infame de la tierra.

El fuego celestial del amor de Cristo, irradiando con fuerza en el alma, no solo apagará el fuego del amor carnal, sino también el fuego infernal del temor. ¿Qué es lo que hace que los pensamientos de la muerte sean tan repulsivos cuando nos vienen junto con las intrigas de la persecución? Seguramente este temor estriba en la culpa y el desconocimiento de todo lo que Cristo ha hecho para “librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (He. 2:15).

6.- La paz con Dios fomenta la abnegación

La abnegación es una virtud tan necesaria para el sufrimiento, que Cristo carga sobre ella todo el peso de la cruz: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mr. 8:34). Algunos creyentes, como Simón de Cirene, pueden verse obligados a llevar la cruz de Cristo solo una parte del camino. Pero el cristiano abnegado caerá de rodillas y esperará que Cristo le ponga esta carga.

Hay dos formas en que la paz con Dios da poder al cristiano para la clase de abnegación que ha de prepararle para el sufrimiento.

a.- Esta paz ayuda al cristiano a negarse a sí mismo en su ser carnal.

El pecado bien se puede llamar “el yo”, porque está tan unido a nosotros como el propio cuerpo humano. Es tan difícil mortificar una pasión como cortarse una pierna o brazo. Pero cuando Cristo y el creyente tienen juntos un banquete con el “maná secreto” del perdón y la paz, él puede pedir la cabeza de la concupiscencia más soberbia de todas, y recibirla con menos dolor por parte del creyente del que Herodías sintió al exigir la cabeza de Juan Bautista.

No hay otra llave como el amor para abrir el corazón. Cuando el amor llama a la puerta y manifiesta la bondad, hay poco temor de rechazo. Ester persuadió el corazón de su marido en contra de su enemigo Amán, mostrando su fuerte amor por Asuero en el banquete. Dios demuestra su amor por el cristiano cada vez que lo invita al festín de su evangelio. Ciertamente ese es el momento cuando triunfa con sus hijos para enviar al maldito amalecita al cadalso; esto es, para hacer morir la carne.

Después de que las benditas palabras del perdón de Jesús cayeran en el corazón apenado de María Magdalena, ¿crees tú que alguien la habría persuadido a abandonar a su amor y abrirle la puerta a alguno de sus antiguos amantes, volviendo a la prostitución? ¡Escogería primero el martirio! Aquel amor que hace al cristiano negarse una pasión le hace aceptar la cruz.

b.- Esta paz capacita al cristiano para rechazar los placeres carnales.

El grado en que uno arda en deseo por los placeres mundanos, será el grado en que temblará de frustración cuando Cristo le exija que los abandone. Los placeres carnales debilitan al guerrero cristiano más valiente hasta no poder enfrentarse al enemigo.

La paz del evangelio insensibiliza el corazón cristiano a las tentaciones mundanas, de forma que puede rechazar los beneficios más tentadores que le ofrezca la carne. Pablo lo expresó de esta manera: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gál. 6:14). Su corazón estaba muerto para el mundo, y la cruz de Cristo era el arma que había infligido una herida mortal a sus pasiones carnales.

Tiempo hubo cuando Pablo amaba al mundo como el que más. Pero cuando la misericordia de Dios perdonó sus pecados y lo recibió en favor y comunión consigo, abandonó sus pasiones para dejar que el Rey y Señor celestial reinara con paz en su alma.

Nadie puede desechar la sed de placeres carnales tan pronto como aquel que acerca la boca a la fuente del amor de Dios mismo. Una esposa amante puede olvidar a sus amigos y la casa de su padre para seguir a su marido hasta el desierto o la cárcel. ¿Con cuánta más facilidad debería despedirse un cristiano de la vida misma para seguir a Cristo, especialmente cuando el Consolador derrama en él la dulce presencia del gozo en las situaciones más críticas?

7.-  La paz con Dios fomenta el don de la paciencia

El sufrimiento no es gravoso para un cristiano paciente. De hecho, se ha dicho que la paciencia es la virtud que digiere la aflicción y la convierte en alimento sano. Los estómagos débiles prefieren una dieta blanda, pero los fuertes nunca rechazan lo que se les ponga delante; toda comida les es igual.

Algunas cosas son duras de digerir espiritualmente: la afrenta, la cárcel y la muerte, por nombrar algunas. “Pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (Mt. 13:21). Normalmente esta clase de aflicción no cae bien en el estómago de una persona de espíritu débil, sino que le hace vomitar el alimento más vital que debería esforzarse por retener: su profesión de fe en Cristo.

Pero el humilde se alimenta de lo que le traiga la soberanía de Dios. Si se sirve la paz y prosperidad con el evangelio, da gracias y disfruta de la abundancia mientras dure. Pero si Dios las reemplaza con hierbas amargas de aflicción y persecución, no enferma de desesperación por eso. Simplemente come mayor ración del evangelio, para pasar las hierbas amargas envueltas en consuelo divino.

El creyente que quiere ser siempre paciente debe depender de las consolaciones que fluyen de la paz del evangelio. Sería imposible que los hijos de Dios soportaran las persecuciones de hombres y demonios sin la dulce ayuda del amor de Dios en Cristo brillando en su corazón con paz y gozo interiores. De hecho, el apóstol revela el secreto de la paciencia del cristiano, su esperanza y gloria en la tribulación: “Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom. 5:5).

Por otra parte, el pecado hace intolerable el sufrimiento. Un carro ligero pasa fácilmente por las marismas, pero el que va muy cargado se hunde y se encalla. De la misma manera, la culpa sobrecarga el alma y la hunde en el sufrimiento. Pero cuando se quita esa culpa agobiante y Dios le habla de paz al alma, la persona que antes se enfurecía como un loco bajo la cruz, la llevará sin un lamento. Vale la pena repetir aquí: “La paz de Dios […] guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:7).

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Extracto del libro:  “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall

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