De todas las virtudes la fe es la más importante. El cristiano debe luchar por mantenerla por su peculiar preeminencia. Es entre las demás como el sol entre los planetas, o como la mujer virtuosa de Salomón entre las demás jóvenes.
En un pasaje de la Escritura el apóstol da la procedencia al amor y pone la fe en un nivel inferior: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Cor. 13:13). En este caso, el que Pablo anteponga el amor a la fe señala hacia el hogar celestial del creyente, en donde permanece el amor y la fe desaparece. En ese aspecto el amor es mayor, por ser el fin de nuestra fe. Vemos mediante la fe para disfrutar mediante el amor.
Antes de que el cristiano pueda disfrutar de los galardones del Cielo, debe vivir en un estado espiritualmente militante aquí en la tierra. Desde esta perspectiva práctica, el amor debe ceder ante la fe. Es verdad que el amor es la virtud que triunfará en el Cielo; pero la fe, no el amor, es la virtud que sale vencedora en la tierra: “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4).
Ciertamente, el amor también tiene su lugar en la batalla, y lucha con valor, pero se mueve bajo la dirección de su jefe, la fe: “La fe que obra por el amor” (Gál. 5:6). Como el capitán lucha por medio de los soldados que manda, la fe obra mediante el amor que despierta. El amor es la virtud que en última instancia posee la herencia, pero la fe le otorga al cristiano el derecho a la misma. Sin la fe nunca podría disfrutarla.
El amor es la virtud que une a Dios y los santos glorificados en el Cielo; pero la fe los une primero con Cristo mientras están en la tierra: “Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Ef. 3:17). Si Cristo nunca habitara en ellos por la fe en la tierra, ellos jamás podrían habitar con Dios en el Cielo.
La razón de la preeminencia de la fe
¿Por qué tiene la fe esta preeminencia sobre las demás virtudes?
1.- Dios busca la fe
Ninguna otra cosa demuestra la importancia que para nosotros tienen las personas u objetos como la frecuencia con que preguntamos por ellos. Nos interesamos más por los que más amamos. José preguntó: “¿Vuestro padre, el anciano que dijisteis, lo pasa bien? ¿Vive todavía?” (Gn. 43:27). También le interesaban los demás, pero por el gran afecto que sentía por su padre, quería saber acerca de él primero.
Ahora nos referiremos al gran interés que Dios demuestra por la fe: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc. 18:8). Esto implica que la fe es la virtud que él desea especialmente hallar en su pueblo.
Cristo ejemplifica la preeminencia de la fe al restaurarle la vista a aquel ciego en Siloé. Esta curación enfureció tanto a los maliciosos fariseos que excomulgaron al hombre solo por dar gloria a su Médico misericordioso. La presencia y ternura de Jesús le compensó con creces por su marginación. Para nuestro propósito ahora, observemos las palabras de Cristo en su primer encuentro con él: “¿Crees tú en el Hijo de Dios?” (Jn. 9:35).
Este hombre ya había expresado cierto entusiasmo al reivindicar a Cristo y hablar bien de él ante sus peores enemigos en la tierra. Pero lo que Cristo apreció más que su lealtad fue su fe, según demuestra cuando le pregunta: “¿Crees tú?”; como si dijera: “Todo este celo al hablar a mi favor, y tu paciencia en el sufrimiento, no valen nada sin la fe”.
En este encuentro de Jesús con el ciego vemos que Dios trata más frecuentemente con su pueblo acerca de la fe: la fuerza o la presencia de ella. Hasta cuando nos aflige, es para probar nuestra fe (cf. 1 P. 1:7).
Las aflicciones son el azadón que Dios emplea para cavar en el corazón de su pueblo en busca del oro de la fe. No es que no busque también las demás virtudes; pero la fe es la más preciosa de todas. Aun cuando él tarda y parece apartar su mano antes de llegar con la misericordia prometida, es para poder escudriñar nuestra fe.
Jesús examinó a fondo la fe de la cananea mientras esta luchaba por creer: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres” (Mt. 15:28). Al responder a su petición de curación para su hija, Jesús le dio la prueba de que tenía fe y mucha más misericordia de la esperada.
2.- El favor dado a la fe
Aun cuando otras virtudes trabajan juntamente con la fe en la vida del cristiano, la fe recibe la corona suprema. No leemos casi nada acerca de otro don excepto la fe en Hebreos 11: “Por la fe Abraham”, “por la fe Jacob”, y “por la fe” el resto de aquellos creyentes hicieron sus hazañas. En cada una de ellas estuvieron presentes las demás virtudes junto con la fe, pero aquí todas llevan el nombre de la fe. Cada soldado del ejército lucha en la batalla, pero el honor de la victoria es para el general o el capitán.
La fe es el capitán de los dones. Todos los actos notables de los creyentes se citan como logros obtenidos bajo su gobierno. Así dice Cristo del centurión: “De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Mt. 8:10). Además de la fe, en el centurión había otras virtudes eminentes, tales como el aprecio por su siervo, al que cuidaba con tanto esmero como si fuera su hijo.
La humildad del centurión se manifestó primero en la actitud abnegada que expresó: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo” (v. 8). Cuando consideramos la prominencia militar de aquel hombre como comandante, su humildad destaca aún más. El poder pocas veces es compañero de la humildad. Ciertamente el centurión era un hombre de carácter poco común que se humilló al acercarse a Cristo; pero la fe destaca por encima de la humildad como su mayor virtud. Cristo no dijo: “No he hallado tanta humildad”, sino “tanta fe” Como si dijera: “Conozco la medida exacta de fe de todo creyente en Israel; pero no he hallado tal cantidad de ese tesoro celestial en otro aparte del centurión’.
Los tesoros más valiosos del cristiano los sustenta la fe: “¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe?” (Stg. 2:5). ¿Por qué dice Dios “ricos en fe” en lugar de en paciencia, amor u otro don? Cuando un pecador reclama el perdón del pecado, el favor de Dios y el Cielo mismo, no es el amor ni la paciencia, sino solo la fe la que paga el precio de todos esos beneficios. No es: “Señor, perdóname y sálvame, y toma a cambio mi amor y paciencia”; sino: “He aquí Cristo y el precio de su sangre, que la fe presenta para pagarlo todo”. Entonces, esta idea nos lleva a una tercera razón acerca de la preeminencia de la fe.
3.- La importancia de nuestra justificación
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1). No nos justifica el amor, ni el arrepentimiento, ni la paciencia ni ninguna otra virtud que la fe. “Justificados por el arrepentimiento”, “justificados por la paciencia”, ¡qué mal le suena esto al cristiano! En su lugar, vemos que nos apropiamos de la justificación por la fe, excluyendo a las demás virtudes de este acto, aunque se incluyan y den por descontadas las mismas en la persona justificada.
La tarea de Pablo era probar que la fe justifica sin obras. Pero la fe que justifica no es estática ni muerta, sino una fe viva que obra, según se observa en el capítulo 2 de la Epístola de Santiago. De la misma manera que Dios destacó a Cristo de los demás para ser el único mediador entre sí mismo y el hombre, y su justicia como la causa digna de nuestra justificación, ha destacado la fe de entre las demás virtudes como instrumento para que nos apropiemos esta justicia de Cristo. A dicha justicia se la llama “la justicia de Dios” en oposición a “nuestra propia justicia”, aunque Dios la obre en nosotros (cf. Rom. 10:3). Cristo la consigue para nosotros.
También se la llama “la justicia de la fe” (Rom. 4:11,13). ¿Por qué la llama Dios así, y no la justicia del amor o del arrepentimiento? Ciertamente, la fe misma no es nuestra justicia; si fuera así, seríamos justificados por obras y por fe. Seríamos justificados por justicia propia; porque la fe sería una virtud inherente en nosotros, y tan obra nuestra como otra virtud cualquiera. Pero esto es contrario a la doctrina del apóstol, en la que contrasta claramente la fe y las obras. La Escritura expone “la justicia de la fe” por esta sola razón: la fe es la única virtud que debe echar mano de Cristo, asegurándose así su justicia para nuestra justificación.
Cristo y la fe son parientes inseparables. Cristo es el tesoro, y la fe la mano que lo recibe. La justicia de Cristo es el manto, y la fe la mano que lo viste. Es por su sangre, no por nuestra fe, que él paga nuestra deuda. Nuestra parte es recibir a Cristo por la fe para que se haga nuestro. La justicia de Cristo es el manto que cubre nuestra desnudez y nos hace hermosos ante Dios; la fe tiene el honor de colocarnos el manto.
Dios bendijo a Moisés por encima de los otros israelitas al llamarlo al monte para recibir la ley de su boca, mientras los demás tuvieron que esperar a que él se la llevara. De igual manera, Dios honra la fe como virtud por la cual comunica el glorioso privilegio de la justificación. ¿Pero por qué opta por la fe en lugar de por otra virtud para completar este acto de justificación? Hay por lo menos dos razones…
Primera, ninguna virtud aparte de la fe es tan apta para este fin. ¿Por qué ha designado Dios el ojo para ver en lugar del oído? ¿Por qué la mano en lugar del pie para asir los objetos? Esto es fácil de responder: porque estos miembros son particularmente aptos para sus funciones. La fe tiene una aptitud peculiar para esta obra. Somos justificados, no al darle algo a Dios, sino recibiendo de él lo que Cristo ya hizo por nosotros. La fe es la única virtud que recibe y, por tanto, la única apta para la justificación.
Segunda, no hay virtud a la cual Dios pudiera confiar su honor con tanta seguridad como a la fe en la justificación. El gran designio de Dios al justificar a un pecador desamparado es magnificar su generosa misericordia ante esa criatura.
Ya que Dios está decidido a que su misericordia reciba toda la honra, protege al ser humano de cualquier pretensión de colaboración con él en cuanto a la justificación. No hay nada como la justificación por la fe para asegurar y salvaguardar la gloria de la libre gracia de Dios. Cuando el apóstol habla de la libre justificación de un pecador ante Dios, demuestra cómo esta corta de raíz todo pensamiento de autoexaltación: “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe” (Rom. 3:27).
A lo largo de la historia los reyes han guardado celosamente su propia reputación y la de sus reinas en cuanto a la pureza sexual. Han sido tan cautos en este aspecto que han evitado las posibles acusaciones empleando eunucos para atender a sus esposas. Por la misma naturaleza de la discapacidad del eunuco, se excluye toda sospecha. Dios es aún más celoso de la gloria de su gracia, para que esta no sea violada por el orgullo y la autoglorificación; y a fin de defenderla de tales abusos, ha elegido la fe, esta “virtud emasculada”, para estar cerca de él y trabajar en la salvaguardia de la gloria de su gracia.
La fe tiene dos manos: con una arranca su propia justicia y la echa lejos, como David apartó la armadura de Saúl, y con la otra se reviste de la justicia de Cristo para tapar las vergüenzas de su alma. Un erudito bíblico dice:
Esto hace imposible concebir que la fe y las obras se unan en la justificación. La fe atribuye todo a la libre gracia de Dios, pero las obras llaman la atención sobre sí mismas. La fe no aspira más que a ser instrumento del perdón gratuito; las obras no pueden rebajarse, sino que insisten en que se las considere como la fuente de la justificación.
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Extracto del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall