En BOLETÍN SEMANAL

“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios”. —Eclesiastés 11:9

Esta generación

No es mi propósito el declarar que los jóvenes de esta generación son más corruptos que los de otros tiempos, pero sí afirmaré que sus intereses morales han quedado expuestos, por diversas causas, a un peligro inminente. La mejora y difusión de la educación moderna ha tenido como resultado un modo de pensar independiente y audaz que, aunque en sí mismo sea beneficioso, exige un grado de dominio propio cristiano para equilibrarlo y para impedir que se deteriore hasta convertirse en un libertinaje desenfrenado. También es probable que, en los últimos años, los padres hayan rebajado el rigor de la disciplina doméstica porque piensen que sus hijos han aumentado en saber y que, por lo tanto, se merecen el halago. El negocio y el comercio han cobrado hoy una extensión tan amplia que los jóvenes gozan de menos supervisión por parte de sus padres que en el pasado y, por consiguiente, quedan más expuestos a la influencia contaminadora de las malas compañías. Los hábitos de la sociedad, en general, son cada vez más costosos y lujosos. Además de todo esto, los esfuerzos secretos, pero fervientes, de los infieles a favor de la circulación de obras, que intentando socavar la fe revelada, buscan subvertir todo el tejido moral, hacen que la falsa religión y la inmoralidad aumenten de forma alarmante. Pero sin importar cuales sean las causas, para mí es un hecho indiscutible que multitud de jóvenes en la actualidad son sumamente corruptos y profanos. Tal situación afecta e involucra todos mis sentimientos como padre, ministro y patriota. Estoy preocupado por mis propios hijos, como también por los jóvenes de mi congregación, mi pueblo y mi país.

Los jóvenes serán los padres de la próxima generación y estoy muy deseoso de que transmitan la fe cristiana a la posteridad y no el vicio. Escucha entonces con seriedad lo que os propongo ahora, lo cual hago motivado por un afecto puro y fiel.

Eclesiastés 11:9

Me gustaría dirigir tu atención a esa porción solemne de las Sagradas Escrituras que encontrarás en Eclesiastés 11:9… Nadie más capaz que Salomón para formar una opinión correcta sobre este tema, ya que no hubo otro hombre que tuviera a su disposición mayores recursos de placer terrenal, ni otro que con más entusiasmo se aprovechara de las oportunidades que estaban a su alcance… Su testimonio, por lo tanto, se debe considerar, no como las declamaciones cínicas de un ascético, que jamás ha probado la gratificación de los sentidos, sino como el de un hombre que había bebido de la copa hasta el fondo y que, al final, solamente había encontrado los residuos de ajenjo, hiel y veneno… (Sal. 75:8; Lm. 3:19).

Cuando el texto se explica correctamente, vemos que consiste en un mensaje de advertencia. Detrás de lo que parece ser un permiso, el lenguaje encierra una prohibición muy fuerte y directa. Es como si el escritor dijera: “Joven desconsiderado y sensual, que no tienes ni idea de lo que es la felicidad aparte de aquello que proviene de la gratificación animal y que bebes continuamente de la copa embriagante de los placeres mundanos, sigue en tu propio rumbo si estás determinado a vivir de ese modo; gratifica tus apetitos; satisface todas tus pasiones. No te niegues nada: Come, bebe y regocíjate. Ignora las advertencias de la conciencia. Pisotea la autoridad de la Palabra revelada, pero no pienses que prosperarás para siempre en los caminos del pecado o que siempre tendrás el mismo aire de jovialidad y de triunfo. El Día del Juicio está cercano, cuando tendrás que dar cuentas por todas estas cosas. Dios es ahora testigo de todos tus caminos, los toma todos en cuenta y un día te llamará a su estrado y te pagará conforme a tus hechos”.

Los placeres sensuales

En esta declaración queda implícito el hecho de que los jóvenes son fáciles adictos a los placeres sensuales. Tal ha sido el caso en cada generación y en todo país. Es demasiado común el que, no solamente ellos mismos, sino también las personas mayores y sus padres, justifiquen y mitiguen los excesos inmorales de los jóvenes. Con frecuencia escuchamos un adagio abominable: “La juventud es para el placer, la madurez para los negocios y la vejez para la religión”; no hay lengua que pueda expresar, ni mente que pueda concebir, un insulto más craso y ofensivo a Dios que éste. En efecto, equivale a decir lo siguiente: “Cuando ya no pueda disfrutar de mis lujurias, ni tenga la habilidad de ir tras mis ganancias, entonces le entregaré a Dios un cuerpo y un alma que se han desgastado en el servicio del pecado, de Satanás y del mundo”. La perversidad monstruosa y la terrible impiedad de esta idea son tales que podríamos suponer que una explicación clara de ella conmocionaría y aterrorizaría hasta al pecador más empedernido e imprudente del mundo.

Existen muchas razones por las cuales el corazón juvenil se apega al amor del placer sensual y que, en la opinión de los jóvenes, lo justifican. A su edad, las preocupaciones no ejercen mucho peso sobre el corazón, las pasiones son fuertes, la imaginación es vivaz, gozan de buena salud y sienten un impulso social que está en todo su vigor. Las atracciones de los compañeros son poderosas. Se imaginan que éste es el tiempo idílico en el que podrán disfrutar plenamente del placer. Piensan que luego, cuando pase la temporada de la juventud, serán tan serios como sea necesario y que la sobriedad, la moralidad y la religión llegarán cuando sea el tiempo natural y apropiado. El placer mundano se adorna con el atuendo voluptuoso y las prendas ostentosas de una ramera y surge en sus imaginaciones agitadas con todas las atracciones encantadoras de una belleza fascinante. Se entregan inmediatamente a su influencia y piensan que tiene la capacidad de suplirles en abundancia con toda la felicidad que anhelan. Su gran preocupación es el gratificar sus sentidos. El alma y todos sus grandes intereses se descuidan a favor de los placeres que corresponden a los apetitos carnales y ésta es condenada a la degradación de comportarse nada más que como una sierva cuyo deber es contribuir a los placeres del cuerpo.

Joven, ¿puedes justificar, al estrado de la razón o de la Revelación, tal uso de la mañana de tu existencia, de la porción mejor y más hermosa de tu vida? Si en realidad existe un Dios que te creó y que te guarda, ¿es razonable que la temporada de la juventud transcurra de una forma detestable ante sus ojos? ¿Es ésta la manera de asegurar su bendición en los días futuros? … ¿Quién ha dicho que los jóvenes pueden andar inofensivamente en todo tipo de gratificación sensual? ¿En qué página del libro de la verdad divina encuentras las concesiones a los excesos de la juventud que haces a favor propio y que los amigos insensatos también hacen por ti? “¡Ay de los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez, que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende! Y en sus banquetes hay arpas, vihuelas, tamboriles, flautas y vino, y no miran la obra de Jehová, ni consideran la obra de sus manos”(Is. 5:11-12). Éste es el testimonio del Señor que se imparte, tanto en contra de los pecados de la juventud como en contra de los que pertenecen a los años de mayor madurez. ¿Y no menciona San Pablo entre otros vicios el que los hombres eran “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tim. 3:4)? …No existe un solo deber de la verdadera piedad que sea obligatorio en años futuros que no tenga la misma autoridad sobre ti en la [actualidad]. ¿Es entonces la juventud la temporada para el placer pecaminoso? ¿Será que entregarás deliberadamente al vicio la mejor porción de tu existencia y la que ejerce la mayor influencia? Es una idea terrible, repugnante, tanto ante la razón como ante la Revelación.

Si decides ir tras el placer sensual y lo tomas como el objetivo de los años de tu juventud, considera la influencia que ejercerá sobre todas tus ocupaciones. Cuando los jóvenes viven de esta forma, su lectura sigue la misma línea y, por consiguiente, no da como resultado la piedad ni la edificación, sino que es más bien leve, trivial y dañina. Las novelas y los romances provocativos, la poesía lasciva, las canciones inmorales, la sátira de los personajes religiosos y los argumentos en contra de la Palabra revelada son, en general, las obras que los jóvenes corruptos y viciosos suelen consultar. Por medio de estas, su depravación va en aumento. La prensa nunca antes ha producido fuentes más contaminadas que aquellas que fluyen en estos tiempos. Hay autores, y no de poco talento, que buscan complacer cada corrupción del corazón juvenil. Casi todo vicio tiene un sumo sacerdote que se ocupa de quemar incienso en su altar y de conducir a sus víctimas, adornados con las guirnaldas de la poesía y la ficción, a su ruina.

Las recreaciones y las diversiones de los jóvenes que viven para las actividades pecaminosas tienen la misma naturaleza que su lectura, conversación y compañeros —están contaminadas y contaminan—. Por lo general, les gusta frecuentar el teatro. El teatro, ese corruptor de los rasgos morales públicos, esa escuela donde nada bueno y todo lo malo se aprende, ese centro de perversos y seminario del vicio, esa avenida ancha y florida hacia el pozo del abismo. Allí los jóvenes no encuentran nada que impida el pecado, ni advertencias en contra de la falsa religión, ni recordatorios del juicio venidero. Al contrario, [ahí encuentran] todo aquello que inflama sus pasiones, excita sus deseos criminales y gratifica su apetito por el vicio. El lenguaje, la música, y la compañía, todo se adapta a los gustos sensuales con el propósito de desmoralizar a la mente. Hay multitudes que una vez eran jóvenes relativamente inocentes y felices que tienen que señalar la fecha de su ruina en el mundo presente y en el porvenir como la hora en la que sus pies primero pisaron el recinto contaminado de un teatro. Hasta entonces ignoraban muchas de las costumbres del vicio… Por lo tanto, cuando una persona joven desarrolla y gratifica el gusto por las representaciones teatrales, considero que su carácter moral está en peligro inminente…

¿Quién puede representar, de forma justa, el crimen de seducir a una mujer inocente para después abandonarla? ¡Sin embargo, con cuanta frecuencia ocurre tal cosa! Ella, una pobre y miserable víctima, [es] la que crédulamente acepta promesas que se hacen sin la más mínima intención de cumplirlas y, al final, es abandonada como una cosa inútil y arruinada… [si] el traidor siente alguna punzada de remordimiento, su lástima llega demasiado tarde. No puede restaurar la paz que con mano criminal le arrebató a un corazón que estaba sereno hasta que él invadió su tranquilidad. No puede restaurar la virtud que él corrompió. No puede reconstruir el carácter que él mismo destruyó… Reconozco que el seductor es menos culpable que el asesino, pero ¿hasta qué punto? El último destruye la vida inmediatamente, mientras que el primero hace que ésta se desgaste poco a poco… El último arriesga su propia vida al cometer el crimen, mientras que el primero no se expone a ningún riesgo personal. El asesino recibe la sentencia más dura que la justicia de un país pueda imponer, mientras que el seductor sigue en libertad para deleitarse con impunidad y para seguir realizando conquistas en su carrera desoladora. [Puede] desafiar toda la justicia menos la del cielo. Sí, el miserable, culpable y contaminado, será acogido en la sociedad elegante y moral con la misma bienvenida de antes, aunque regrese a ésta con el peso de la culpa, todavía reciente, de haber ocasionado la ruina de una mujer… Si cualquier individuo que sea culpable de esta gran transgresión le echa un vistazo a estas palabras, que medite sobre su culpa y que nunca en su vida deje de lamentarse por su pecado, buscando el perdón por medio de la sangre de Cristo… ¡Reflexiona, hombre joven! ¡Oh! Reflexiona antes de entregarte a la destrucción de dos almas a la vez y de provocar un enredo de pecado y de miseria que ni siquiera la eternidad misma pueda deshacer.

Joven, ¿Estás feliz en tu pecado?

En medio de toda tu jovialidad pecaminosa, ¿estás feliz, joven, en tu pecado? …Debes sumar, joven, todos los dolores del vicio: La ansiedad que lo precede y el remordimiento que viene después, los latigazos de la conciencia y la reprobación de los amigos, el temor de ser encontrado y la vergüenza al ser descubierto, y dime si estas cosas no sobrepasan los placeres del pecado… Lo que necesitas, joven, es una renovación de tu corazón por el Espíritu Santo. Debes nacer de nuevo del Espíritu y ser renovado en tu mente por el Espíritu. Necesitas un nuevo corazón, que tenga una inclinación santa, un carácter espiritual… Necesitas llegar a temer a Dios de forma que éste sea el principio habitual de tus acciones y a amarle a Él sobre todas las cosas como la pasión suprema de tu alma. Bajo una profunda convicción de pecado, debes obtener el “arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Es necesario que seas justificado por la fe y que tengas paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Tienes que ser santificado por la verdad y por el Espíritu de Dios. Sin la santidad nadie verá al Señor (He. 12:14). La gracia de Dios que trae salvación debe enseñarte, no solamente a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, sino a vivir sobria, justa y piadosamente en este presente siglo malo (Tit. 2:12). La moralidad por sí misma no es suficiente… Servirá para mejorar tus intereses temporales como persona, disminuirá tu condenación como un pecador, pero no te concederá el carácter de un cristiano aquí, ni tampoco será acompañada por la gloria, el honor, la inmortalidad y la vida eterna en la vida venidera. Es extremadamente probable que, si te sientes satisfecho con ser una persona moral y descuidas la piedad, ni siquiera podrás conservar tu virtud por mucho tiempo. Puede ser que vengan sobre ti tentaciones que sean demasiadas poderosas como para ser superadas por nada que no sea la fe en Cristo que emplea a la Omnipotencia en nuestra defensa. En un solo momento de descuido, puedes llegar a ser la víctima de aquellos enemigos espirituales que están al acecho para engañarte. Dios es el único que te puede guardar…

Joven, el pecado es engañoso… Al principio el vicio nos atrae, después se nos hace fácil, luego nos deleitamos en él, hasta que participamos en él con frecuencia y se convierte en un hábito que, al final, queda consolidado; entonces el hombre se vuelve impenitente, luego obstinado, hasta que decide que nunca se arrepentirá y, finalmente, es condenado.

“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos —y para animarlo, se añade lo siguiente—, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:7). En el Señor hay perdón para que sea reverenciado y abundante redención para que le busquemos. Aun hoy, espera para tener piedad de nosotros. Jesucristo “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (Heb. 7:25). Reflexiona, considera, arrepiéntete, cree y sé santo.

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John Angell James (1785-1859): Predicador inglés congregacionalista; nació en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.


   

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